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miércoles, 28 de enero de 2009

Última estancia en Davos (poema)

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AlbertoSouto_05DavosPlatz1922

(C) Arturo Souto (Davos Platz, 1922)

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¿Qué importa el paisaje, la Gloria, la bahía, la línea del horizonte?

Lo que yo veo es el callejón.

Manuel Bandeira

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¿Ha oído hablar de La Patria?

Sí, sin duda: en sus jóvenes años fue tan zarandeada como en los míos.

Seguramente también sintió vergüenza de esa falacia,

y esa mezcla de rabia y piedad por los labios que la limitaron a una cáscara de nuez,

a una piedra que deshace la fuerte paz translúcida del cristal,

a un número sobre el antebrazo del alma, al asta que pincha estúpida la nube,

a la tea que nos acercan al rostro para identificarnos

o para quemarnos los ojos. A veces recelo de que incluso aquí,

perdidos en el tiempo, estemos a salvo del rebrote que hace temblar mis manos.

¿Lo advierte...? No obstante, dicen que no estoy enfermo.

Yo me río, me encrespa la practicidad incapaz de ver

lo que tantos ilusionistas han hecho con el inflamado espíritu

que una vez fue inocente, imberbe ausencia del peligro.

¡Nos han arruinado! Yo me río, ¡acompáñeme!

Pues sí, tiene razón: más vale el leve riptus

de una sonrisa que aspiramos como suspiro. En eso se ha convertido la felicidad. Aún acatamos la obsesión de no bajar la guardia...

La patria;

la patria, Herr Castorp, siempre fue para mí

un salón con dos sillones triunfales, asomados al sol y a las sombras;

medio tonel de madera luciendo una lustrosa begonia gigante;

un cuaderno donde el grafito descubría mágicas formas sobre un papel de seda

y yo, maravillado, pensé aquella noche

que esas siluetas eran lo que los mayores llamaban vida y hombres.

Y al crecer, como usted, me di de bruces con las antorchas, las banderas,

el espejo negro de las botas, los cristales rotos, las teas insolentes,

y las puntas de los dedos

que señalan a nuestras almas como a algo peligroso,

debilidad que no merece el aire de la patria.

Tal vez no nos dimos cuenta

de que siempre quedamos atrapados en un callejón sin salida,

y sin salida sería aquella línea que por encima del muro suponíamos horizonte.

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(Madrid, 18 de enero de 2004.)

© 2004 David Lago González

martes, 23 de septiembre de 2008

Las horas doradas

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relax, 2006

(C) Mi-Mi Moscow

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Entre viejos papeles al borde de la pérdida

hallé una hoja suelta, amarillenta de seca humedad,

en la que alguien había escrito lo que en sus tiempos fue un poema completo.

El cuerpo inicial desfigurado

por lo que pudo haber sido la transpiración de una época lluviosa,

habían hecho ininteligibles las palabras y las ideas, mas el cierre quedaba intacto.

Se lee:

“Mas cualquier camino, en breve, conduce al desengaño

y todo movimiento engendra cansancio:

si un paso das, tus pies bálsamos precisarán;

si vuelan tus ojos tras la ignota nada, cerrarse ansiarán,

y, tanto unos como otros, hastiados de la faena, olvidarán.”

No se distingue la fecha en que fue escrito...

Una amiga me comentó de la injusticia de esos versos

que reconcentran toda la atención en un único lado de la vida.

Injusta y torpe su calibración me parece

porque tampoco ella incluye lo que ignoramos.

Es posible que los versos perdidos hayan implicado las horas doradas del poeta,

diluidas por las circunstancias y el azar

en esta suerte de purpurina más sabia que amarga que hoy llega a nuestras manos.

Eso fue, simplemente, lo que quedó. Eso es lo que se lee,

pero tampoco tiene por qué ser obligatoriamente la única verdad.

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(Madrid, 20 de noviembre de 2003.)

© David Lago González, 2003.

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