miércoles, 30 de junio de 2010

elogio del viajero

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Joao Ruas - NYNHM, 2010 ©  Joao Ruas

 

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El hecho es que cuando la verdad no es suficiente

exageramos. Las proporciones

importan. Es difícil calcularlas bien.

No debe haber nada

superfluo, nada que no sea elegante

ni nada que lo sea si no es más que eso

Charles Tomlinson

 

 

Estoy muerto y soy un viajero.

Pero me detengo en el punto exacto entre la sombra y la ilusión del que se tuvo y se perdió en esa carne trémula que anhelaba un colérico atardecer de leones encerrados tras coches mal aparcados y sombras de lentes misteriosas.

Inolvidable, eso quiero, y sobre los precipitados oasis de Judea o sobre las desbordantes arenas de Malacos por igual me detengo, ideando un cuerpo donde acomodar la espesa niebla que baja como una paloma a comer en nuestras manos volutas de almidón, papelitos deshechos por el rugir silencioso de los años, la tierra abierta y temblorosa devorando las historias que nos inventamos mezclando la alquimia con la plausible belleza del sueño en instantes sin fecha ni días ni horas, sólo vagos instantes recordados al azar y como sin importancia, sólo trazos imprecisos que la memoria luego puntualiza y ocupan el hueco de la noche sola que nos disgusta tanto.

Adherido a las carnes que visité tantas veces como penetrando por las puertas del hogar, los regalos ocultándome el rostro como al rey del petulante encanto de la nieve y las alegres y brillantes envolturas estallando con sorpresa incontenida, voy surgiendo de cajas entreabiertas lentamente mientras recorto mi silueta como un fantasma que arrastra un pie tras otro y con una palmada acallada por sus manos enguantadas de blanco brinda al aire con una copa de cristal soplado por ese mismo aire sin sombra ni canción.

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Estoy muerto

y soy un perfeccionista al que le estalla el corazón como en una guerra el ojo del especialista es el que se atasca de sangre y no la precisión de la herida que detrás del biombo horada el caparazón del cuerpo.

Nuestros ojos abren el abismo, palpan los límites en que dos cuerpos dejan de ser uno cobrando forma el horror de una estancia tan pequeña que la mirada recorre en apenas un segundo infernal que tiene ante sí la distancia sin fin de los siglos. Con estos ojos descubrimos que la vida es una conjura para perder el temor a los fantasmas. A través de estos ojos armamos el amor. Con estos ojos viajamos desde Estambul a Toledo, donde los hombres cierran sus párpados para encerrar su amor bajo el declive del ocaso.

Ay, Dios, con estos ojos no fui yo, sino fui tú,

fui el chisporroteo del guerrero sobre la cáscara de la piña, fui el que se extiende como una manta para acallar la marea de la noche; fui todo, dejé de ser nada; hinqué la carne de una aceituna con el diente de una estrella y me hice a la mar, como el velero dentro de una botella, tras un cristal de infinita perspectiva, tan próximo a la Nada que nada advertía del paso entre la viva sombra y la sombra errante que cruza el corazón como un relámpago calando sus carnes con unas pocas gotas de eterno acíbar.

Poco basta para subirse a unas alas y alejarse, sin ruido ni motores, viendo los labios que se mueven sin sonido, las paletadas que no hieren porque la tierra es muda, y estamos lejos, muy lejos y tan cerca, y sin abandonar nos abandonamos, como si nuestros brazos no tuvieran sangre, sólo nubes que nos recorren el cuerpo por dentro y fuera, sólo aire, y ganamos una presencia que nunca tuvimos porque al mismo tiempo atravesamos unos ojos o nos acomodamos en una mano o quebramos un pecho, el pecho donde muchas veces dejamos caer la cabeza.

Sabía de la muerte y la temía; no quería verla, quería para siempre ser Aguirre y arrastrar la nave a través de las montañas.

No quería preparar los testamentos, quemar las fotos, deshacer la historia de mi vida.

Mi abuelo fue el barbero de Alfonso XIII, tuvo su nuca entre sus manos.

Mi abuela huyó a Burdeos al empezar la guerra, ambos en un tren de mercancías, con esos pequeños respiraderos en lo alto de los vagones a donde sólo llegan los adultos, y yo entonces era un niño que inventaba historias porque la realidad era tan pobre, tan misérrima, tan poca cosa como el hambre o tener una novia al final de alguna calle. Enterró las joyas y los valores en el cortijo de Andalucía y los dineros en las columnas huecas de las camas, y yo reunía los diez céntimos con que comprarme una bola de cristal que imitara la nieve para cuando llegase el verano y nada existe.

Yo la veía venir,

la sentía llevándome ella de las piernas, haciéndome dar tumbos contra los contenes, haciéndome confundir en la distancia un rostro cualquiera con tu sombra, y la sombra al acercarse se convertía en un antílope que escapaba por el boulevard como el perro cuyo dueño deja libre para que eche una meada o huela una brizna de hierba.

Más fieles en el alma que en la carne, en las noches fuimos los gendarmes de Israel,

guardamos las puertas de Jerusalén, las bisagras de Toledo, arrastramos la historia hasta el punto en que coincidíamos al yo querer inventarla y tú querer escucharla.

Ambos sabíamos en el fondo que el pasado era humo; que la tallada familia a golpe de sueño y desvelo no eran las tres hermanas de la Cenicienta con sus ralas ambiciones y sus pobres realidades, como el hambre, o tener una novia al final de alguna calle.

La tía Cecile se asomaba al balcón insinuándose en el recuerdo, irrumpiendo en el espacio abierto como el confeti espolvoreado sobre el desfile, jugando en la brisa que les lanza por manos invisibles para que las sílabas de su nombre no rocen el suelo. Cecille, Cecille... Ese suave nombre que suena a secreto y golosina, que suena a fantasma cuya carne por carencia se hizo murmullo de la tarde, mano que en la siesta mide la fiebre sobre la frente, toma el pulso con sólo alargar el oído, armoniza el pálpito del corazón que transita su sueño pesado queriendo traspasar con cada mirada la sabiduría que acumuló del mundo, que es inútil y lo sabe, pero quiere ser provechosa y protectora y se repite e insiste como la abeja que se empecina en libar aquella flor y sólo aquella flor que nunca tuvo y soñó.

Allá vamos ―dijo― fuera del sueño de los tibios: a las aguas rizadas y salvajes.

Yo escogí la flor que quise libar.

Yo escogí las aguas para que a mi sueño se abrieran y le dejaran transitar con pie bíblico, anterior a Jesucristo y descendiente de Abraham.

Yo les escogí por ser grandes, por ser los primeros, los elegidos,

como reuní mis días y mis noches en Casablanca y Argel, y en Nueva York y en Burdeos y en Hamburgo, desde mi celda oscura de monasterio solitario y pobre, como una novia al final de alguna calle.

