martes 10 de noviembre de 2009

El Harém del tiempo

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garrafa

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Voy a comprar una casa para reunir allí a todos mis amantes.

Conservarán el tiempo en que les conocí,

la primera sonrisa, el beso más entregado,

la noche aquella de las confidencias.

Guardarán el tiempo en que, de una u otra forma, nos amamos.

Yo continuaré el mío. Y no conoceré otros,

ni volveré a ellos salvo en esos terribles momentos

en que necesito un abrazo.

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(Madrid, 10 de noviembre de 2009)

© 2009 David Lago González

miércoles 4 de noviembre de 2009

Villa Maristas, La Habana. Año del Señor de 1978

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A Short Lived Thing (silverpoint)

(C) Richard A. Kirk - A Short Lived Thing (silverpoint), 2008

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para Carlos Victoria Olivera

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A la mesa del restaurante (Veinte años antes)

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El miedo, que viste y calza nuestros actos,

se sienta a la mesa con nosotros.

Virgilio Piñera

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Cuando pregunta por sentarse quiere decir que ya lo ha hecho.

A la mesa del restaurante, es de súbito una intrusa

que asume entre nosotros la función de las copas y los cubiertos.

La subimos, la bajamos, la dejamos reposar en nuestros labios;

es quizá de este reposo de lo que se aprovecha

para hacernos cambiar el diálogo.

Irrumpe sin más ni más, como un trueno,

mientras a todo alrededor, impasibles, sobre el telón

se repliegan y se desdoblan la luna y el sol al cierre de cada acto.

En contra de todas las mudas objeciones, ella está aquí,

sobrepasando nuestras manos, nuestra voz,

el taconeo ahogado de las camareras

y el sonido de las botellas al chocar en la cubeta,

la benevolencia que nos hace coincidir a esta mesa

en la que inconscientemente separamos un lugar para esta amiga nuestra.

Y porque es más real que la misma realidad,

como un soplo puede borrarnos,

o puede al menos para siempre convertirnos en enemigos.

Basta con tirar del mantel en el que como vasos y cubiertos

nos confiamos al requerimiento de los comensales.

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(Camagüey. 2 de Septiembre de 1978)

© 1978 David Lago González

--oo--

Recursos (Veinte años después)

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"...and the bird can sing

but you can't hear me, you can't hear me."

George Harrison

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Podría haberse remontado a los tugurios nocturnos de Hamburgo de donde las viejas notas de My Bonnie salían flotando sobre el océano para refrescar el asfalto de la ciudad con sus chorros de agua nueva.

Pero para intentar romper el orden con que la bombilla siempre luciendo desvirtuaba las horas del día y de la noche, confundía y enloquecía el paso del tiempo, escogió, precisamente, el orden de empezar por el inicio público de los mitos.

Curiosamente, recurrió al orden para romper el orden,

sin deliberación posible, tal vez sólo por la fuerza irremediable a la que estaba acostumbrado.

"Ámame tú, que yo a ti también te amo"*: ¿se puede pretender más simplicidad, más inocencia, más ingenuidad, que confiar en que amar a alguien implique ser correspondido?

Los golpes precisos de Richard Starkey sobre la batería Diamond acentuaban y subrayaban el deseo más simple y más pretencioso de todo ser humano: amar y ser amado.

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Como si de peligrosos criminales se tratara, sólo habíamos visto sus rostros sobre el estampado multicolor de las revistas del enemigo; sólo les habíamos visto sobre el escenario montado por Santiago Álvarez para compararles con graciosos chimpancés circenses, denigrando aquella inicial alegría de la vitalidad a algo muy pobre en pensamiento.

En el principio fueron aquellas imágenes vejatorias las que nos permitieron verles bailar con Beethoven en las pantallas de las usualmente vacías salas de cine de los años sesenta.

Paradojas de la historia hicieron que aquellos "diez minutos del Horror" se convirtieron en diez minutos de placer y lozanía, y aquellos tristes cines se llenaron a rebosar de jóvenes inquietos, de pies que seguían el ritmo de la vieja canción de Chuck Berry con silencio estremecedor, de palmadas que no se atrevían a pronunciarse en sonidos, de contusiones contenidas entre el estrecho corsé de las butacas, de cómplices miradas que en la oscuridad se descubrían con una cierta libertad temerosa de su ilegalidad, pero sonriente, sonriente porque alguien más podía vivir en alguna otra parte, o morir, o pasar hambre, o cantar, "contonearse y gritar”*, aunque ello no representara la liberación de los pueblos oprimidos sino una simple, elemental y efímera etapa llamada "juventud":

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John, Paul, George & Ringo.

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"Ella te ama"*, sí, efectivamente, pero "debería haberlo sabido mejor"*: todo no iba a ser tan sencillo como la fugaz adolescencia lo presentaba.

Pero, por mucho que cantara, "no había respuesta"*: la pequeña habitación de Villa Maristas carecía de "alma de goma”*, pero sí mantenía su luz impía para que la cuenta de los días se convirtiera en tarea imposible.

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"Cosas que dijimos hoy"* tal vez no debieron haber sido dichas, pero cuando "el pájaro puede cantar"* ¿cómo hacer para que guarde silencio si es condición natural del ave expresar sus sentimientos a través de su pico, aun, incluso, a pesar de estar en jaula de utopías o anillada a la búsqueda de lo perfecto?

No se podía cantar la canción que tú eligieras: era necesario, estrictamente necesario, aplaudir, rabiosamente, estruendosamente, para que su estruendo silenciara la voz ingenua del imberbe.

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"Si hay alguien dispuesto a escuchar mi historia..."*

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Pero, ¿para qué?... Mejor refugiarse en un "bosque noruego"*: al menos entre los altos abedules no palpitará este calor agotador ni la luz sempiterna e implacable de esta bombilla en la celda del antiguo colegio de los Hnos. Champaignat.

-o-

Nunca jamás en los veinte años posteriores hemos vuelto a hablar de aquello. Ni siquiera entonces lo hicimos: sentados a la mesa te negaste a hacerlo y cuando pasaron muchos días me contaste el recurso de las canciones, de nuestras canciones, cuyas letras nos intercambiábamos como material delictivo.

-o-

Luego, alguien mató a John bajo el Dakota Building y la juventud se terminó con la sorpresa de un disparo.

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So, let it be.

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(Madrid, 27 de Junio de 1998.)

© 1998 David Lago González

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*Referencias relacionadas con los temas de los Beatles:

“that love me do, you know I love you” - “twist and shout” - “she loves you” - “I should have known better” - “no reply” - “rubber soul” - “things we said today” - “and the bird can sing” - “if there’s anybody goin’ to listen to my story” - “Norwegian wood”

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martes 3 de noviembre de 2009

Riders on the storm (Doors) - Elogio del Jinete

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MALECON POR LA TARDE by Felix Pages-Romeu

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a León de la Hoz,

por uno de sus poemas del libro "Cuerpo divinamente humano"

No dramatices,

ni añadas más leños del árbol de la tragedia

a ese cuerpo que sólo se viste con piel y formas

y en la larga acera que bordea El Malecón

se inclina ante la ventanilla de un coche alquilado.

Es una vieja historia

y ha sucedido ya en otras muchas partes del mundo.

Es una vieja historia

que de sobra hemos visto antes y no nos ha escandalizado tanto.

El que hoy ocurra en tu país

es otro accidente más de eso que llamamos Historia

y algún día pasará, y si el mar vuelve otra vez a su sereno oleaje,

la puta será una buena madre y el puto se casará y tendrá hijos

y ambos ocultarán su pasado, como hace tanta gente;

como ha hecho tanta gente, que ha canjeado ideas y hasta personas en vez de carne,

y si asistes a uno de esos ágapes que Bacardí auspicia con sus mojitos y daiquirís,

verás lo bien que saben disimularlo.

Incluso esto mismo, que es mucho más grave,

ya sucedió hace siglos, y hasta la Biblia habla de ello.

No sería fútil

reparar en la trampa y el escudo semántico del nombre: jinete

es aquel que domina, aquel que conduce la bestia

(llámesele caballo, asno, buey, ñandú, italiano, canadiense, mejicano o español)

por el sendero que quiere, aquel que le doma y le fustiga;

si la bestia se contenta con un poco de pienso o un manojo de pasto seco,

será cosa de sus carencias y necesidades,

de una infancia freudiana o de un falo pequeño.

Por eso, no dramatices: la carne es agua y un día se secará.

En las postrimerías de cada guerra, la carne se altera

arreada por el hambre de la primavera: bellas italianas

se entregaban a rubios soldados por una barra de chocolate;

las "mantenidas" en Madrid eran legión

y las francesas también extendían un poco más su mano

por alcanzar una copa de champán, pero se conformaban con una de Cointreau;

las polacas ―no judías― se daban a los alemanes a cambio de algunas patatas;

y los niños germanos sobaban los genitales de sus salvadores

y sus viejos paisanos entre las ruinas humeantes del Reichstag.

Muchas rusas se entregaron a horribles funcionarios

por añadir unos metros más a sus departamentos moscovitas.

Stefan Zweig relató cosas lamentablemente inolvidables antes de matarse en Brasil.

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Y ¿qué ha pasado?

Nada.

Los próximos excesos del poder acarrearán lo mismo.

Es una consecuencia más de las guerras

y desde hace mucho tiempo podemos ver esas imágenes, por penosas que nos parezcan,

con la tranquilidad del espectador que en la oscura sala de algún cine

comparte su soledad con pensamientos y fotogramas.

Los que nacimos en esa isla

―que, por otro lado, no es ni tan hermosa ni es el paraíso―

llevamos cuarenta años de guerra, sobre todo con nosotros mismos:

lo más natural es que la cuerda ceda por su parte más débil,

y es mejor que rompa por su carne y no por la lengua o por las ideas

o por ese fantasma informe y metafísico que se llama alma.

Así que, después de mucho sangrar yo mismo ante tanta rabia impotente,

la paz me ha alcanzado, quizá un minúsculo rayo de lucidez

―o tal vez de indiferencia, de cansancio―, y si hoy,

a finales de 1999, ya nadie se enamora en El Malecón de La Habana,

no te preocupes, "no cojas lucha, hermano": cuando pase la Gran Guerra Patria,

los hijos de las putas y los hijos de los putos tomarán el relevo

y de nuevo Amor florecerá sobre la piedra carcomida por el salitre.

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(Madrid, 15 de diciembre de 1999)

© 1999 David Lago González

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miércoles 21 de octubre de 2009

La Etiqueta

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Soy "contrario al normal desarrollo de las actividades".

Me lo dijo un policía en tiempos remotos, desde mi juventud más temprana.

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Lo de "contrario" es casi un término lezamiano

que podría tomarse como una fuerza metafísica, espiritual,

con la que opongo resistencia o me rebelo

ante la aceptación de algo que no solamente quieran imponerme,

sino simplemente a algo que exista por sí mismo.

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Lo de "normal"

puede ir desde un estado natural a un precepto jurídico,

pasando por una línea recta perpendicular a otra línea,

todo lo cual abarca desde la geometría hasta la astro-física,

o el cuerpo humano, que es lo más natural que hasta el momento conozco.

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Lo del "desarrollo" se interna casi en un terreno desalmado:

¿Deshago un rollo o entorpezco la acción?

¿Acreciento lo físico, lo intelectual, lo ético,

o como una japonesa tradicional someto mis pies

a la tortura de un zapato de madera para que no crezcan?

¿Explico alguna teoría?

¿Calculo alguna expresión analítica?

¿Sucedo, ocurro, acontezco de algún modo, en algún lugar?

¿O me inhibo y me fantasmo?...

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Y... ¿"las actividades"?

¿Se refiere a la prontitud en el obrar?

¿O a las tareas que corresponden a una persona? ―o a una sociedad, ¡uuhhh!―.

¿Habla de una esfera de actividad determinada o tal vez

va mucho más allá y entra ya dentro del número de átomos

que se desintegran por unidad de tiempo?

¿Quizá intenta recordar el nombre de algún volcán "en actividad"?

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Yo, sea lo que sea, no sé muy bien lo que soy.

Pero creo que en el fondo el policía llevaba razón,

porque cuando creo haber encontrado un lugar,

resulta que no, que estoy en sitio inadecuado;

cuando intento contar algo sobre mi pasado, resulta que no,

que los que no lo vivieron me dicen que no fue así, que estoy equivocado;

cuando me enamoro de alguien, quiero irme hacia lo ajeno;

y cuando estoy solo, quiero estar acompañado,

o cuando tengo compaña, añoro la soledad;

cuando voy por una calle, quiero ir por la otra;

cuando me dicen que lo mejor es callarme, hablo,

y cuando debo hablar, enmudezco.

Así que, perdone usted, señor policía, su etiqueta me ha marcado.

Soy eso mismo que usted dijo:

  • desarrollo las actividades de forma contraria a lo normal,
  • actúo según el normal desarrollo de la contradicción,
  • normalizo lo contrario del desarrollo activo,
  • contrarío lo normal desde el desarrollo de la actividad.

O sea, que me ha convencido: yo no tengo remedio

y soy un peligro a la sociedad, al estado de derecho,

a la democracia, al proletariado y a los ricos,

a sus hijos, a su madre la pobre viejita, al conductor del autobús,

a Dios, a María Santísima, a todo lo que usted quiera.

Llevaba razón: no me debo el mundo,

no me debo la vida,

no me merezco ser feliz.

¡Enciérreme usted!

Usted sí que entra dentro del "normal desarrollo de las actividades"

y su deber es impedir que yo lo entorpezca, así que, por favor,

actúe en consecuencia ¡y elimíneme de una santa vez!

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(Madrid, 21 de octubre de 1999)

© 1999 David Lago González

lunes 12 de octubre de 2009

Lectura de poemas en Ars Atelier, Paris

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Agradezco al Sr. Bruno Sancci (Argentina) la invitación para viajar a París, y a la Sra. Zoé Valdés y al Sr. Ricardo Vega, que gentilmente me han brindado el espacio de su galería Ars Atelier para dar una lectura de mi poesía, asumiendo todos los detalles de la misma.

David Lago González

(Madrid, 12 de octubre de 2009)

jueves 8 de octubre de 2009

UN PAIS LLAMADO AFUERA


 

 

                                                a Rolando (Morelli),

                                                porque en una conversacion en The Cloisters

                                                surgio esa imagen del Pais de Afuera

 

 

 

Al otro lado hay un pais llamado Afuera,

grande como el sol, pequeno como la luna,

donde tu y yo cabemos en un palacio

y donde siempre es tiempo de cigarras.

Atras, al otro lado del otro lado, queda

la fila inmensa de las hormigas

que olvidaron las senas del hormiguero

hasta convertirse en cigarras atrapadas

en cuerpos ajenos, prestados o robados,

de esos que los del otro lado habitan por error

al otro lado del otro lado.

 

Al otro lado del otro lado,

todo es un galimatias inmenso,

empezando por su propio cerebro;

creen que el mundo se extiende

a partir de las cotas del otro lado del otro lado

sin fronteras ni oceanos ni depresiones del terreno,

o del alma, esas otras peores que dificultan cualquier movimiento.

Ellos tambien la tienen, pero haber nacido de aquel lado,

y al no haber estado nunca del otro lado en el pais de Afuera,

les ha hecho no pensar en ello, sino solamente en el espejismo

que contra toda realidad han fabricado

a partir de las erradas descripciones aviesas de los de Adentro.

Son dos paises, dos unicos paises

a los que se reduce todo el Universo:

Adentro y Afuera.  No hay mas.

no hay variantes ni terceros terminos.

Ni tonos ni distinciones ni exclusiones.

Y como dentro les han hecho vislumbrar continuamente los dragones de fuera,

ellos, pobre pueblo mio, confian firmemente que al llegar al Pais de Afuera

se convertiran –porque asi lo consideran justo por su sufrimiento-- 

en san jorges guerreros

que aplastaran de un lancetazo eficaz todo lagarto inmundo.

Es un tema triste y tragico, y queda en lamentable por incomprensible,

o por inexplicable, porque ni los de Adentro ni los de Afuera somos Uno

como entona con voz mesianica el discurso,

y es mal infinito y cruel el resultado del experimento

que los biologos del estado han ensayado en nuestra piel,

unica y a su vez variada razon que nos convierte en Uno.

 

Y en eso ha quedado la identidad de una nacion: en la semilla del mal.

 

 

(Philadelphia, 6 de octubre de 2009)

(C)2009 David Lago Gonzalez

sábado 3 de octubre de 2009

On my way back to New York



Cuando te vi esperando por mi
en el lobby de ese gran hotel
por donde discurre lo subterraneo,
senti como si hubiera por fin regresado a casa
despues de una jornada agotadora
esperando una fortuna que no llega;
como si hubiera cerrado la puerta
y dejado fuera todo el miedo y el nervio enhiesto
de las orejas del zorro.
Por fin estaba seguro,
por fin estaba a salvo,
por fin estaba seguro de estar a salvo.
Entonces supe que llegaria a tiempo
a cualquier destino
que se me antojara imposible.

Cuando en el vagon, me rodeaste con tu brazo
--exactamente me echaste el brazo por encima--,
calibre lo importante que habiamos sido
y cuan lejos habiamos viajado
desde aquel primer encuentro en el garito inevitable.
Eu nao estoi mais apaixonado,
pero aquella certeza de haber hallado la diferencia del oro
se muda ahora en el sosiego de transitar hacia el infinito
con otra certeza mas consolidada: andar por siempre acompanado
de una mano que no habra de soltarme.

(Philadelphia, 19 de septiembre de 2009)
(C) 2009 David Lago Gonzalez

miércoles 16 de septiembre de 2009

Lo siento, OTRAS TIERRAS RECLAMAN EL CONCURSO DE MIS MODESTOS ESFUERZOS

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Me voy a

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newyork 

New York

&

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Philadelphia

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That's all, folks!

viernes 11 de septiembre de 2009

Un hombre sin señor

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para Mª Gina Valero

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Soy un hombre sin señor.

Es triste la vida de un hombre sin señor.

Deambula en lo más temprano de la mañana

por las calles del barrio viejo.

