miércoles, 21 de octubre de 2009

La Etiqueta

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Soy "contrario al normal desarrollo de las actividades".

Me lo dijo un policía en tiempos remotos, desde mi juventud más temprana.

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Lo de "contrario" es casi un término lezamiano

que podría tomarse como una fuerza metafísica, espiritual,

con la que opongo resistencia o me rebelo

ante la aceptación de algo que no solamente quieran imponerme,

sino simplemente a algo que exista por sí mismo.

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Lo de "normal"

puede ir desde un estado natural a un precepto jurídico,

pasando por una línea recta perpendicular a otra línea,

todo lo cual abarca desde la geometría hasta la astro-física,

o el cuerpo humano, que es lo más natural que hasta el momento conozco.

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Lo del "desarrollo" se interna casi en un terreno desalmado:

¿Deshago un rollo o entorpezco la acción?

¿Acreciento lo físico, lo intelectual, lo ético,

o como una japonesa tradicional someto mis pies

a la tortura de un zapato de madera para que no crezcan?

¿Explico alguna teoría?

¿Calculo alguna expresión analítica?

¿Sucedo, ocurro, acontezco de algún modo, en algún lugar?

¿O me inhibo y me fantasmo?...

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Y... ¿"las actividades"?

¿Se refiere a la prontitud en el obrar?

¿O a las tareas que corresponden a una persona? ―o a una sociedad, ¡uuhhh!―.

¿Habla de una esfera de actividad determinada o tal vez

va mucho más allá y entra ya dentro del número de átomos

que se desintegran por unidad de tiempo?

¿Quizá intenta recordar el nombre de algún volcán "en actividad"?

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Yo, sea lo que sea, no sé muy bien lo que soy.

Pero creo que en el fondo el policía llevaba razón,

porque cuando creo haber encontrado un lugar,

resulta que no, que estoy en sitio inadecuado;

cuando intento contar algo sobre mi pasado, resulta que no,

que los que no lo vivieron me dicen que no fue así, que estoy equivocado;

cuando me enamoro de alguien, quiero irme hacia lo ajeno;

y cuando estoy solo, quiero estar acompañado,

o cuando tengo compaña, añoro la soledad;

cuando voy por una calle, quiero ir por la otra;

cuando me dicen que lo mejor es callarme, hablo,

y cuando debo hablar, enmudezco.

Así que, perdone usted, señor policía, su etiqueta me ha marcado.

Soy eso mismo que usted dijo:

  • desarrollo las actividades de forma contraria a lo normal,
  • actúo según el normal desarrollo de la contradicción,
  • normalizo lo contrario del desarrollo activo,
  • contrarío lo normal desde el desarrollo de la actividad.

O sea, que me ha convencido: yo no tengo remedio

y soy un peligro a la sociedad, al estado de derecho,

a la democracia, al proletariado y a los ricos,

a sus hijos, a su madre la pobre viejita, al conductor del autobús,

a Dios, a María Santísima, a todo lo que usted quiera.

Llevaba razón: no me debo el mundo,

no me debo la vida,

no me merezco ser feliz.

¡Enciérreme usted!

Usted sí que entra dentro del "normal desarrollo de las actividades"

y su deber es impedir que yo lo entorpezca, así que, por favor,

actúe en consecuencia ¡y elimíneme de una santa vez!

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(Madrid, 21 de octubre de 1999)

© 1999 David Lago González

lunes, 12 de octubre de 2009

Lectura de poemas en Ars Atelier, Paris

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Agradezco al Sr. Bruno Sancci (Argentina) la invitación para viajar a París, y a la Sra. Zoé Valdés y al Sr. Ricardo Vega, que gentilmente me han brindado el espacio de su galería Ars Atelier para dar una lectura de mi poesía, asumiendo todos los detalles de la misma.

David Lago González

(Madrid, 12 de octubre de 2009)

jueves, 8 de octubre de 2009

UN PAIS LLAMADO AFUERA


 

 

                                                a Rolando (Morelli),

                                                porque en una conversacion en The Cloisters

                                                surgio esa imagen del Pais de Afuera

 

 

 

Al otro lado hay un pais llamado Afuera,

grande como el sol, pequeno como la luna,

donde tu y yo cabemos en un palacio

y donde siempre es tiempo de cigarras.

Atras, al otro lado del otro lado, queda

la fila inmensa de las hormigas

que olvidaron las senas del hormiguero

hasta convertirse en cigarras atrapadas

en cuerpos ajenos, prestados o robados,

de esos que los del otro lado habitan por error

al otro lado del otro lado.

 

Al otro lado del otro lado,

todo es un galimatias inmenso,

empezando por su propio cerebro;

creen que el mundo se extiende

a partir de las cotas del otro lado del otro lado

sin fronteras ni oceanos ni depresiones del terreno,

o del alma, esas otras peores que dificultan cualquier movimiento.

Ellos tambien la tienen, pero haber nacido de aquel lado,

y al no haber estado nunca del otro lado en el pais de Afuera,

les ha hecho no pensar en ello, sino solamente en el espejismo

que contra toda realidad han fabricado

a partir de las erradas descripciones aviesas de los de Adentro.

Son dos paises, dos unicos paises

a los que se reduce todo el Universo:

Adentro y Afuera.  No hay mas.

no hay variantes ni terceros terminos.

Ni tonos ni distinciones ni exclusiones.

