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miércoles, 16 de marzo de 2011

Las cerdas de Remigio

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happy-pig

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I told you about Strawberry Fields.

You know, the place where nothing is real...

John Lennon

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Este lugar ya no es un lugar, este paisaje ya no es un paisaje.

Melania G. Mazzucco

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Crecí en un barrio tranquilo; las diferencias

por color o riqueza, o ausencia de ambos, se erguían y morían en su propio acaso.

Aquellos vecinos que no solían intimar con otros

conservaban siempre el saludo presto a cualquier hora del día.

Durante las carnestolendas se cerraban esos cien metros

y se dejaba una noche a nuestras anchas:

una orquestina amenizaba las horas

antes de la esperada elección de la muchacha más hermosa del barrio

(por aquel trono desfilaron Alicita Romero ―la de las Mejías, naturalmente―;

la Tati, con pretensiones de Mansfield morena; y Ana María Rodríguez,

que no por ser la más salida logró salir coronada alguna vez).

Anticipaba el final un suculento banquete, sobre una mesa que ocupaba toda la calzada,

impoluto blanco de manteles y servilletas, cervezas espumosas y amargas,

Víctor Calvo proveía generosamente con vinos de sus alambiques,

y con copiosos bloques de hielo,

la cercana fábrica de hielo de Guarina nos enfriaba las bebidas.

Luego los mayores se enzarzaban

en complicadas conversaciones con guitarras y clarinetes

y a los pequeños nos metían en la cama, resistiendo a toda costa el párpado caído.

Pero un día, no sé cuándo, todos nuestros hermosos vecinos desaparecieron,

murieron, o se fantasmearon. Las carnestolendas habían sido prohibidas.

Las cornisas de las fachadas comenzaron a caer; las persianas venecianas

se deshilacharon hasta el mismísimo ripio;

hubo que encabillar celosamente los patios interiores;

los álamos de toda la acera fueron arrancados de raíz;

dentro de nuestras casas tuvimos que empezar a comunicarnos en susurros y por señas

(por eso la gente piensa que el pueblo es tan educado...)

Y entonces apareció el negro Remigio

(ambas cosas no son peyorativas pero sí inseparables e irremediables).

A Remigio se le enrolla la amarillenta camisetilla por encima del barrigón

y por debajo, casi a ras de la ingle, cuelga un trozo de cuerda

con que ata algo que parece un pantalón.

Años ha una de sus mujeres vendía la leche que correspondía al hijo de ambos;

hoy el vástago es un maricón estelar del arrabal

(¿habrá influido la falta de leche, el calcio, las grasas naturales de la vaca?)

Pero ahora Remigio, además de mujeres y maricones, tiene una puerca.

El corral de la puerca es la acera; allí croncha gozosa escarbando en el lodo

y el sancocho que le echan.

Corta el paso a los transeúntes, pero nadie protesta: si van por la acera,

las personas levantan una pata por encima de la soga que somete a la cerda,

disciplinadamente alzan la otra y prosiguen su camino, acostumbrados a la infamia.

Otros se lanzan a la calzada. Sin temor: también los coches desaparecieron.

Así nos acostumbramos a todo.

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No hay tragedia sino subsistencia,

mientras no nos alejemos demasiado en el tiempo y la distancia.

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(Madrid, 15 de febrero de 2005)

© 2005 David Lago González

jueves, 20 de enero de 2011

(Talkin’ ‘bout) My Generation

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Jan Saudek, The Reader of Dostoevsky, 2000

Jan Saudek, The Reader of Dostoevsky, 2000

 

a tantos…

a Jesús “Cepp” Selgas

People try to put us d-down (Talkin' 'bout my generation)
Just because we g-g-get around (Talkin' 'bout my generation)

Pete Townshed  (The Who)

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Nos fue negado el romanticismo.

Nos retiraron antes de montar

la cabalgadura con que los utópicos

trotan por encima del foso de las ideas

y atraviesan las puertas del castillo de la juventud reticente.

Nos fue negado el descubrimiento natural de la vida:

muerte, dolor, justicia, certezas y dudas,

espontaneidad.

No hablo de derechos.

Nos fue negado el error.

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Se nos quiso exterminar por convictos inservibles.