Por demás, esas horas matinales

son el único momento

en que una tranquila felicidad parecida al bienestar

puede entregarse por completo.

Ésa es la meta de un hombre sin señor: un sentimiento plano

pero extenso, prolongado,

lejos de la pasión irracional que recuerda como una fragancia,

sin herida ni sangre vertida, sin rencor ni regresión.

La dicha verdadera, se dice,

sólo se alcanza después de la desdicha de amar como un obseso,

siempre con el cuerpo gravitando sobre el vacío de su cuerpo,

siempre temiendo el espacio infinito casi

en que ese cuerpo deja de ser sólido para convertirse en hueco,

y como el espíritu de un muerto a su lado caminar,

beber, desayunar, leer juntos las noticias de cada día,

ver sus ojos en la silla desierta de al lado: ése

es un premio no reservado para los veinteañeros.

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(Madrid, 11 de septiembre de 2009)

© 2009 David Lago González

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miércoles 26 de agosto de 2009

INTOLERANCIA

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Que se calle la orquesta antes de comenzar a tocar.

Que sea el único concierto sin voz.

Que a partir de entonces sus cantores no tengan paz,

por haber ido a cantar a la tierra de Dios y el Diablo

bajo el sol que la nieve disparó un día para cegarnos para siempre.

Que se ahoguen todos en la gran sopera de cerámica blanca

llena del óptimo merengue, virgen de cortes y éter,

que muchos dicen el mejor del mundo.

Que la negra única no pueda volver a gozar de mujer ninguna,

ni tampoco de un solo hombre.

Que el blanquito patético reciba la bala

que lo haga por fin tan hombre como para no serlo.

Que el paisa bonito se funda en negro, de camisa y corazón.

Que el minero y la mujer del minero vuelvan a su mansión,

pero realmente contaminados por el estercolero;

que lo que ellos consideran piedras con las que me han golpeado,

palabras con las que me han insultado,

gestos con los que me han humillado,

se ensuelva todo en sí mismo como un polluelo enfermo,

conjurado por el dolor de mi madre y la herida de mi padre,

y el dolor de todos

y la risa de todos

y la basura de todos.

Que abran y cierren la boca

con la frustración de darse cuenta que de ellas no sale nada.

Que dejen ya de creerse que piensan.

Que me dejen en paz.

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Que el pálpito de la miseria del hombre

vuelva a reposar tranquilo sobre mi párpado,

asumido como vida irremediable, gozosa y sufrida;

al fin y al cabo, mi única vida.

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(Madrid, 26 de agosto de 2009)

© 2009 David Lago González

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sábado 22 de agosto de 2009

Plaza de Toros de Las Ventas

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Ah varón, desnudo yo te invito

a este asombro, tan mudo, que despierto.

Elena Tamargo

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Y sin embargo, me agrada que me digas

que soy la clase de hombre que gustas

y que despierto en ti lascivia en la noche calurosa de este incipiente verano.

Disfruto que compruebes que no te equivocabas cuando los ojos sobre mí pusiste

y lo exclames en voz alta para que las estrellas se enteren,

cuando palpas el falo, redondeas el glande,

castigas en tu puño gónadas y glúteos,

recorres el pecho donde los barcos se hunden,

y besas la boca, y muerdes los labios.

Y sé que no mientes.

Y sé que este efímero momento vale la eternidad del amor.

Y sé que todo quedará en algo que pudo y por suerte no fue

porque precisamente ya lo fue en ese único segundo en que la tierra se nevaba,

y así quedará para siempre: cubierta por la nieve, y no por el barro.

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(Digital Art, David Lago)

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(Madrid, 21 de junio de 2001)

© 2001 David Lago González

viernes 21 de agosto de 2009

Aquejado por el zumbido de las cancioncillas del verano, escribo estos versos.

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(C) Anne Bachelier

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para Zoé Valdés

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La vida no renace; la vida se deshecha.

Nos fue dado habitar La Tierra de las Hadas Malignas,

y por ese solo privilegio un huso emponzoñado nos estaba destinado.

Hay miles y miles por todas las comarcas,

más tarde o más temprano nuestro dedo inevitablemente

encontrará la púa, nuestro pie se clavará el acero.

El clavo estaba allí desde que llegaron las hadas,

sólo era cuestión de tiempo que el pie lo pisara.

Quizás ni siquiera lo trajeron ellas deliberadamente;

es que forma parte de la esencia: todo el mundo

se pinchará para quedar debidamente contagiado.

Sus efectos secundarios es el creer que puedes ordenar tus papeles,

“la diminuta poesía que forma mi vida”, escribir un verso,

tararear una canción, procrear, llevar la existencia simple de tus mayores,

conocer nuevas praderas, incluso cruzarlas,

amar, reír, estrenar sedas y cashmeres, anudarte al cuello un pañuelo,

odiar,

matar,

enloquecer,

y que alguna insignificante cosa

no está en realidad relacionada con aquel huso

en el que tu dedo se hundió para toda la eternidad.

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(Madrid, 20 de agosto de 2009)

© 2009 David Lago González

jueves 20 de agosto de 2009

Vienen del sur (Palabras a Víctor Manuel San José)

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a la memoria de mi padre y mi tía Ermitas,

a todos los españoles que conocí en Cuba

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Una vez nací. Crecí una vez entre el silencio y el idioma

de los que partieron pensando quizá en volver,

imaginándose acaso que el nuevo inicio de sus vidas no tenía retorno,

para finalmente acomodarse a la silueta de una nativa

o sofocar la calima bajo el tembloroso frescor de la malanga.

Si los padres de estos hombres

hubiesen sido reprensibles borrachos irlandeses

es posible que hubieran construido un país: fuerte,

despiadado e imperdonable, como el del Norte.

Pero cuatro siglos expoliando la miseria dorada de los ríos

y trasvasando riquezas hasta las casonas de los indianos asturianos

es demasiado tiempo para que sólo cien años

puedan tornar el menosprecio que corre por nuestras venas

en respeto y consecuencia y amor hacia nuestras maneras de ser.

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Mas parece que efectivamente nací una vez, y crecí,

sin que entre mis recuerdos pueda encontrar

los rastrojos de tantos orgullos patrios,

pacotillas de patios de vecindarios,

marrullería de corralas vallecanas,

remembranzas de antiguos reinos tragados unos por otros

y convertidos en vísceras sin raciocinio:

Galegos de Cantabria,

maños de Cáceres,

canarios de Cantabria,

cántabros de Sevilla,

andaluces de Badajoz,

asturianos de Bilbao,

catalanes de Madrid,

valencianos de Murcia,

mallorquines de Canarias;

vascos de Girona,

vascos de Lugo,

vascos de Cádiz,

vascos de Tarragona;

y hasta portugueses de los Pirineos ,

que dulcificaban la zeta final de sus apellidos en suaves eses

que arrastraban por las calles empedradas de la nueva Iberia.

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"Vienen del sur" ―dices―.

Y no, Víctor Manuel, te equivocas: regresamos,

y yo al menos no retorno para llevarme la belleza del paisaje

que te vio nacer: esta tierra será mi casa y mi sepultura;

como un reprensible irlandés borracho ―pésele a quien le pese―,

Madrid será para siempre mi Dublín y mi Brooklyn,

lo nuevo y lo viejo,

la etapa vencida y la etapa por vencer.

Entre "las fotos que me vieron crecer"

sólo vi hombres y mujeres sin lindes,

y sólo supe de las fisuras de tantos odios ancestrales

al venir del sur ―como dices tú―. Yo, en cambio, diría "regresar".

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(Madrid, 19 de enero del 2000)

© 2000 David Lago González

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lunes 6 de julio de 2009

En beneficio del Sr. Lago...

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For the Benefit of Mr. Kite

There will be a show tonight on trampoline…

John Lennon

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En beneficio de Mister Kite

habrá esta noche un espectáculo sobre el trampolín...

y, nunca mejor dicho, ..................sobre el trampolín.

Mr. Kite, como antes le sucediera a Miss Otis,

ya no está en disposición de tomar el almuerzo por más tiempo.

Un almuerzo que tarda toda la eternidad de la vida

no es ya un gusto sino más bien un disgusto:

la sopa fría, el arroz sin sal, el café sin cafeína y sin azúcar prieta.

Cómo se ha llegado a este punto ultimísimo de la tragicomedia, no se sabe...

o nadie responde o nadie acierta, no se sabe.

O Mr. Kite calla lo que conoce,

siempre fue un zorro que las mataba en silencio

para luego retornar a su modosito estado natural.

Tampoco es cuestión de detener la marcha del mundo por ello,

ni siquiera es menester de que saquemos a la vieja Ágata de su reposo

para descifrar tal misterio irrelevante: el veneno

venía con el frasco, y ambos en el precio.

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Ah, los Hendersons...,

tan encantadores en sus enlacados tupés estilo “vals para un millón”,

fósiles joyas de La Corona,

están todos por aquí, picoteando como gorriones de tapa en tapa

y con cuidado de no resbalar sobre el paté barato de salmón ahumado,

un ojo puesto sobre el evento social

y el otro parpadeando atento a la expectación de ese momento

en que el Señor Kite se lance a la piscina en medio del Albert Hall.

Pero qué más se puede extraer —aparte de la ironía— de una existencia

pautada siempre por la arbitrariedad de terceras partes...

Se ha vivido como se ha podido —se consuelan, tanto Kite como Otis—.

Se ha sido consecuente consigo mismo —comenta para sí Kite,

mientras Miss Otis le mira con sorna de reojo—.

Has jugado, muchacho, sobre el vientre de un ángel asesino.

Todo está bien. Tu vida es más plena que la de muchos de los presentes.

Así que... ¡cimbrea ese trampolín como la cintura de un adolescente,

y deja que el espectáculo continúe!

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And of course, Henry the Horse dances the waltz!!!

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(Madrid, marzo de 2006)

© 2006 David Lago González

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domingo 28 de junio de 2009

Los Plomos

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pozos

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Regreso a Los Plomos.

Dispongo de mi libertad para rechazarla.

Yo mismo abro la cerradura de mi celda,

yo mismo la cierro desde dentro

y entrego el manojo de llaves a Lorenzo;

así le ahorro trabajo, y guía no es menester

pues de sobra me sé los húmedos avernos del fatum.

Pobre Lorenzo, bruto entre los brutos, simple,

sin más goce en la vida que mercadear con la muerte.

La existencia mía depende de mi guardián, y la suya

de la mía: una alimenta la otra y eso nos hace iguales,

o al menos prescindibles para el resto de los mortales,

porque si en su descuido desaparezco, también él será fantasma de las mismas mazmorras,

y con él el sustento de su familia,

y su mujer se dará a los hombres

si no encuentra peor veneciano

que quiera hacerse cargo de cuerpo usado.

Aquí tengo mis enseres y mi cama; gusto

recostarme al maderamen del dosel mientras escribo estos versos,

suaves plumas de oca bajo mi trasero: lejos ―por suerte―

están todavía los tiempos presentes en que la prisión te priva también de tus pertenencias

y quedas a merced del cuerpo y del alma,

y de ese molesto ruido entre ambas llamado “mente”.

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Arriba, vulgares japoneses siempre delicados, sin feudo ni espadas,

pisotean el hermoso pavimento de Piaza San Marco

mientras gondoleros a la espera se mofan bajo el sombrero del dialecto.

Y en el Gran Canal se escucha una motora, ensordeciendo

el picotazo de los remos cuando rompen el agua

sumergiendo y sacando su cabeza de madera sin pez en la boca,

sin vida en la muerte.

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(Madrid, 3 de abril del 2001)

© 2001 David Lago González

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domingo 21 de junio de 2009

Sólo una canción para el domingo

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Ven aquí,

donde tus oídos no pueden escuchar el ruido del mundo.

Ven aquí y cierra tus labios.

Sólo quiero el rumor que sale de tu pecho.

Tengo para ti palabras que se igualan al oro,

cómo descubrirlas a otros... Nadie

sabrá quién eres; no te preocupes,

sé guardar los secretos:

es lo único que quizás he estado haciendo toda mi vida.

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(Madrid, 2 de julio de 2006)

© 2006 David Lago González

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sábado 20 de junio de 2009

Los versos en mis labios

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Los versos en mis labios

guardan los nombres indelebles de la risa.

En secreto asoman por las comisuras

y se confunden entre ellos, adulterando la historia

de qué sirvió para la ocasión de su descubrimiento.

Unos vinieron de fuera, prendidos a otras bocas;

otros nacieron en el silencio de esos enormes ruidos,

atronadores presagios de un mundo por terminar.

Y todos brotaron y cayeron como el propio mundo,

con la indeferencia debida,

y con la leve y plácida sombra de la satisfacción.

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(C) 2008, David Lago González

(Madrid, 25 de julio de 2008)

domingo 14 de junio de 2009

Un bolero fallido

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NOTA: Este poema, estoy casi seguro que fue escrito inicialmente con anterioridad a la fecha que se indica. Tanto éste como otros, pertenecen a un grupo de poemas sueltos, que nunca conformaron nada parecido a un todo a pesar de que parten de una experiencia común, que se remonta a cuando conocí la primera persona en mi vida allá cuando tenía trece o catorce años (en el actual mundo tan genatiloso y tonto, lo dicho se enmarcaría dentro de los inciertos límites de la pederastia --yo, entonces, como víctima infeliz e inocente que, si no "sabía" en toda su magnitud, al menos sí buscaba, incitaba y jugaba con el atractivo misterio de lo ineludible).

Son poemas con los que nunca quedé satisfecho (por el contrario de la experiencia de la que partieron) y a los que repetidamente volví a lo largo del tiempo (al igual que con la persona que los motivó).

Éste, en particular, juega con la nocividad del bolero. El bolero es una mala medicina por su alto grado de toxicidad y nocividad inmediata y a largo plazo. Son trágicos, pero tremendamente "camp" aunque nunca tan cursi como la copla. Por suerte podemos contar con las grandes cantantes trágicas y los melancólicos cantores de esa música encantada denominada "brasileña". Pero ése es otro tema.

Ahora, hoy, quiero dedicar este poema a un grupo de personas que sé que gustan del bolero, y le admiran, y le sienten, pero, como entre ellas hay rencillas y enemistades, prefiero omitir los nombres: ya cada cual se sabrá aludido.

El autor.

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Hablas: haces bien.

Mejor es que las palabras quiebren

la blanca línea por la que tus labios vuelan.

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Callas: haces bien. Porque mi voz

procura entonces un bolero fallido, y aun perdido el tono,

tu silencio me hace creer que nadie mejor lo ha cantado.

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Si me amas, hiciste bien en besarme

cuando las sombras a las sombras en silencio se entregaron.

Si un brusco giro de la noche hacia otro rumbo te ha llevado,

bien hecho en alejarte: no merece mi paso trémulo andar a tu lado

cuando débil el guardián no sabe defender de las tinieblas

esa luz que dan los besos.

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Y si no atiendes mis versos ignorando su existencia,

qué bien haces: no soy un bardo sin igual para de esa forma elevarme.

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Pero si regresas, si dices que aún entre tus labios

apresado está el gesto de los míos,

no sabes entonces tú el mal que haces,

porque sabiendo yo con qué palabras juegan los boleros,

dejaré deshacer en mis labios el gesto,

cuando después de haberte amado, enmudeciendo bajo el silencio,

de mis brazos te despida con desprecio.

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(Camagüey, Cuba. 1977)

© 1977 David Lago González

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viernes 12 de junio de 2009

El poeta y el comandante (Cocktails for two)

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a la memoria de Virgilio Piñera

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Los cadenciosos viajes en calesa por las calles empedradas de Cárdenas deben haber grabado en su corazón la fragilidad del aire. Ese corazón siempre saltando dentro a cada pisada del casco del caballo sobre el adoquín; ese pálpito al resbalar la herradura contra los cantos de la calzada; el relincho súbito; el ¡arre! impetuoso del cochero; la posibilidad siempre existente y temida de que los goznes se desprendiesen o de que el caballo se encabritara, y el olor mezclado de las dos bestias que tiraban del coche, deben haberle supuesto un paisaje de atracción y miedo que nunca desapareció de sus ojos.

Artífice mayor del teatro, que nunca supo actuar, siempre supo ser la mariposa inerme y el botín de los coleccionistas de primaveras exuberantes.

Artífice mayor de la poesía, supo como nadie dejar sobre el papel para el antes y el después la definición del amor y la repulsión que contra la piel de muchos deja la resaca de un mar que nos invade, nos ahoga y nos salva, unas veces con la silueta inapresable del agua, otras con el peso abrumador de un cuerpo, y tantas otras en la multitud que nos sentencia con su música y su sangre, y que es pasión y dolor, amor, muerte, odio: simple arena sobre la que se asienta el desierto.

"Contradicción de las contradicciones", como diría Lezama.

Al Buenos Aires de los 40 huiría intentando romper "la maldición de verse rodeado de agua por todas partes" y junto a Gombrowics compartió "piano, estera y velador", algún que otro mate, algún que otro porteño; y alguna noche, después de mucho tiempo, regresó al mar como Ulises retornando a Ítaca, pero Ítaca seguía siendo aquella isla que pesaba tanto, porque todo parece cambiar pero en el fondo todo sigue siendo igual, y las islas son como los hombres: se visten para salir a la calle y se desnudan de piel y alma, Virgilio, cuando se te meten en la cama.

Pronto volvió a ser la endeble mariposa de la poesía encubriendo su fragilidad tras el atrezzo del teatro. Botín de los coleccionistas de primaveras trémulas, a su casa de Santa Fe llamaron en "La Noche de las Tres P"*.

Y quizá pensando incluso que el mar era otro, asistió al cóctel oficial al que le habían invitado, arregladito como un principiante de Cárdenas, sonriente pero siempre temeroso de que el caballo de la calesa se encabritara. Cercana la medianoche, hizo su entrada un hermoso y aguerrido porteño que con tono bien audible preguntó por qué tenía que compartir su sitio con semejante maricón.

El comandante podía leer a Nietzche, pero nunca jamás podría comprender "La isla en peso": para empezar a entenderla hay que verse y sentirse "rodeado de agua por todas partes".