Y como dentro les han hecho vislumbrar continuamente los dragones de fuera,

ellos, pobre pueblo mio, confian firmemente que al llegar al Pais de Afuera

se convertiran –porque asi lo consideran justo por su sufrimiento-- 

en san jorges guerreros

que aplastaran de un lancetazo eficaz todo lagarto inmundo.

Es un tema triste y tragico, y queda en lamentable por incomprensible,

o por inexplicable, porque ni los de Adentro ni los de Afuera somos Uno

como entona con voz mesianica el discurso,

y es mal infinito y cruel el resultado del experimento

que los biologos del estado han ensayado en nuestra piel,

unica y a su vez variada razon que nos convierte en Uno.

 

Y en eso ha quedado la identidad de una nacion: en la semilla del mal.

 

 

(Philadelphia, 6 de octubre de 2009)

(C)2009 David Lago Gonzalez

sábado, 3 de octubre de 2009

On my way back to New York



Cuando te vi esperando por mi
en el lobby de ese gran hotel
por donde discurre lo subterraneo,
senti como si hubiera por fin regresado a casa
despues de una jornada agotadora
esperando una fortuna que no llega;
como si hubiera cerrado la puerta
y dejado fuera todo el miedo y el nervio enhiesto
de las orejas del zorro.
Por fin estaba seguro,
por fin estaba a salvo,
por fin estaba seguro de estar a salvo.
Entonces supe que llegaria a tiempo
a cualquier destino
que se me antojara imposible.

Cuando en el vagon, me rodeaste con tu brazo
--exactamente me echaste el brazo por encima--,
calibre lo importante que habiamos sido
y cuan lejos habiamos viajado
desde aquel primer encuentro en el garito inevitable.
Eu nao estoi mais apaixonado,
pero aquella certeza de haber hallado la diferencia del oro
se muda ahora en el sosiego de transitar hacia el infinito
con otra certeza mas consolidada: andar por siempre acompanado
de una mano que no habra de soltarme.

(Philadelphia, 19 de septiembre de 2009)
(C) 2009 David Lago Gonzalez

viernes, 11 de septiembre de 2009

Un hombre sin señor

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para Mª Gina Valero

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Soy un hombre sin señor.

Es triste la vida de un hombre sin señor.

Deambula en lo más temprano de la mañana

por las calles del barrio viejo.

Por demás, esas horas matinales

son el único momento

en que una tranquila felicidad parecida al bienestar

puede entregarse por completo.

Ésa es la meta de un hombre sin señor: un sentimiento plano

pero extenso, prolongado,

lejos de la pasión irracional que recuerda como una fragancia,

sin herida ni sangre vertida, sin rencor ni regresión.

La dicha verdadera, se dice,

sólo se alcanza después de la desdicha de amar como un obseso,

siempre con el cuerpo gravitando sobre el vacío de su cuerpo,

siempre temiendo el espacio infinito casi

en que ese cuerpo deja de ser sólido para convertirse en hueco,

y como el espíritu de un muerto a su lado caminar,

beber, desayunar, leer juntos las noticias de cada día,

ver sus ojos en la silla desierta de al lado: ése

es un premio no reservado para los veinteañeros.

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(Madrid, 11 de septiembre de 2009)

© 2009 David Lago González

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miércoles, 26 de agosto de 2009

INTOLERANCIA

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Que se calle la orquesta antes de comenzar a tocar.

Que sea el único concierto sin voz.

Que a partir de entonces sus cantores no tengan paz,

por haber ido a cantar a la tierra de Dios y el Diablo

bajo el sol que la nieve disparó un día para cegarnos para siempre.

Que se ahoguen todos en la gran sopera de cerámica blanca

llena del óptimo merengue, virgen de cortes y éter,

que muchos dicen el mejor del mundo.

Que la negra única no pueda volver a gozar de mujer ninguna,

ni tampoco de un solo hombre.

Que el blanquito patético reciba la bala

que lo haga por fin tan hombre como para no serlo.

Que el paisa bonito se funda en negro, de camisa y corazón.

Que el minero y la mujer del minero vuelvan a su mansión,

pero realmente contaminados por el estercolero;

que lo que ellos consideran piedras con las que me han golpeado,

palabras con las que me han insultado,

gestos con los que me han humillado,

se ensuelva todo en sí mismo como un polluelo enfermo,

conjurado por el dolor de mi madre y la herida de mi padre,

y el dolor de todos

y la risa de todos

y la basura de todos.

Que abran y cierren la boca

con la frustración de darse cuenta que de ellas no sale nada.

Que dejen ya de creerse que piensan.

Que me dejen en paz.

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Que el pálpito de la miseria del hombre

vuelva a reposar tranquilo sobre mi párpado,

asumido como vida irremediable, gozosa y sufrida;

al fin y al cabo, mi única vida.

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(Madrid, 26 de agosto de 2009)

© 2009 David Lago González

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sábado, 22 de agosto de 2009

Plaza de Toros de Las Ventas

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Ah varón, desnudo yo te invito

a este asombro, tan mudo, que despierto.

Elena Tamargo

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Y sin embargo, me agrada que me digas

que soy la clase de hombre que gustas

y que despierto en ti lascivia en la noche calurosa de este incipiente verano.

Disfruto que compruebes que no te equivocabas cuando los ojos sobre mí pusiste

y lo exclames en voz alta para que las estrellas se enteren,

cuando palpas el falo, redondeas el glande,

castigas en tu puño gónadas y glúteos,

recorres el pecho donde los barcos se hunden,

y besas la boca, y muerdes los labios.

