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lunes, 15 de agosto de 2011

15 de agosto de 1910–15 de agosto de 2011

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002

Agustina González Fagundo, 1930

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ESTUVE A VERTE EL DOMINGO, último día del año.

Quería leer tu nombre en la puerta.

Un nombre más, perdido y solo entre un mar de idéntico granito,

adornado con frases hechas que la moldura uniforme les hace perder signi­ficado,

y números, números por todas partes,

adocenando personas que una vez fueron únicas,

al menos distintas unas de otras.

Los números en los últimos tiempos te han perseguido

con una cierta saña: fuiste la 615, la 417, la 514, la 642;

ahora eres la 29, y sólo hasta dentro de diez años.

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Pero han sido generosos

y para no despojarte totalmente de la individualidad

siempre te añadieron una letra: has saltado de la A a la D

pasando por la C, omitiendo siempre la B,

para finalmente volver a la inversa a la primera.

Con la A viniste y te fuiste con ella, como marca de nacimiento.

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A de abismo, de amputar,

de abnegar y abocar; la A de abofetear, fuerte y con rabia;

la misma de abogar, defendiéndote como un inocente

que el jurado confunde y condena a muerte;

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la A de abominación, de abonar,

y de abordar un velero sin retorno;

la de abrasar y abrazar,

unidas por un abrazo agostador y definitivo;

la que abriga, la que se abre como una grieta vencida por el tiempo;

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la A de absoluta,

como corresponde a una reina que ejerce su cesarismo

desde la abundancia pulular de un trópico enriquecido por la luz carcajeante de la nieve.

La que acecha y acepta al acerbo vencedor.

Acierta con acidia el enigma que se adentra un paso más cada día

hasta acomodarse en el destino como un escolta a la sombra de su rey.

La A de acompañar, de ser compañera de camino,

amiga,

y de actuar como un acróbata atrapando su trapecio en el aire

para no adjudicar del ornamento de ser el cisne del circo.

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A de afanarse en terminar el trabajo con dignidad y puntualidad.

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A de afortunada.

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Y también, la terrible A de agonizar,

con el aguante paciente y mudo de un alfiletero.

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La A del aguanieve, que cae, afilando una lluvia imperceptible

y cala hasta lo más hondo su chirimía afinada,

instalándola para siempre en nuestros corazones

como un cepo olvidado en el bosque

donde caen los animales una y otra vez

y se agolpan sus osamentas contra la sombra de los árboles.

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Aislamiento de la cadena que se queda sin su áncora,

al garete en sus bandazos contra la nave que parte

y en medio de la noche levanta su alarido lento y sincopado

de alma que tonifica la niebla.

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La A de la alquimia y la piedra filosofal.

La A oculta en el bienquerer, apasionada como un idólatra, adoradora

de la conquista desplegada a su abrazo: sólidas agarraderas de su dársena ambulante.

Y la A de agur devenido en abur; la A del adiós.

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Números y letras han llenado los últimos años de tu vida,

y te acompañan en el silencio interminable

junto a estos versos que quieren rescatarte del anonimato

para ofrecerte el recuerdo y restablecer tu cuerpo intacto

y el alma que se traslucía a la sombra de tus ojos.

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Quise dar un toque de distinción a tu puerta

con palabras que intentaran ser otras

para subrayar lo que es desigual al resto de ese campo inmenso y silencioso,

ya sabes, en fin de cuentas un código entre nosotros,

―un estar donde tú estás y tú estar donde yo esté―,

pero todo ha de pagarse religiosamente, amiga,

en este mundo que abandonas

y las palabras, aun siendo nuestras, escancian mis maltrechas divisas,

como un diezmo que nos cobran injustamente

por haber disfrutado de la embriaguez de habernos conocido.

Pronunciémoslas ahora en voz baja,

sin que se percaten de ello los tasadores de impuestos;

pronunciémoslas,

para sellar nuestro encuentro en esta mañana de invierno,

soleada y limpia, tregua de borrascas encontradas,

en este campo inmenso y silencioso, sembrado de paredones

y flores que se marchitan;

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pon tus labios con los míos

y sin que nadie nos oiga escribamos en el aire:

"Ay, un estremecimiento: eres.

Y estás a mi lado."

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1996. 6 de enero.

© 1996 David Lago González

lunes, 21 de junio de 2010

de repente

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How Molecules Are Measured pendant by Keith Lo Bue( How Molecules Are Measured pendant by Keith Lo Bue)

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DE REPENTE todo se relativiza,

y la mañana es una ola inmóvil

que se viene abajo como un edificio dinamitado;

como una palabra que se corta, silenciosa, bajo una mirada fría.

De repente, el día que fue ayer

ya no es la trama de la historia que debemos continuar

sino un recuerdo que termina mal,

que se enreda y trastabilla como un pantalón a medio subir

cuando llaman a la puerta.

De repente, el otoño es invierno

y los árboles se desnudan, fríos como una verja.

Tus manos definitivamente se adelantan a la lluvia

y su humedad mancha las barras de los bares,

los manteles de las mesas donde comes,

como culos de heladas botellas.

Y en esos terribles momentos cierras los ojos y rezas como un niño,

o le preguntas a Dios cosas muy tontas,

y quisieras empezar de nuevo, de repente, a vivir otra historia.

 

1996. 7 de enero.