El cóctel se reanudó después de la expulsión de la indiscreta mariposa que por una noche había osado pensar que el mar era capaz de cambiar.

Luego se refugió en su flor a jugar a las cartas con viejas damas de El Vedado.

Salía poco, y temblaba. Su palabra era débil, y temblaba.

Y murió un día, como mueren las mariposas, de tanto temblar ante la fuerza del viento.

Todo el polen que almacenó de las flores de la vida y la muerte fue puesto a buen recaudo. Por todas partes pululan coleccionistas ávidos por clavar alfileres sobre las alas; puede que ni siquiera piensen en el dolor de la mariposa que acaban de añadir a su libro de insectos disecados.

-o-

Cada vez que veo la mirada al viento sobre los pechos ignorantes pienso en aquel cóctel para dos de hace tantos años: entre el comandante y el poeta, me reservo el hacedor del silencio.

Nunca ondeará sobre mi pecho una camiseta con su rostro de viejo pánico, pero dentro de mis oídos siempre escucharé su trémula voz en sordina intentando no desatar las furias del vecino de abajo.

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(Madrid, 20 de Abril de 1999)

© 1999 David Lago González

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NOTA DEL BLOGGER Y AUTOR: Sobre el incidente entre el poeta y el comandante, o más bien lo que el comandante dice sobre el poeta, he escuchado varias versiones. Una se refiere a un libro del poeta sobre el "bureau" del comandante, pero ¿quién iba a dejar un libro de Virgilio PIñera en el despacho del Che Guevara? Suena un poco absurdo. Así que por razones menos absurdas y más obvias, preferí esta otra versión que hace coincidir a los protagonistas en un "cocktail" en los tiempos de la "early Revolution".

*"La Noche de las tres P" es el nombre por el que se conoce la primera gran redada de la era revolucionaria. Las "tres P" vienen dadas porque "la recogida" iba dirigida contra Putas, Proxenetas y Pederastas (entendiéndose por "pederastas" los homosexuales masculinos; Cuba nunca fue un país tan civilizado como los norte-europeos donde el índice de las desviaciones sexuales es casi proporcional al concepto de "desarrollado".)

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jueves 28 de mayo de 2009

Revival

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Acabo de verte esta tarde, 16 de marzo de 2005. Ahora mismo, Amelia;

escudriñabas el interior de una tienda cerrada en la calle de San Mateo

como si te asomaras a un bazar infinito en Chinatown.

Yo sé que buscabas en New York que un ejército de terracota

te diera la razón, esa perla de quien nace para vivir para alguien.

tanto tiempo lo has hecho que el sacrificio se ha hecho vicio,

ha crecido como hiedra por la pared del tiempo,

a través de la celosía del agua.

¿Y cuándo no tenga a nadie? ―jamás te preguntas eso―

Inventaremos entonces

una tienda siempre abierta, una sobrina lejaniiiísima

allá por Borneo oriental, Chinatown en el ojo de una abeja,

New York cabrá en un bolso rojo,

y un ejército de terracota se mirará sobre el cristal de la esmeralda

en el anillo de tu dedo.

Todo tiene remedio, Amelia; todo lo tiene.

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(Madrid, 16 de marzo de 2005.)

© 2005 David Lago González

sábado 23 de mayo de 2009

Aniversario

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Para cuando... (ruido ensordecedor in crescendo,

voces, tráfico urbano, implociones controladas a cámara lenta,

plegarias, olas rompiendo, una copa que cae al suelo, remolino

del polvo en la ciudad, una mañana de campo bajo un árbol

donde canta un pájaro solitario...) quiero

un coche negro tirado por percherones blancos, engalanados

de oro, azul púrpura y turquesa, amarillo cegador y blanco.

Que camine sin sonido sobre los guijarros de Camagüey.

Con dificultad y suavidad, como las caderas de una jamaicana

que porta sobre su cabeza un atado gigante de ropa sucia

y baja por la calle de mi infancia, se detiene en el inoportuno

poste de la luz que corta la acera en “cuánto me falta”

y “en ya falta menos”, deja el lío de ropas en el suelo,

se seca el sudor, y vuelve a ponérselo sobre las “pasas” recogidas

valiéndose de una mano que apoya sobre el mundo

que se hunde en la grasa de sus caderas, y con la otra sujeta arriba

el otro mundo y echa a andar de nuevo... Es una cuestión

de equilibrios que el mundo de arriba y el de abajo cohabiten

el mismo universo de mis ojos, que quieren entonces

ser los ojos del mundo... o al menos, de otro mundo...

el mío.

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Yo voy a pedir por esta boca, no me importa nada lo que diga el populacho.

En fin de cuentas, siempre van a hablar...

Yo quiero que Joni Mitchell, y todas sus amantes,

y toda la prole celestial de ángeles de Vancouver y alguna de Québec,

rememoren “la última vez que vi a Richard”

como si realmente volvieran a ver a Richard por última vez

caminando a mi lado, tendido entre el coche orlado y los percherones

de patas peludas cuanto más cerca de los cascos,

y lo recuerden con esa voz entre la diznea y el foso de la ópera.

Quiero que Whoopie Goldberg se siente al piano otra vez

y comience quedamente a repetirme que tuve todo cuanto quise,

que la carencia quizás sólo fue una cuestión de destiempo,

y de equilibrio entre los mundos, pero que el resultado ha sido millonario,

y la cosecha la mejor habida en el universo

a pesar de todos los pronósticos

y de todo cuanto los miserables hicieron en uno y otro lado.

La miseria ni siquiera tiene conciencia del asno que golpea

porque ella, con sus ellos, se alimentan del golpe contra el lomo

y si el lomo desaparece, siguen golpeando

y golpeando,

para escucharse a sí mismos en su vana victoria.

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Por eso

yo voy a pedir por estos ojos

despertarme a la mañana de Chelsea

como antes de saber que sufría por ti

todo lo que la daga aventuraba en su filo mellado,

tudo machucado, tudo machucado

el corazón del apasionado que se lanzaba

por este camino de palabras que conducen hacia la locura,

la locura que es dolor del que no vuelve

pero escapa para siempre de lo ramplón y lo siniestro

entre los cascos de los caballos.

Mayo 2009.

© 2009 David Lago González

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foggy

martes 19 de mayo de 2009

Los penúltimos días de la Casa de Usher

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Los penúltimos días de la Casa de Usher

son peores que los últimos, y mucho más agónicos

que el colapso total.

Son días de confusión, en que todos,

a pesar de hablar el mismo lenguaje,

hablan una palabra y escuchan otra,

como si un espíritu burlón las cambiara

en el salto de la boca a la oreja

si con buena suerte llega al pabellón que la mosca asorda,

pues si la palabra cede a la gravísima gravedad

y pisa —¡qué digo!—, roza,

cualquiera de los elementos telúricos,

puede desatarse cualquier bobo espanto

que a su vez convoque las más oscuras ofensas de la simplicidad

y también aquellas otras deleznablemente pervertidas de la ilustración.

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(Abril 2009)

© 2009 David Lago González

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viernes 15 de mayo de 2009

Paraísos cercanos*

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a Frangelina

y los compañeros del Sindicato de Trabajadores

que se negaron a secundar los actos de repudio en contra nuestra

durante los acontecimientos de mayo de 1980 en Camagüey, Cuba

Por entonces vivíamos allí mi madre y yo.

Por entonces,

frente a la puerta de casa se levantaba un álamo y los Miranda tenían cuerpos de ébano bruñido. Si hubiesen aireado sus ornamentos habrían competido con lo inusitado del marañón, única fruta que ostenta su simiente a la vista de todos.

Por entonces,

los Miranda habían descubierto el contento en la humillación ajena y se deleitaban en subirse al árbol para convertir a mi madre en una vieja ramera a la que vaticinaban una segura violación por los ornamentos de otros ébanos bruñidos en la vecina Norteamérica, situando el mismo color de su piel como sinónimo de lo más ínfimo. Yo también sería sodomizado por otros cuerpos oscuros como la noche. No sé por qué razón los Miranda tenían esa extraña fijación con que los únicos forzadores del sexo de hombre y mujeres a noventa millas de aquel álamo tenían necesariamente que ser, como ellos, descendientes de esclavos africanos.

Por entonces,

alguna vez alguien misterioso, como si matáramos ruiseñores, nos dejaba a la puerta una bolsa de papel y llamaba al timbre o dejaba caer la aldaba salvajemente; cuando abríamos, el hedor nos hablaba sin necesidad de palabras, y pacientemente, en silencio, recogíamos nuestro regalo, con el que abonábamos las plantas del jardín interior que, agradecidas, crecían y florecían; el álamo, en cambio, tardaba mucho en espigarse unos centímetros: tal vez el peso de aquel ébano bruñido les impedía crecer con más libertad.

Pero los Miranda se equivocaron: no viajamos nunca hacia el norte, sino al noreste, a miles de kilómetros de nuestra casa, del álamo y de su vulgar suspicacia hacia nuestro futuro. Sus augurios cayeron al mar: la ramera y el marica nunca fuimos violados. Es posible que alguno de aquellos relucientes ébanos, sobre los que se condensaba la humedad del trópico como el rocío sobre la hierba del amanecer, se haya entregado por unas pocas monedas o por someras baratijas a algún nuevo colono europeo en el trasiego sexual del turismo. Todo es posible: hasta cabe imaginar que tal vez ahora vivan en el barrio negro de Miami.

Es alguna de las cosas que recuerdo de ese paraíso cercano llamado Cuba, de ese pueblo conversador y alegre, donde la vida tiene tantas lecturas y las personas tantos pliegues como una falda plisada.

Lamento,

eso sí,

que ya el álamo no exista: fue reducido a simple leña, como todos los otros árboles de mi calle, y hoy aquel barrio es una arboleda perdida. Lo imagino triste al sentir su desnudez impávida ante el quebranto de la historia.

Esto me han dicho: yo no he vuelto. Ni volveré nunca para ver crecer otro en vez de aquél que me acompañó desde niño, y mucho menos pisaré aquellas calles nuevamente para que los Miranda me reciban con honores, como a un pobre sobreviviente que la mediocridad confunde con el triunfo.

Que repose en paz el ébano,

que en alguna parte del recuerdo reposen en paz las hojas barridas por el viento.

Que descanse en silencioso respeto el pasado de mi vida.

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(Madrid, 8 de abril de 1999)

© 1999 David Lago González

*”Paraísos cercanos: Cuba”, documental emitido por TVE-1 la noche del miércoles 7 de abril de 1999.

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lunes 4 de mayo de 2009

ELOGIO DE LA ESCORIA (A whole lotta love)

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NOTA DEL BLOGGER: Ayer tarde, revisando papeles viejos que han quedado de otras limpiezas, encontré este poema que pertenece a un libro que el éter engulló con voraz apetito.

En esta ocasión, a pesar de estar incluidos en la dedicatoria general, quiero dedicarlo muy especialmente a mi amigo Elio Poblador, y a mi amigo Oscar León Morell que recientemente murió durante la Semana Santa.

En el poema soy indulgente hacia nosotros mismos. Releyéndolo ahora me doy cuenta del matiz trágico que quise omitir o que tal vez no supe distinguir en el año 2000 cuando lo escribí. Digo "Y nos separamos: eso fue todo." Cuando menos, es inexacto: eso NO fue todo.

-o-

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Elogio de la escoria (A Whole Lotta Love)

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...fracasados convertidos en asiduos de las cervecerías.

Isaac Babel

(tomado de las notas de su interrogatorio en la Lubianka)

Este poema está dedicado a tanta gente que es imposible nombrarlos a todos

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El Bosque es hermoso, a pesar de todo.

Excepto cuando llueve y todo se convierte en un lodazal. Pero en los días secos y soleados, si entrecierras los ojos y si tienes la suficiente imaginación, cuando entre los párpados miras la hojarasca, puedes pensar por un segundo que atraviesas el fantasma de Bavaria.

Aquí

he visto yo acuchillar a un hombre casi anciano que corría como una liebre, de mesa en mesa, de árbol en árbol, hasta que fue acorralado contra el mostrador donde se expendía la cerveza.

Aquí

hemos tenido la vida pendiendo de un hilo, y esa vida no ha sido más consistente que la espuma que el chorro del termo producía al chocar contra el fondo del cartón encerado de los vasos: un mero roce mal recibido contra la crápula y habríamos durado menos que el anciano que vi desangrarse.

Aquí

he venido con mi amante, y con el padre de mi amante, y años más tarde con el hijo de mi amante, todos como en una gran familia, escuchando cuentos de isleños de Canarias o rumores de barrios orilleros.

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El Bosque es hermoso, a pesar de todo.

Aquí detrás, contra esa valla de alambre y cuando todavía no habían instalado los termos, estuve en dos noches distintas con un hombre rubio muy hermoso, de pelo rizado y ojos verdes, que se desnudaba por completo tendido en la tierra contra el alambrado y la vergüenza de ser poseído le provocaba tal rigidez mortis que el placer se convertía en la proeza de descorchar una botella con uñas y dientes.

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Pero El Bosque sigue siendo hermoso, a pesar de todo.

Claro que en esta ocasión —ni en ninguna— no hemos venido a admirar su belleza, sino simple y ramplonamente a emborracharnos como eso que dijo Babel entre sus delaciones: “como fracasados convertidos en asiduos de las cervecerías”.

Pero esta vez será la última porque también hemos venido a despedirnos: el Gran Hermano ha enloquecido un poco más, ha separado las aguas del Jordán y ha dicho que todos a los que su simpatía nos es indiferente, podemos cruzar a la otra orilla (donde nos esperan cosas terribles, pero, qué más da; en todo caso, sería un simple cambio de avernos).

No estamos todos, pero estamos muchos.

Es de tarde en la isla tropical y las nubes, como un termo de cerveza incontrolado, se quiebran de improviso vertiéndonos encima sin la más mínima piedad toda la carga que han ido acumulando durante días: todo es excesivo en estos prados.

Nos refugiamos bajo los arcos de un puente y continuamos con nuestra cantaleta del adiós. El repertorio es variado, casi infinito y muy intenso: hoy nuestros ánimos requieren del rock duro el estruendo de su evasión con todo su rigor —en fin de cuentas, nos vamos al infierno—.

In the sunshine of your love, in my white room, summer in the city, born to be wild, y nuestra mayor y absoluta realización musical: “A Whole Lotta Love”.

“You need cooling, baby I’m not fooling,

I’m gonna say <yeah, go back to schooling…>”

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Carlos Victoria asegura que hay momentos extrañamente mágicos en que alcanzo la perfección de la segunda voz, pero nuestro amigo es un borracho empedernido y ha devenido en una total escoria, eso ya lo sabemos, así que, cual Olga Guillot, miente porque su maldad le hace feliz.

Pedro Castro introduce la cuña de su versión ególatra de “Bajo un palmar” y rompe el ruido de la lluvia con el absurdo de la forzada letra:

“Era en una playa de mi tierra tan querida, a la orilla del mar.

Era que allí estaba celebrándose una gira debajo de un palmar.

Era que estaba precioso, con el color de rosa de mi traje sencillo y sin igual.

Era que yo era novio mío, y me sentía nervioso entre mis brazos suspirar.

Era que todo fue un sueño, pero logré mi empeño porque ME PUDE BESAR.”

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La lluvia amaina. Desde lo alto de un barranco comienzan a lanzarnos piedras y a insultarnos: “¡Escoria! ¡Maricones, fuera de aquí! ¡Singaos por el culo!” ¡Qué curioso! ¿Cómo habrán podido adivinar todo eso, desde tan lejos? La gente nos sorprende a veces siendo extrañamente perspicaz. Nosotros, al unísono nos acordamos de Gran Funk Railroad y nos partimos la voz cantándoles “we are an American band...”

We are an American Man.

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El Bosque es hermoso, pese a todo.

Algunos partieron, otros se han quedado, otros se mataron o han muerto, otros tantos han desaparecido y nadie sabe de ellos. No nos pasó nada terrible, en fin de cuentas. Alguna edrada, algún cartucho de mierda, algún palo en la cabeza, un poquito de ácido a la cara, algún muerto nada grave, un escupitazo, cristales rotos, millones de insultos, barcos zozobrantes, locura en alta mar, festín de tiburones, humillaciones, violaciones en los campos de acogida, sed, hambre, y paciencia, mucha paciencia.

Y nos separamos: eso fue todo. También los grupos cuyas canciones cantábamos se separaron: Jimmy Page, Robert Plant, Steve Winwood, Eric Clapton: cada uno va por su camino. Jim Morrison, Janis Joplin, Jimmi Hendrix, sucumbieron a los delirios del averno.

Pocos hemos vuelto a vernos de nuevo; otros nunca volveremos a hacerlo.

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(Madrid, 22 de marzo de 2000)

© 2000 David Lago González

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miércoles 29 de abril de 2009

ESTOY EN ELLO

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Todo cuanto he hecho o dejado

de hacer (...) está condicionado

por mi incapacidad para soportar

mi propia victoria

como un superviviente.

Jean Améry

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Estoy en ello.

Sé que el yo arrastra ciertas exequias de suave o fuerte resentimiento

y que, en cambio, el nosotros resplandece en la noche

como un elegante puente iluminado

mientras se le mira distantemente desde cualquier colina;

sé de sobra que a la luz del sol también será otra cosa

y que el cemento es gris y opaco.

Sé que no debo jugar con los gamberros del barrio, me lo dijo mi mamá,

y estoy en ello.

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Sé que en lo social debo sonreír, carcajearme y mentir,

una palabra con éste, una frasecita con aquél, un chistecito para el espía,

pero mi abanico está hecho trizas, no tengo donde esconder la cara,

y las casas que tradicionalmente se dedicaban a tal arte

ya están en banca rota;

pero estoy en ello,

ya pedí el crédito para el Fujitsiu silencioso y el ionizado Panasonic

y así poder entrar fresco, pero superviviente,

en la sufrida copa de la gauche divine.

Sé que el vecino no quiere saber que lo que pasó

pasó en este tiempo y no en otro que él no haya vivido

y que sigo sobreviviendo, sin regenerarme,

sin reindustrializarme como un astillero o una mina abandonada.