Y sé que no mientes.

Y sé que este efímero momento vale la eternidad del amor.

Y sé que todo quedará en algo que pudo y por suerte no fue

porque precisamente ya lo fue en ese único segundo en que la tierra se nevaba,

y así quedará para siempre: cubierta por la nieve, y no por el barro.

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(Digital Art, David Lago)

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(Madrid, 21 de junio de 2001)

© 2001 David Lago González

viernes, 21 de agosto de 2009

Aquejado por el zumbido de las cancioncillas del verano, escribo estos versos.

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(C) Anne Bachelier

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para Zoé Valdés

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La vida no renace; la vida se deshecha.

Nos fue dado habitar La Tierra de las Hadas Malignas,

y por ese solo privilegio un huso emponzoñado nos estaba destinado.

Hay miles y miles por todas las comarcas,

más tarde o más temprano nuestro dedo inevitablemente

encontrará la púa, nuestro pie se clavará el acero.

El clavo estaba allí desde que llegaron las hadas,

sólo era cuestión de tiempo que el pie lo pisara.

Quizás ni siquiera lo trajeron ellas deliberadamente;

es que forma parte de la esencia: todo el mundo

se pinchará para quedar debidamente contagiado.

Sus efectos secundarios es el creer que puedes ordenar tus papeles,

“la diminuta poesía que forma mi vida”, escribir un verso,

tararear una canción, procrear, llevar la existencia simple de tus mayores,

conocer nuevas praderas, incluso cruzarlas,

amar, reír, estrenar sedas y cashmeres, anudarte al cuello un pañuelo,

odiar,

matar,

enloquecer,

y que alguna insignificante cosa

no está en realidad relacionada con aquel huso

en el que tu dedo se hundió para toda la eternidad.

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(Madrid, 20 de agosto de 2009)

© 2009 David Lago González

jueves, 20 de agosto de 2009

Vienen del sur (Palabras a Víctor Manuel San José)

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a la memoria de mi padre y mi tía Ermitas,

a todos los españoles que conocí en Cuba

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Una vez nací. Crecí una vez entre el silencio y el idioma

de los que partieron pensando quizá en volver,

imaginándose acaso que el nuevo inicio de sus vidas no tenía retorno,

para finalmente acomodarse a la silueta de una nativa

o sofocar la calima bajo el tembloroso frescor de la malanga.

Si los padres de estos hombres

hubiesen sido reprensibles borrachos irlandeses

es posible que hubieran construido un país: fuerte,

despiadado e imperdonable, como el del Norte.

Pero cuatro siglos expoliando la miseria dorada de los ríos

y trasvasando riquezas hasta las casonas de los indianos asturianos

es demasiado tiempo para que sólo cien años

puedan tornar el menosprecio que corre por nuestras venas

en respeto y consecuencia y amor hacia nuestras maneras de ser.

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Mas parece que efectivamente nací una vez, y crecí,

sin que entre mis recuerdos pueda encontrar

los rastrojos de tantos orgullos patrios,

pacotillas de patios de vecindarios,

marrullería de corralas vallecanas,

remembranzas de antiguos reinos tragados unos por otros

y convertidos en vísceras sin raciocinio:

Galegos de Cantabria,

maños de Cáceres,

canarios de Cantabria,

cántabros de Sevilla,

andaluces de Badajoz,

asturianos de Bilbao,

catalanes de Madrid,

valencianos de Murcia,

mallorquines de Canarias;

vascos de Girona,

vascos de Lugo,

vascos de Cádiz,

vascos de Tarragona;

y hasta portugueses de los Pirineos ,

que dulcificaban la zeta final de sus apellidos en suaves eses

que arrastraban por las calles empedradas de la nueva Iberia.

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"Vienen del sur" ―dices―.

Y no, Víctor Manuel, te equivocas: regresamos,

y yo al menos no retorno para llevarme la belleza del paisaje

que te vio nacer: esta tierra será mi casa y mi sepultura;

como un reprensible irlandés borracho ―pésele a quien le pese―,

Madrid será para siempre mi Dublín y mi Brooklyn,

lo nuevo y lo viejo,

la etapa vencida y la etapa por vencer.

Entre "las fotos que me vieron crecer"

sólo vi hombres y mujeres sin lindes,

y sólo supe de las fisuras de tantos odios ancestrales

al venir del sur ―como dices tú―. Yo, en cambio, diría "regresar".

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(Madrid, 19 de enero del 2000)

© 2000 David Lago González

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lunes, 6 de julio de 2009

En beneficio del Sr. Lago...

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For the Benefit of Mr. Kite

There will be a show tonight on trampoline…

John Lennon

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En beneficio de Mister Kite

habrá esta noche un espectáculo sobre el trampolín...

y, nunca mejor dicho, ..................sobre el trampolín.

Mr. Kite, como antes le sucediera a Miss Otis,

ya no está en disposición de tomar el almuerzo por más tiempo.

Un almuerzo que tarda toda la eternidad de la vida

no es ya un gusto sino más bien un disgusto:

la sopa fría, el arroz sin sal, el café sin cafeína y sin azúcar prieta.

Cómo se ha llegado a este punto ultimísimo de la tragicomedia, no se sabe...

o nadie responde o nadie acierta, no se sabe.

O Mr. Kite calla lo que conoce,

siempre fue un zorro que las mataba en silencio

para luego retornar a su modosito estado natural.