Pero yo la presentía,

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cuando una fuerza como la cuerda de un cadalso me tiraba hacia atrás y ya las flores me desinteresaban o la soledad o la compañía y la noche eran una mente desierta como el Sahara con algún berebere cruzando solo las dunas, aterido de frío y presintiendo que la mañana no le llegaba a tiempo para ver el sol y oler la flor y evitar la soledad con la compañía de alguna conversación trivial de cafetería o tu llamada puntual a media mañana como la oliva del aperitivo.

Y yo la temía.

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Todo el coraje de crearme la vida con la acumulación de las sombras propias y las que pasaban alrededor hasta convertirlas en una gran encina, quedaba reducido a un hilo, a un dedo trémulo que la señalaba y la veía cómo se acercaba sin yo poder evitarla: yo, con mi tía Cecille asomada al balcón,

y mi abuela judía con su sabio consejo de papel biblia,

y mis padres entre el fandango de los bailaores,

y mis hermanas con sus novios gordos y de domingos cruzando manitas bajo los árboles del jardín de Arturo Soria, donde la casona se alzaba de la nada para que mi abuela y yo cruzáramos Madrid desde la Plaza Mayor y dejáramos atrás la Plaza de Ventas, la calle de Alcalá ―cruel parte de la realidad― y nos adentráramos en las nubes del elegante e incipiente barrio donde mis sueños iban aumentando su tamaño, doblando mi estatura.

Yo sabía. Pero prepararme era admitirla.

Ordenar las escrituras,

quemar las fotos de familia para que no terminaran en los puestos agitanados de la Ribera de Curtidores; destinar la vida después de la muerte, los libros, las esmeraldas del collar, los cuadros,

entregar los recuerdos,

vender lo superfluo,

salvar lo invencible,

significaba verla, y yo, como Lorca, no quería ver la sangre de Ignacio sobre la arena. Mi nombre era Ignacio, mi nombre era Ángel, mi nombre era David; mi nombre es el nombre de todos los nombres de la muerte.

Llega un día en que todo pierde su valor, o te sobrepasa, porque ese valor que diste a las cosas, a tu vida imaginaria, a tu vida real, a tus sueños y tus anhelos no realizados, a lo que te hizo feliz y por lo cual sufriste, a los que amaste y a los que te amaron, a los que te entregaste y los que se entregaron a ti, con los que compartiste las noches y los días y las ausencias y el pensamiento lejano queriendo trenzar un lazo para anudar la felicidad:

todo ese valor es el peso de la muerte.

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Y la muerte llegó al mediodía cuando tú no estabas

y todo lo que me rodeaba era la realidad, la odiada realidad.

La muerte se llevó mi mundo ideado para ser feliz y me dejó tan solo, tan pobre, tan inerme, tan misérrimo como tener una novia al final de alguna calle.

No te dejaron quemar las fotos, como era mi deseo, y hoy serán el único testigo de que,

entre dos vidas,

          una se escoge

                           y la otra te atrapa y te despedaza vivo,

                                                                   como un tigre al antílope indefenso.

Untitled (Crowd 3), from “City of Shadows” — Alexey Titarenko, undated© Alexey Titarenko - Untitled (Crowd 3), from “City of Shadows”, undated

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© 1997 David Lago González

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lunes, 21 de junio de 2010

de repente

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How Molecules Are Measured pendant by Keith Lo Bue( How Molecules Are Measured pendant by Keith Lo Bue)

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DE REPENTE todo se relativiza,

y la mañana es una ola inmóvil

que se viene abajo como un edificio dinamitado;

como una palabra que se corta, silenciosa, bajo una mirada fría.

De repente, el día que fue ayer

ya no es la trama de la historia que debemos continuar

sino un recuerdo que termina mal,

que se enreda y trastabilla como un pantalón a medio subir

cuando llaman a la puerta.

De repente, el otoño es invierno

y los árboles se desnudan, fríos como una verja.

Tus manos definitivamente se adelantan a la lluvia

y su humedad mancha las barras de los bares,

los manteles de las mesas donde comes,

como culos de heladas botellas.

Y en esos terribles momentos cierras los ojos y rezas como un niño,

o le preguntas a Dios cosas muy tontas,

y quisieras empezar de nuevo, de repente, a vivir otra historia.

 

1996. 7 de enero.

© 1996 David Lago González

domingo, 13 de junio de 2010

canciones rusas al anochecer

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© Desiree Dolron

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a Roger Salas

 

 

De nuevo frente a mi balcón entona la cantante rusa

la nostalgia de su tierra.

Ahora mismo modula la tristeza de la noche moscovita

como si los bárbaros que pasan por su lado

pudieran realmente apreciar el alma de Chejov.

Me destroza por dentro y por fuera, me vuelve un ovillo,

como hacían aquellos ciempiés inofensivos que pululaban por el cantero de casa

y al tocarlos, se recogían en si mismos, encaracolándose.

Despedían un fuerte olor que quedaba pegado a los dedos.

Continúa su repertorio en un giro hacia Una Paloma,

convirtiéndola en otra tonada que penetra como un rostro ya muerto.

La tarde, casi noche, le es propicia a esta mujer regordeta

que armoniza a capela con su voz de mezzo

algo muy lejano que yo no puedo precisar,

tal vez no se trata del pasado, sino que atiende al futuro,

a un futuro que nunca tendremos ya jamás.

¿Por qué ha escogido esta calle donde vivo?

Por aquí sólo pululan vulgares mercaderes de Xin Huang

o autóctonos de los bares del Madrid profundo lleno de colillas y carajillos;

alguna drogata desorbitada que se caga en sus muertos;

un chaval neo-anarquista y anti-sistema que creerá en la CCCP

y su resurrección, o un trozo de ébano africano cubierto por una larga túnica

que la mira con recelo.

Pero no hay rusos blancos ni nobles arruinados en los casinos

cazando una fortuna que no llega.

El samovar no levanta y exhala el humillo por el picacho.

Ajmatova ya ha muerto. Ossip Mandelstam sigue escondido en el sótano

por si los bolcheviques tornan de nuevo. Y Tatiana Tolstoi ya se cansó

de cuidar en vano la dacha de su padre. Todo el futuro está perdido.

Y esta tarde-noche los poetas anónimos del larguerá de Vorkutá

me envían a esta mujer para advertirme.

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(Madrid, 13 de junio de 2010)

© 2010 David Lago González

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SombRAS CHINESCAS

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yo me he quedado fuera del prodigio

Dulce María Loynaz

 

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Dos manchas de sangre atadas a un espectro que yerra y se escapa,

lentamente se posan sobre la cabeza haciendo parpadear la luz de la linterna.

Vienen con un lenguaje chinesco, como de mimo que se quiebra,

y omiten un universo escondiendo su pañuelo tras la cara oculta de la luna,

la que no habla, la que se esconde,

de la que no se sabe si de ella parten los galeones

a depositar sus tesoros en el fondo del mar.