Pero estoy en ello,

me cambiaré al centro, me compraré un Audi,

insertaré un hilo de silicona y oro entre mis labios estriados.

Sé que no debo mezclarme con los gamberros del barrio,

mi madre me lo dijo hace un rato,

y estoy en ello: cuando les veo, escondo las canicas en los bolsillos

y silbo, mirando al cielo.

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Sé que la vida, o ciertas vidas no entraban en los cálculos

de esa abominable tortura que representa para otros no adaptarse.

Sé lo que significa que te pidan la conciliación; también he sido contable,

he manejado dinero más sucio que el carbón

y hasta he sido elogiado y humillado por mi maestría para acercarlo al blanco.

Pero nadie perdona el horror de la lucidez.

Estoy en ello, desde hace siglos, y sé que la lucidez no es contemporánea.

Mi madre me lo dijo mil veces: no te mezcles con los gamberros del barrio.

Estoy en ello, mamá, te lo juro, pero cada vez hay más necios por estas lindes;

ante sus risas me he desprendido de todas mis canicas,

y estoy en ello, mamá,

tal vez lo consiga,

pero tampoco me queda mucho cielo

hacia el que pueda mirar mientras silbo.

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© David Lago González

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viernes 24 de abril de 2009

Chiesa dei Carmene

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(c) Giorgio Vido_ Chiesa dei Carmene

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para Isabel Figueroa García-Alix

En vez de tomar el trillado camino de los curiosos organizados,

sales de la Toletta y tuerces a la izquierda,

adentrándote en la vida diaria de los mortales.

A medio andar hacia ninguna parte, la puerta lateral de una iglesia

te invita a dar las gracias a tus muertos, porque este viaje

no es sólo obra de la presencia, sino también de la impresencia

que Valente distinguió como “anhelante”.

El raso rojo que envuelve las columnas,

el púrpura de La Vigilia,

la madera negra del claustro que espera llenarse con las voces de las novicias,

tú sentado en un banco, el recinto solitario,

no hay más oración que el silencio y que quedarte quieto,

turbado por imágenes que buscas, rostros que rastreas, manos que ases en la nada,

voces que se dispersan, ojos, ojos que te avistan y te perciben, asceta allí,

turbado por no más que tu propio pecho.

Varios cirios enciendes a falta de flores,

de las “¡Flores, flores para los muertos!”*

con que aquel sureño ofrendó para siempre la memoria del recuerdo.

Tanto se acumula en la testa que te corona: pequeña sabiduría del ignorante,

versos, vidas, sombras,

parlamentos de la escena que has pisado y vivido en la vida de otros.

Al dirigirte a la puerta, reparas que un haz de decepción

cruza la mirada de la mujer del souvenir y sientes su peso sobre la nuca.

Sales y tomas la calleja hasta la plaza, el pórtico de entrada pone nombre,

y entonces te percatas de que la casualidad no existe.

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(Madrid, 16 de mayo de 2001)

© 2001 David Lago González

domingo 19 de abril de 2009

I gaze in your eyes

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I gaze in your eyes,

and to my joy I find

that every fear which used to be near,

has gone, gone from my mind.

Cole Porter

Algunas veces

la felicidad no es ya más una simple sensación

sino algo tangible, visible.

Recuerdo, hace tiempo,

una muchacha hablaba a mi sonrisa

como al milagro de una luz

que iluminaba mi rostro, y de paso el suyo.

Acotando los excesos, he pensado

que el amor lleva desde magníficas palabras para el recuerdo

hasta lastimosas consideraciones para olvidar.

Sólo pocos días antes de escribir este pobre reclamo de paz,

yo toqué la gloria de la luz sobre tu almohada. Allí estaba,

como una luciérnaga posada sobre tus labios.

Volaba de ellos a tus ojos y volvía, y volvía

a empezar de nuevo.

La funda tenía líneas azules y blancas, como la sábana,

rematada por un borde que imitaba el denim.

Estábamos debajo del mundo en ese mismo instante,

tú debajo de mí. A nada parecía tenerle miedo,

incluso asuntos tan espinosos como la muerte y la vida.

Me asomo a tus ojos, y para regocijo encuentro

Que todos los temores que solían estar cerca

Se han ido, han volado de mi mente...

Con nada que pensar, ¿cómo podría tropezarme con ellos?

Fantasmas o piedras, qué más da lo que sean.

La luz que hace mil noches di a aquella muchacha

vuelve ahora a mí, verde también,

y en mi desnudez gratifica la tuya.

En la de ambos se crece.

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(Madrid, noviembre 2004)

© 2004 David Lago González

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miércoles 15 de abril de 2009

Long may you run (Neil Young & Stephen Stills)

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(C) JPereira

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a Enrique Bedoya

Lejos puedes correr,

pero muy de cerca te va a seguir.

No importa hasta dónde llegas,

no importa si bajas al sótano o subes al ático

engarzando perlas, o creyendo

que te has burlado de los pescadores de ostras,

esas perlas van a pesarte como rocas en los bolsillos.

Asegúrate de desnudarte cuando entres al mar

porque no alcanzarías el banco de arena

que en Varadero, mucho antes del atardecer,

asoma su pecado, muestra su oro.

Claro, haz como si nada,

como si nada de lo sucedido hubiera mermado tu fuerza.

Ama con la misma voluntad de descubrir tierras salvajes y dominarlas.

Pero no olvides escupir sobre los utópicos

y con grosería pisar con el zapato repetidamente: el error de sus fantasías

y esperanzas erró en ti la realidad y la cambió por algo

que te hizo fantasmal y viscoso, como un pantano.

Por supuesto, ellos se reúnen a menudo

en sus banquetes de blanco mantel,

escondiendo sus bocas tras el pañuelo manchado por la sangre del abedul.

Y al que al cabo de veinte o treinta años, vuelve otra vez

para enmarcar el corazón bordado y colgarlo en el salón,

a ése, mátalo sin conmiseración,

a ése, del que por mucho que huyas siempre te atrapará.

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(Madrid, 5 de julio de 2006)

© 2006 David Lago González

viernes 10 de abril de 2009

The lucky few

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Of all the lonely people

you're among the lucky few

if it comes even once in a life.

Kenny Loggins

Nunca te quejes. No te lamentes. No culpes a nadie.

Te escogió la suerte para salvarte de la soledad de ser un viejo sabio

con menos sabiduría que la necesaria para quitar el polvo de los libros.

Sabes que ordenarlos según país o según autor

es algo tan breve como mantenerlos limpios.

Y luego, ¿qué haces? ¿Vuelves otra vez a vaciar los estantes?

¿Quizá quieras mover la librería de lugar para pensar que cambia la estancia

y la vida es otra que la que esos libros ya te demostraron?

Acepta. Acepta. Acepta

que los libros ya tienen su propio lugar guardado en tu corazón.

Estás entre los pocos dichosos

para los que por una vez en la vida,

la soledad será solamente el ala de un porvenir que apenas te roza,

que apenas si te roza lo suficiente como para herirte seriamente.

© David Lago González

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jueves 9 de abril de 2009

Últimas voluntades

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No me anuncies en homenajes;

vivo o muerto, los versos son indivisibles de mí mismo

y ambos valemos lo mismo, mucho, poco o nada.

Si quieres, si quisiste,

alguna vez ser algo,

sólo extiéndeme una mano, tócame, siénteme.

¿De qué me valen tus palabras

si ya no tengo oído para escucharlas:

para que las oigan otros a favor de tu propia vanagloria?

Y ¿quién son esos otros para oír de mí?

Y ¿quién eres tú para juntar unas cuantas palabritas

al lado de un grabado insustancial y que todo quede tan fino, tan educado,

tan intelectual? ¿Es que acaso no sabes que, vivo o muerto,

sigo detestando tal podredumbre?

Como dice esa gran pensadora de los burdeles sabaneros:

“bórrame del cuaderno donde está mi nombre escrito...”

y no me muestres en el escaparate de lo bonito,

junto al dildo usado, la bandera y el bacalao seco,

las cutaras y el twang ergonómico de Calvin Klein;

¡y no me mezcles, por favor!

Respétame, sería el mejor de los elogios:

quiero que mi muerte sea tan anónima como mi vida

y, si es posible, que goce de un poco más de paz.

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(Madrid, 16 de noviembre de 2004)

(C) David Lago González 2004

lunes 6 de abril de 2009

Sueños

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Sueños... Esa palabra peligrosa.

Ese acto imposible y falso

que la elementalidad da por obligado,

respuesta segura

antes que pregunta al entrevistado.

El sueño es más largo y constante que un deseo.

Los simples del medioevo

confundían los sueños con alcanzar el cielo

y con fornicar entre las boñigas de las reses.

Los sueños de la infancia son todos inducidos

porque en si la infancia ya es un sueño.

Llegar a ser alguien, y todas las madres

piensan al unísono en la medicina:

la bata blanca inmaculada sin barrunto de sangre,

de forma que la ilusión se duplica en sí misma

al dejar de ser humana para hacerse milagrera.

Nadie sueña con ser poeta o dictador.

O soñar con matar un millón de personas.

O soñar con poseer un millón de aves de corral.

Oh no, Señor, para soñar están las aves del paraíso,

en todo caso el largo cuello de los cisnes

que enamorados dibujan un corazón en el espacio.

Soñar va más allá de querer ser, o querer tener,

y siempre se confiesa en el futuro mencionando el pasado:

niñez o juventud, luego ya no se sueña más.

Luego se alcanza el sueño, oh espasmo excitante.

Luego se deshace el sueño, ah langosta podrida

por un exceso de las corrientes térmicas.

Luego se sobrepasa el sueño, y el mundo se ve mínimo

y resplandeciente desde la oscuridad del infinito.

Yo quiero tener mi sueño, en el que sólo viva yo y nadie más,

porque cuando mi sueño es también el tuyo

puede llegar a ser el terrible espanto de un tercero.

Luego se convierte en un derecho.

Más tarde en un deber.

Y el sueño se hace ley.

Y no hay nada más infeliz que ser feliz por decreto.

Llegó la hora del sueño. Vamos a soñar que todos somos libres,

o que todos somos tontos, o que todos somos luciérnagas

por lo cual la noche ya no existe a causa de nuestra luz.

Y si el sueño se vive de noche y la noche ya no existe,

¿cuándo vamos a soñar, estirar las piernas, dormido

lanzar el brazo hacia el otro cuerpo yacente?

Dormir de día, soñar despierto. Trabajar pues ¿ya nunca más?

¿Nunca más fornicar bajo el aroma del estiércol?

¿Nunca más abominar, odiar, matar, amar, vivir,

escribir un maldito poema para ajustar cuentas con el enemigo

porque ya tampoco hay enemigos, luego no hay poesía?

Y que el tirano piense que es un científico,

y el escribidor un malhechor, y el fontanero de ligeras toxinas

el unicornio perdido de una canción, y Kafka

un enorme insecto alado que me despertaba

cuando había noches bajo el mosquitero...

y cuánto cuidado hay que tener para soñar,

esa palabra peligrosa, ese párpado silencioso

que cae sobre mi mirada y abre una puerta de acaso inescrutable.

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(Madrid, 31 de agosto de 2008)

© David Lago González 2008

viernes 20 de marzo de 2009

Billie Holiday canta "Autumn in New York"

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AUTUMN IN NEW YORK

(Vernon Duke)

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It’s time to end my holiday and bid the country a hasty farewell.
So on this gray and melancholy day, I’ll move to a Manhattan hotel.
I’ll dispose of my rose-colored chattels and prepare for my share of adventures and battles,
Here on the twenty-seventh floor looking down on the city I hate and adore!

Autumn in New York, why does it seem so inviting?
Autumn in New York, it spells the thrill of first-nighting.
Glittering crowds and shimmering clouds in canyons of steel;

They’re making me feel I’m home.
It’s autumn in New York that brings the promise of new love.

Autumn in New York is often mingled with pain.

Dreamers with empty hands may sigh for exotic lands;
It’s Autumn in New York;
It’s good to live again.

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Billie Holiday canta Autumn in New York

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Vendría bien el diminutivo más pequeño, más corto,

para expresar el salto que la voz da,

atrás, en el fondo de la bóveda,

escabulléndose bajo la gran campana roja que cuelga del centro

como una lámpara de araña recogida en sí misma,

pensativa y concentrada en esa inflexión

con que transmuta la ciudad en una invitación eterna,

y paraliza lo bueno de vivir otra vez

en el éxtasis de la primera noche de todas las noches.

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© 2009 David Lago González

jueves 19 de marzo de 2009

El otro lado

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Los designios del poder quedaron del otro lado.

Mas ¿están realmente tan lejos como para sentirnos a salvo?

Como el sol, con su inclinación,

cual sombra unas veces se adelantan

y otras nos persiguen.

Cuando hablan de formas de gobierno, óyelos,

parece que les asiste una vasta sabiduría,

una longeva experiencia en equidades salomónicas:

habla la serenidad y la justicia

de los que no somos sino torcidos viejos retoños

de un injerto mal habido y obstinado

en la pupila de una visión

que, como la fantasía del corazón eternamente joven,

no quieren perder.

Los que osan expresar su desacuerdo,

quedan ahora del otro lado.

Y el otro lado es un laberinto,

tan sólo un laberinto del que ninguno salimos bien parado.

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© 2009 David Lago González

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miércoles 18 de marzo de 2009

Repudio

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Dos sonidos ruedan García Roco abajo,

uno por el cielo, otro por el suelo.

Se desplazan sobre y bajo el calor

primero como un pequeño reptil inofensivo

que se enrola en la ola del mediodía implacable

o de esa hora aterradoramente larga y soporífera que marca las cuatro.

Después se levanta en cresta de boca mitológica

cuando se nos echa encima de las ventanas.

El ruido del cielo parece estallar en el espacio abierto del patio central,

aceros eslavos, caucho ucraniano, aceites muertos de un mar ajeno,

o el silbido de esa nacionalidad inventada, creada por fuerza y de la nada.

Si este ruido cayera de una vez sobre la cabeza del loco,

si hiciera arder las nubes para arrasar de una vez

el miedo y lo incierto...,

el murmullo que se desliza como una manada de ruedas sin freno

atenuaría la colisión de dos tiempos irreconciliables.

El imperio poderoso nos atacará, irremediablemente,

una vez más, otra vez como cada año, como cada noche,

dicen los periódicos y las radios.

Y cientos de rostros extraños nos gritan por el patronímico

superponiendo atributos increíbles.

Correr hacia el salón a desnudarlo del inerte mueble amado

que fue midiendo lentamente la expansión de la carne,

salvar las lámparas de la profunda oscuridad de la miseria del oportuno,

todo lo que va infundiendo ternura a los palacios.

Correr hacia el cielo del jardín

a vigilar cuándo caen esos pájaros de guerra.

Y de pronto el silencio,

un silencio por el cielo, otro por la calle.

Y después volver a empezar.

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En el entreacto salimos fuera, lo más lejos de todo,

la última habitación, el comedor, el patio.

Y nos abrazamos.

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©2008, David Lago González

(Madrid, 31 de julio de 2008)

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domingo 15 de marzo de 2009

Fresas Silvestres

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fresa silvestre

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Receta

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Cuarto de kilo de hermoso fresón.

Cortar la corona verde bajo el chorro del grifo.

Abundante agua

para limpiar la tierra que se adhiere a la piel rugosa.

Partir la fruta en dos mitades

o en cuatro porciones según el tamaño de la unidad.

Poner en un boll.

Agregar azúcar generosamente, tal vez

un poco de vainillina también.

Tapar y agitar bien

para que los trozos de fruta se impregnan del azúcar.

Colocar en el frigorífico.

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Dejar pudrir.

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© 2009 David Lago González

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Receta (2)

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Cuarto de kilo de fresón silvestre.

Guardar en la nevera

sin cambiar el papel en que lo envuelven.

Comenzar a dejar pasar los días

protestando mudamente de un anticipado olor a podredumbre

que invade el frío interior plastificado

y que salta al mundo cada vez que se abre la puerta.

Al cuarto día desaparece el olor.

A los quince se hace insoportable.

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Entonces,

abrir un trocito del envoltorio.

Comprobar que un moho blanco cubre el rojo.

Y tirar a la basura.

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© 2009 David Lago González

lunes 9 de marzo de 2009

Cita furtiva

Cita furtiva

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para A., furtivamente

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If I, like Solomon,

could have my wish...

Marianne Moore

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Be careful, it's my heart:

it's not a watch you're holding: it's my heart.

It's not a note I sent you that you quickly burnt;

it's not a book I lend you that you never returned.

Remember, it's my heart:

the one with which you'll be a part.

It's yours to give, to keep or break,

but please, before you start, remember: it's my heart.

Ira Gershwin

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-o-

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-o-

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NO QUIERO LLAMAR con los manidos nombres de la reciedumbre o la dureza

a ese cuerpo que se tiende de bruces en la cama y sobre él

la sombra de otro cuerpo les hace hundirse a ambos en movedizas dunas

donde las cualidades se hacen maleables, o suave seda

al beso de unos dientes y una boca que escarban sin resuello, como un gato enloquecido.

Por eso quiero invocar un nombre simple y contundente, que tal vez no exista

y que resuma la manera en que sus hombros se prolongan sobre alcores palpitantes

y mezclan en su dorso sus dos mitades perfectas

confluyendo en un más que leve, levísimo canal

que sutil conduce a dos macizas puertas de roble

--impresionantes, como las esculpidas en Petra--,

donde se sufren espejismos y deslumbres a través de una oscura lucerna,

pero también donde morir es un capricho que regalan los dioses.

Y ello no es labor de uno solo, sino de uno y sus dobles,

porque yo soy yo y soy dos y soy tres, y múltiple

me desdoblo y me disfrazo hasta no saber

si la voz sale de mí o de muchos a la vez;

y él es él y cientos y miles, y múltiple

olvida y confunde por unas horas

los caminos por los que su cuerpo, irremediablemente, al final de cada tarde,

se levantará y escapará hacia una cordura de días uniformes

donde volverá a ser uno solo, único,

y yo regresaré también a mi número de siempre,

cada cual aguardando de nuevo la multiplicidad de nuestros cuerpos.