Tampoco es cuestión de detener la marcha del mundo por ello,

ni siquiera es menester de que saquemos a la vieja Ágata de su reposo

para descifrar tal misterio irrelevante: el veneno

venía con el frasco, y ambos en el precio.

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Ah, los Hendersons...,

tan encantadores en sus enlacados tupés estilo “vals para un millón”,

fósiles joyas de La Corona,

están todos por aquí, picoteando como gorriones de tapa en tapa

y con cuidado de no resbalar sobre el paté barato de salmón ahumado,

un ojo puesto sobre el evento social

y el otro parpadeando atento a la expectación de ese momento

en que el Señor Kite se lance a la piscina en medio del Albert Hall.

Pero qué más se puede extraer —aparte de la ironía— de una existencia

pautada siempre por la arbitrariedad de terceras partes...

Se ha vivido como se ha podido —se consuelan, tanto Kite como Otis—.

Se ha sido consecuente consigo mismo —comenta para sí Kite,

mientras Miss Otis le mira con sorna de reojo—.

Has jugado, muchacho, sobre el vientre de un ángel asesino.

Todo está bien. Tu vida es más plena que la de muchos de los presentes.

Así que... ¡cimbrea ese trampolín como la cintura de un adolescente,

y deja que el espectáculo continúe!

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And of course, Henry the Horse dances the waltz!!!

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(Madrid, marzo de 2006)

© 2006 David Lago González

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domingo, 28 de junio de 2009

Los Plomos

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Regreso a Los Plomos.

Dispongo de mi libertad para rechazarla.

Yo mismo abro la cerradura de mi celda,

yo mismo la cierro desde dentro

y entrego el manojo de llaves a Lorenzo;

así le ahorro trabajo, y guía no es menester

pues de sobra me sé los húmedos avernos del fatum.

Pobre Lorenzo, bruto entre los brutos, simple,

sin más goce en la vida que mercadear con la muerte.

La existencia mía depende de mi guardián, y la suya

de la mía: una alimenta la otra y eso nos hace iguales,

o al menos prescindibles para el resto de los mortales,

porque si en su descuido desaparezco, también él será fantasma de las mismas mazmorras,

y con él el sustento de su familia,

y su mujer se dará a los hombres

si no encuentra peor veneciano

que quiera hacerse cargo de cuerpo usado.

Aquí tengo mis enseres y mi cama; gusto

recostarme al maderamen del dosel mientras escribo estos versos,

suaves plumas de oca bajo mi trasero: lejos ―por suerte―

están todavía los tiempos presentes en que la prisión te priva también de tus pertenencias

y quedas a merced del cuerpo y del alma,

y de ese molesto ruido entre ambas llamado “mente”.

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Arriba, vulgares japoneses siempre delicados, sin feudo ni espadas,

pisotean el hermoso pavimento de Piaza San Marco

mientras gondoleros a la espera se mofan bajo el sombrero del dialecto.

Y en el Gran Canal se escucha una motora, ensordeciendo

el picotazo de los remos cuando rompen el agua

sumergiendo y sacando su cabeza de madera sin pez en la boca,

sin vida en la muerte.

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(Madrid, 3 de abril del 2001)

© 2001 David Lago González

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domingo, 21 de junio de 2009

Sólo una canción para el domingo

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Ven aquí,

donde tus oídos no pueden escuchar el ruido del mundo.

Ven aquí y cierra tus labios.

Sólo quiero el rumor que sale de tu pecho.

Tengo para ti palabras que se igualan al oro,

cómo descubrirlas a otros... Nadie

sabrá quién eres; no te preocupes,

sé guardar los secretos:

es lo único que quizás he estado haciendo toda mi vida.

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(Madrid, 2 de julio de 2006)

© 2006 David Lago González

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sábado, 20 de junio de 2009

Los versos en mis labios

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Los versos en mis labios

guardan los nombres indelebles de la risa.

En secreto asoman por las comisuras

y se confunden entre ellos, adulterando la historia

de qué sirvió para la ocasión de su descubrimiento.

Unos vinieron de fuera, prendidos a otras bocas;

otros nacieron en el silencio de esos enormes ruidos,

atronadores presagios de un mundo por terminar.

Y todos brotaron y cayeron como el propio mundo,

con la indeferencia debida,

y con la leve y plácida sombra de la satisfacción.

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(C) 2008, David Lago González

(Madrid, 25 de julio de 2008)

domingo, 14 de junio de 2009

Un bolero fallido

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NOTA: Este poema, estoy casi seguro que fue escrito inicialmente con anterioridad a la fecha que se indica. Tanto éste como otros, pertenecen a un grupo de poemas sueltos, que nunca conformaron nada parecido a un todo a pesar de que parten de una experiencia común, que se remonta a cuando conocí la primera persona en mi vida allá cuando tenía trece o catorce años (en el actual mundo tan genatiloso y tonto, lo dicho se enmarcaría dentro de los inciertos límites de la pederastia --yo, entonces, como víctima infeliz e inocente que, si no "sabía" en toda su magnitud, al menos sí buscaba, incitaba y jugaba con el atractivo misterio de lo ineludible).

Son poemas con los que nunca quedé satisfecho (por el contrario de la experiencia de la que partieron) y a los que repetidamente volví a lo largo del tiempo (al igual que con la persona que los motivó).

