jueves, 3 de enero de 2008

Se me ocurre




a José Rodríguez Lastre



SE ME OCURRE escribir una historia en tu honor
que representen dos actores vestidos con el ropaje del absurdo,
hablando cada uno por su lado y sin embargo
conducidos por un hilo invisible
que cose sus labios y les obliga a dialogar hacia dentro:
las palabras de cara y directas al estómago,
que es el epicentro donde se arman las tormentas y los sentimientos.
Se me ocurre que el escenario es el desvencijado salón que tanto conocemos
y los tabiques, afinados por el tiempo ―por el mal tiempo―,
se traslucen unos en otros, unos a otros,
quedando inmóviles las molduras de las perdidas puertas
como colgando del árbol el esqueleto de un perro salvaje
devorado por los azores y el viento.
Se me ocurre, no sé, tantas cosas.
Puede que te acerques desde el fondo, en calzones
y zapatillas de madera, como un samurai venido a menos,
y a tu paso la luz de las bombillas se vaya reduciendo
hasta poder oír y ver del filamento de tungsteno
un estertor de luz prendido del cielo.
Abres la nevera de nombre lejano y obsoleto, y dentro
la taigá inmensa cubierta de nieve y de silencio,
de ese silencio refrigerado que te atraviesa
como un carámbano y te deja petrificado y lloroso ante el universo.
Sobre ti un cenital directo y sin piedad te ilumina.
Esto fue. Pensamos. Y deslizas una mano a lo largo de tu cuerpo.
Se me ocurre que imitas a Elizabeth Taylor imitando a Bette Davis
what a dump!— con esa frase que tanto resume y anula las revoluciones, las utopías, las injusticias vengadas, la enseñanza gratuita,
los anhelos no realizados, la fe;
porque sobre el horizonte de Minsk se levanta una torre a la maternidad animal
y otra al gas que corre a toda máquina para escapar del horizonte,
y de Minsk, y de Dios, y de uno mismo, y de todos los que no están
y vuelven como fantasmas pomposamente dignos.
Y entre dos torres debes elegir a quién le toca.
A quién le toca vivir y a quién le toca morir.
A quién le toca escribir y a quién le toca vivir lo escrito.
A quién le toca continuar el error para aquéllos que les toque confiar en la verdad.
A quién le toca, a quién le toca,
como si todo viniera de Dios y nada fuera del hombre,
ni su comida ni su salvación, ni siquiera una mano que con amor le toque el sexo.
Y entre las dos torres de cristal,
a quién le corresponde ser la primera: la leche de Minsk,
o el alcohol de Minsk; la evasión o el antídoto.
Qué me toca ser hoy: cobarde o héroe.
Se me ocurre que la luz gana en intensidad mientras el discurso se agota.
A quién le toca sino al silencio, qué vas a explicar.
Y a quién le importa. Tu vida ya pasó.
Esto fue. Pensamos. Y deslizas una mano, sin tocarlo, recorriendo tu cuerpo.
Se me ocurre que de repente te asombra la puerta abierta,
la puerta que de tan vieja aun cerrada ya está abierta,
y te asomas a San Clemente, conteniéndote la bragueta con pudor
y medio cuerpo fuera, como el oso que olisquea la llegada de la primavera.
Al cerrar, se me ocurre —esto es sólo una ocurrencia— que presientes.
Ya sabes, ciertas cosas se presienten, como un perro un terremoto
o un gato en Inglaterra la fina confidencia del té puntual.
"Vaho de cloroformo. Rumor de sedas a mi puerta siento."
Se me ocurre que dices de cara al estómago, donde comienzan las tormentas y el miedo.
Te alejas por el pasillo y la luz se va alejando contigo,
como un adiós cansado que se va agotando lentamente,
rehilado en sí mismo como el huésped de una caracola.
Y se me ocurre que sobre el escenario, pegando a las candilejas,
se ilumina el extremo izquierdo por donde se acerca una sombra.
Una sombra blanca y como de nieve, vestida de hilo rigurosamente,
nívea, nívea, como se viste la muerte.
Su cara compuesta e intacta; más joven aún, diríase. ―Y quién lo creería... ―
Se me ocurre que hasta un sombrero cubre su pelo.
Se me ocurre que su cabello roza ligeramente el cuello de su camisa.
Se me ocurre que su blancura contrasta con los colorines de sus bolsas,
los regalos del mundo, los diamantes del universo,
el carbón hecho destello de engañifas;
y a su paso los ojos de los viejos hechos niños, niños de agua
corriendo por las acequias de un país sediento.
Y la sombra llega a la puerta y la empuja;
se abre sola, vencida por el tiempo ―por el mal tiempo―; y llama
―en inglés, puede ser; no sé por qué se me ocurre
que el idioma de la pérfida Albión
acompaña la presentación de la niebla y la tiniebla―.
-"Anybody here?..."-
pregunta, como en las películas de Abbot y Costello.
Se me ocurre que ante el silencio decide esperar,
se sienta a esperar, en su sillón de siempre, entrando el del extremo derecho.
Y se me ocurre que, esperando, se duerme. Y se desvanece.

Y quedan, como prueba de su visita, los regalos por abrir,
los versos por leer.

Se me ocurre que éste puede ser el final.


(1996. 9 de Enero.)

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