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Es un lugar privado.
Lo pone en la puerta, ¿no lo viste?
Dice: “PRIVADO”.
Pri va do
(se divide en tres sílabas).
El acceso es restringido,
reservado el derecho de admisión.
¿Más claro?
Dentro, estoy yo solo.
Aunque esté lleno y veas varias camas, estoy yo solo.
En realidad, aunque no veas ninguna puerta ni ningún aviso,
entiende que debes leer “Privado” y estoy yo solo.
Es mi coto, mi pradera,
mi valle y mi montaña,
mi rincón y mi explanada.
Que qué hago aquí tanto tiempo...
¿y a ti qué te importa?
Supón tú que tengo mil razones,
¿crees realmente que te esforzarías en entender alguna?
¿Y por qué se espera siempre que tenga que tener un motivo
para hablar o para callar? Algunas veces ni siquiera estoy pensando.
No sufro. No lloro. No sueño. No añoro ni echo nada en falta.
Lo más cercano a una definición
es que me acomodo a lo desconocido: hay
una paz que no puede ser descrita de ninguna manera,
solamente puede vivirse,
solamente puede sentirse desde este punto sin retorno.
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Y si has entrado furtivamente,
por favor, no des un portazo al salir:
lo que en Davos fue un recuerdo entrañable, aquí sólo es un fastidio,
un gesto más de tanta mala educación.
Gracias.
No tires la puerta, te lo suplico por favor
porque... fácilmente puedo matarte.
Ya saciaste la curiosidad; ahora, vete al infierno.
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(febrero 20, 2007)
© 2007 David Lago González
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