Éste, en particular, juega con la nocividad del bolero. El bolero es una mala medicina por su alto grado de toxicidad y nocividad inmediata y a largo plazo. Son trágicos, pero tremendamente "camp" aunque nunca tan cursi como la copla. Por suerte podemos contar con las grandes cantantes trágicas y los melancólicos cantores de esa música encantada denominada "brasileña". Pero ése es otro tema.

Ahora, hoy, quiero dedicar este poema a un grupo de personas que sé que gustan del bolero, y le admiran, y le sienten, pero, como entre ellas hay rencillas y enemistades, prefiero omitir los nombres: ya cada cual se sabrá aludido.

El autor.

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Hablas: haces bien.

Mejor es que las palabras quiebren

la blanca línea por la que tus labios vuelan.

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Callas: haces bien. Porque mi voz

procura entonces un bolero fallido, y aun perdido el tono,

tu silencio me hace creer que nadie mejor lo ha cantado.

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Si me amas, hiciste bien en besarme

cuando las sombras a las sombras en silencio se entregaron.

Si un brusco giro de la noche hacia otro rumbo te ha llevado,

bien hecho en alejarte: no merece mi paso trémulo andar a tu lado

cuando débil el guardián no sabe defender de las tinieblas

esa luz que dan los besos.

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Y si no atiendes mis versos ignorando su existencia,

qué bien haces: no soy un bardo sin igual para de esa forma elevarme.

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Pero si regresas, si dices que aún entre tus labios

apresado está el gesto de los míos,

no sabes entonces tú el mal que haces,

porque sabiendo yo con qué palabras juegan los boleros,

dejaré deshacer en mis labios el gesto,

cuando después de haberte amado, enmudeciendo bajo el silencio,

de mis brazos te despida con desprecio.

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(Camagüey, Cuba. 1977)

© 1977 David Lago González

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viernes, 12 de junio de 2009

El poeta y el comandante (Cocktails for two)

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a la memoria de Virgilio Piñera

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Los cadenciosos viajes en calesa por las calles empedradas de Cárdenas deben haber grabado en su corazón la fragilidad del aire. Ese corazón siempre saltando dentro a cada pisada del casco del caballo sobre el adoquín; ese pálpito al resbalar la herradura contra los cantos de la calzada; el relincho súbito; el ¡arre! impetuoso del cochero; la posibilidad siempre existente y temida de que los goznes se desprendiesen o de que el caballo se encabritara, y el olor mezclado de las dos bestias que tiraban del coche, deben haberle supuesto un paisaje de atracción y miedo que nunca desapareció de sus ojos.

Artífice mayor del teatro, que nunca supo actuar, siempre supo ser la mariposa inerme y el botín de los coleccionistas de primaveras exuberantes.

Artífice mayor de la poesía, supo como nadie dejar sobre el papel para el antes y el después la definición del amor y la repulsión que contra la piel de muchos deja la resaca de un mar que nos invade, nos ahoga y nos salva, unas veces con la silueta inapresable del agua, otras con el peso abrumador de un cuerpo, y tantas otras en la multitud que nos sentencia con su música y su sangre, y que es pasión y dolor, amor, muerte, odio: simple arena sobre la que se asienta el desierto.

"Contradicción de las contradicciones", como diría Lezama.

Al Buenos Aires de los 40 huiría intentando romper "la maldición de verse rodeado de agua por todas partes" y junto a Gombrowics compartió "piano, estera y velador", algún que otro mate, algún que otro porteño; y alguna noche, después de mucho tiempo, regresó al mar como Ulises retornando a Ítaca, pero Ítaca seguía siendo aquella isla que pesaba tanto, porque todo parece cambiar pero en el fondo todo sigue siendo igual, y las islas son como los hombres: se visten para salir a la calle y se desnudan de piel y alma, Virgilio, cuando se te meten en la cama.

Pronto volvió a ser la endeble mariposa de la poesía encubriendo su fragilidad tras el atrezzo del teatro. Botín de los coleccionistas de primaveras trémulas, a su casa de Santa Fe llamaron en "La Noche de las Tres P"*.

Y quizá pensando incluso que el mar era otro, asistió al cóctel oficial al que le habían invitado, arregladito como un principiante de Cárdenas, sonriente pero siempre temeroso de que el caballo de la calesa se encabritara. Cercana la medianoche, hizo su entrada un hermoso y aguerrido porteño que con tono bien audible preguntó por qué tenía que compartir su sitio con semejante maricón.

El comandante podía leer a Nietzche, pero nunca jamás podría comprender "La isla en peso": para empezar a entenderla hay que verse y sentirse "rodeado de agua por todas partes".

El cóctel se reanudó después de la expulsión de la indiscreta mariposa que por una noche había osado pensar que el mar era capaz de cambiar.

Luego se refugió en su flor a jugar a las cartas con viejas damas de El Vedado.

Salía poco, y temblaba. Su palabra era débil, y temblaba.

Y murió un día, como mueren las mariposas, de tanto temblar ante la fuerza del viento.

Todo el polen que almacenó de las flores de la vida y la muerte fue puesto a buen recaudo. Por todas partes pululan coleccionistas ávidos por clavar alfileres sobre las alas; puede que ni siquiera piensen en el dolor de la mariposa que acaban de añadir a su libro de insectos disecados.

-o-

Cada vez que veo la mirada al viento sobre los pechos ignorantes pienso en aquel cóctel para dos de hace tantos años: entre el comandante y el poeta, me reservo el hacedor del silencio.