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A cambio, nos fue dado el silencio.

La sospecha, el miedo, la desconfianza,

la inocencia rota por la observancia de las maneras frágiles,

y el rechazo también al siempre trémulo corazón.

Rigidez, y andar por años con un pesado libro sobre la cabeza

para mantener erguida la figura,

como si fuéramos internas de una cruel y absurda escuela de modelos.

A la salida, nos fue enseñada un arma,

que tampoco se nos entregó

porque fuimos considerados indignos de su mecanismo.

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Así crecimos, así reímos, así amamos.

Así vivimos.

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Hasta hoy.

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(Madrid, 20 de enero de 2011)

© 2011 David Lago González

jueves, 13 de enero de 2011

¡Ay, Paca!

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A duck seamstress adjusting the tail of a peacock.

A duck seamstress adjusting the tail of a peacock.

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Descubrí el paradero de la delatora de la suerte echada.

Descubrí su guarida. Escuché su cuento

y su maestría en la enseñanza de la delación y la miseria humana.

Viaja por tierra y por mar

desde que nos entregara a los metemiedos

y a los que paraquenuncaloolvides, por todo el mundo

viajera lleva tres décadas propagando con gracia actuada

el arte de narrar cuán inabarcable es el mal que puede hacerse al delatar.

En su pueblo, que es el mío, la creen muerta,

y un altar en un rincón improvisaron como símbolo funerario

en la mole blanca de piedra marfil que guarda

las hojas de los libros y los acallados tacones fantasmales de Fefa

que tenía los dientes inclinados hacia el mundo como en una sonrisa eterna.

Me lo dijo anoche un anónimo en una nota subversiva,

como subversiva y amedrentada fue la vida

que ambiciosos como ella provocan en tiemblos ajenos.

Inescrupulosa en la supervivencia,

de la oralidad ha hecho caja, profesión y corazón,

si así puede llamársele al musgo que debe latir entre sus huesos

como el hongo de las cloacas citadinas.

Un número al que llamar para inscribirse en la narración,

y un nombre para café civilizado de altos ventanales

por el que paso con frecuencia: dentro y fuera andará ella,

pisoteando sin garbo y chaparrudamente mi Cava Baja vecina,

que huele a horno de leña y cordero asado.

En su pueblo la creen muerta, insisto, pero la hiedra vive,

bien pegada a la sombra de contar el cuento de la vida de los otros,

tanto al respetable como a los irrespetables mensajeros del pánico

con que antaño compartió los posos de una misma taza.

¿Qué hago, ahora que la tengo al alcance de mi ballesta?

Si la mato, nadie comprenderá en Soto del Real tan absurdo proceder.

Si la espero a la salida de su actuación

y mancho su rostro con el silente estrépito de mi desprecio,

dirán que la envidia me empuja y la rabia la boca llena en balde y con ridículo.

¿Confiar en la justicia divina? No es suficiente.

Pero nada lo es, ni siquiera olvidarla,

ni siquiera simular que no me molesta que tan cerca de mí

respire. Dudo que seres así tengan remordimientos.

¿De qué, al fin y al cabo? En tiempos de guerra

hay que mantenerse de alguna manera: no hay mucha diferencia

entre retorcer el gollete de un pollo

y arruinar, o cuando menos importunar, la vida del poeta.

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(Madrid, 2010-2011)

© 2011 David Lago González

martes, 5 de octubre de 2010

Razones para el silencio

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© Katarina Vavrova (Slovakia)

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2

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Acéptalo: es lo que tengo.

Acéptalo, oh Dios del Cielo.

Acéptalo, igual que el mar.

Acepta el ancho caudal del río

y el del arroyo, pobre y pequeño,

que de la sierra bajando va.

(Tonada que acompañaba los oficios en Camagüey en los años 70)

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para Isora Cabrera

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No preguntes por el origen de todo esto que aquí ves.

La simiente no es la referencia de un único nombre,

y no siempre son las cosas lo que parecen ser.

Es más, casi nunca lo son.

Si no te gusta lo que ves, si no te complace lo que doy,

retoma el sendero que en la noche te puso aquí,

al lado de esta borrosa procedencia que palpas,

o calla de una vez, que agradezco más el silencio que las palabras vanas,

porque endebles son, o acaso ¿no es que con el relato de mi rastro

intentas rellenar esa inapetencia que llamas rutina?