Persíguela ―te digo―, no la dejes escapar,

y regresa con el agua que habla sin detenerse entre las piedras,

sin enredarse en las zarzas de un prodigio que nos omite y abandona,

y no estas gotas mudas, encerradas en tan precarias vasijas

que dejan más sed que ser perseguido por ejércitos de arena.

Desierto, vaciado el costado de tu memoria,

te deja exhausta, buscas las naves que han ardido en la batalla

y contra la pared haces tristes gestos con los dedos.

Una tijera que corta el aire. El ánade que mudo

se vuelve contra tu boca y quiere preguntar con un idioma nuevo.

Una cueva es la redondez rotunda de una o.

Una mano como un cuchillo que corta una cebolla.

Buscar y buscar, buscar y no encontrar.

Qué pensarás de esta noche oscura, sabrás que estoy a tu lado

diciéndote "Persíguela, no cejes, no la dejes escapar con tus palabras.

Esa alevilla inoportuna te lleva sobre sus alas,

por sobre tu cabeza remonta el vuelo

con sus dos manchas de una sangre que no corre,

de un agua que se hiela. Por Dios, haz que tus dibujos manuales

sobre la pared sean una puerta que te devuelve al día.". Ahora duerme, y descansa.

La luz de la mañana borrará las sombras chinescas que la oscuridad pone ante tus ojos

y hará correr el agua por los cauces de tu presencia.

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(Madrid, Abril 26, 1992)

© 1992 David Lago González

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miércoles, 26 de mayo de 2010

Superación

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Según la dudosa ciencia de la estadística,
para todo hay límites por abajo y por arriba.
A lo largo de sesudas investigaciones y encuentas,
se estima que el hijo que sobrevive al suicidio de su madre
ronda los diez años de resistencia.
Igualmente se calcula, pero aún con más fundamento científico,
que el plazo de vida para un pequeño héroe de sangre infecta
fluctúa entre los veinte y veincinco años.
Nadie se ha atrevido a estipular cuánto duran
los que inútilmente sobreviven a excesos totalitarios
y miserias humanas llevadas a nivel de Estado,
pero yo insisto en que hay un primer periodo de inconsciencia
en que se cree que se vive --y de hecho, al fin y al cabo, se vive--.
Una segunda etapa en que esa inconscienciase hace ya tangencia.
silenciosa, profunda, llevada por dentro como una procesión
sin parafernalia folclórica pero con la convicción de una promesa.
Y una tercera en la que, de insospechada manera, toda aquella lava aflora.
Por combustión propia o provocación ajena; por rebelión de caprichosas células;
por error humano o mecánico de dos trenes que chocan
o un avión que roza la pista de Albión*, saca chispas y se incendia.
Por la teja que se desprende de una marquesina. Cualquier cosa mínima
es capaz de matar a ese muerto que ya ha superado todo pronóstico.

No quiero ser tan negro terminando aquí ladeducción,
porque en verdad os digo que en todos esos momentos se disfruta
la imitación
y la profesionalidad alcanzada
en el rigor de la más estricta representación shakespereana.


*Allen Ginsberg (Kral Majales)


(C) 2010 David Lago González
(Madrid, 4 de mayo de 2010)
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martes, 25 de mayo de 2010

Un accidente banal

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Un accidente banal


para Cheny


El domingo cumplí sesenta años.
Es una cifra redonda, más bien rotunda.
sólida como una piedra.
En realidad he sentido que llegaba a una nueva casa,
en la que incluso ese cierto romanticismo de los cincuenta
se diluye en algo tan certero, exactamente,
como una pedra bien dirigida a la cabeza.
Ignoro por qué,
pero esta mañana me levanté un poco triste,
y no es cuestión de preguntarme si mivida ha ido bien o mal,
si soy un frustrado o un perdedor (para nada ambas cosas son lo mismo)
o si he perdido o ganado algo con el tiempo:
ésas son tonterías
mucho más banales, incluso, que el propio accidente del aniversario.
Algunos amantes trascendentales se han acordado de mí
y he recibido los parabienes de algunos pocos amigos,
tan loables y tan de dudosa reputación
según el bibliotecario de turno los destine a un anaquel o a otro.
Los pocos familiares todavía vivos han pasado de hecho tan insípido,
pero sé que algunos se habrán acordado
porque pertenecen a esas generaciones que todavía llevan cuenta
de nacimientos y fechas luctuosas, sin necesidad
del recurso contemporáneo de la agenda.
En fin de cuentas, hacen mucho más que yo.
He pensado mucho en mi madre, que se habría extrañado del número
como si estuviera soñando algo inconcebible.
También otras almas han pasado como sise asomaran a una fiesta,
y se les ha recibido rigurosamente con el salido habitual al espíritu hermano.
Me llevaron a una churrasquería distante, a por carne y caipirinhas,
e um coração de fargo que no probé porque los corazones
o me dan pena o me dan asco.
But everything's alright, Ma: ni siquiera estoy sangrando.
Justo llego a tiempo para un nuevo servicio social recién inaugurado
que decreta una tarifa especial de sólo un euro
para ir al cine un día a la semana.
¿Qué más puedo pedir? Ahora volveré a hundirme
en los olores del cinematógrafo, en sus mullidas butacas rojas,
con un paquete de pop corns en la mano y una coca cola bien fría,
como cuando tenía la misma altura de Peter Pan y volaba junto a él
por el cielo estrellado de Varadero, desde el Kawama al Oasis,
y así volvía a empezar de nuevo, desde el Oasis al Kawama,
hasta cumplir los sesenta años.

(C) 2010 David Lago González
(Madrid, 25 de mayo de 2010)
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miércoles, 5 de mayo de 2010

Sección de Objetos Perdidos

Todas las mañanas despierto
y tú te has ido.
Has desaparecido groseramente, sin despedirte.
El pecho frío,cortado en dos:
una mitad para mañana, la otra para el olvido,
o para cuando el invierno crezca, que es lo mismo,
sin tenernos en cuenta
tal como tú y yo hicimos ayer con la vida de otros.

Todas las mañanas despierto
y mi amor ha muerto.

(C) David Lago González

viernes, 16 de abril de 2010

El fantasma que hay en mí

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Chris Anthony - Venetian Portrait 5 Chris Anthony - Venetian Portrait 5

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El fantasma que hay en mí,

como en un comic de mal gusto, arrastra

cadenas más largas que sus sábanas.

Pesan mucho más que la esfera que sostiene el atlante sobre sus hombros,

y el ruido tenebroso de su roce contra el suelo

ensordece todas las melodías, suaves y violentas,

que la huida de su castillo maldito

me ha permitido escuchar en la vida.

Cuando tocan la superficie del mar,

es ésa la razón que motiva los más recientes maremotos

a los que la sismología no encuentra respuesta.

Si todo se arreglara con una medida extrema,

me cortaría ambas orejas como hiciera Van Gogh con una de las suyas,

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pero el ruido está dentro de mi cabeza

y la despoja de pensamientos más claros.