(Madrid, 1995. 21 de Julio)

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LA CASA ESTÁ EN ALQUILER, y yo la habito.

Limpio los rincones donde se acumulan las sombras,

cenizas que levantan polvaredas como tornados si no se las pisa con el debido respeto.

Saco brillo al picaporte. Pinto las paredes y los techos,

que luego se extienden infinitos como el cielo o la noche, o como el cielo de la noche,

o ambas cosas, en fin: algo inmenso y repetido que nos anega inermes.

Compro una cama nueva, ancha y fuerte,

que sostenga con suavidad nuestros cuerpos,

o nuestro cuerpo de ocho brazos como una lámpara luciendo todos sus fuegos.

Soy el amante, la justificación de un adulterio, la verdad de su engaño.

Como todo amante que se precie, intento ser bueno, soy afanoso y entusiasta;

cumplo con mi trabajo, me muevo con soltura y precisión,

y cada vez guardo bajo mi piel una carta inesperada para la próxima ocasión.

Me esfuerzo en hacer del tallado una creación de ciencia inapelable

donde cada milímetro tenga una resonancia especial

y cada silencio sea ocupado por el silencio o la palabra precisa,

por supuesto ensayada mentalmente unos segundos antes

para provocar la reacción justa en el momento adecuado.

Yo no puedo decir, en cambio, que ese otro cuerpo sea mi amante;

tal vez es mucho más, posiblemente menos;

en cualquier caso, son dudas que debo compartir conmigo mismo

y nunca transmitir a quien se supone que recibo con el corazón ligero,

trasmutado en músculo que late y acompasa y acompaña

a unos besos que se mueven sobre la superficie del agua,

profundizando sólo en ciertas zonas donde el goce se hace excesivo,

insostenible, y estalla como un géiser termal, hirviente.

Todo parece bien como lo he dicho, razonado y sincero;

fluido y ágil como cuando la noche se moja levemente

sobre la inconstante sonrisa de las terrazas.

Y sin duda todo ello lo es.

Pero tanto si abro los ojos como si los cierro,

su rostro y su cuerpo inundan mi ventana,

anulan el cielo, hacen de la noche un cirio que se agota;

y todos mis métodos, mis artes, mis mañas

de amante afanoso y entusiasta se vuelven nada,

contra un corazón que abandona su frívola mirada

de aleatoria confidencia de amiguetes en la cancha,

y retorna a lo que siempre ha sido: un murmullo absurdo,

un vicio, absurdo e irreversible, finalmente incapaz de engañarse a sí mismo.

(Madrid, 1995. 27 de Agosto)

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UN MES DURO y cruel este agosto desierto,

transitado por coches fantasmas, ocupado por la ausencia

de sus sombras que han dejado en las calles el espacio reservado

y aparentemente libre para confundirnos al cruzarlas

como si de una ancha pradera se tratara.

Las personas y los ruidos han retenido su sitio intacto

y el silencio es ahora un espejismo, la resonancia

de las voces mudas de quienes nos hemos quedado

y no encontramos la albardilla de los ecos que tanto odiamos,

ni siquiera la pinturera locuacidad de los taxistas

cuando en la noche, de regreso de los cines vacíos y entristecidos,

nos devuelven a la casa yerma,

y al recostarme en la cama, y darme la vuelta,

rozo el lado derecho ocupado por tu ausencia.

(Madrid, 1995. 27 de Agosto)

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HE SIDO amado, profundamente, larga y obsesivamente.

Tan sólo hasta hace unos meses, era desposeído de aspereza y silencio

y vestido por un cuerpo que te rescata de la noche

y te cubre de asombro, y profundiza con dolor o dicha espontáneas

la gota traspasada de los días, y se marchita y te perdona,

y sale a la mañana, sin memoria, para empezar de nuevo.

Tan sólo hace unos días sucedía esto, y hoy parece que lo distancia un siglo,

recóndito, clausurado por una llave helada, cruzado

por un rostro que no quiere volver sobre la mirada difusa sus ojos huidizos.

No sólo he sido amado con el atisbo perdido del aire inerme,

sino que yo mismo he compartido ese enigma de luz y niebla

y al espejo he echado mi aliento, todo cuanto tenía,

para que me devolviera minuto a minuto el tiempo, como un reloj su arena,

con su desgarro y su risa,

la zozobra o la calma que se forja en el silencio,

o una flor envenenada, o una dicha más íntima,

como la suave agitación del mar cuando los pies cruzan su frontera

y comenzamos a pertenecerle, y en sus manos está el liberarnos

o llevarnos consigo al punto desde donde surte a la vida

con la espuma desmayada que nos salpica el rostro.

Tan sólo hace unos meses sucedía esto.

Tan sólo hace unos meses y hoy transito por otro camino,

mitad sombra, algo de luz,

a ratos el sol te deshace como a la nieve,

a ratos la luna te ayuda a quemar la noche

con una limonada suave después de la jornada.

Esta vez sé que no seré amado ni profunda, ni larga ni obsesivamente.

Tal vez sea yo el suicida hechizado que se lance a su cuerpo,

a sus ojos, a su nuca ciega y anhelante,

a su cintura tendida en la cama como un juguete roto,

a sus muslos desordenados...

y confunda todo ello con el corazón.

(Madrid, 1995. 27 de agosto)

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VIVO ANTICIPADAMENTE.

Hasta el último detalle imagino lo sucedido,

lo que ni siquiera llega a suceder,

que la realidad para mí es un fracaso

o me trae la dicha doble de revisitar las estancias del sueño.

En una flama irreal me consumo, ardo con mi propio fuego,

y naufrago antes de subir la rampa de acceso.

A veces me consuelo con que al frustrarse el vuelo,

ya yo he ido y he vuelto,

ya yo he vivido las mil vidas

donde no cabe la luna esquiva ni el desencanto,

ya me he dejado los labios de tanto violentar su cuerpo,

he cruzado la memoria y he traído la noche,

donde me espera otra vida donde afanarme,

otro día a rellenar de recuerdos que no son pasado

sino horizontes fantasmales, y son olvido y son cenizas

incluso antes de rascar la cerilla contra la piel del silencio.

(Madrid, 1995. 27 de agosto)

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"¿Quieres venir conmigo a un viaje al Paraíso?"

A.

OTOÑO DEL 95.

Leve y fría la tarde se desgrana en el gris

hollín de las nubes sobre el alero de los hombros.

Debajo, la calzada mojada por una lluvia invisible y fantasmal.

Con estos tres dones te saludamos: tarde en que nos reconocemos

como ciegos amantes palpándonos en la penumbra de las persianas echadas;

noche en que dormimos abrazados:

frente a mi boca su espalda como un muro,

frente a mi cuerpo, su espalda, sus nalgas y sus muslos

sujetos por el bordillo de mi silueta para que no escapen

ni se vayan con la luz tras la mañana que nos viene, inevitable,

fin del paraíso.

Y en mitad de la noche, infinita y secreta,

tres ambrosías en la boca encuentro,

sólo comparables a un hartazgo de machuquillo,

cuando se funden savia y carne de plátano y marrano

en el momento en que las formas pierden su contorno y se hacen sueño.

Y si el sueño vuelve su espalda, se crecen sobre el mar

dos montañas gemelas luchando por la belleza de una línea

que va a caer al abismo azul de las sábanas

como un galeón en busca del descubrimiento;

en mitad, un cráter que no erupciona, ni lava ni piedras ni cenizas,

sólo un grito a mi boca pide, sólo un grito,

quedo, silencioso y sin palabras ni miradas,

con sólo nacer una isla sobre el mar, empinarse más sobre las olas,

mi lengua calma, agota su sed y calla su llamada.

Y en las más altas latitudes de los cerros,

los faros de sus pezones, tan solitarios y perdidos

que dan tristeza, pero la noche es larga,

qué larga es la noche, sin luna, que olvida el día y su amenaza,

y festeja con mi boca lo que en la oscuridad encuentra.

Sobre el desierto de su pecho... ah, me cansa la caminata,

un respiro entre las dunas, que se mueven

pasando suavemente de una a otra granos de arena,

tramando un trueque de locos mercaderes:

el incisivo zarpazo dental de la rabia por el fulgor de un tocamiento;

y yo escondido en la noche, como uno de esos animalitos

que sólo salen para beber el rocío del Sahara.

El cuello tiene paredes de cristal de agua,

frágiles y temerosas de una fisura por donde penetre lo insostenible,

lo que le torna en niño, quebradizo y trémulo,

en un gesto que une cabeza y hombro

omitiendo el cuello, que se protege en la sombra tras un beso.

Qué desorden de labios, lenguas y dientes;

qué hiedra se prende de la carne roja: la boca

que no sabía besar boca de hombre

enreda con su dardo serpentino la noche en un lazo eterno.

Y al siguiente día, la tarde llega

para desgranar el frío hollín de sus nubes sobre nuestro pecho,

calzada mojada por una lluvia invisible y fantasmal

que nos despide, espada que nos expulsa hacia el desierto.

-o-

Go on and tell me lies, but hold me tight,

save your goodbyes for the morning light,

but don’t let me be lonely tonight.

James Taylor

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(C) David Lago González

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viernes 6 de marzo de 2009

Message in a bottle

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Sí, qué hacer para solazar mi espíritu, porque tengo uno. Qué hacer con cincuenta años de fango en que por mucho que se huya, el lodo va pegado a la suela de los zapatos y por lejos que se camine uno va dejando las huellas por doquier. Voy a reunir todos los comentarios que he dejado por ahí colgando de blogs que buscan un espejo o el ombligo, para responsabilizarme totalmente de ellos. Voy también a recoger todos los insultos y mediocres torturas persecutorias que me han dejado a lo largo y ancho del mundo mundial cubano, que es vasto y cruel como un desierto alimentado por varios soles, vasto, cruel y aparentemente blanco pero rojo de sangre como la estepa siberiana. Voy a reunir toda la rabia que alguien me niega derecho a poseer desde el otro lado del Atlántico. Voy a grabar todas las voces que comparten conmigo las mismas opiniones y que por misteriosas razones callan cuando yo pronuncio sus palabras. Y mientras escribo este sin sentido, escucho la danza turca de Kroke restallando sus violines en un ritmo frenético con el que quiero alejarme del horror de no ver más que una línea de horizonte en una playa sin mar ni arena que me persigue desde Madrid a New York, desde Kiev a Monterrey, desde Ulan Bathor a Piazza San Marco, desde Camagüey hasta mi muerte.

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(C) 2009 David Lago González

miércoles 4 de marzo de 2009

Revolución y teocracia

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http://theplacewherenothingisreal.blogspot.com/2009/03/revolucion-y-teocracia.html

domingo 1 de marzo de 2009

Sarah y Lucía

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(Lucía y mi madre, Agramonte, Matanzas, 1978)

(C) David Lago González

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a la memoria de Lucía

para Dolores Lago González, que me dejó el libro de Singer

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Una noche de marzo de 1982 tomé de aquel estante, en la casa de El Ferrol, un pequeño libro de Isaac Bashevis Singer.

Lo abrí arbitrariamente y comencé a leer un cuento que narraba un extraño suceso: una adolescente era requerida por un viudo para ser desposada y ocupar así el sitio de su anterior mujer y madre de sus hijos. Cuando el hombre llegó a su casa para pedirla a sus padres, ya ella lo sabía todo. En sus sueños, la noche antes, una desconocida había aparecido para anunciarle que en sus manos ponía su alma y con ella el designio de la vida que no había podido cumplir. La muchacha se llamaba Sara y no era mayor que la mayor de sus hijastras. Y esa es la historia: Sara se casó con el viudo, que podía ser su padre, y crió sus hijos como suyos; sucedió al esposo y fue luego viuda, y todos la quisieron y la amaron como la madre y la esposa que partió con prontitud hacia tierras lejanas.

He comprado después muchos libros de Singer, lo he leído mucho; al ortodoxo prefiero esa mano que se libera brevemente de la ética judía y da paso a historias singulares y caprichosas; pero nunca he dado de nuevo con aquel relato, como si, tal vez, hubiese sido una aparición o precisamente un sueño.

Y lo recuerdo especialmente porque en nuestra familia materna también sucedió algo parecido.

La primera de mis tías murió de tisis en los años treinta dejando tres hijos y un marido, León, que a su vez era primo.

También mis abuelos eran primos entre sí: la rama de los Fagundo ―y mi madre repetía orgullosamente, como si de nobles se tratara―, era apellido de un solo tronco, un solo árbol, y todos provenían de una única simiente. Lo más probable es que fueran simples marranos, judíos conversos huidos a las Canarias para terminar afincándose en la isla de Juana cuando Isabel y Fernando la añadieron a los territorios ultramarinos de La Corona.

Al cabo de tres años de viudedad, el tío León pidió permiso a su antiguo suegro para recoger sus hijos y rehacer su vida, dándoles por madre una joven canaria de quince años recién llegada a las aguas del Caribe. Mi abuelo accedió, y León y Lucía ―que ése era su nombre― se casaron.

Hasta aquí la historia no tiene importancia: unos mueren, otros viven, y la vida se impone un día tras otro sepultando con su rutina la parálisis de toda tragedia.

Pero lo curioso es que la vivencia de Sara se repitió en Lucía: la joven canaria retomó la ausencia de la tía Viti, crió sus hijos ―los ajenos y los propios―, y mi familia recuperó una hermana que se había marchado en un golpe inesperado de tos, y con el paso de los años se hizo imposible deslindar el parecido físico que más allá del alma les dio el aire de una misma sangre venida esta vez de quién sabe dónde, o de quién sabe cómo.

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(Madrid, 25 de Febrero del 2000)

© 2000 David Lago González

sábado 28 de febrero de 2009

LECTURAS FUNDAMENTALES

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EL MUNDO DE AYER, de Stefan Zweig.

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Lecturas terribles. Lecturas esenciales. Lecturas definitivas. Los nombres que se les podrían dar son muchos, pero en todos abunda sobradamente la rotundidad del hecho de que, en cualquier medida que sea, en quienes las consideramos así cambia algo en nuestro interior después de haberlas conocido.

Nunca más la he vuelto a leer. La autobiografía de Stefan Zweig cambió ciertos rumbos en mis pensamientos, no recuerdo si en los late ‘60’s o muy a principios de los 70. Como en el caso de La Montaña Mágica de Thomas Mann, amplió enormemente el horizonte de comprensión del ser humano y del propio mundo. Y a pesar de lo tremendo de todo cuanto se dice en ella, dejó en mí sed y voracidad por saciar más y más la visión de aquel mundo que su autor nos brindaba con tanto dolor. No hay nada como vivir con intensidad desenfrenada y carnal toda la profundidad humana. Dar y percibir todo en cada gesto propio y ajeno no es una opción ni una elección política, social o vitalmente correcta o incorrecta, sino la manifestación de una naturalidad que no todos poseen ni todos son capaces de recibir. Hay algo suicida en este acto; indudablemente los que así piensan y actúan no van a contribuir con su longevidad a sostener las columnas de ninguna academia: para eso hay otras personas que no son menos importantes, pero no podemos aspirar a escribir un poema y al mismo tiempo fabricarnos los zapatos.

La edición cubana de ese libro —creo que de la editorial Huracán, aquella que, al leer sus libros, nos iba dejando la página leída en la mano— “la perdí” en Cuba. Es quizás de esas pocas cosas que lamento haber dejado, pues verdaderamente lo de “perder” es un poco exagerado ya que se suponía que un libro tan conocido podría conseguirlo fácilmente del lado de acá. Pero una vez acá no me fue fácil porque ya a nadie le interesaba leer a Stefan Zweig. Fue gracias a un cliente de un restaurante donde trabajé durante varios años y con quien establecí una espontánea amistad durante años (él también era tan contradictorio como siempre lo he sido yo), que pude recuperar la autobiografía del austriaco y un día se me apareció al comedor con la sorpresa del regalo. Siempre le estaré agradecido: algunos coleccionan esmeraldas, yo colecciono sufridores que me ayudan a sufrir de mejor manera y a tornar el dolor en conocimiento.

Para Carlos Victoria también su lectura representó mucho, en aquel primer momento en que con algún desfase coincidimos en su conocimiento. Pero mucho más años después. Esto quizás no lo sepan muchos, tal vez Nikitín, Emilia, Rafael, no sé si Elio. Durante aquella etapa febril —¡cómo iba a ser de otra manera!— de los viajes de La Comunidad y de los gusanos devenidos en mariposas (continuación en el tiempo de los venceremos, los areitos, las personalidades representativas de la comunidad cubana en el exterior —en que tanto tendría que ver el felizmente difunto Jesús Díaz— y que terminaría, como todos sabemos, en la toma de la embajada del Perú y en el éxodo del Mariel (no hay nada nuevo bajo el sol, como nada espontáneo bajo la revolución), volvió a Jayamá una tía suya que vivía en OpaLocka. A su regreso a los Estados Unidos comenzó a hacer gestiones para, mediante la Cruz Roja internacional, sacar de Cuba a su hermana y a su sobrino. Era un tiempo muy raro para nosotros los que nos considerábamos un poquito inteligentes y sensibles, veíamos el desastre de la falsa reunificación y danzábamos enloquecidamente encima de una cresta de inconciencia y casi cretinidad. En realidad nadie pensaba en salir en aquel momento, y mucho menos nosotros que valorábamos en lo que nos habíamos convertido ambas mitades. Pero, en fin, las gestiones de su tía comenzaron a dar frutos, y Carlos y Estrella estaban en la vía posible de obtener resultados migratorios. Y entre tanta confusión, Carlos volvió a leer “El Mundo de Ayer”. Después fue a la Oficina de Emigración y renunció a la salida suya y de su madre.

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© 2009 David Lago González

Stefan Zweig's Official Site - http://www.stefanzweig.org/

jueves 19 de febrero de 2009

Ma vie

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Ma vie” fue una tierna balada francesa allá por los primeros 60,

pero en eso quedó, miles de melodías la han sepultado en el silencio

y algún lejano recuerdo que súbitamente remonta las colinas de la memoria

la devuelve a la boca alguna vez, como un beso de juventud.

Mas eso nunca fue tu vida.