Ya yo he visto esa película,

ya he escuchado esa canción: alquila otra, compra otro cedé.

¿Es que pretendes que en cinco minutos haga recuento de toda la Humanidad?

¿Por qué me pides tanto? Y no, que no te ofenda el tono,

ni la mímica del cansancio cuando me oyes decir groseramente “ya salió la cosa”

y me ves girar la cabeza hacia la oscuridad de la noche o del infinito,

cualquiera apetecible boca que no sea la tuya

y tenga a bien tragarme en el instante aciago.

¿Por dónde quieres que comience mi historia: los fenicios, los celtas, los sefardíes?

No, darte el gusto de acortar el trayecto

y simplificar la vastedad, no te lo voy a dar,

nada quiero saber de lo que sobre mi origen puedas pensar,

guárdatelo para la hora del café.

Tu idea no es mi vida, es sólo una especulación,

o una bonita vaguedad.

Una estrella o un infierno, lo que quieras; todo, menos la vida que viví.

Mi origen, si alguno tengo, habrá sido el brillo del aluminio de una cuna de hospital

y ni siquiera lo recuerdo. Ya ves, de dónde vengo, ni siquiera me acuerdo.

Y si todo cuanto digo es mentira, quién eres tú para llamarme a razón.

Anda, vuelve al colegio si quieres aprender malamente

lo que ya malamente te enseñaron: yo sólo me desnudo ante un motivo consistente

y el interés por el pasado no es excitante.

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(Madrid, 17 de agosto de 2001)

© 2001 David Lago González

lunes, 27 de septiembre de 2010

Desprecio

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let's make better mistakes tomorrow

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Lo verdaderamente dañino a largo plazo

no es ni la vaca ni los matarifes, ni siquiera los instrumentos

con los que la descuartizan en infinitas partes,

sino la legión de manos que aguantan sus patas

y alrededor del morro tensan un torniquete bien fuerte

para que no muja y descubra la verdad del crimen.

Si la vaca es la vida, y el carnicero aquél que desde su poder la ejecuta,

lo demás es el instrumento que nunca pierde su forma,

o la torna en nueva silueta, y sobrevive a todo,

incluso florece cuando se le creía muerto.

La vaca se desdibuja dentro de tanta algarabía;

los matarifes enloquecen aunque mantienen la astucia;

y la legión, reproduciéndose como la cola cortada de un lagarto,

se multiplica más allá de los años

para mantener sin respiración y contra el suelo al Hombre Justo,

hasta que se una a ellos o se pegue un tiro.

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(Madrid, 27 de septiembre de 2010)

© 2010 David Lago González

miércoles, 11 de agosto de 2010

La crisálida rompió

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Recycled_Life_in_a_Box_by_AnthonyRojas 

 (Recycled Life in a Box by Anthony Rojas)

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                                           A mis primos carnales Aida del Sol y Julián Delgado (RIP)

                                                                                                   A mis primos segundos Julian Emilio y Álida

                                                                                                   A Lily

 

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La crisálida rompió,

y la bella mariposa pudo regresar a aquella flor

que en sueño o duermevela presentía como bruma indescifrable.

Volvía más hermosa aún que el fantasma de la memoria, la vieja alada

en cuyo prodigio del vuelo se posó la herrumbre de las malas ideas,

el veneno de los pesticidas que los hombres esparcían sobre ellas.

Para la ocasión, recuerdo que se hizo un cinturón trucado

con cientos de pañuelos multicolores que en torno a su cintura

enardecían la hermosura propia de su delicadeza,

y luego, como en un acto de magia, fue deshaciendo

con la dulzura que le recordábamos, uno a uno

de cada tramo de aquella cincha, para dejar

sobre el cabello de las muchachas sorprendidas

el transparente velo del arcoiris.

Estábamos todos subidos a la cama, abstraídos

por la placidez de aquella voz que había limado las mieles de la huída

y que sabía tan bien disimular el chero del acíbar.

Varias generaciones nos agrupábamos en derredor suyo,

y desde la vejez hasta la infancia nos unía una misma fascinación.