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© 2010 David Lago González

(Madrid, 16 de abril de 2010)

martes, 13 de abril de 2010

Memoria histórica

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Yo tengo un muerto que vale más que el tuyo.

Lo mató Franco, Hitler, Mussolini, Roseevelt, George Bush hijo.

Y Bibi Netanyahu.

Antes lo había matado Kennedy, De Gaulle y Margaret Thatcher,

pero ya esos asesinos no cuentan mucho.

La verdad es que yo no sé por qué mi muerto es más valioso que el tuyo,

mas las cosas vienen dadas así y parece que nadie sabe explicarlas.

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Yo soy muy torpe, muy bestia,

soy un aldeano gallego llamado David

pero mi nombre todavía lo escribo con una zeta final porque así me suena.

¿Te importaría iluminarme un poco con tu sabiduría?

Pues yo no sé explicarle a mis hijos

por qué mi muerto tiene tantos derechos y el tuyo ninguno,

si ambos tuvieron un cuerpo, un rostro, una sonrisa,

los dos fueron hijos o padres o madres y abuelas,

fueron amados y odiados, y, al fin y al cabo,

fueron un mismo muerto asesinado por balas iguales

disparadas desde bandos opuestos.

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© 2010 David Lago González

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sábado, 3 de abril de 2010

Voltei

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a Galicia perdida

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Volver a la casa del padre.

Retomar su lengua, repasar las palabras

por las que la curiosidad preguntaba

entre las viandas y las carnes y los vapores del apetito

de la tierra cercana pero invisible, escondida

tras la trama de una ruta tropical hacia lo exótico equivocado.

Reducirme al misterio del silencio, su sabio silencio;

o simplemente un lapso a la espera de algo confirmado.

Difícil adivinar lo que piensan los hombres de su tierra

porque la gravedad a veces oculta una verdad afilada,

un dolor que transporta a lo definitivo,

una certeza de lo verdaderamente importante

para poder sobrevivir a tanta inmundicia que agolpa la vida.

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© 2010 David Lago González

(Madrid, 2-3 de abril de 2010)

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miércoles, 31 de marzo de 2010

Paranoia

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André Kertész - Budapest, Hungary, November 1914

 

André Kertész - Budapest, Hungary, November 1914.

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Envejece mal, y además es pobre.

Escribió una mano viperina lánguidamente maligna

a la sombra de unos árboles

donde los adictos hacen sus transacciones con los mercaderes.

Como una rosa tatuada, escribieron esa frase sobre mi pecho.

Me sentaron a la mesa de una terraza en la Plaza de Tirso de Molina

atendida por un par de aves criollas de corral que allí trabajan

de meseras y se lanzan las órdenes una a la otra

con acentos de lodazal y palabras carcomidas por el mal uso.

Me sentaron allí un par de veces: una, yo solo;

la otra, me acompañaba una persona que venía del extranjero

y olía a piel empercudida de tabaco, alcohol y noche loca.

¿En cuál de las dos ocasiones argumentaron la escena?

Envejece mal, y además es pobre.

Sí, son dos pecados de los cuales no me puedo defender.

Describían todo el paseo, cómo

me sentaba en uno de los horribles trozos de hormigón

que hacen de incómodos bancos, cómo leía el periódico,

cómo tomaba el café. O la cerveza.

Me llamaban triste, desdichado, poca cosa,

y se disfrazaban de perros, de señoras con carritos de compra,

de gitanas que vendían fruta en una carretilla,

de la chica sin dientes que intentaba encender una papelina,

de vendedora de flores,

de insecto que atravesaba toda la plaza

esquivando los pies que lo ignoraban.

Pero allí estaban. Otra vez.

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Ha pasado el tiempo.

De vez en cuando acaricio la rosa tatuada sobre mi pecho:

“Envejece mal, y además es pobre.”

Dos verdades como un templo.

Mas, finalmente, pago al mezquino espía

con versos inalcanzables a su maldad voraz.

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(Madrid, 20 de marzo 2010, 3:46)

© David Lago González

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Siempre hay una razón para mirar atrás

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Isel Rivero

(una conversación)

martes, 23 de marzo de 2010

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Quisiera encontrar en mi memoria

alguna historia alegre

para contártela ahora mismo

y que no te duermas para siempre.

Sé que te vas si cierras los ojos.

Y mira que yo tengo tantas historias de cosas cómicas;

cientos, miles de archivos de recuerdos hilarantes,

anécdotas de cuán absurdo y loco es el mundo,

brincadeiras que te harían morir de risa.

Y, sin embargo, la cabeza se me queda hueca.

No sé quién me ha robado los recuerdos.

Estás tan cansado que hasta recordar

se convierte en imposible.

¡Cuánta tristeza, Señor, dormirse al clarear el día!

Échate a un lado mío, se tú mi fantasma vivo.

¿Te acuerdas? En las primeras noches

aquel fantasma de tu pasado

entraba y salía del armario

porque su puerta se abría sola.

¿Se abría sola y él aprovechaba para salir o entrar?

¿O era él quien la dejaba abierta?

Y uno, salta de la cama cada dos por tres.

Y, de pronto, en medio de un abrazo,

la puerta del armario que crujía, y ya,

ya está otra vez este fantasma de tu pasado importunando.

¡Ay, fantasma, fantasma, no fastidies más!

Puras tonterías con que reíamos tanto…

Y aquella otra noche cuando íbamos al restaurante siciliano,

íbamos burlándonos de cuán trabajoso resultaba hacerlo

con ése que no paraba de mirarse en la comisura del “vánite”

y al tomar San Bernardo de pronto nos chocamos con él,

que, por no saber qué hacer, nos saludó a los dos;

y nosotros nos morimos de la risa ahí mismo.

Y después, cada vez que nos acordábamos de aquello,

nos moríamos más, otra vez,

y más, y más.

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Y más.

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Clarea el día, la puerta del balcón abierta.

No permitas que cierre ahora los ojos.

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© 2010 David Lago González

(Madrid, 23 de marzo de 2010)

miércoles, 17 de marzo de 2010

A day in the life of a fool

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Jaroslav Beno_Last harvest

Jaroslav Beno_Last harvest

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Se despierta a las siete.

Toma las pastillas para subir el ánimo y las pastillas para amortiguar la angustia. De paso toma alguna vitamina porque sabe que en el momento de comer de pronto se obstinará en no hacerlo como a un asno que le arrean y aguanta estoicamente los palos sobre el lomo.

 

 

Luego se acuesta. Escucha jazz, mucho jazz.

También se ha comprado las últimas canciones de Paul Carrack.

La música antes le ayudaba a dormir, hoy le impide dormir.

Pero cualquier cosa se lo impide por la noche: una sombra que cruza, un pensamiento que divaga, una obsesión que quiere acometer, la impotencia de no poder llevar a cabo un crimen. La cobardía de no asumir que ya la vida no le aporta nada y que debe poner fin con dignidad.

Mas eso suele suceder por la noche, y ahora estamos en la mañana.