© 1996 David Lago González

jueves, 3 de enero de 2008

Se me ocurre




a José Rodríguez Lastre



SE ME OCURRE escribir una historia en tu honor
que representen dos actores vestidos con el ropaje del absurdo,
hablando cada uno por su lado y sin embargo
conducidos por un hilo invisible
que cose sus labios y les obliga a dialogar hacia dentro:
las palabras de cara y directas al estómago,
que es el epicentro donde se arman las tormentas y los sentimientos.
Se me ocurre que el escenario es el desvencijado salón que tanto conocemos
y los tabiques, afinados por el tiempo ―por el mal tiempo―,
se traslucen unos en otros, unos a otros,
quedando inmóviles las molduras de las perdidas puertas
como colgando del árbol el esqueleto de un perro salvaje
devorado por los azores y el viento.
Se me ocurre, no sé, tantas cosas.
Puede que te acerques desde el fondo, en calzones
y zapatillas de madera, como un samurai venido a menos,
y a tu paso la luz de las bombillas se vaya reduciendo
hasta poder oír y ver del filamento de tungsteno
un estertor de luz prendido del cielo.
Abres la nevera de nombre lejano y obsoleto, y dentro
la taigá inmensa cubierta de nieve y de silencio,
de ese silencio refrigerado que te atraviesa
como un carámbano y te deja petrificado y lloroso ante el universo.
Sobre ti un cenital directo y sin piedad te ilumina.
Esto fue. Pensamos. Y deslizas una mano a lo largo de tu cuerpo.
Se me ocurre que imitas a Elizabeth Taylor imitando a Bette Davis
what a dump!— con esa frase que tanto resume y anula las revoluciones, las utopías, las injusticias vengadas, la enseñanza gratuita,
los anhelos no realizados, la fe;
porque sobre el horizonte de Minsk se levanta una torre a la maternidad animal
y otra al gas que corre a toda máquina para escapar del horizonte,
y de Minsk, y de Dios, y de uno mismo, y de todos los que no están
y vuelven como fantasmas pomposamente dignos.
Y entre dos torres debes elegir a quién le toca.
A quién le toca vivir y a quién le toca morir.
A quién le toca escribir y a quién le toca vivir lo escrito.
A quién le toca continuar el error para aquéllos que les toque confiar en la verdad.
A quién le toca, a quién le toca,
como si todo viniera de Dios y nada fuera del hombre,
ni su comida ni su salvación, ni siquiera una mano que con amor le toque el sexo.
Y entre las dos torres de cristal,
a quién le corresponde ser la primera: la leche de Minsk,
o el alcohol de Minsk; la evasión o el antídoto.
Qué me toca ser hoy: cobarde o héroe.
Se me ocurre que la luz gana en intensidad mientras el discurso se agota.
A quién le toca sino al silencio, qué vas a explicar.
Y a quién le importa. Tu vida ya pasó.
Esto fue. Pensamos. Y deslizas una mano, sin tocarlo, recorriendo tu cuerpo.
Se me ocurre que de repente te asombra la puerta abierta,
la puerta que de tan vieja aun cerrada ya está abierta,
y te asomas a San Clemente, conteniéndote la bragueta con pudor
y medio cuerpo fuera, como el oso que olisquea la llegada de la primavera.
Al cerrar, se me ocurre —esto es sólo una ocurrencia— que presientes.
Ya sabes, ciertas cosas se presienten, como un perro un terremoto
o un gato en Inglaterra la fina confidencia del té puntual.
"Vaho de cloroformo. Rumor de sedas a mi puerta siento."
Se me ocurre que dices de cara al estómago, donde comienzan las tormentas y el miedo.
Te alejas por el pasillo y la luz se va alejando contigo,
como un adiós cansado que se va agotando lentamente,
rehilado en sí mismo como el huésped de una caracola.
Y se me ocurre que sobre el escenario, pegando a las candilejas,
se ilumina el extremo izquierdo por donde se acerca una sombra.
Una sombra blanca y como de nieve, vestida de hilo rigurosamente,
nívea, nívea, como se viste la muerte.
Su cara compuesta e intacta; más joven aún, diríase. ―Y quién lo creería... ―
Se me ocurre que hasta un sombrero cubre su pelo.
Se me ocurre que su cabello roza ligeramente el cuello de su camisa.
Se me ocurre que su blancura contrasta con los colorines de sus bolsas,
los regalos del mundo, los diamantes del universo,
el carbón hecho destello de engañifas;
y a su paso los ojos de los viejos hechos niños, niños de agua
corriendo por las acequias de un país sediento.
Y la sombra llega a la puerta y la empuja;
se abre sola, vencida por el tiempo ―por el mal tiempo―; y llama
―en inglés, puede ser; no sé por qué se me ocurre
que el idioma de la pérfida Albión
acompaña la presentación de la niebla y la tiniebla―.
-"Anybody here?..."-
pregunta, como en las películas de Abbot y Costello.
Se me ocurre que ante el silencio decide esperar,
se sienta a esperar, en su sillón de siempre, entrando el del extremo derecho.
Y se me ocurre que, esperando, se duerme. Y se desvanece.

Y quedan, como prueba de su visita, los regalos por abrir,
los versos por leer.

Se me ocurre que éste puede ser el final.


(1996. 9 de Enero.)