Las orugas eran reales y habían roto en colores luminosos

pese a todas las cochinadas de los libros de instrucción.

A su lado el hombre-mariposa tenía suavemente los ojos cerrados,

y no sé si por ello o por confusión natural entre la alegría y el dolor,

el tono de las voces era moderado, suave, lento.

El recuento de los duros tiempos de la huida y el asentamiento

se convertía en una fábula de sabiduría y paciencia,

y sufrimiento y amor.

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(Madrid, 11 de agosto de 2010)

© 2010 David Lago González

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NOTA DEL BLOGGER Y AUTOR:  En el año 1977, la Revolución comunista de Fidel Castro permitió (por intereses pecunarios y sabrá Dios cuántas más cosas enrevesadas), que los cubanos que habían dejado el país desde incluso antes de ese accidente histórico, volvieran a la isla.  Ésta es una muestra dulce de las consecuencias.

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miércoles, 4 de noviembre de 2009

Villa Maristas, La Habana. Año del Señor de 1978

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A Short Lived Thing (silverpoint)

(C) Richard A. Kirk - A Short Lived Thing (silverpoint), 2008

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para Carlos Victoria Olivera

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A la mesa del restaurante (Veinte años antes)

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El miedo, que viste y calza nuestros actos,

se sienta a la mesa con nosotros.

Virgilio Piñera

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Cuando pregunta por sentarse quiere decir que ya lo ha hecho.

A la mesa del restaurante, es de súbito una intrusa

que asume entre nosotros la función de las copas y los cubiertos.

La subimos, la bajamos, la dejamos reposar en nuestros labios;

es quizá de este reposo de lo que se aprovecha

para hacernos cambiar el diálogo.

Irrumpe sin más ni más, como un trueno,

mientras a todo alrededor, impasibles, sobre el telón

se repliegan y se desdoblan la luna y el sol al cierre de cada acto.

En contra de todas las mudas objeciones, ella está aquí,

sobrepasando nuestras manos, nuestra voz,

el taconeo ahogado de las camareras

y el sonido de las botellas al chocar en la cubeta,

la benevolencia que nos hace coincidir a esta mesa

en la que inconscientemente separamos un lugar para esta amiga nuestra.

Y porque es más real que la misma realidad,

como un soplo puede borrarnos,

o puede al menos para siempre convertirnos en enemigos.

Basta con tirar del mantel en el que como vasos y cubiertos

nos confiamos al requerimiento de los comensales.

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(Camagüey. 2 de Septiembre de 1978)

© 1978 David Lago González

--oo--

Recursos (Veinte años después)

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"...and the bird can sing

but you can't hear me, you can't hear me."

George Harrison

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Podría haberse remontado a los tugurios nocturnos de Hamburgo de donde las viejas notas de My Bonnie salían flotando sobre el océano para refrescar el asfalto de la ciudad con sus chorros de agua nueva.

Pero para intentar romper el orden con que la bombilla siempre luciendo desvirtuaba las horas del día y de la noche, confundía y enloquecía el paso del tiempo, escogió, precisamente, el orden de empezar por el inicio público de los mitos.

Curiosamente, recurrió al orden para romper el orden,

sin deliberación posible, tal vez sólo por la fuerza irremediable a la que estaba acostumbrado.

"Ámame tú, que yo a ti también te amo"*: ¿se puede pretender más simplicidad, más inocencia, más ingenuidad, que confiar en que amar a alguien implique ser correspondido?

Los golpes precisos de Richard Starkey sobre la batería Diamond acentuaban y subrayaban el deseo más simple y más pretencioso de todo ser humano: amar y ser amado.

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Como si de peligrosos criminales se tratara, sólo habíamos visto sus rostros sobre el estampado multicolor de las revistas del enemigo; sólo les habíamos visto sobre el escenario montado por Santiago Álvarez para compararles con graciosos chimpancés circenses, denigrando aquella inicial alegría de la vitalidad a algo muy pobre en pensamiento.

En el principio fueron aquellas imágenes vejatorias las que nos permitieron verles bailar con Beethoven en las pantallas de las usualmente vacías salas de cine de los años sesenta.

