sábado, 31 de enero de 2009

Recuento del paisaje

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swanalonebw

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...¿Y qué significa que miremos

las montañas bañadas por la luna

y el pueblo con puertas silenciosas

y tinacos, y que deseemos elevar

un poco las voces, y a veces en el otoño tardío

cuando la tarde florece un momento sobre la cordillera del poniente

cuando imaginamos que los ángeles

bajan corriendo por los escalones de aire frío

para desearnos bienes, si hemos perdido la voluntad

y no hacemos nada sino dormitar, oyendo a medias

los suspiros de esta o aquella brisa soplar

sin dirección sobre las granjas desiertas

y los jardines abandonados?

Mark Strand

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Siempre hemos estado en la ventana, desde la ventana, sobre ellos.

Hasta las rejas llegan y nos picotean un dedo, las uñas, la limitación nuestra para echarnos al vuelo, con ese suave, dulce escozor que dicen dejan los dientecillos del roedor sobre la también dulce y suave piel de un niño en su cama.

Sin quererlo nos descubren que la palabra por sí sola, como una vida más, trae bandos enfrentados con iguales paisajes y armas.

Vive como nosotros: apoyada en un espejo quebrado en dos y contrapuesto, que la hace ver y oír lo que quiere ocultar tras la vuelta de sus ojos.

Dulce y suave carga el adarme del torniquete y los barrotes se funden en palustres de cañasanta para la casita del sueño, en la que el niño comienza a descifrar la ironía del lenguaje que juega a la confusión entre sombras y más oscuras sombras, de labios que oscilan como un péndulo cruel entre la boca, y la mirada donde se pierden los navíos que nos llevan lejos.

Nuestro oficio ―si es que tenemos otro que no sea esperar la muerte― es mirar y enredarnos en la mirada, hacer uso del futuro generosamente para endurecer nuestras alas de cigarras ávidas de la bruma que cuelga de las farolas en invierno.

Nunca hemos bajado al pueblo, al gentío, al rumoreo del agua contra la gravilla machacando el borde, intentando romper y adentrarse tras la barrera de la noche.

Escucha lo que dicen los muertos sobre ciertas amistades peligrosas.

"Distancia y categoría" ―dicen, y abren sus ríos de sangre con ácido en las entrañas, acortando desde la ventana al suelo la distancia y extendiendo el brazo hacia otro universo―.

Los muertos ya no forman parte del pueblo.

Han dejado de interpretar el sueño, la locura del viaje sospechado por una luz que se inicia como una pequeña hoguera para una alegría que devora círculos de carne roja en medio de un bosque de eucaliptos y termina quemando el agua de las fuentes.

Ese río sigue corriendo entre el gentío.

Nosotros, en cambio, preferimos ser el sueño; enloquecernos y arder como la rama; pero sin dejar nuestra ventana, sin bajar al fuego, al pueblo, al vocerío de todos esos que quieren sofocar el calor de nuestra carne con otra flama de agua caliente.

Nuestra carne nos arde dentro, en la mirada, donde es vaho, sopor, pañuelo empapado del deseo, donde se construyen ciudades silenciosas y las calles van tornándose sueño con nuestro sueño.

No te muevas. Desde aquí vemos la noche dominante a su inercia suplicando afirmación en la mano que modela realidades, afirmación y solidez en el contorno de la mirada, ojo que penetra en el recuerdo como el falo de un navegante la larga distancia azul que no alcanza con su mano: hemos descubierto la tierra.

Ya no caemos al averno si la impalpable barandilla de Legazpi sobre las cenicientas brumas de unas Filipinas intangibles nos saltamos, donde antes nos parecía que volvía con más fuerza el límite medieval que nuestra mirada quebraba asistidos por la simiente de la diferencia. Nuestros ojos ven una barrera donde otros sólo ven un cambio de aires, donde la reverberación se hace más densa y levanta una cortina que oculta un abismo.

Pero tanteando hemos sabido que más allá la tierra es firme: "¡América es nuestra!" ―dice el coro de los muertos―.

Oigo ese grito como saliendo de un corno sostenido por una sirena, ¿ves tú la concha que saca del bolsillo en su costado, bajo el aluminio cegador de sus escamas? Con ella nos anuncia que eso que llaman El Nuevo Mundo es la continuación de una idea y de un cuchillo que cortan la nada y el abismo a partes iguales, deparándonos para siempre un destino y un perfil invisible sobre el costado de una vasija enterrada por el tiempo

Debemos empezar por el principio. En el principio fue una ola que nos barrió de una orilla y nos arrojó a otra, contradicción de una vida que comienza con savia ajena.