Tu vida es la dura realidad de la roca, el abrasante choque del viento,

la brisa espeluznantemente suave y perfumada que cruza una isla delgada,

un beso de los buenos o un buen beso, el mantel bien puesto,

el amor, el disgusto, el pánico, la tortura del miedo, la costumbre de mirar atrás

y bajar la voz, el garrote vil de imponerme otra vida que ni siquiera quiero morir.

Y es lo que has salvado de todo eso y lo que no has podido evitar.

Tu impotencia es sentir terror y quedarte mudo ante un simple funcionario.

Pero tu vida no es de otros su utopía ni sus sueños de juventud,

ni una camiseta roja, ni la eterna comparación con la desgracia ajena,

y mucho menos una taza de café, un maldito cigarrillo, un limonetto.

Es hora de que esos otros admitan ya

que ciertas zonas bajas de sus cuerpos se han cubierto de gris,

sed sinceros, os equivocasteis. ¿Qué le vais a hacer? Tampoco es el fin del mundo.

Cuando miréis al espejo, daos cuenta que el cuerpo no es una utopía

sino una realidad, y que la tuya no tiene por qué ser menos que la vuestra.

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(Madrid, 28 de mayo de 2003)

© 2003 David Lago González

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miércoles 18 de febrero de 2009

El inventario

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Cuando llegaron al recuento de la cristalería y la porcelana, uno de los militares, apartando su vista de la vitrina, le dijo: “Ahora va a tardar mucho tiempo en volver a reunir las copitas, Vieja...” (La palabra “señora” estaba prohibida, y la mujer no era merecedora de ser llamada “compañera”.)

Ella guardó silencio, un silencio tenso y pesado, como calima que se nos echa encima sin que podamos hallar cobijo suficiente, y al cabo de unos segundos, contados por la rabia contenida o por una indiferencia muy lejana, miró a los ojos del hombre, sostuvo ambas miradas ―la del militar y la suya propia― y le contestó:

“Cuando una es pobre antes y luego adquiere cosas, esas cosas las guarda en una vitrina y de vez en cuando las mira. Nunca las cuenta, como hacen ustedes ahora. Ya no tienen importancia. De cualquier forma, de haberlas utilizado habría bebido en ellas algún licor fino, propio de mujeres --un poquito de ‘creme de vie’, por ejemplo, que hace mi hermana Bertha, muy buena, por cierto--. Usted, en cambio, las habría llenado de aguardiente de caña o de esos rones que la gente llama “matarratas”. Y en esa diferencia del contenido de las copitas existe también otra diferencia que creo que se llama <vulgaridad>. Eso es lo que nos separa a usted y a mí y esa es la razón por la que abandono su país y regreso al mío, que está aquí, guardado en mi cabecita... de vieja.”

―Y llevándose el índice a la sien la tocó con dos sutiles golpecitos, con los que dio por concluidos los comentarios sobre algo tan poco importante como un juego de copas, que para colmo de la gratuidad, ya llevaba años incompleto.

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(Madrid, 20 de Marzo del 2000)

© 2000 David Lago González

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lunes 16 de febrero de 2009

MOLESKINE (7)

La familia y el circo

cap En diciembre pasado, de pronto yo heredé una familia. Cayó del cielo, sobre Barajas, y yo participé del re-encuentro (gracias a Dios, NO “de la cultura cubana”) discretamente, aunque para satisfacción personal he contribuido inicialmente a él de una forma sólida y continuada, incluso en contra de la lógica de otros amigos que me veían peligrar por consecuencias asociadas. La gente puede pensar que yo voy a estos reencuentros y recibimientos con gran alegría, al menos con la alegría de personas que no están aquejadas de separaciones colaterales, pero ello no es cierto. Soy una persona seriamente enferma; quizás siempre lo fui pero ahora soy mucho más sabedor de ello. Digamos que el muerto que llegó en el año 82 del siglo pasado a ese mismo aeropuerto no es el mismo de ahora y que ahora estoy ya absoluta y terminantemente convencido de que no podría volver a vivir otra vez con la responsabilidad y la alegría que puse entonces en cada gesto.

De forma que, con todas sus satisfacciones y consecuencias, en el testamento vital del paso de la vida me venía asignada una familia. Casi numerosa. Marido, mujer y dos niños, y aún falta una perrita que volará —si Dios lo quiere— en el próximo mes de marzo. ¿Adivinará la perrita quién es “el tío David”? Bien, el caso es que, pasadas las fiestas navideñas, de vuelta de otras reuniones en torno a la mesa del manjar, esa terrible e intransferible sensación de infinito cansancio se hacía palpable una y otra vez al regresar a casa. A veces podía remediarla el sueño de una noche (aunque no fuera “de verano”), otras necesitaba también el día siguiente, y el otro, para reponerme. Pero para reponerme de qué.

Pues, simple y llanamente, del desarraigo.

El desarraigo conduce al extrañamiento. En teatro existía aquello de “extrañamiento brechtiano” que en un momento de mi vida, y de ciertas vidas, estuvo muy de actualidad (y no pluralizo del todo la experiencia porque, como otras, siempre es factible la negación de la existencia que uno ha conocido y —valga la redundancia— vivido, y ante argumentos de esa índole sólo cabe el suicidio o el homicidio). El “momento extrañamiento” se produce cuando yo salgo del cuerpo donde habito —no, no es el argumento de la transexualidad— y me sitúo a un lado, o en una esquinita, observando la escena de la cual formo parte. Situación onírica y metafísica en que uno se volatiliza y es capaz al mismo tiempo de participar y enjuiciar o valorar o comparar, o sea, en fin, pensar un poco. Eso me pasa también en las manifestaciones políticas: dentro de la muchedumbre nunca puedo abstraerme de que, por encima de todo, soy un individuo. Creo que verdaderamente es más bien una especie de maldición.

Eso me sucede también en el circo. En el circo, ése, de toda la vida (independientemente de las aportaciones de la época). Y he aquí donde se unen las dos cosas: ayer tarde mi familia me llevó al circo. No logré sobornar a ninguno con anterioridad y fui conducido hacia las carpas bajo la más absoluta ignorancia. No recuerdo qué clase de público acudió a la ocasión en que pude ver el Ringling Brothers Circus en Camagüey en la década de 1950 y la única imagen que guardo de ello es que, para gran regocijo infantil, un paquidermo defecó sobre la arena, pero por lo general a los circos siempre va lo que por entonces en Cuba llamábamos “gente de reparto”, que no se refería a que estuvieran compitiendo en un casting sino que “el reparto” era siempre “el barrio” utilizado en un sentido marginal. La noche de anoche no fue una excepción.

Al circo me llevaba mi padre. Mi madre hizo una única excepción, y ya podréis adivinar en qué ocasión. Y mi padre creía que a mí me gustaba el circo. Es una idea bastante generalizada asociar circo con infancia, pero, aunque nunca se lo dije, la verdad es que yo detestaba la tramoya. Tal vez influyó algo el tener acceso cada domingo matinal al horripilante Circo de Valencia en la televisión, con la también horrible familia Aragón que capitalizaba toda la elementalidad del payaso. No sé. Lo cierto es que mi padre se deshacía en reclamos de atención que yo no podía comprender, y mi apatía (que largamente me ha acompañado en las buenas y las malas y tantas consecuencias ha tenido en ese algo llamado porvenir que se suponía que yo tenía) provocaba en su semblante una mezcla de impaciencia y perplejidad, que, tal vez era la sombra adelantada de una pregunta que no quería realizarse: “¿por qué tengo yo un hijo tan raro?” Una tarde, en la Plaza de Villa Mariana, ya él cayó en franca desesperación cuando después de una de las actuaciones de los payasos, yo estallé en sollozos cada más vergonzantes (para él), y no sin cierta rabia me arrastró al exterior de la mano. Es que los payasos siempre me han parecido muy tristes y nunca he podido comprender de qué se ríe la gente.

En Brasil están prohibidos los animales dentro de los circos. En un país donde a diario se matan entre sí miles de personas, la humillación animal es punible. Si en diferentes ocasiones políticas, colectivas o individuales, el individuo es sistemáticamente humillado hasta hacer de él una piltrafa, en los circos del mundo los animales son degradados a una cruel elementalidad humana. Quécirco_dancing-bear tristes, sobre todo, los osos, haciendo de porteros de football; el contoneo de caderas de una rumbera; el movimiento de hombros de una zíngara; y el más grande de todos corriendo en las dos patas traseras, lo que los deja con un culo bajo que casi arrastran por la arena, y una especie de malla que le colocan en todo el hocico hasta el collar que les aprieta el cuello y se lo estira a la manera de alguna tribu africana, rematado todo ello con el caramelito que le dan al final como premio. Qué descafeínado un posible león albino, tal vez tratado con algún decolorante para lograr la evocación, evocación de la sábana salvaje en más de tres tristes tigres y leonas que parecían moverse en cámara lenta. Qué humillante la cabeza gacha de los elefantes, cuánta pena en esos rostros.

El único animal al que me pareció ver sacar dignidad de su cautiverio fue el caballo. Sabía tornar la doma en maestría, como diciendo “yo te doy arte a cambio de lo que tú, hombre, crees que es espectáculo”, “yo, estúpido, te enseño a ser digno, te digo cómo ser Un Hombre.”

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© 2009 David Lago González

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lunes 9 de febrero de 2009

La lunga notte del '43

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a la memoria de Olga Andreu

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Amplio bar de copas misteriosas del Havana Riviera.

La gente se mueve con el mismo sigilo del Tom Collins en el paladar:

de un lado a otro de la boca, silenciosamente, antes de seguir camino abajo.

Creo estar en el Casino de Estoril, entre Heddy Lamar y Erich von Stroheim

con el monóculo empañado por el humo del tabaco barato.

Los funcionarios de la Sécurité intentan demostrar indiferencia.

Las sutiles caza-foráneos intentan demostrar indiferencia. Los sutiles hombres

se soban disimuladamente los genitales e intentan demostrar indiferencia.

Los barmen ―aún se respira cierta brisa hollywoodense―

batuquean con cierta indiferencia sus cocteleras de Tom Collins y Alexander's

(no están de moda vulgaridades nacionales como mojitos y daiquirís

―al menos todavía, gracias a Dios―).

El aire refrigerado nos compensa de la pastosidad aplastante de la noche tropical

cuando salgamos de este bar de tráfico de miradas.

Enrique nos presenta y se va con un hombre sutil,

que intenta demostrar indiferencia ante un one night stand derrochado.

Y quedamos la mujer y yo, junto a Tommy y Alexander,

rodeados por toda la aparente indiferencia de la multitud

y nuestra propia apatía, nuestro inagotable cansancio.

Apenas hablamos: ¿respetamos nuestros cotos de silencio

o no tenemos nada que decirnos?

Alexander y Tom se escurren y nadie lo nota. También lo hacemos nosotros.

La acompaño a su casa: la noche siempre es peligrosa

y hay negros, a los que se culpa de todo

(la Isla es ancestralmente racista y todo lo que en su contra se diga es mentira).

A la puerta de su casa me invita a subir.

Bebemos alcohol del proletariado.

Nos sentamos frente al televisor soviético, con nuestros vasos sin hielo,

sin intentar demostrar la indiferencia que nos ha producido la vida.

Y es la larga noche del 43 la que retorna desde Italia

hasta la noche sofocante: el miedo, las delaciones, il facsio,

las huidas, los paredones, los fusiles, la sangre,

y alguna sonrisa. ¡Cuántas coincidencias solapadas!

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Encima del televisor, una pequeña ventana rectangular,

por la que difícilmente podría deslizarse una persona.

Siempre me he preguntado

si esa abertura fue la escogida por la muerte

para llevarte a su morada.

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(Madrid, 2 de Julio de 1999)

© 1999 David Lago González

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Jorge Luis Borges

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He cometido el peor de los pecados

que un hombre puede cometer. No he sido

feliz. Que los glaciares del olvido

me arrastren y me pierdan, despiadados.

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Jorge Luis Borges

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a su madre, Dña. Leonor de Acevedo

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De oficio, sus ojos.

De vocación, la luz de las tinieblas

y la adivinanza con que vislumbra el cierre de una historia.

Y del deseo de su hijo, la pesadumbre de no haber podido ser más feliz

para contentarla más a ella, todo lo más posible

en esa breve estancia sobre el valle de los mortales.

De esperanza, el encuentro con los amados

en esa ignota y vasta tierra llamada "muerte".

El verso queda sólo para Matilde Ulbarch:

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ser el hombre en cuyo amor desfallecía,

ser la tiniebla de la luz en un atardecer de Ginebra:

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una difusa sombra amarilla que borra los rojos y los negros.

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(Madrid, 4 de septiembre de 1999)

© 1999 David Lago González

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Knut Hamsun (Hambre)

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No eres perfecto: eres un inútil.

Escribes una línea,

y sin embargo no eres capaz de colocar el botón que falta a tu pantalón.

Una palabra te ilumina como el dedo de Dios,

pero no sabes partir la leña para el hogar

y ese pulgar divino no es suficiente para no hacerte morir de frío.

Miras a través de la cerradura cómo un hombre y una mujer se refocilan,

pero no ves en el espejo ni una sola figura amable para acompañar tu soledad.

Por unas monedas acarreas carbón

y te inflama el calor de la estufa del sótano:

tu cara enrojecida parece la de un borracho

con la lucidez suficiente para almacenar palabras sin futuro.

Yo he visto a un hombre, como un perro, bebiendo de un alcorque

una temprana noche de invierno de 1982 en la calle de Canarias.

Y entonces pensé en ti; y entonces pensé en mí.

Pensé que si tal vez encontramos un trozo de papel podremos escribir un verso,

pero nadie nos dará un vaso de agua por lo que hayamos escrito.

Y eso se llama ser "perfectamente inútil".

(Madrid, 23 de agosto de 1999)

(C)1999 David Lago González

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jueves 5 de febrero de 2009

El Estado de la Nación

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España, camisa blanca de mi esperanza.

(Ana Belén)

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Los negros son felices aparcando coches alrededor de los hospitales.

Con eso tienen bastante, y mucho más que en África;

por distintas razones se convencen así

la izquierda hermosa y la derecha peleona,

y España sigue dividida en dos,

eternamente,

como los cuernos del toro: nunca será unicornio.

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Aquí todo el mundo grita, como en la televisión.

Y las casquerías proliferan más allá de las reales vísceras de los animales.

Vivimos sumergidos entre la utopía y las buenas costumbres,

y las fantasías proletarias sobre lo justo y lo injusto

se multiplican como las mariposas de un amor roto.

“Penétrame más”, dice la loca vieja sobre el camastro del hostal discreto,

“pero no intentes penetrar más allá de mi piel: es coto vedado.”

¿Escudo o carencia?

Siempre odié la caza y los cazadores,

me parece un asunto de pervertidos.

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Los cubanos --también felices, gracias--,

como niña resabiada, imitan a su madre en eso de la separación,

y Anabelle Lee, en la casa de Usher, redecora la fachada

con el dinero que ganó para devolver prestigio y honor

sin cambiar el interior: cual Lampedusa advirtió,

todo se conmociona y varía para retomar la antigua forma

que pedía a gritos el temple de un cambio,

--¿descaro o confusión?--

¡No me hables de esa mujer, atacada por la erisipela!

Mi crueldad merece peores cosas, pero no la semejanza.

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Los hijos de Ceaucescu se excitan como lobos

ante la sangre que se desliza por debajo de la puerta,

como el diezmo que el rico debe pagar por su casa retirada de la plebe;

y los indígenas se divierten emborrachándose

como en un tiempo hicieron los cherokees en sus reservas,

pero ellos no tienen esas piedras verdes con que engarzan pulseras

para los turistas de clase media.

Aquí todo el mundo dice que la cosa va mejor,

como en la televisión.

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El antiguo peón, la puta de siempre,

y la criada hincando rodilla sobre el terrazo,

comparten sitio en Buckingham Palace,

--aseguran los últimos rumores de migración--,

porque, de allende las fronteras, llegó pobre mercancía para sustituir su faena.

No me explico tal diversión de los que fueron y ahora son,

mas cierto será pues todos compensan la miseria exterior con la interior.

Atravesar Montera es como disfrutar merienda en La Granja de San Ildefonso,

una vez decapitada María Antonieta;

Goya con el pincel detenido de puro horror:

aquí todos te venden algo, como en la televisión.

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Bajo mi balcón, frente al barroco Cayetano,

dos chinas pasan el sofoco de la madrugada

hablando sobre sus maridos, creo yo,

en un metálico cantonés que hiere la noche y el sueño.

Los fardos de mercancías son los mismos que vi en Shanghai

la última vez, antes de la invasión japonesa.

Luego vienen los moros y un africano mete una bronca de cocaína

bajo mi puerta; los nacionales se hacen sombra en el zaguán

y roban agua para sus jeringas.

Alguien pasará también insignificante y sin nombre,

pero ésos, ya se sabe, no arman ruido, como en la televisión.

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Desplazando a los chaperos baratos del madroño,

en la Puerta del Sol, una banda de mariachis eleva salerosa malagueña

y con sus voces la sostiene hasta depositarla sobre el lecho del pavimento.

“Besar tus labios quisiera —besar tuuuuus labios quisiera—

y decirte niña hermosa...”

Siento de pronto nostalgia, como si yo fuera mejicano,

de tocar las cuerdas del macho guitarrón,

me confundo, me atolondro,

hasta que una luna japonesa me saca de la infancia:

“please, may you take a picture of a bright full moon in the dark?”

Reculo por Preciados dando la vuelta a obras de incalculable valor

que se eternizan hasta la reencarnación.

Cuando todo se termine, Madrid quedará preSciosa,

como decía la madre de Raúl Ibarra,

y, ¡no podía ser menos!, también la televisión.

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Pasa un cuerpo y pasa otro y pasan dos y hasta cien

“Pae, afasta de mim esse cálice!”—

y yo que creía que el espigón había muerto,

y en la tarde veraniega me presumo repentinamente vivo,

como San Isidro en el ruedo de la ida y la venida, la sangre,

la ovación del muerto ante su muerte,

la lágrima del vivo por su vida

y la sonrisa de quien se disputa el deber y la discreción.