Paradojas de la historia hicieron que aquellos "diez minutos del Horror" se convirtieron en diez minutos de placer y lozanía, y aquellos tristes cines se llenaron a rebosar de jóvenes inquietos, de pies que seguían el ritmo de la vieja canción de Chuck Berry con silencio estremecedor, de palmadas que no se atrevían a pronunciarse en sonidos, de contusiones contenidas entre el estrecho corsé de las butacas, de cómplices miradas que en la oscuridad se descubrían con una cierta libertad temerosa de su ilegalidad, pero sonriente, sonriente porque alguien más podía vivir en alguna otra parte, o morir, o pasar hambre, o cantar, "contonearse y gritar”*, aunque ello no representara la liberación de los pueblos oprimidos sino una simple, elemental y efímera etapa llamada "juventud":

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John, Paul, George & Ringo.

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"Ella te ama"*, sí, efectivamente, pero "debería haberlo sabido mejor"*: todo no iba a ser tan sencillo como la fugaz adolescencia lo presentaba.

Pero, por mucho que cantara, "no había respuesta"*: la pequeña habitación de Villa Maristas carecía de "alma de goma”*, pero sí mantenía su luz impía para que la cuenta de los días se convirtiera en tarea imposible.

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"Cosas que dijimos hoy"* tal vez no debieron haber sido dichas, pero cuando "el pájaro puede cantar"* ¿cómo hacer para que guarde silencio si es condición natural del ave expresar sus sentimientos a través de su pico, aun, incluso, a pesar de estar en jaula de utopías o anillada a la búsqueda de lo perfecto?

No se podía cantar la canción que tú eligieras: era necesario, estrictamente necesario, aplaudir, rabiosamente, estruendosamente, para que su estruendo silenciara la voz ingenua del imberbe.

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"Si hay alguien dispuesto a escuchar mi historia..."*

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Pero, ¿para qué?... Mejor refugiarse en un "bosque noruego"*: al menos entre los altos abedules no palpitará este calor agotador ni la luz sempiterna e implacable de esta bombilla en la celda del antiguo colegio de los Hnos. Champaignat.

-o-

Nunca jamás en los veinte años posteriores hemos vuelto a hablar de aquello. Ni siquiera entonces lo hicimos: sentados a la mesa te negaste a hacerlo y cuando pasaron muchos días me contaste el recurso de las canciones, de nuestras canciones, cuyas letras nos intercambiábamos como material delictivo.

-o-

Luego, alguien mató a John bajo el Dakota Building y la juventud se terminó con la sorpresa de un disparo.

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So, let it be.

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(Madrid, 27 de Junio de 1998.)

© 1998 David Lago González

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*Referencias relacionadas con los temas de los Beatles:

“that love me do, you know I love you” - “twist and shout” - “she loves you” - “I should have known better” - “no reply” - “rubber soul” - “things we said today” - “and the bird can sing” - “if there’s anybody goin’ to listen to my story” - “Norwegian wood”

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martes, 3 de noviembre de 2009

Riders on the storm (Doors) - Elogio del Jinete

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MALECON POR LA TARDE by Felix Pages-Romeu

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a León de la Hoz,

por uno de sus poemas del libro "Cuerpo divinamente humano"

No dramatices,

ni añadas más leños del árbol de la tragedia

a ese cuerpo que sólo se viste con piel y formas

y en la larga acera que bordea El Malecón

se inclina ante la ventanilla de un coche alquilado.

Es una vieja historia

y ha sucedido ya en otras muchas partes del mundo.

Es una vieja historia

que de sobra hemos visto antes y no nos ha escandalizado tanto.

El que hoy ocurra en tu país

es otro accidente más de eso que llamamos Historia

y algún día pasará, y si el mar vuelve otra vez a su sereno oleaje,

la puta será una buena madre y el puto se casará y tendrá hijos

y ambos ocultarán su pasado, como hace tanta gente;

como ha hecho tanta gente, que ha canjeado ideas y hasta personas en vez de carne,

y si asistes a uno de esos ágapes que Bacardí auspicia con sus mojitos y daiquirís,

verás lo bien que saben disimularlo.

Incluso esto mismo, que es mucho más grave,

ya sucedió hace siglos, y hasta la Biblia habla de ello.