Observa tu piel, sobre ella el color de las orquídeas lleva el alma hurtada de otros aires que ha bebido embriagada en medio de tardes calimosas para refrescar ese trozo de piel que se acerca al cuello como el plumaje de un cisne y que en ese punto álgido de acontecimientos sin razón no sabemos si acariciar o decapitar de un solo tajo, sin conmiseración.

Tenemos tanto que maldecir como tanto que adorar.

"Tengo que enseñarte a escribir en el aire" ―dijiste― "porque es cómodo y puedes decir lo que pienses sin que nadie pueda leerlo."

Yo no quise vivir más, ¿lo recuerdas?

Y aunque sabía que no podías cargar con el fardo de otra muerte, era mi vida la que la dignidad o la miseria pujaban como en una subasta de pisos confiscados, codiciados por los alcores y los depredadores de tierra y de aire y las pirañas de los ríos americanos, donde una vez nacimos.

Y creías que sufriría porque mi carne sin agua se podría contra las sábanas, por encima de las sabanas de Camagüey mezclando la sangre con el rojo color de la tierra en ciertas zonas de Matanzas, donde una vez nació la vida desde las ramas de los árboles en Virginia y cruzó la isla acorralada por el agua y cruzó el agua acorralando el continente vasto, vastísimo, infinito como el cielo o como Asia, o como era América, cuando dicen que se unía a otras praderas que el mar y el tiempo cubrieron.

Bobo, mil veces bobo. Creíste que sentiría el hambre, la inanición, el irme desfalleciendo, el sentir cómo mis contornos iban adentrándose en la nada sin forma de los fantasmas. Gasparina entre las sábanas, y todos estos estúpidos que vienen a ver cómo es la muerte, se asoman y se van, espantados por el silencio. ¿Qué esperan? ¿Que haya un sonido, una gota que se quiebra en mi garganta, una lágrima que se asoma a mis ojos para que vean que me despido?

Sólo existe el silencio. Un silencio profundo, cruel si quieres llamarle así.

Un silencio como un día de lluvia cuando te quedas ausente y tal parece que las gotas caen en otro mundo paralelo, que la lluvia no ocurre en tu planeta, que es la Nada la que se humedece, y tú te quedas tan sola con tu silencio, entre tantas palabras mudas que te hablan y te susurran y van adormeciéndote y una luz te toma de la mano y luego desapareces, sin tener que bajar de la ventana ni unirte al gentío, mirando lo que pasa por delante de ti como si no pasara nada porque realmente nada pasa y nada tiene importancia ante la luz y el silencio.

Bobo, cien mil veces bobo. No me canso de repetírtelo.

Yo soy feliz, detén tu pena ante mi sombra.

Desde la ventana veremos el desfile de los vivos con sus vanas alegrías que tan rápidamente se hacen humo, y las risas del gentío; no te mezcles con ellos: nosotros siempre en la ventana, marcando la distancia.

"Distancia y categoría", escucha lo que dicen los muertos sobre el mundo de los vivos y no te manches de ruido, no te atiborres de nueces, no te ahogues con la risa y déjala pasar como un carnaval sin hacerle mucho caso porque cada año se repite, y sólo la luz y el silencio son definitivos, e interminables, como la felicidad de descansar.

Bobo, cien mil veces bobo. Yo estoy en el mundo de las islas intangibles donde nada ya nunca más puede herirme, donde he descubierto que mi esposo extendía su mano hacia la mía, y mi padre me sonreía desde una mecedora, ahogadito en la disnea, y la silueta de mi madre, que de joven muerte había olvidado, tiene hoy la forma de una flor que llevo en el pelo y su perfume no tiene comparación con nada. Con nada, óyelo bien.

El fin es volver al principio y recuperar lo perdido.

Bobo, cien mil veces bobo. Detén tu pena ante mi cuerpo inerte, que hoy se reúne con los que antes se fueron y volvemos todos a Virginia a celebrar mi llegada con un banquete blanco bajo un árbol tan frondoso como la selva amazónica, y mi madre, sin formas ni rostro, está otra vez a mi lado. Me da la mano. Siento que la he recuperado. Sobre los campos de Virginia una luz se deleita: no siento tu mano, pero gano la suya.

No se puede tener todo, en la vida, y ni siquiera en esta muerte. Hay que escoger. Los años definen esa decisión.

© 1997 David Lago González

1 comentario:

María Gina Valero Ortiz dijo...

Un cariñoso saludo querido David, cuando te leo, todos los rios navegan en tu dirección, recibe mi admiración y mi respeto, y esta invitación para tu cuidado , por si algun dia quieres invadir estas tierras y beber a su salud. Maria