Debe levantarse, lavarse, incluso ducharse ¾cosa que no hace todos los días¾.

Una persona con la que se acostó hace mucho tiempo le sentenció que se estaba abandonando, aun cuando ese abandono no había comenzado seriamente. Tal vez quería prevenirle de cosas que él no veía. Tal vez era un poco brujo: su olor a coñac y su amarga sombra parecían tener que cargar con un gran peso a su espalda.

Pero él no supo distinguir la advertencia y siguió su camino ladera abajo.

Ahora tiene que levantarse. Invoca a sus muertos para que le den el empujón final.

Debe trabajar algo, algo relacionado con cuentas que no le interesan, con sociedades por las que no sentiría el más mínimo pesar si quebraran.

A fin de cuentas, toda su vida ha quebrado.

Cree amar a una persona,

pero ya tampoco eso es suficiente; y tiene que compartirle, cosa que le compensa y le insatisface. Ama hasta donde le dejan amar, como si fuera un perro que conoce los límites: ¡fuera de casa: al cobertizo, a esperar a que el búho, con sus grandes ojos siniestros, corte en dos la noche!

Paga por amar, paga por no estar solo, paga por vivir; y va amortizando el crédito con su propia vida.

(Madrid, 1997. 1 de Septiembre)

© 1997 David Lago González

domingo, 14 de febrero de 2010

Castigo

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The Incomplete Cloth (ink on paper)

Richard A. Kirk (The Incomplete Cloth (ink on paper)

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a Carlos Victoria

 

Luego están los crímenes sutiles.

Esos que nadie toma en cuenta,

los que no puntúan en los baremos de la sangre violenta.

Los jueces y la numerosa legión de funcionarios

comparten la obsesión por la huella física

que llevó a Santo Tomás a meter su dedo

donde antes estuvo un clavo en la palma de una mano.

Pero ¿en qué queda lo demás?

¿La hiel en los labios?

¿La mofa de la soldadesca pinchando el costado?

¿Lo que no se ve?

Ah, qué mente tan soberbia y diabólica

la que oculta la herida que no mata

pero que no deja vivir.

Ante la vulgaridad del golpe,

ante la evidencia que deja la bala,

se convierte en una sangre enferma

que viaja por todo el cuerpo sin hacer ruido,

sólo percibida por aquel que siente el gorgoteo

en cada recodo de sus venas.

Por eso no tienen castigo, ni siquiera comprensión.

Castigo es el que muerto sigue vivo.

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© David Lago González, 2010.

(Madrid, 14 de febrero de 2010)

sábado, 13 de febrero de 2010

(Definición de) LA POESÍA, según Antonio Muñóz Molina

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  La poesía es un estado de máxima intensidad expresiva que muchas veces está ausente de los libros de versos y sin embargo puede saltar como un chispazo en medio de una novela, o en una música, o en las imágenes de una película.  La poesía es aquello que sólo puede percibirse con una forma peculiar de atención, algo que está materialmente en el sonido de las palabras pero también en el silencio y el espacio en blanco que hay detrás de ellas y en la resonancia que provocan.  La poesía es un primer impacto que ha de ser continuado por una larga revelación, por la conciencia de un significado que es a la vez más claro y más misterioso en cada lectura y nunca se repite idéntico.  La poesía es para ser leída en silencio unas veces y otras veces en voz alta, y su lectura no se acaba nunca, ni siquiera cuando nos sabemos los versos de memoria.

(C) Antonio Muñóz Molina

http://heribertopenthouse.blogspot.com/2010/02/una-de-las-mejores-y-mas-completas.html

domingo, 7 de febrero de 2010

Versos en torno a un cuerpo desnudo que se aleja entre las ruinas de Port-au-Prince

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                              (basados en la foto “Desnudo en Haití

                              realizada por Santiago Manuel

                                      fotógrafo del diario El País, España)

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CristobalManuel,ElPais_Desnudo en Haiti

© Santiago Manuel, El País

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La imagen desoladora de ese hombre

que desnudo se aleja sorteando los escombros de su ciudad

es el epílogo con que se cierran los grados del cataclismo

en los inútiles aparatos de medición

que de nada sirven cuando la tragedia viene desde tan lejos,

desde tan hondo, desde tanto olvido acumulado

del que todos los mercaderes se han aprovechado,

y ahora utilizan para sumar más mentiras y promesas

a un polvo sin destino, pero con memoria,

sólo que la memoria únicamente pesa para los desgraciados

mientras que para los que con gracia ofrecen su mano

pronto se esfumará, o se convertirá en el anillo de oro y amatista

que adorne el dedo de cualquier funcionario de estado.

Es un cuerpo desnudo, precioso y perfecto ébano restañado

entre la basura del fin del mundo,

y es la obra más depurada de ese arte exquisito de jugar con los deshechos.

No la ha esculpido el hombre, sino la vida, la tragedia.

La gran prensa civilizada ya la ha etiquetado

como la figura de un loco que escapó de su hospicio,

pero puede que sea un simple hombre que ya no cree en nada,

al que le da igual deambular vestido que desnudo,

porque a su puerto ya no arribará príncipe alguno

y la subsistencia del vasallo es solamente un acuerdo quebradizo

que cruza innumerables despachos, de boca en boca de infinitas palabras

al acecho de que la primera oportunidad del próximo desastre

les ofrezca la manera más oportuna para salir del compromiso

bajo el paraguas de una nueva buena (y falsa) intención.

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© David Lago González, 2010.

(Madrid, 7 de febrero de 2010)

jueves, 4 de febrero de 2010

Eternidad

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Paris, 2009_Looking for Eternity

© David Lago-Gonzalez 2009_Paris (Looking for Eternity)

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A los amigos

que están entre la vida y la eternidad

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Nos han enseñado algunas cosas.

Nos han dicho, por ejemplo, que la eternidad es cosa de Dios

y que posiblemente no tendremos percepción de ella.

Sucederá en alguna parte, o en todas partes a la vez,

o no sucederá tal como podemos imaginarlo ahora como mortales:

en fin, la cosa difícil se presenta.

Pero yo me contradigo (aunque ya no “me opongo1)

en esos eternos minutos de soledad: si he vivido un suspiro

(y añádase “en un suspiro”) y al tiempo exacto de decir esto

me aseguro y me reitero y no me contradigo (aunque sí “me opongo1)

que también he vivido una eternidad, cómo explico a mis pupilos

(egresados todos de universidades de larga distancia,

lontano d’iochi, lontano dal cuore, e (...) lontano da me2,

y de colleges de educaciones especializadas en casos perdidos),

que ambas cosas tan disímiles son lo mismo.

Volvamos al principio, o tal vez al final.

Si una eternidad de la que no tendremos noción, o no la tenemos ahora,

nos sucederá, y a la cual parece que no podremos oponernos,

lo que tal vez la hace más inaccesible a nuestro razonamiento

en este preciso instante en que sí vivimos otra eternidad

con pleno derecho de contradecirnos o no, e incluso de oponernos,

cómo sabremos qué, cómo, cuándo, dónde.