No sería fútil

reparar en la trampa y el escudo semántico del nombre: jinete

es aquel que domina, aquel que conduce la bestia

(llámesele caballo, asno, buey, ñandú, italiano, canadiense, mejicano o español)

por el sendero que quiere, aquel que le doma y le fustiga;

si la bestia se contenta con un poco de pienso o un manojo de pasto seco,

será cosa de sus carencias y necesidades,

de una infancia freudiana o de un falo pequeño.

Por eso, no dramatices: la carne es agua y un día se secará.

En las postrimerías de cada guerra, la carne se altera

arreada por el hambre de la primavera: bellas italianas

se entregaban a rubios soldados por una barra de chocolate;

las "mantenidas" en Madrid eran legión

y las francesas también extendían un poco más su mano

por alcanzar una copa de champán, pero se conformaban con una de Cointreau;

las polacas ―no judías― se daban a los alemanes a cambio de algunas patatas;

y los niños germanos sobaban los genitales de sus salvadores

y sus viejos paisanos entre las ruinas humeantes del Reichstag.

Muchas rusas se entregaron a horribles funcionarios

por añadir unos metros más a sus departamentos moscovitas.

Stefan Zweig relató cosas lamentablemente inolvidables antes de matarse en Brasil.

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Y ¿qué ha pasado?

Nada.

Los próximos excesos del poder acarrearán lo mismo.

Es una consecuencia más de las guerras

y desde hace mucho tiempo podemos ver esas imágenes, por penosas que nos parezcan,

con la tranquilidad del espectador que en la oscura sala de algún cine

comparte su soledad con pensamientos y fotogramas.

Los que nacimos en esa isla

―que, por otro lado, no es ni tan hermosa ni es el paraíso―

llevamos cuarenta años de guerra, sobre todo con nosotros mismos:

lo más natural es que la cuerda ceda por su parte más débil,

y es mejor que rompa por su carne y no por la lengua o por las ideas

o por ese fantasma informe y metafísico que se llama alma.

Así que, después de mucho sangrar yo mismo ante tanta rabia impotente,

la paz me ha alcanzado, quizá un minúsculo rayo de lucidez

―o tal vez de indiferencia, de cansancio―, y si hoy,

a finales de 1999, ya nadie se enamora en El Malecón de La Habana,

no te preocupes, "no cojas lucha, hermano": cuando pase la Gran Guerra Patria,

los hijos de las putas y los hijos de los putos tomarán el relevo

y de nuevo Amor florecerá sobre la piedra carcomida por el salitre.

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(Madrid, 15 de diciembre de 1999)

© 1999 David Lago González

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miércoles, 21 de octubre de 2009

La Etiqueta

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Soy "contrario al normal desarrollo de las actividades".

Me lo dijo un policía en tiempos remotos, desde mi juventud más temprana.

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Lo de "contrario" es casi un término lezamiano

que podría tomarse como una fuerza metafísica, espiritual,

con la que opongo resistencia o me rebelo

ante la aceptación de algo que no solamente quieran imponerme,

sino simplemente a algo que exista por sí mismo.

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Lo de "normal"

puede ir desde un estado natural a un precepto jurídico,

pasando por una línea recta perpendicular a otra línea,

todo lo cual abarca desde la geometría hasta la astro-física,

o el cuerpo humano, que es lo más natural que hasta el momento conozco.

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Lo del "desarrollo" se interna casi en un terreno desalmado:

¿Deshago un rollo o entorpezco la acción?

¿Acreciento lo físico, lo intelectual, lo ético,

o como una japonesa tradicional someto mis pies

a la tortura de un zapato de madera para que no crezcan?

¿Explico alguna teoría?

¿Calculo alguna expresión analítica?

¿Sucedo, ocurro, acontezco de algún modo, en algún lugar?

¿O me inhibo y me fantasmo?...

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Y... ¿"las actividades"?

¿Se refiere a la prontitud en el obrar?

¿O a las tareas que corresponden a una persona? ―o a una sociedad, ¡uuhhh!―.

¿Habla de una esfera de actividad determinada o tal vez

va mucho más allá y entra ya dentro del número de átomos

que se desintegran por unidad de tiempo?