No me explico por qué el político se obsesiona

en contemplar la luna desde el lado oscuro que nunca se ve,

como si buzeando en un galeón mohoso

fuera a encontrar la obra arquitectónica de Beluca Valdés

que nunca ni siquiera imaginó.

Y hay que pulsar el “mute” de tanto diálogo inverosímil,

inútil, demagógico y chapucero, como en la televisión.

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Ser apestado no es una profesión:

se comienza por la verdad y se termina en la oscuridad;

o en la omisión premeditada, que

del mediocre glorioso son desorden y venganza,

otra forma más de la misma expresión, pero no con dolor

sino con ignoto gozo.

Ser triste arrastra como río nutrido

y tiene su paradero lejano como el suicida:

una vez que ha tomado ese camino no le ayudes,

no te erijas en protector ni amigo, no quieras salvarle.

Además, ¿acaso sabes tú de qué suerte o peligro?

Nadie sabe cuál será el próximo programa,

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como en la televisión.

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(Madrid, 17 de junio de 2006)

© 2006 David Lago González

NUNCA HE SIDO...

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je suis transparent

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NUNCA HE SIDO OTRA COSA

que el que no existe. El otro,

que es inexplicable y no se ve,

si aceptado es Éste que la realidad conjetura

y sirve en su palma vencedora.

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© David Lago González

sábado 31 de enero de 2009

From NY to Philly, & back (Port Authority)

KARIN ALDREY_David Lago

©2004 Karin Aldrey, Digital Art

©2004 David Lago Gonzalez

La Peregrina Magazine, 2004.

Recuento del paisaje

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...¿Y qué significa que miremos

las montañas bañadas por la luna

y el pueblo con puertas silenciosas

y tinacos, y que deseemos elevar

un poco las voces, y a veces en el otoño tardío

cuando la tarde florece un momento sobre la cordillera del poniente

cuando imaginamos que los ángeles

bajan corriendo por los escalones de aire frío

para desearnos bienes, si hemos perdido la voluntad

y no hacemos nada sino dormitar, oyendo a medias

los suspiros de esta o aquella brisa soplar

sin dirección sobre las granjas desiertas

y los jardines abandonados?

Mark Strand

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Siempre hemos estado en la ventana, desde la ventana, sobre ellos.

Hasta las rejas llegan y nos picotean un dedo, las uñas, la limitación nuestra para echarnos al vuelo, con ese suave, dulce escozor que dicen dejan los dientecillos del roedor sobre la también dulce y suave piel de un niño en su cama.

Sin quererlo nos descubren que la palabra por sí sola, como una vida más, trae bandos enfrentados con iguales paisajes y armas.

Vive como nosotros: apoyada en un espejo quebrado en dos y contrapuesto, que la hace ver y oír lo que quiere ocultar tras la vuelta de sus ojos.

Dulce y suave carga el adarme del torniquete y los barrotes se funden en palustres de cañasanta para la casita del sueño, en la que el niño comienza a descifrar la ironía del lenguaje que juega a la confusión entre sombras y más oscuras sombras, de labios que oscilan como un péndulo cruel entre la boca, y la mirada donde se pierden los navíos que nos llevan lejos.

Nuestro oficio ―si es que tenemos otro que no sea esperar la muerte― es mirar y enredarnos en la mirada, hacer uso del futuro generosamente para endurecer nuestras alas de cigarras ávidas de la bruma que cuelga de las farolas en invierno.

Nunca hemos bajado al pueblo, al gentío, al rumoreo del agua contra la gravilla machacando el borde, intentando romper y adentrarse tras la barrera de la noche.

Escucha lo que dicen los muertos sobre ciertas amistades peligrosas.

"Distancia y categoría" ―dicen, y abren sus ríos de sangre con ácido en las entrañas, acortando desde la ventana al suelo la distancia y extendiendo el brazo hacia otro universo―.

Los muertos ya no forman parte del pueblo.

Han dejado de interpretar el sueño, la locura del viaje sospechado por una luz que se inicia como una pequeña hoguera para una alegría que devora círculos de carne roja en medio de un bosque de eucaliptos y termina quemando el agua de las fuentes.

Ese río sigue corriendo entre el gentío.

Nosotros, en cambio, preferimos ser el sueño; enloquecernos y arder como la rama; pero sin dejar nuestra ventana, sin bajar al fuego, al pueblo, al vocerío de todos esos que quieren sofocar el calor de nuestra carne con otra flama de agua caliente.

Nuestra carne nos arde dentro, en la mirada, donde es vaho, sopor, pañuelo empapado del deseo, donde se construyen ciudades silenciosas y las calles van tornándose sueño con nuestro sueño.

No te muevas. Desde aquí vemos la noche dominante a su inercia suplicando afirmación en la mano que modela realidades, afirmación y solidez en el contorno de la mirada, ojo que penetra en el recuerdo como el falo de un navegante la larga distancia azul que no alcanza con su mano: hemos descubierto la tierra.

Ya no caemos al averno si la impalpable barandilla de Legazpi sobre las cenicientas brumas de unas Filipinas intangibles nos saltamos, donde antes nos parecía que volvía con más fuerza el límite medieval que nuestra mirada quebraba asistidos por la simiente de la diferencia. Nuestros ojos ven una barrera donde otros sólo ven un cambio de aires, donde la reverberación se hace más densa y levanta una cortina que oculta un abismo.

Pero tanteando hemos sabido que más allá la tierra es firme: "¡América es nuestra!" ―dice el coro de los muertos―.

Oigo ese grito como saliendo de un corno sostenido por una sirena, ¿ves tú la concha que saca del bolsillo en su costado, bajo el aluminio cegador de sus escamas? Con ella nos anuncia que eso que llaman El Nuevo Mundo es la continuación de una idea y de un cuchillo que cortan la nada y el abismo a partes iguales, deparándonos para siempre un destino y un perfil invisible sobre el costado de una vasija enterrada por el tiempo

Debemos empezar por el principio. En el principio fue una ola que nos barrió de una orilla y nos arrojó a otra, contradicción de una vida que comienza con savia ajena.

Observa tu piel, sobre ella el color de las orquídeas lleva el alma hurtada de otros aires que ha bebido embriagada en medio de tardes calimosas para refrescar ese trozo de piel que se acerca al cuello como el plumaje de un cisne y que en ese punto álgido de acontecimientos sin razón no sabemos si acariciar o decapitar de un solo tajo, sin conmiseración.

Tenemos tanto que maldecir como tanto que adorar.

"Tengo que enseñarte a escribir en el aire" ―dijiste― "porque es cómodo y puedes decir lo que pienses sin que nadie pueda leerlo."

Yo no quise vivir más, ¿lo recuerdas?

Y aunque sabía que no podías cargar con el fardo de otra muerte, era mi vida la que la dignidad o la miseria pujaban como en una subasta de pisos confiscados, codiciados por los alcores y los depredadores de tierra y de aire y las pirañas de los ríos americanos, donde una vez nacimos.

Y creías que sufriría porque mi carne sin agua se podría contra las sábanas, por encima de las sabanas de Camagüey mezclando la sangre con el rojo color de la tierra en ciertas zonas de Matanzas, donde una vez nació la vida desde las ramas de los árboles en Virginia y cruzó la isla acorralada por el agua y cruzó el agua acorralando el continente vasto, vastísimo, infinito como el cielo o como Asia, o como era América, cuando dicen que se unía a otras praderas que el mar y el tiempo cubrieron.

Bobo, mil veces bobo. Creíste que sentiría el hambre, la inanición, el irme desfalleciendo, el sentir cómo mis contornos iban adentrándose en la nada sin forma de los fantasmas. Gasparina entre las sábanas, y todos estos estúpidos que vienen a ver cómo es la muerte, se asoman y se van, espantados por el silencio. ¿Qué esperan? ¿Que haya un sonido, una gota que se quiebra en mi garganta, una lágrima que se asoma a mis ojos para que vean que me despido?

Sólo existe el silencio. Un silencio profundo, cruel si quieres llamarle así.

Un silencio como un día de lluvia cuando te quedas ausente y tal parece que las gotas caen en otro mundo paralelo, que la lluvia no ocurre en tu planeta, que es la Nada la que se humedece, y tú te quedas tan sola con tu silencio, entre tantas palabras mudas que te hablan y te susurran y van adormeciéndote y una luz te toma de la mano y luego desapareces, sin tener que bajar de la ventana ni unirte al gentío, mirando lo que pasa por delante de ti como si no pasara nada porque realmente nada pasa y nada tiene importancia ante la luz y el silencio.

Bobo, cien mil veces bobo. No me canso de repetírtelo.

Yo soy feliz, detén tu pena ante mi sombra.

Desde la ventana veremos el desfile de los vivos con sus vanas alegrías que tan rápidamente se hacen humo, y las risas del gentío; no te mezcles con ellos: nosotros siempre en la ventana, marcando la distancia.

"Distancia y categoría", escucha lo que dicen los muertos sobre el mundo de los vivos y no te manches de ruido, no te atiborres de nueces, no te ahogues con la risa y déjala pasar como un carnaval sin hacerle mucho caso porque cada año se repite, y sólo la luz y el silencio son definitivos, e interminables, como la felicidad de descansar.

Bobo, cien mil veces bobo. Yo estoy en el mundo de las islas intangibles donde nada ya nunca más puede herirme, donde he descubierto que mi esposo extendía su mano hacia la mía, y mi padre me sonreía desde una mecedora, ahogadito en la disnea, y la silueta de mi madre, que de joven muerte había olvidado, tiene hoy la forma de una flor que llevo en el pelo y su perfume no tiene comparación con nada. Con nada, óyelo bien.

El fin es volver al principio y recuperar lo perdido.

Bobo, cien mil veces bobo. Detén tu pena ante mi cuerpo inerte, que hoy se reúne con los que antes se fueron y volvemos todos a Virginia a celebrar mi llegada con un banquete blanco bajo un árbol tan frondoso como la selva amazónica, y mi madre, sin formas ni rostro, está otra vez a mi lado. Me da la mano. Siento que la he recuperado. Sobre los campos de Virginia una luz se deleita: no siento tu mano, pero gano la suya.

No se puede tener todo, en la vida, y ni siquiera en esta muerte. Hay que escoger. Los años definen esa decisión.

© 1997 David Lago González

Imagine Peace (oración)

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Guárdanos, Jesús, de los cardenales de rojo birrete

y afeites tan delicados como antiguas mujeres enharinadas.

Guárdanos, Alá, de los jeques despóticos, de tus mártires,

de quienes no pueden perdonar que cualquier civilización sea un soplido de arena

porque, tal como el hombre, su solidez es un sueño.

Guárdanos, Alí, del shií que cumple silencio y explosiona a la hora señalada.

Guárdanos, Abrahám,

por los que quieren hacer de la piedra donde ofrendaste a tu hijo

el alto concreto celeste que separa a los semitas en enemigos

cuando la bestia no puede vivir sin la garra ni el ave sin la pluma.

Guárdanos, Karl Marx, de tu herrumbrosa revolución industrial

y de tu falta de previsión porque la plusvalía está en la esencia humana

como el amor y el odio, la pierna y su movimiento, inseparables,

maldad contra maldad, bondad besando las bocas de las buenas.

Guárdanos, Jefferson, de tu declaración de igualdad

que nadie escuchó y aplicó según sus conveniencias.

Guardanos, querido Vladimir Ilich, del eco de tus errores

en obra y en personas, como aún les llaman los enamorados de una margarita

a la que siempre le inventaron los pétalos; y tú, loco Adolf,

que el misterio de tu muerte y de tu mente se ensuelva en sí mismo

como el deceso de los animales domésticos.

Redímenos, Historia, de todos tus deslices y aciertos,

de tus ¡oh! gloriosos descubrimientos y tus olvidos más injustos,

que ahora echamos sobre los hombros más cercanos del pasado y el presente.

Guárdanos, John & Yoko, de las burbujas de la inocencia;

de la tonta sonrisa que se esboza en la ignorancia;

de una paz de vana hermosura, superficial, flotante,

que tantos aprovechan para alfilerarla como a globos rojos.

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Guárdanos, extraño, de nuestro prójimo.

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(Madrid, 9 de de diciembre de 2003)

(C)2003 David Lago González

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miércoles 28 de enero de 2009

Última estancia en Davos (poema)

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(C) Arturo Souto (Davos Platz, 1922)

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¿Qué importa el paisaje, la Gloria, la bahía, la línea del horizonte?

Lo que yo veo es el callejón.

Manuel Bandeira

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¿Ha oído hablar de La Patria?

Sí, sin duda: en sus jóvenes años fue tan zarandeada como en los míos.

Seguramente también sintió vergüenza de esa falacia,

y esa mezcla de rabia y piedad por los labios que la limitaron a una cáscara de nuez,

a una piedra que deshace la fuerte paz translúcida del cristal,

a un número sobre el antebrazo del alma, al asta que pincha estúpida la nube,

a la tea que nos acercan al rostro para identificarnos

o para quemarnos los ojos. A veces recelo de que incluso aquí,

perdidos en el tiempo, estemos a salvo del rebrote que hace temblar mis manos.

¿Lo advierte...? No obstante, dicen que no estoy enfermo.

Yo me río, me encrespa la practicidad incapaz de ver

lo que tantos ilusionistas han hecho con el inflamado espíritu

que una vez fue inocente, imberbe ausencia del peligro.

¡Nos han arruinado! Yo me río, ¡acompáñeme!

Pues sí, tiene razón: más vale el leve riptus

de una sonrisa que aspiramos como suspiro. En eso se ha convertido la felicidad. Aún acatamos la obsesión de no bajar la guardia...

La patria;

la patria, Herr Castorp, siempre fue para mí

un salón con dos sillones triunfales, asomados al sol y a las sombras;

medio tonel de madera luciendo una lustrosa begonia gigante;

un cuaderno donde el grafito descubría mágicas formas sobre un papel de seda

y yo, maravillado, pensé aquella noche

que esas siluetas eran lo que los mayores llamaban vida y hombres.

Y al crecer, como usted, me di de bruces con las antorchas, las banderas,

el espejo negro de las botas, los cristales rotos, las teas insolentes,

y las puntas de los dedos

que señalan a nuestras almas como a algo peligroso,

debilidad que no merece el aire de la patria.

Tal vez no nos dimos cuenta

de que siempre quedamos atrapados en un callejón sin salida,

y sin salida sería aquella línea que por encima del muro suponíamos horizonte.

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(Madrid, 18 de enero de 2004.)

© 2004 David Lago González

sábado 17 de enero de 2009

Elogio de lo cubano fino

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(C) Ana González

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para Rolando H. Morelli

para Kurt Findenstein, por su especial sensibilidad

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Somos de esos que cuando la muerte llega a casa,

cubrimos los espejos con una sábana blanca y detenemos los relojes

en el minuto justo en que ella entró en el cuerpo del que yace.

De esos que en medio de las grandes tormentas

y los aparatosos fogonazos de las nubes,

quemamos guano bendecido en Semana Santa,

alzamos los pies del suelo y rezamos a Santa Bárbara bendita

sin dejar de persignarnos hasta que la ira del cielo amaine.

Somos de esos que ante la vulgaridad torcemos la cabeza hacia dentro

y callamos, hasta que la ira terrestre se aplaque

y el río deje de emitir ese aterrador sonido con que simula comerse el mundo.

No movemos desenfrenadamente las caderas y, sin embargo, nos gusta amar bien.

No vociferamos, pero nos gusta el diálogo al atardecer y nos gusta reír.

También, como al que más, nos incita tentar la felicidad.

No nos atrae desfilar entre el gentío, pero pensamos y nos gusta defenderlo,

a veces hasta con la más incomprensible forma para hacerlo: con un silencio.

Y mientras todo pasa, aunque dure toda nuestra vida

―incluso aunque nunca llegue a pasar del todo―,

preferimos no agitarnos demasiado;

intentamos desviar los odios y el resentimiento;

y nos sentamos en la mecedora, en el rincón más fresco de la casa,

a balancearnos en el columpio del tiempo.

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Lo único que pedimos

es un poco de respeto hacia nuestra particular manera de asumirlo

y que nadie intente disculpar lo que no ha vivido ni sentido.

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(Madrid, 1 de Agosto de 1999)

© 1999 David Lago González

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NOTA DEL BLOGGER Y AUTOR: Inútilmente he buscado en Google imágenes que me sirvieran para ilustrar el sentido del poema, y es verdaderamente triste que lo único que encuentre como "costumbres y tradiciones cubanas" y otras denominaciones parecidas, sean ritos yorubas o de la secta que sean, en fin, todo tipo de manifestaciones de la santería, "bailongos" callejeros o fotos que introducen a Fidel dentro de no sé qué tradiciones y usos. Lo que es "una parte" ha suplantado al "todo", sustituyéndolo complemente, y no es extraño que fuera de aquellas orillas a todos se nos pase y se nos aplique el rasero de la vulgaridad, el sexo, el baile y elegguá como características distintivas de una nacionalidad.

En fin, el castigo no termina.

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viernes 16 de enero de 2009

Puente en la oscuridad*

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a Carlos Victoria

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Todo comenzó ya hace algunos años, bastantes y tan pocos.

Fue en una antigua provincia de ultramar: exótica

en la distancia, cuando te acercas vulgar;

de corto nombre que es susurro y es daga al mismo tiempo,

y también por etapas locas que vienen solas y se van siempre con algo tuyo.

Cumplías, y en mitad de la fiesta sentiste el dolor,

más que dolor, algo: un presentimiento que se hizo sangre en los labios;

y despediste a los amigos, los refrescos se hicieron un caldo imbebible,

la tarta se fue volviendo viscosa y lenta como el asfalto un día inclemente del verano.

Te acostaste, y desde la cama supiste que ya los juegos nunca serían como antes:

de pronto te habías convertido en un viejo hombre y cansado.

Abrumado por tanta luz, como si ella no fuera para ti,

tuviste la certeza de que las próximas mañanas

serían la resaca de algo que no habías bebido, ni siquiera imaginado.

En aquel minuto en que lo festivo se convirtió en silencio,

cuando quedaste tan a solas contigo mismo

que podías sentir cómo iban dentro creciéndote los huesos,

desgarrando la sangre su cauce por la selva,

duplicándose la vida en una fuente inmóvil,

dejaste de interesarte por vencer su abismo.