Nunca ondeará sobre mi pecho una camiseta con su rostro de viejo pánico, pero dentro de mis oídos siempre escucharé su trémula voz en sordina intentando no desatar las furias del vecino de abajo.

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(Madrid, 20 de Abril de 1999)

© 1999 David Lago González

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NOTA DEL BLOGGER Y AUTOR: Sobre el incidente entre el poeta y el comandante, o más bien lo que el comandante dice sobre el poeta, he escuchado varias versiones. Una se refiere a un libro del poeta sobre el "bureau" del comandante, pero ¿quién iba a dejar un libro de Virgilio PIñera en el despacho del Che Guevara? Suena un poco absurdo. Así que por razones menos absurdas y más obvias, preferí esta otra versión que hace coincidir a los protagonistas en un "cocktail" en los tiempos de la "early Revolution".

*"La Noche de las tres P" es el nombre por el que se conoce la primera gran redada de la era revolucionaria. Las "tres P" vienen dadas porque "la recogida" iba dirigida contra Putas, Proxenetas y Pederastas (entendiéndose por "pederastas" los homosexuales masculinos; Cuba nunca fue un país tan civilizado como los norte-europeos donde el índice de las desviaciones sexuales es casi proporcional al concepto de "desarrollado".)

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jueves, 28 de mayo de 2009

Revival

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Acabo de verte esta tarde, 16 de marzo de 2005. Ahora mismo, Amelia;

escudriñabas el interior de una tienda cerrada en la calle de San Mateo

como si te asomaras a un bazar infinito en Chinatown.

Yo sé que buscabas en New York que un ejército de terracota

te diera la razón, esa perla de quien nace para vivir para alguien.

tanto tiempo lo has hecho que el sacrificio se ha hecho vicio,

ha crecido como hiedra por la pared del tiempo,

a través de la celosía del agua.

¿Y cuándo no tenga a nadie? ―jamás te preguntas eso―

Inventaremos entonces

una tienda siempre abierta, una sobrina lejaniiiísima

allá por Borneo oriental, Chinatown en el ojo de una abeja,

New York cabrá en un bolso rojo,

y un ejército de terracota se mirará sobre el cristal de la esmeralda

en el anillo de tu dedo.

Todo tiene remedio, Amelia; todo lo tiene.

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(Madrid, 16 de marzo de 2005.)

© 2005 David Lago González

sábado, 23 de mayo de 2009

Aniversario

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Para cuando... (ruido ensordecedor in crescendo,

voces, tráfico urbano, implociones controladas a cámara lenta,

plegarias, olas rompiendo, una copa que cae al suelo, remolino

del polvo en la ciudad, una mañana de campo bajo un árbol

donde canta un pájaro solitario...) quiero

un coche negro tirado por percherones blancos, engalanados

de oro, azul púrpura y turquesa, amarillo cegador y blanco.

Que camine sin sonido sobre los guijarros de Camagüey.

Con dificultad y suavidad, como las caderas de una jamaicana

que porta sobre su cabeza un atado gigante de ropa sucia

y baja por la calle de mi infancia, se detiene en el inoportuno

poste de la luz que corta la acera en “cuánto me falta”

y “en ya falta menos”, deja el lío de ropas en el suelo,

se seca el sudor, y vuelve a ponérselo sobre las “pasas” recogidas

valiéndose de una mano que apoya sobre el mundo

que se hunde en la grasa de sus caderas, y con la otra sujeta arriba

el otro mundo y echa a andar de nuevo... Es una cuestión

de equilibrios que el mundo de arriba y el de abajo cohabiten

el mismo universo de mis ojos, que quieren entonces

ser los ojos del mundo... o al menos, de otro mundo...

el mío.

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Yo voy a pedir por esta boca, no me importa nada lo que diga el populacho.

En fin de cuentas, siempre van a hablar...

Yo quiero que Joni Mitchell, y todas sus amantes,

y toda la prole celestial de ángeles de Vancouver y alguna de Québec,

rememoren “la última vez que vi a Richard”

como si realmente volvieran a ver a Richard por última vez

caminando a mi lado, tendido entre el coche orlado y los percherones

de patas peludas cuanto más cerca de los cascos,

y lo recuerden con esa voz entre la diznea y el foso de la ópera.

Quiero que Whoopie Goldberg se siente al piano otra vez

y comience quedamente a repetirme que tuve todo cuanto quise,

que la carencia quizás sólo fue una cuestión de destiempo,

y de equilibrio entre los mundos, pero que el resultado ha sido millonario,

y la cosecha la mejor habida en el universo

a pesar de todos los pronósticos

y de todo cuanto los miserables hicieron en uno y otro lado.

La miseria ni siquiera tiene conciencia del asno que golpea

porque ella, con sus ellos, se alimentan del golpe contra el lomo

y si el lomo desaparece, siguen golpeando

y golpeando,

para escucharse a sí mismos en su vana victoria.

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Por eso

yo voy a pedir por estos ojos

despertarme a la mañana de Chelsea

como antes de saber que sufría por ti

todo lo que la daga aventuraba en su filo mellado,

tudo machucado, tudo machucado

el corazón del apasionado que se lanzaba

por este camino de palabras que conducen hacia la locura,

la locura que es dolor del que no vuelve

pero escapa para siempre de lo ramplón y lo siniestro

entre los cascos de los caballos.

Mayo 2009.

© 2009 David Lago González

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foggy

martes, 19 de mayo de 2009

Los penúltimos días de la Casa de Usher

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Los penúltimos días de la Casa de Usher

son peores que los últimos, y mucho más agónicos

que el colapso total.