¿Quizá intenta recordar el nombre de algún volcán "en actividad"?

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Yo, sea lo que sea, no sé muy bien lo que soy.

Pero creo que en el fondo el policía llevaba razón,

porque cuando creo haber encontrado un lugar,

resulta que no, que estoy en sitio inadecuado;

cuando intento contar algo sobre mi pasado, resulta que no,

que los que no lo vivieron me dicen que no fue así, que estoy equivocado;

cuando me enamoro de alguien, quiero irme hacia lo ajeno;

y cuando estoy solo, quiero estar acompañado,

o cuando tengo compaña, añoro la soledad;

cuando voy por una calle, quiero ir por la otra;

cuando me dicen que lo mejor es callarme, hablo,

y cuando debo hablar, enmudezco.

Así que, perdone usted, señor policía, su etiqueta me ha marcado.

Soy eso mismo que usted dijo:

  • desarrollo las actividades de forma contraria a lo normal,
  • actúo según el normal desarrollo de la contradicción,
  • normalizo lo contrario del desarrollo activo,
  • contrarío lo normal desde el desarrollo de la actividad.

O sea, que me ha convencido: yo no tengo remedio

y soy un peligro a la sociedad, al estado de derecho,

a la democracia, al proletariado y a los ricos,

a sus hijos, a su madre la pobre viejita, al conductor del autobús,

a Dios, a María Santísima, a todo lo que usted quiera.

Llevaba razón: no me debo el mundo,

no me debo la vida,

no me merezco ser feliz.

¡Enciérreme usted!

Usted sí que entra dentro del "normal desarrollo de las actividades"

y su deber es impedir que yo lo entorpezca, así que, por favor,

actúe en consecuencia ¡y elimíneme de una santa vez!

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(Madrid, 21 de octubre de 1999)

© 1999 David Lago González

viernes, 15 de mayo de 2009

Paraísos cercanos*

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a Frangelina

y los compañeros del Sindicato de Trabajadores

que se negaron a secundar los actos de repudio en contra nuestra

durante los acontecimientos de mayo de 1980 en Camagüey, Cuba

Por entonces vivíamos allí mi madre y yo.

Por entonces,

frente a la puerta de casa se levantaba un álamo y los Miranda tenían cuerpos de ébano bruñido. Si hubiesen aireado sus ornamentos habrían competido con lo inusitado del marañón, única fruta que ostenta su simiente a la vista de todos.

Por entonces,

los Miranda habían descubierto el contento en la humillación ajena y se deleitaban en subirse al árbol para convertir a mi madre en una vieja ramera a la que vaticinaban una segura violación por los ornamentos de otros ébanos bruñidos en la vecina Norteamérica, situando el mismo color de su piel como sinónimo de lo más ínfimo. Yo también sería sodomizado por otros cuerpos oscuros como la noche. No sé por qué razón los Miranda tenían esa extraña fijación con que los únicos forzadores del sexo de hombre y mujeres a noventa millas de aquel álamo tenían necesariamente que ser, como ellos, descendientes de esclavos africanos.

Por entonces,

alguna vez alguien misterioso, como si matáramos ruiseñores, nos dejaba a la puerta una bolsa de papel y llamaba al timbre o dejaba caer la aldaba salvajemente; cuando abríamos, el hedor nos hablaba sin necesidad de palabras, y pacientemente, en silencio, recogíamos nuestro regalo, con el que abonábamos las plantas del jardín interior que, agradecidas, crecían y florecían; el álamo, en cambio, tardaba mucho en espigarse unos centímetros: tal vez el peso de aquel ébano bruñido les impedía crecer con más libertad.

Pero los Miranda se equivocaron: no viajamos nunca hacia el norte, sino al noreste, a miles de kilómetros de nuestra casa, del álamo y de su vulgar suspicacia hacia nuestro futuro. Sus augurios cayeron al mar: la ramera y el marica nunca fuimos violados. Es posible que alguno de aquellos relucientes ébanos, sobre los que se condensaba la humedad del trópico como el rocío sobre la hierba del amanecer, se haya entregado por unas pocas monedas o por someras baratijas a algún nuevo colono europeo en el trasiego sexual del turismo. Todo es posible: hasta cabe imaginar que tal vez ahora vivan en el barrio negro de Miami.