Si ya en ésta no hemos contado mucho, en la otra

el cero que seremos quedará ya fuera de toda izquierda.

Si finita es ésta mas la otra carece de final,

y si aún sabiendo que puedo poner término a la actual,

mis gónadas (úsese el término a la manera de “coraje”)

no han escalado lo suficiente los misterios del pensamiento

como para tomar una decisión trascendental, qué sabré de la otra

si me está vedado lo racional hasta que no finiquite la actual eternidad

que no pasa como tal sino como cotidiana existencia

llena de trasuntos, pesares, alegrías y sorpresas,

y un beso nos parece eterno y una mano el agujero por el que caemos

hacia la otra vida y ese súbito desprendimiento consideramos desastre,

un minuto, un segundo atroz, y esta vida de ahora que no se llama eternidad

según los libros pero sí puedo oponerme y pararla, mas no la otra, la verdadera,

la única, la gran desconocida,... pues, qué pasa..., qué me has enseñado entonces.

¿Me has tomado por otro estudiante de educación especial a larga distancia?

¿A mí, que estoy tan cerca de ti?

O que você vai fazer? O que você está rindo, idiota?

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(Madrid, 8 de octubre de 2004)

© David Lago-Gonzalez 2009

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1Parafraseando una canción de Pablo Milanés.

2Parafraseando una canción de Sergio Endrigo.

martes, 26 de enero de 2010

Diez minutos

 

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para Oscar León Morell

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...más me alegra este regocijo promiscuo.

Konstantin Kavafis

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El sexo era un magnífico nivelador, aunque sólo durase de diez a treinta minutos.

Christopher Bram

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Plaza de Chueca

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Las voces del ayer guardan la distancia del infinito,

pero con igual intensidad se escuchan las de hoy; y las de este mismo instante,

cuando pienso en estas palabras y las mascullo,

forman parte de una indiferencia tan profunda

como un río de lava que se mueve por lo más oscuro de ti y de mí,

y alcanza a todos, y petrifica el ágil movimiento.

He enterrado a todos mis amigos, y he asesinado a mis amantes más antiguos,

porque antiguo es aquél que maté hace treinta años

y antiguo es el que ahora comparte mi lecho. Pretérito será el de mañana.

Yo no estoy aquí, y mucho menos allá;

muchísimo menos, mucho más allá,

en la noche de un cielo futuro que espera tus besos.

La mesa en la plaza está desierta, y a ella me siento,

y nadie advierte mi silencio, que es presencia y compañía.

La mirada se percata al fin de que la velocidad la supera,

la velocidad hacia atrás, más allá de los ojos, más allá de todo recuerdo.

¡Cuidado de confundir este mutismo

con la estúpida parafernalia de la nostalgia y la niñez!

¡Cuidado de confundir esta mudez con la carencia del diálogo!

¡Cuidado, imbéciles, de tomar esta balsa por un naufragio!

¡Cuidado de creerte que soy todavía el mismo!

¡Guárdate de pensar que tengo salvación

y que volveré otra vez a procurarme tu esmero!

Tú estás muerto, ¿es que no has reparado en ello?

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(Madrid, 21 de junio de 2001)

 

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If you want to be a real man you have to fck any hole and tell all your friends about it. As long as you take good care of your family and children you can do whatever you want. Have fun with your male buddies. Spread your genes and be proud of your virility, masculinity and your dick. If you fck a man you only do it because you have to get it off somehow. Let these used holes pay for your service. When you are young you get initiated by mature men who will fck you. When you experience it yourself you will learn how to do it like a real man. But never get addicted to the receptive role and get out of it when you grow up! To be a real macho man you have to keep your honour. Never get fcked yourself and never show that you actually like it. This is what you tell and belief. What you do can be something different ―as long nobody knows and nobody talks about it.

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Stephen O. Murray & Will Roscoe

(Islamic Homosexualities. Page 17, Part 1 “The will not to know”)

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A Noite

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Y después del Pulccinela, ¡a las putas!

Meretrices con pingajo, pero putas al fin y al cabo.

Foráneas y nacionales, insulares o de tierra firme,

van de la noche a la toilette y te lanzan un besito con su boquita de piñón.

Las hay de cuna de cerezo y manzano, olorosas todavía a talcos de luna llena.

Otras han cruzado el Estrecho por el angosto pasadizo de una rama de hierbabuena.

Como hormigas. Como hormigas, con el perdón de su honradez,

proliferan desde el bolsillo al falo, de la boca a la cartera.

¡A las putas, a las putas! ¡Todas son falsas, pero son muchas!

Fíjate en los dientes, recuerda la manera de proceder

de nuestros ancestros ibéricos, los buenos mercaderes de esclavos.

Ábreles los morros y mira bien la línea de las encías,

la blancura del hueso que ni siquiera se hincará en tu carne.

Yo soy Pedro, el negrero. En mi bolsillo guardo una bolsa de maravedíes.

Pero no les quiero para ninguna plantación en el Caribe.

Aquí no hay otro trabajo que mi cuerpo y lo que precise,

pero estas putas viven equivocadas, piensan al revés:

ilusoriamente creen que la faena está en sus formas.

Más que por el sudor,quieren

que se les pague por la presencia de una estatua

que ni siquiera llega a ser la falsificación de una griega.

Baratijas de favelas y zocos, a lo más alto que han llegado

es a vestirse con una piel que se mira al espejo.

Un asunto de basureros. Y como basura odian contenido y continente

porque en ambos su propio olor se refleja, les devuelve a una verdad que no aceptan,

a la negación que les colma de abominación y resentimiento.

No son menos que quienes les usan y los tiran.

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(Madrid, 16 de mayo de 2002)

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Pier Paolo Pasolini

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...y un muchachito corriendo por el asfalto tibio de la alameda

me posará una mano

sobre el vientre de cristal.

Pier Paolo Pasolini

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para A. N. R..

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Descampado yermo con fondo de luna yerta.

El acero del suburbio en cada ojo y en la mirada de la noche el peligro de la sorpresa.

Un poco más allá, tan sólo, el árbol

contra el que Nadia* se recostó y abrió sus brazos en cruz

para que Salvatore* la penetrara hasta la muerte.

A mi cama vienen en la madrugada treinta años tatuados sobre unos bíceps

que dicen ser de Badajoz, o de Torino, o del oscuro barrio del Diamante en Camagüey,

o de una casa con olor a humedad de las afueras de Roma,

y piden sólo "la voluntad", como el mendigo a la puerta de una iglesia,

sin saber que para mí la voluntad es algo que se confunde con la vida y con la muerte.

No respeta las pautas del placer porque precisamente quiere complacerme:

su sentido del deber le obliga a estar a la altura de mi voluntad.

No sé si adivina que mi placer ya pasó cuando le vi desnudarse.