Son días de confusión, en que todos,

a pesar de hablar el mismo lenguaje,

hablan una palabra y escuchan otra,

como si un espíritu burlón las cambiara

en el salto de la boca a la oreja

si con buena suerte llega al pabellón que la mosca asorda,

pues si la palabra cede a la gravísima gravedad

y pisa —¡qué digo!—, roza,

cualquiera de los elementos telúricos,

puede desatarse cualquier bobo espanto

que a su vez convoque las más oscuras ofensas de la simplicidad

y también aquellas otras deleznablemente pervertidas de la ilustración.

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(Abril 2009)

© 2009 David Lago González

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viernes, 15 de mayo de 2009

Paraísos cercanos*

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CASA_CAMAGUEY2000Dic

a Frangelina

y los compañeros del Sindicato de Trabajadores

que se negaron a secundar los actos de repudio en contra nuestra

durante los acontecimientos de mayo de 1980 en Camagüey, Cuba

Por entonces vivíamos allí mi madre y yo.

Por entonces,

frente a la puerta de casa se levantaba un álamo y los Miranda tenían cuerpos de ébano bruñido. Si hubiesen aireado sus ornamentos habrían competido con lo inusitado del marañón, única fruta que ostenta su simiente a la vista de todos.

Por entonces,

los Miranda habían descubierto el contento en la humillación ajena y se deleitaban en subirse al árbol para convertir a mi madre en una vieja ramera a la que vaticinaban una segura violación por los ornamentos de otros ébanos bruñidos en la vecina Norteamérica, situando el mismo color de su piel como sinónimo de lo más ínfimo. Yo también sería sodomizado por otros cuerpos oscuros como la noche. No sé por qué razón los Miranda tenían esa extraña fijación con que los únicos forzadores del sexo de hombre y mujeres a noventa millas de aquel álamo tenían necesariamente que ser, como ellos, descendientes de esclavos africanos.

Por entonces,

alguna vez alguien misterioso, como si matáramos ruiseñores, nos dejaba a la puerta una bolsa de papel y llamaba al timbre o dejaba caer la aldaba salvajemente; cuando abríamos, el hedor nos hablaba sin necesidad de palabras, y pacientemente, en silencio, recogíamos nuestro regalo, con el que abonábamos las plantas del jardín interior que, agradecidas, crecían y florecían; el álamo, en cambio, tardaba mucho en espigarse unos centímetros: tal vez el peso de aquel ébano bruñido les impedía crecer con más libertad.

Pero los Miranda se equivocaron: no viajamos nunca hacia el norte, sino al noreste, a miles de kilómetros de nuestra casa, del álamo y de su vulgar suspicacia hacia nuestro futuro. Sus augurios cayeron al mar: la ramera y el marica nunca fuimos violados. Es posible que alguno de aquellos relucientes ébanos, sobre los que se condensaba la humedad del trópico como el rocío sobre la hierba del amanecer, se haya entregado por unas pocas monedas o por someras baratijas a algún nuevo colono europeo en el trasiego sexual del turismo. Todo es posible: hasta cabe imaginar que tal vez ahora vivan en el barrio negro de Miami.

Es alguna de las cosas que recuerdo de ese paraíso cercano llamado Cuba, de ese pueblo conversador y alegre, donde la vida tiene tantas lecturas y las personas tantos pliegues como una falda plisada.

Lamento,

eso sí,

que ya el álamo no exista: fue reducido a simple leña, como todos los otros árboles de mi calle, y hoy aquel barrio es una arboleda perdida. Lo imagino triste al sentir su desnudez impávida ante el quebranto de la historia.

Esto me han dicho: yo no he vuelto. Ni volveré nunca para ver crecer otro en vez de aquél que me acompañó desde niño, y mucho menos pisaré aquellas calles nuevamente para que los Miranda me reciban con honores, como a un pobre sobreviviente que la mediocridad confunde con el triunfo.

Que repose en paz el ébano,

que en alguna parte del recuerdo reposen en paz las hojas barridas por el viento.

Que descanse en silencioso respeto el pasado de mi vida.

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(Madrid, 8 de abril de 1999)

© 1999 David Lago González

*”Paraísos cercanos: Cuba”, documental emitido por TVE-1 la noche del miércoles 7 de abril de 1999.

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lunes, 4 de mayo de 2009

ELOGIO DE LA ESCORIA (A whole lotta love)

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NOTA DEL BLOGGER: Ayer tarde, revisando papeles viejos que han quedado de otras limpiezas, encontré este poema que pertenece a un libro que el éter engulló con voraz apetito.

En esta ocasión, a pesar de estar incluidos en la dedicatoria general, quiero dedicarlo muy especialmente a mi amigo Elio Poblador, y a mi amigo Oscar León Morell que recientemente murió durante la Semana Santa.

En el poema soy indulgente hacia nosotros mismos. Releyéndolo ahora me doy cuenta del matiz trágico que quise omitir o que tal vez no supe distinguir en el año 2000 cuando lo escribí. Digo "Y nos separamos: eso fue todo." Cuando menos, es inexacto: eso NO fue todo.

-o-

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Elogio de la escoria (A Whole Lotta Love)

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...fracasados convertidos en asiduos de las cervecerías.