Si aquello equivalía a buscar la liana resistente,

el árbol adecuado y de madera dura, talarlo, serrarlo,

y extender sobre la nada un camino, una línea que uniera el punto de partida y el destino,

buscarías mejor en la oscuridad un puente ya transitado

y llegarías al otro extremo, lo que era igual a no haberte movido.

Fue entonces el momento en que moriste; no ahora, ni mañana, ni después,

fue entonces aquél, cuando eras niño.

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Lo demás ha sido buscar el doble que vivía en ti,

el que amaba hasta el roce del amor cuando pasaba a lo lejos,

el que no se agotaba en el odio,

el que pretendía la fuerza de la noche y lo simulaba,

el que fornicaba con brillo dislocado en las pupilas,

el que escribía versos que cada vez fueron pareciéndose más a su vida.

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(Madrid. 30 de Agosto de 1995)

© 1995 David Lago González

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*Novela homónima de Carlos Victoria, Edit. Universal, EE.UU. 1993.

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jueves 15 de enero de 2009

Un día más sin importancia

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(C) Laurie Lipton

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El aire se llena de rumores, pájaros y aviones

que entorpecen el anonimato

de un día más sin otra importancia

que no sea el triunfo inapreciable de una vida cotidiana.

Dicen que uno de los dioses mayores

ha cedido a su propia naturaleza

y, como un miserable más que él despreciara,

yace en una cama próxima a la debilidad de los mortales.

Otros dicen que ya ha cedido a la putrefacción

y que espera, embalsamado, por un día conveniente.

Un tiempo para morir, un tiempo para vivir,

se puede leer en el Eclesiastés.

Demasiado humano para uno de los dioses más poderosos del Olimpo.

Como sus súbditos más abyectos,

se debate entre convenir o ser inconveniente,

lo que pone en duda que alguna vez haya pertenecido en realidad

al Olimpo de los Dioses.

Estos no esperan por un momento oportuno,

estos no aguardan por el momento oportuno:

simplemente hacen y deshacen, hacen o deshacen,

tragan a sus hijos como Saturno, o los convierten en cabras,

no importa cuánto se hayan apresurado sus vástagos

a olvidar y borrar los pliegos y pliegos que elevaron hosannas

a sus gestas, voluntades y caprichos; no importa

que sus hijos hayan jurado alguna vez ofrecer su vida mortal

por la inmortalidad de su alma; no importa que los visionarios,

atesorando la posibilidad de un nuevo cielo, se den por traicionados

y proclamen su pureza ante los desmanes del todo omnipresente;

no importa que sus otros hijos concebidos por misteriosas consecuencias malhadadas,

estén ya mortalmente muertos, o mortalmente demasiado cansados

para sostener en sus manos de piel, de huesos, ceniza o aire, una ligera copa

de peso incomparable al de la hoja de otoño que les cubrió,

eso sí, bajo toda la eternidad despiadada del Olimpo;

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o el peso de ese cristal no supere al del trémulo brote

que sugiere una continuación más allá del fin del mundo.

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(Madrid, 15 de enero de 2009)

© 2009 David Lago González

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miércoles 7 de enero de 2009

ARIADNA - Carbón vegetal

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Carbón Vegetal en la revista ARIADNA, por portarnos mal.

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http://www.ariadna-rc.com/

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lunes 5 de enero de 2009

El niño

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para Enrique Agramonte, “Kike”

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Mi vida está llena de muertos. Pero el más muerto entre los muertos es el pequeño niño que fui. Y, sin embargo, cuando llegue la hora, es él quien se pondrá al frente de mi vida, quien reunirá mis pobres años y, como hace un viejo jefe con sus veteranos, reuniendo a la tropa en desorden, será el primero en entrar en la casa del Padre.

Georges Bernanos

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Volverá.

Un buen día le verás regresar en su otredad

como el envés de un espejo

que deja asomar sus manchas de azufre: el paso del tiempo.

¿Con qué edad le prefieres?

¿Cuatro años, alzando castillos con la arena cegadora de Varadero?

¿Diez, pedaleando los ignotos senderos de la pubertad?

¿Siete, preguntándote el secreto de la diferencia?

¿Catorce, enmudecido y extasiado bajo el torso de una noche de verano?

¿Cincuenta, pensando si la vida habrá hecho de él un adulto?

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No desesperes: vendrá. El Día de Reyes.

Espérale en la esquina, sentado en el quicio de la puerta de Nina,

y cuando veas subir el grupo de los negritos de los barrios bajos,

no escondas tus juguetes porque ninguno de ellos va a robártelos.

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Él hará lo que nunca hiciste entonces: defenderte.

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(Madrid, 16 de septiembre de 1999)

© 1999 David Lago González

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jueves 1 de enero de 2009

To kill a mockingbird

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to Isel, on her birthday

Some believe or not,

Some have seen him or thought

Once upon a time, into hard hot summer days,

An autumn leaf grazed their shoulder

And never touched the ground.

A few have heard some steps by night.

A few have found the tree, the ancient tree

With a hole in its belly. Hidden secrets in a special language.

I did touch the toys: a little crystal ball,

A pair of nuts, some unknown seeds,

Headless dolls, a shining piece of mineral stone,

Halves of wrinkly paper sheets saying nonsense.

Nonsense means mystery, means truth,

Maybe Faith, perhaps Love,

Peace. Slander. Words of misunderstanding birds speak.

A mockingbird’s feather.

Nonsense means Life for a child.

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(Madrid. May 18, 2004.)

© 2004 David Lago-Gonzalez

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domingo 28 de diciembre de 2008

Moleskine (7)

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Del ELOGIO del que me siento más orgulloso.

NADA01 Héctor y yo fuimos compañeros de estudio en la escuela secundaria y el bachillerato. En el Instituto coincidimos con otro chico cuyo nombre no recuerdo ahora mismo. Su apodo no sé si originó entre aquellas columnas decimonónicas o ya lo traía puesto, pero pronto todo el mundo lo conoció como “el guajiro”. Por aquel entonces, al “guajiro” le faltaban todos los dientes superiores (o "cajetín", que también se le llamaba en el argot callejero), lo cual era bastante común de ver en cierta gente “de reparto”, pendenciera y pre o ya delincuentes habituales. “El guajiro” no obedecía a estos orígenes ni esta formación: simplemente era de un pueblo de Camagüey. Aparte de esta “profunda y oscura” sonrisa abierta, era un chico fuertote, sanote, y de pelos rebeldes, peinado a raya, un poco a lo Elvis Presley pero sin tanto tupé. Muy estudioso, como alguien que se tomaba muy en serio el hecho de aprender. Cuando terminamos el Instituto recuerdo un grupo que estaba en uno de los corredores, quizás frente a la puerta del aula, y estábamos todos alborozados por haber terminado el bachillerato y pasar a la universidad —claro, yo todavía no sabía que ya Ellos habían decidido que los estudios superiores no serían para mí—, y allí comenzamos a decirnos la carrera que habíamos escogido. Todos hacíamos bastante ruido hasta que El Guajiro dijo que él había pedido Medicina. Inmediatamente se hizo el silencio. Y digo “EL SILENCIO”. La crueldad nuestra se tornó carcajada finalmente y alguien fue más allá y lanzó al aire una pregunta: “¿Guajiro, no habrás querido decir Veterinaria?”

Héctor estaba allí también, creo recordar. Al cabo de muchos años, me recordaría algo que yo había olvidado completamente: chicos y chicas nos metimos en la fuente del Casino Campestre a celebrar nuestro primer paso en serio hacia supuestos destinos definitivos. Todo esto vino a destaparse cuando La Pucha vino a España no recuerdo en qué año, y se revolvieron todos estos recuerdos del que cada cual guardaba una parte. En ese “mientras tanto” sucedió que Héctor casose con una amiga de Pucha, y todos crecimos y nos hicimos, digamos que, maduros.

El Guajiro se convirtió en uno de los mejores médicos de Camagüey. Y cubrió la infinitud de su sonrisa con una barrera de dientes prefabricados de color marfil. Pero me cuenta La Pucha que un día El Guajiro —que parece que sigue siendo muy expresivo— coincidió con Héctor y con otros, y se pusieron a hablar de mí y de lo orgulloso que El Guajiro se sentía porque, ¡al fin!, uno de nosotros había llegado lejos y había sacado la cara por todos.

En ese momento no pude por menos que sentir una infinita vergüenza porque en esa mitificación yo verdaderamente no correspondía a su idea del triunfo.

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© 2008 David Lago Gonzalez.

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martes 23 de diciembre de 2008

Almarza, 17-19 (El Bosque de Arturo Soria, Madrid)

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Crepitan las carnes de los árboles entre las llamas.

El oporto en su copa viaja del granate al fuego.

El rostro se inflama, como de vergüenza o de urticaria.

El pecho se asfixia bajo la camisa del invierno

y necesario es desabotonarla y quedarse casi en cueros,

suaves cueros del amor, pieles recias del deseo,

osamentas de querer y dejarse querer.

Yo me descalzo, todo me estorba, todo yo me molesto.

Se carbonizó la piel, se chamuscó el cuero;

y por estos atardeceres invernales, curia y villanos

me han acusado de ser un ladrón desalmado.

Como regalo de Navidad dejé para su estirpe

joyas y cálices robados, incunables y fajos de talentos.

Ardió todo. Quemaron el cuerpo en Varanasi, junto al lodo de la orilla,

los cánticos de los fanáticos, la mierda de los perros. ¿Y qué quedó?

Lo único que yo hurté: el olor del hogar.

Cada año, reincidente, lo robo de nuevo.

Pero no pueden enjuiciarme: si no hay materia no hay delito,

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sólo la gema del recuerdo.

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(Madrid, 20 de diciembre de 2004)

© 2004 David Lago González

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sábado 20 de diciembre de 2008

TALENT SEEKERS

----- Mensaje reenviado ----
De: TALENT SEEKERS <es@talentseekers.net>
Para: "david2305@yahoo.es" <david2305@yahoo.es>
Enviado: sábado, 20 de diciembre, 2008 4:05:06
Asunto: David Lago González

Talent Seekers
Profesionales del arte, la cultura y la comunicación

David Lago González:
Le agradeceríamos la difusión de la siguiente información.
Muchas gracias y feliz navidad.
Aymer Waldir
Representante – idioma español
www.talentseekers.net


UN JURADO DE LUJO AYUDARÁ A TALENT SEEKERS A DESCUBRIR A LAS 1000 PERSONAS MÁS CREATIVAS DE 2009
El colectivo de artistas Sanesociety.org ha organizado un concurso internacional para descubrir y promocionar a personas creativas destacadas en sus respectivos campos. Para ello, TALENT SEEKERS, que es como se denomina el proyecto, ha creado la página web www.talentseekers.net con el fin de que sean los propios socios quienes elijan cada año a los 100 autores/artistas más populares en cada una de las 10 categorías de las que consta el concurso:


• Fotografía.
• Pintura, dibujo, grabado.
• Arte digital, net art.
• Cine, vídeo, animación.
• Escultura.
• Música.
• Literatura, filosofía, periodismo.
• Instalaciones, performance art.
• Diseño web, diseño gráfico.
• Categoría libre.

 

Las votaciones del público darán comienzo el 1 de enero y finalizarán el 31 de diciembre de 2009. Será entonces, en enero de 2010, cuando un jurado experto determine la posición que los artistas ocuparán en cada uno de los 10 rankings en función de su calidad, siendo en total 1000 los autores seleccionados. No se juzgará una obra en concreto, sino el conjunto de la obra expuesta por cada autor o autora en su propia página web. Este proceso culminará con una extensa campaña publicitaria con el fin de promocionar internacionalmente a los ganadores. También se entregarán los premios que hubieran sido donados por los patrocinadores del concurso, aún por determinar.


Durante los dos primeros meses desde que se anunció el proyecto, se han unido a él más de 2000 artistas, músicos y escritores de 69 países. Ante la preocupación que algunos han expresado acerca del posible cobro de una cuota de socio, la organización ha garantizado que los 10.000 primeros autores registrados adquirirán un derecho de participación gratuito y permanente. En palabras de su director, Arturo Tirador, “TALENT SEEKERS no tiene ningún ánimo de lucro y no entra en nuestros planes introducir un sistema de cuotas. Si hemos puesto un límite provisional a la gratuidad del servicio en 10.000 artistas es porque actualmente estamos buscando la implicación en el proyecto de un socio estratégico y por tanto desconocemos cual será la posición al respecto de una supuesta nueva directiva. Mi intención, desde luego, es cubrir nuestros costes operativos exclusivamente por medio de patrocinios, con el fin de que el dinero no suponga impedimento alguno y se alcance así el mayor grado de participación posible”.

 

Es particularmente sorprendente la calidad del jurado, que a pesar de tratarse de un proyecto que acaba de nacer, cuenta ya con profesionales de primer nivel, como Rafael Revert, fundador de las dos emisoras musicales de radio más importantes de España (40 Principales y Cadena 100), Jimmy Destri, miembro fundador de la legendaria banda americana Blondie o el laureado productor canadiense John Dimon, ganador de un Emmy y productor de conocidos programas de televisión, como “Stars of tomorrow”. La lista del jurado de TALENT SEEKERS incluye a importantes gestores culturales, galerías de arte, revistas, emisoras de radio, centros de investigación y formación, compañías discográficas, editoriales, publicistas, escritores, artistas, músicos, coreógrafos, cineastas, etc.

Uno de los objetivos primordiales de TALENT SEEKERS es incentivar la colaboración entre diferentes organizaciones culturales y medios de comunicación, facilitándoles así la expansión de sus correspondientes audiencias. De ahí la importancia de contar con una importante representación de todos los sectores. Incluimos a continuación la lista completa del jurado, si bien se incorporarán previsiblemente decenas de nuevos profesionales en los próximos meses.

• Adriana Ruiz - Editorial Magdala (Argentina)
• Alberto Cereijo - Los Suaves, ECO (España)
• Arturo Tirador – Sanesociety.org (España)
• Carlos Guerrero – Arteinformado.com (España)
• Carol Contreras Suárez - Red Nacional de Estudiantes de Literatura & Afines - REDNEL Colombia (Colombia)
• Casto Solano (España)
• Cecilia Estalles - Fundacion ph15 (Argentina)
• Cintia Marcela Scianna - interstizi magazine (Italia)
• Claudio Gallego Ruiz - Artedinámico.com (Colombia)
• Daniel Battiston - Revista El Margen (Argentina)
• Dario Arnaez - Cryo64 (Estados Unidos)
• Elaine Pauvolid - Aliás, revista eletrônica de cultura (Brasil)
• Fernando Barrionuevo - MECA - Mediterráneo Centro Artístico (España)
• Francesc Verdera - Picap, S.L. (España)
• Gabriela Cravioto - Academia de Artes Visuales (México)
• Gachi Prieto – Gachi Pietro Gallery - Contemporary Latin American art (Argentina)
• Gene Perla - P.M. Records (Estados Unidos)
• Giancarlo Bruschini - AutoriOnline (Italia)
• Gorka Vazquez Fernandez - bivafego (España)
• Guillermo Cuello - Equipo GC de investigación IUNA (Argentina)
• Gustavo Ortiz - Estacionpoetas (Colombia)
• Hildegard Unterweger - Kunstforum Montafon Bereich Aktionskunst (Austria)
• Horcon Boga - Manticore (España)
• Hugo Santander - First Film Productions (Colombia)
• Issa Martínez Llongueras - Palabras Diversas (México)
• Jimmy Destri - rock band Blondie (Estados Unidos)
• Johannes - noticiasypunto (Alemania)
• John Dimon - Diamond Entertainment (Canadá)
• Jordi Sabatés (España)
• Jorge Dávila - Sala Rockstar San Sebastian (España)
• Jose Ramon Cortes - Infocreativos.es (España)
• Laura Islas - Revista etcétera (México)
• Lucas Karrvaz – Instituto Rural de Arte (España)
• Luciano Somma (Italia)
• Luigi Spanò (Italia)
• Luis Arias Manzo - Movimiento Poetas del Mundo (Chile)
• Luis E. Prieto Vázquez - Red Mundial de Escritores en Español: REMES (España)
• Mar Cel Bangerter - xradiostage.com (Suiza)
• Marco Coraggio - GenomART arte digitale contemporanea (Italia)
• Marie Anderson - Sane Society (Suecia)
• Mário Carabajal - Academia de Letras do Brasil (Brasil)
• Massimo Cremagnani - capitolouno (Italia)
• Mauricio Nava - SteicH Danza Multidisciplinaria (México)
• Nacho Fernandez - Literaturas.com (España)
• Nelson Medina - Publicistas.org / Revolutionart International Magazine (Perú)
• Nicolas Guerrieri - Oid Mortales Records (Argentina)
• Norma Segades Manias - Gaceta Literaria Virtual (Argentina)
• Nestor Zonana - Pabellon 4 Arte Contemporaneo (Argentina)
• Oscar Alejandro Huerta Centeno – Revista almargen.net (México)
• Paolo Redaelli - Viceversa (Italia)
• Paul Fantin - Art Mix Gallery (Bélgica)
• Paulo Monti - Revista Literária Paralelo 30 (Brasil)
• Pedro Granados (Perú)
• Petter Jahnstedt - Zero Magazine (Suecia)
• Rafael Revert - Futura Networks (España)
• Raúl Cerezo - Escorto (España)
• Robby Beyer - Supreme Chaos Records (Alemania)
• Sergio Junqueira Arantes - Revista Eventos (Brasil)
• Thomas Gerwers - ProfiFoto (Alemania)
• Ton Luiting - Concept DiGiTaal (Países Bajos)
• Vincent Teubler - gogofrog (Australia)
• Volkmar Mantei - Webseite für erregende Musik (Alemania)
• Walter Benessi - MediaNetwork (Argentina)
• Winfried Hanuschik - crescendo - das KlassikMagazin, Verlag Port Media GmbH (Alemania)
• Xavier van Leeuwe - Lava (Países Bajos)

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Los primeros tiempos (1)

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