Cuando paso mis manos por las perfectas columnas de sus piernas, le recupero brevemente.

Cuando me besa insaciable lo mejor que puede, me apena la fuerza

con que busca la perfección entre el tropel de labios.

Cuando su barba de tres días hincaba mis genitales con suave tortura,

volvía a recobrarlo con la violencia del dolor.

Cuando todo cuanto hacía y decía se hacía inútil,

mi placer era mirar sus ojos, grandes como la luna extremeña,

tornándose indescifrable sobre el jeroglífico escrito en sus brazos;

y mi voluntad era ser yo quien compensara su simplicidad

no cargándole con la complicación inexplicable de mis deseos.

Mis sábanas eran el descampado donde el poeta encontraba la muerte.

Él era sólo alguien que abandonaba un cuerpo agonizante,

aficionado al abismo y seducido por la noche sin remedio.

Y al alba, después de indicarle el camino que retorna a Madrid,

volví entonces a la última de mis voluntades: unos versos

en honor de aquél que daba a los sementales

las manos que les faltaban para adormecer el dolor sobre el cristal de su vientre.

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*(Personajes de "Rocco e sui fratelli")

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A sua presença

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para Christrian, en defensa de mi amigo

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Diosecillo engreído, sin alas y con bisagras

que el tiempo hará mohosas,

que tan pronto necesitas como rechazas,

y tanto gozas y tanto ganas tanto lamentas y odias.

Lleno de barro asquea el espejo y lo cubres con crema,

dos gotas de Kouros a cada lado de la nuca,

axila soplada por el aliento de Carolina Herrera.

Un toque obstinado de casi eterna adolescencia

que nunca será perpetua, como tampoco vida alguna,

sino sólo un vano dilema entre la mortalidad y los olimpos.

Fruta para y fruto de la carroña, hedor sentirás en tus horas muertas

brotando de un cuerpo que crees único, o al menos merecidamente privilegiado.

Tanto quieres ser querido tanto rehúsas dar de ti algo más que esa fina piel que le cubre.

Tanto vives una noche tanto fenece el horizonte.

Allá, a lo lejos, una presencia, algo,

que fue, quizás, un difuso punto,

tu presencia.

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(Madrid, 24 de abril de 2002)

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La troika de los espejos

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Pasa la dulce juventud y pasa su locura luminosa, y, al  hombre, ¿qué le queda? Pena tras pena, un dolor en pos de otro. ¡Los males que acumula: muertes, contiendas, luchas, combates, envidia! Y, como don final, la vejez fría, horrible, ya sin bríos, sin poder, sin amigos: mar a que fluyan en concierto indigno todos los infortunios.

Sofocles

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Unos sesenta años, unos sesenta kilos, la vejez al otro lado de la puerta; ropa interior que huele a desinfectante. Éste es ahora, miradlo, el muchacho de cien páginas atrás.

Gesualdo Bufalino

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Tras la columna de cristal

coinciden la troika de las Supremas con la de las Sabias Supremas.

Van de tres en tres, tan malditas como ese maldito número

de la Rusia de Todos los Siempres, a buscar el cobijo frío del azogue.

Repulsivos mercaderes o débiles amantes de la perfección,

victimarios o víctimas son legión.

Buscan en lo más cruel de lo efímero su paraíso y la llama,

como coleccionistas obsesionados por la pieza que falta.

Romanos de colgante abdomen sorbiendo del pistilo de la joven soldadesca

antes de que Nerón prendiera fuego a toda Roma.

Hizo bien Nerón en su locura, no le culpéis, mas todo fue en vano.

Él mismo casi ardió entre las hogueras de palacio,

absorto en el hermoso pie que se acercaba a salvarle,

el tobillo robusto, ese tronco de vellos mediterráneos que escala el cielo,

la columna de moreno mármol que lleva hacia el pináculo...

y no sigamos, que el humo ahoga como la aurora.

Pero es noche de artificios, aunque noche al fin, en la troika de los espejos.

Lengua del lupanar en la boca de la más pequeña y en la del más barrigón,

y hasta la mojigata asoma su puntita.

La columna cubierta de miradas entrecruzadas, mejillas besuqueadas

con esa impostura de la cursilería del labio contra la piel

como patéticas damas de burguesía provinciana

pasadas por un baño de dorado liberalismo.

A punto está la crema para recibir el chocolate: apostaos, diamantes de Baia,

moros y cristianos, filósofos de gimnasio y sauna humeante.

Acudís a los caballeros como moscas al culo de las mulas.

Y así perseguís las vísceras porque sabéis que en ellas encontraréis el sustento

para vuestra cobardía de enfrentar vida y consecuencias

haciendo de la informe y muda roca un rostro para recordar.

Es otra forma de vivir y morir con rapidez, ser sábana de una noche,

ser nada para el resto del tiempo.

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(Madrid, 6 de mayo de 2003)

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Elogio de la vendimia

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para A. N. R.

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Adivino que no te dedicas en fría profesión a la vendimia de tus vides.

Adivino que simulas,

y te traiciona una entrega desmedida hacia el ósculo,

a tornarte cariñoso y afable,

lo que no es usual en los que a su carne ponen precio.

Vas con demasiada prisa a darte, a sonreír,

a susurrar palabras agradables, en vez de limarte indiferente las uñas

mientras la boca ajena hurga en la arena del desierto la gota de agua del oasis.

No corras, no corras; ve despacio.

No soy yo quien debería enseñártelo, ya tú tendrías que saberlo.

No basta con ahogar la boca del adversario con tu lengua.

Comienza por el cuello y conviértete en un gato que lame la piel bronceada de la vendimia.

Recréate de un pezón a otro como si se tratara de un truco de Houdini.

Y baja, y baja. Baja hasta que ya no encuentres fondo.

Hay que llegar abajo para comenzar de nuevo por arriba.

Da la vuelta. La nuca es el capitel de la columna.

Primero, con la punta deshuesada,

desciende la escalinata de la espalda hasta el foso del castillo,

y luego salta de nuevo al capitel e híncale los dientes,

y "a dentelladas secas y calientes" (recuerda a Miguel Hernández)

llega de nuevo al agujero que sabiduría guarda,

cambia lo óseo por algo más suave,

y déjate meter dentro como una estrella en el cielo de la noche.

Sin dejar que se vuelva, gira forzando la columna sobre su eje

y entrégate al juego, que juego es y no amor

lo que estás dando y lo que de ti esperan.

Entonces, bruscamente, gírale boca arriba,

mirando el techo, mirando el cielo, la noche, el mundo,

buscando en la Capilla Sixtina otro cuerpo capaz de igualarte.

Lamentablemente, en la última subasta,

malvendí aquel jarrón de la dinastía Ming

donde tan bien podría haber ocultado tu gran tesoro.

Así es la vida: "pena, pero también sorpresa"*.

Esta noche traes las manos negras y arañadas por la rudeza de la tierra.

"La vendimia en Badajoz" ―dices―.