Isaac Babel

(tomado de las notas de su interrogatorio en la Lubianka)

Este poema está dedicado a tanta gente que es imposible nombrarlos a todos

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El Bosque es hermoso, a pesar de todo.

Excepto cuando llueve y todo se convierte en un lodazal. Pero en los días secos y soleados, si entrecierras los ojos y si tienes la suficiente imaginación, cuando entre los párpados miras la hojarasca, puedes pensar por un segundo que atraviesas el fantasma de Bavaria.

Aquí

he visto yo acuchillar a un hombre casi anciano que corría como una liebre, de mesa en mesa, de árbol en árbol, hasta que fue acorralado contra el mostrador donde se expendía la cerveza.

Aquí

hemos tenido la vida pendiendo de un hilo, y esa vida no ha sido más consistente que la espuma que el chorro del termo producía al chocar contra el fondo del cartón encerado de los vasos: un mero roce mal recibido contra la crápula y habríamos durado menos que el anciano que vi desangrarse.

Aquí

he venido con mi amante, y con el padre de mi amante, y años más tarde con el hijo de mi amante, todos como en una gran familia, escuchando cuentos de isleños de Canarias o rumores de barrios orilleros.

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El Bosque es hermoso, a pesar de todo.

Aquí detrás, contra esa valla de alambre y cuando todavía no habían instalado los termos, estuve en dos noches distintas con un hombre rubio muy hermoso, de pelo rizado y ojos verdes, que se desnudaba por completo tendido en la tierra contra el alambrado y la vergüenza de ser poseído le provocaba tal rigidez mortis que el placer se convertía en la proeza de descorchar una botella con uñas y dientes.

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Pero El Bosque sigue siendo hermoso, a pesar de todo.

Claro que en esta ocasión —ni en ninguna— no hemos venido a admirar su belleza, sino simple y ramplonamente a emborracharnos como eso que dijo Babel entre sus delaciones: “como fracasados convertidos en asiduos de las cervecerías”.

Pero esta vez será la última porque también hemos venido a despedirnos: el Gran Hermano ha enloquecido un poco más, ha separado las aguas del Jordán y ha dicho que todos a los que su simpatía nos es indiferente, podemos cruzar a la otra orilla (donde nos esperan cosas terribles, pero, qué más da; en todo caso, sería un simple cambio de avernos).

No estamos todos, pero estamos muchos.

Es de tarde en la isla tropical y las nubes, como un termo de cerveza incontrolado, se quiebran de improviso vertiéndonos encima sin la más mínima piedad toda la carga que han ido acumulando durante días: todo es excesivo en estos prados.

Nos refugiamos bajo los arcos de un puente y continuamos con nuestra cantaleta del adiós. El repertorio es variado, casi infinito y muy intenso: hoy nuestros ánimos requieren del rock duro el estruendo de su evasión con todo su rigor —en fin de cuentas, nos vamos al infierno—.

In the sunshine of your love, in my white room, summer in the city, born to be wild, y nuestra mayor y absoluta realización musical: “A Whole Lotta Love”.

“You need cooling, baby I’m not fooling,

I’m gonna say <yeah, go back to schooling…>”

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Carlos Victoria asegura que hay momentos extrañamente mágicos en que alcanzo la perfección de la segunda voz, pero nuestro amigo es un borracho empedernido y ha devenido en una total escoria, eso ya lo sabemos, así que, cual Olga Guillot, miente porque su maldad le hace feliz.

Pedro Castro introduce la cuña de su versión ególatra de “Bajo un palmar” y rompe el ruido de la lluvia con el absurdo de la forzada letra:

“Era en una playa de mi tierra tan querida, a la orilla del mar.

Era que allí estaba celebrándose una gira debajo de un palmar.

Era que estaba precioso, con el color de rosa de mi traje sencillo y sin igual.

Era que yo era novio mío, y me sentía nervioso entre mis brazos suspirar.

Era que todo fue un sueño, pero logré mi empeño porque ME PUDE BESAR.”

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La lluvia amaina. Desde lo alto de un barranco comienzan a lanzarnos piedras y a insultarnos: “¡Escoria! ¡Maricones, fuera de aquí! ¡Singaos por el culo!” ¡Qué curioso! ¿Cómo habrán podido adivinar todo eso, desde tan lejos? La gente nos sorprende a veces siendo extrañamente perspicaz. Nosotros, al unísono nos acordamos de Gran Funk Railroad y nos partimos la voz cantándoles “we are an American band...”

We are an American Man.

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El Bosque es hermoso, pese a todo.

Algunos partieron, otros se han quedado, otros se mataron o han muerto, otros tantos han desaparecido y nadie sabe de ellos. No nos pasó nada terrible, en fin de cuentas. Alguna edrada, algún cartucho de mierda, algún palo en la cabeza, un poquito de ácido a la cara, algún muerto nada grave, un escupitazo, cristales rotos, millones de insultos, barcos zozobrantes, locura en alta mar, festín de tiburones, humillaciones, violaciones en los campos de acogida, sed, hambre, y paciencia, mucha paciencia.

Y nos separamos: eso fue todo. También los grupos cuyas canciones cantábamos se separaron: Jimmy Page, Robert Plant, Steve Winwood, Eric Clapton: cada uno va por su camino. Jim Morrison, Janis Joplin, Jimmi Hendrix, sucumbieron a los delirios del averno.

Pocos hemos vuelto a vernos de nuevo; otros nunca volveremos a hacerlo.

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(Madrid, 22 de marzo de 2000)

© 2000 David Lago González

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