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domingo, 28 de junio de 2009

Los Plomos

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pozos

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Regreso a Los Plomos.

Dispongo de mi libertad para rechazarla.

Yo mismo abro la cerradura de mi celda,

yo mismo la cierro desde dentro

y entrego el manojo de llaves a Lorenzo;

así le ahorro trabajo, y guía no es menester

pues de sobra me sé los húmedos avernos del fatum.

Pobre Lorenzo, bruto entre los brutos, simple,

sin más goce en la vida que mercadear con la muerte.

La existencia mía depende de mi guardián, y la suya

de la mía: una alimenta la otra y eso nos hace iguales,

o al menos prescindibles para el resto de los mortales,

porque si en su descuido desaparezco, también él será fantasma de las mismas mazmorras,

y con él el sustento de su familia,

y su mujer se dará a los hombres

si no encuentra peor veneciano

que quiera hacerse cargo de cuerpo usado.

Aquí tengo mis enseres y mi cama; gusto

recostarme al maderamen del dosel mientras escribo estos versos,

suaves plumas de oca bajo mi trasero: lejos ―por suerte―

están todavía los tiempos presentes en que la prisión te priva también de tus pertenencias

y quedas a merced del cuerpo y del alma,

y de ese molesto ruido entre ambas llamado “mente”.

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Arriba, vulgares japoneses siempre delicados, sin feudo ni espadas,

pisotean el hermoso pavimento de Piaza San Marco

mientras gondoleros a la espera se mofan bajo el sombrero del dialecto.

Y en el Gran Canal se escucha una motora, ensordeciendo

el picotazo de los remos cuando rompen el agua

sumergiendo y sacando su cabeza de madera sin pez en la boca,

sin vida en la muerte.

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(Madrid, 3 de abril del 2001)

© 2001 David Lago González

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viernes, 24 de abril de 2009

Chiesa dei Carmene

GiorgoVido_Chiesa dei Carmini

(c) Giorgio Vido_ Chiesa dei Carmene

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para Isabel Figueroa García-Alix

En vez de tomar el trillado camino de los curiosos organizados,

sales de la Toletta y tuerces a la izquierda,

adentrándote en la vida diaria de los mortales.

A medio andar hacia ninguna parte, la puerta lateral de una iglesia

te invita a dar las gracias a tus muertos, porque este viaje

no es sólo obra de la presencia, sino también de la impresencia

que Valente distinguió como “anhelante”.

El raso rojo que envuelve las columnas,

el púrpura de La Vigilia,

la madera negra del claustro que espera llenarse con las voces de las novicias,

tú sentado en un banco, el recinto solitario,

no hay más oración que el silencio y que quedarte quieto,

turbado por imágenes que buscas, rostros que rastreas, manos que ases en la nada,

voces que se dispersan, ojos, ojos que te avistan y te perciben, asceta allí,

turbado por no más que tu propio pecho.

Varios cirios enciendes a falta de flores,

de las “¡Flores, flores para los muertos!”*

con que aquel sureño ofrendó para siempre la memoria del recuerdo.

Tanto se acumula en la testa que te corona: pequeña sabiduría del ignorante,

versos, vidas, sombras,

parlamentos de la escena que has pisado y vivido en la vida de otros.

Al dirigirte a la puerta, reparas que un haz de decepción

cruza la mirada de la mujer del souvenir y sientes su peso sobre la nuca.

Sales y tomas la calleja hasta la plaza, el pórtico de entrada pone nombre,

y entonces te percatas de que la casualidad no existe.

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(Madrid, 16 de mayo de 2001)

© 2001 David Lago González