Pero los ojos enrojecidos no los produce el sol: esa nube

de irritada alegría que les atraviesa no la provoca el viento.

Qué misterio que existe y no quiero saber.

Con qué barba mal crecida

pretendes venderte a la noche exigente de los polvos sofisticados.

Sólo un loco como yo, ve en ti una confianza que no teme.

Pero lamentablemente, en la última subasta,

malvendí aquel jarrón de la dinastía Ming

donde podría haber guardado tu pena y tu sorpresa,

y hoy es demasiado tarde, amigo, para rastrear la huella de la puja

y recuperar algo, si es que queda, de aquella hermosa y trabajada porcelana china.

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*William Shakespeare

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Mon petit Baudelaire

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Un demonio, al nacer, me dio el arte cruel

de ensangrentar la pena y de escarbar en la herida.

Charles Baudelaire

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La palabra es un pétalo; y el verso completa la silueta de la flor.

El caprichoso fluir del tiempo pone en su corona

las dos gotas necesarias de la alquimia

para hacer su perfume suave y dulce, o simplemente repelente.

Mi pequeño Baudelaire

hace ya mucho tiempo que comenzó a armar el ramo

como si de la infantería sacrificable se tratase,

traspasando el horror vacuo de toda existencia

hacia el frágil espanto del escondite secreto donde oculta y enseña su alma.

Confundió el afuera con el adentro,

y estar fuera o dentro es cuestión de instantes, de pinceladas veloces

que tan pronto convierten el lienzo en sol o luna;

desagua en las bocas de la noche, sobre tibios culos palpitantes,

y pretende sin pretender, asustar a quien acompañe al Príncipe de las Tinieblas

perdiéndose en un discurso infinito sobre la ausencia del color.

Ha maniobrado por tan peligrosos abismos

que evocarlos le devuelve el disgusto de sí mismo, dice,

y dice: “En nuestras mentes se agita un pueblo de demonios...”

pero tan pronto se percata, acude a Rilke en busca de una legión de ángeles.

Posiblemente morirá enredado en un hilillo de nieve

cuando suba la marea de agave por la noche

y no sabrá que ha muerto, y no sabrá que ya había muerto mucho antes,

escondido en ese olvido que bendice como refugio ante el mundo,

y sólo se dará cuenta cuando nadie le diga nunca más

que le ha visto la víspera en una calle de Madrid.

Quiere infundir miedo, y basta la hoja seca de un chopo para matarle.

Mi pequeño Baudelaire

sólo posee una daga roma para malherirse, y no sabe

que ya hace mucho tiempo que dejé yo de maltratarme con tan mohosas armas:

ha removido las sombras de mi espejo,

y de tantos otros que he visto perderse y salvarse, salvarse y perderse,

y no me da miedo, nada me da ya miedo,

ni siquiera este pequeño y enloquecido ramo de flores del mal

que pinta y vuelve a pintar sobre un lienzo imaginado

que nos quiere mostrar, insiste en mostrar,

no olvida pedirme que le busque un sitio para mostrarlo,

para enseñar sus colores a ese mundo que desprecia, e insiste

e insiste, una, dos, muchas veces, y en esa insistencia

desnuda el lado débil del suicida: la vida esta allí, a sólo un palmo suyo,

pero yo no estoy seguro de que esa vida valga la suya

y entonces, pues, para qué salvarle, en el dudoso caso de que tal proeza pudiese.

Mi pequeño Baudelaire también se llama Carlos

y esa noche me dijo que yo era un oasis

y mis ojos, limpios como los de un ángel;

cuando amaneció, descubrió su color verde y sonrió para decirme:

“Ahora sí los veo bien: son la mirada de Dios”

y como en un sorpresivo Miércoles de Cenizas, besó su pulgar

para timbrar sobre mi frente una cruz.

Y yo, sin posibles ni otras oraciones que ofrecerle,

qué menos puedo hacer que tributar su error con estos versos.

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(Madrid, 17 de septiembre de 2000)

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Black & White

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Now the smoke fills the air in this honky-tonk bar

and I’m thinking ‘bout where I’d rather be,

but I burned all my bridges, I sank all my ships

and I’m stranded at the edge of the sea.

James Taylor

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Bajando por la calle de Prim a las tres o cuatro de la madrugada,

borracho de sombras blancas y luces negras,

con lo negro sobre el blanco dentro de la cabeza

pugnando imponer alguna lógica, cuando más un verso,

cuando menos una pistola encajada en la boca deshaciendo los pensamientos,

inútiles, como tantas camas apenas tibias y apenas desiertas,

sábanas muertas de la búsqueda de algo, algo, algo, algo

que no está escrito, que no está dicho y que no sabemos qué es,

o no queremos saber, porque es mejor bajar por la calle de Prim

a toda prisa, como si en ello nos fuera el destino,

para poder continuar la nada y el todo,

sin que tampoco esperemos nada de las luces y las sombras

salvo eso: melodías del momento que ya no estarán mañana;

humo de tabaco;

gente que habla ¿intentarán decirse algo?,

y gente que ríe y sonríe y bebe y bebe;

chicuelos que bailan sobre la pista, o a tu lado, o en el baño,

moviendo sus aditamentos diferentes, los de arriba, los de abajo,

los mismos que usarán alguna vez para amarse

si descubren la solución de la ecuación y dan con un buen profesor de química

que sepa mezclar, por experiencia o intuición, los justos ingredientes en la probeta;

el brasileño Claudio

haciendo juegos malabares con mi botella de Movskoskaia;

Jose

con su colmillo de elefante atravesándole el lóbulo izquierdo;

los caballeros dejándose los cuartos

en sus cuartos de hora y sus cuartos de 15.000 pesetas,

absorbidos como mariposas nocturnas por el contraluz de músculos alquilados.

Hay que ser muy joven o muy viejo para creerse una mentira.

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(Madrid, 5 de agosto de 2001)

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Plaza de Toros de Las Ventas

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Ah varón, desnudo yo te invito

a este asombro, tan mudo, que despierto.

Elena Tamargo

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Y sin embargo, me agrada que me digas

que soy la clase de hombre que gustas

y que despierto en ti lascivia en la noche calurosa de este incipiente verano.

Disfruto que compruebes que no te equivocabas cuando los ojos sobre mí pusiste

y lo exclames en voz alta para que las estrellas se enteren,

cuando palpas el falo, redondeas el glande,

castigas en tu puño gónadas y glúteos,

recorres el pecho donde los barcos se hunden,

y besas la boca, y muerdes los labios.

Y sé que no mientes. Y sé que este efímero momento vale la eternidad del amor.

Y sé que todo quedará en algo que pudo y por suerte no fue

porque precisamente ya lo fue en ese único segundo en que la tierra se nevaba,

y así quedará para siempre: cubierta por la nieve, y no por el barro.

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(Madrid, 21 de junio de 2001)

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Todos los poemas © David Lago González

("Diez Minutos" es parte del libro "Cosas de Hombres")