Es alguna de las cosas que recuerdo de ese paraíso cercano llamado Cuba, de ese pueblo conversador y alegre, donde la vida tiene tantas lecturas y las personas tantos pliegues como una falda plisada.

Lamento,

eso sí,

que ya el álamo no exista: fue reducido a simple leña, como todos los otros árboles de mi calle, y hoy aquel barrio es una arboleda perdida. Lo imagino triste al sentir su desnudez impávida ante el quebranto de la historia.

Esto me han dicho: yo no he vuelto. Ni volveré nunca para ver crecer otro en vez de aquél que me acompañó desde niño, y mucho menos pisaré aquellas calles nuevamente para que los Miranda me reciban con honores, como a un pobre sobreviviente que la mediocridad confunde con el triunfo.

Que repose en paz el ébano,

que en alguna parte del recuerdo reposen en paz las hojas barridas por el viento.

Que descanse en silencioso respeto el pasado de mi vida.

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(Madrid, 8 de abril de 1999)

© 1999 David Lago González

*”Paraísos cercanos: Cuba”, documental emitido por TVE-1 la noche del miércoles 7 de abril de 1999.

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lunes, 4 de mayo de 2009

ELOGIO DE LA ESCORIA (A whole lotta love)

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NOTA DEL BLOGGER: Ayer tarde, revisando papeles viejos que han quedado de otras limpiezas, encontré este poema que pertenece a un libro que el éter engulló con voraz apetito.

En esta ocasión, a pesar de estar incluidos en la dedicatoria general, quiero dedicarlo muy especialmente a mi amigo Elio Poblador, y a mi amigo Oscar León Morell que recientemente murió durante la Semana Santa.

En el poema soy indulgente hacia nosotros mismos. Releyéndolo ahora me doy cuenta del matiz trágico que quise omitir o que tal vez no supe distinguir en el año 2000 cuando lo escribí. Digo "Y nos separamos: eso fue todo." Cuando menos, es inexacto: eso NO fue todo.

-o-

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Elogio de la escoria (A Whole Lotta Love)

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...fracasados convertidos en asiduos de las cervecerías.

Isaac Babel

(tomado de las notas de su interrogatorio en la Lubianka)

Este poema está dedicado a tanta gente que es imposible nombrarlos a todos

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El Bosque es hermoso, a pesar de todo.

Excepto cuando llueve y todo se convierte en un lodazal. Pero en los días secos y soleados, si entrecierras los ojos y si tienes la suficiente imaginación, cuando entre los párpados miras la hojarasca, puedes pensar por un segundo que atraviesas el fantasma de Bavaria.

Aquí

he visto yo acuchillar a un hombre casi anciano que corría como una liebre, de mesa en mesa, de árbol en árbol, hasta que fue acorralado contra el mostrador donde se expendía la cerveza.

Aquí

hemos tenido la vida pendiendo de un hilo, y esa vida no ha sido más consistente que la espuma que el chorro del termo producía al chocar contra el fondo del cartón encerado de los vasos: un mero roce mal recibido contra la crápula y habríamos durado menos que el anciano que vi desangrarse.

Aquí

he venido con mi amante, y con el padre de mi amante, y años más tarde con el hijo de mi amante, todos como en una gran familia, escuchando cuentos de isleños de Canarias o rumores de barrios orilleros.

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El Bosque es hermoso, a pesar de todo.

Aquí detrás, contra esa valla de alambre y cuando todavía no habían instalado los termos, estuve en dos noches distintas con un hombre rubio muy hermoso, de pelo rizado y ojos verdes, que se desnudaba por completo tendido en la tierra contra el alambrado y la vergüenza de ser poseído le provocaba tal rigidez mortis que el placer se convertía en la proeza de descorchar una botella con uñas y dientes.

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Pero El Bosque sigue siendo hermoso, a pesar de todo.

Claro que en esta ocasión —ni en ninguna— no hemos venido a admirar su belleza, sino simple y ramplonamente a emborracharnos como eso que dijo Babel entre sus delaciones: “como fracasados convertidos en asiduos de las cervecerías”.

Pero esta vez será la última porque también hemos venido a despedirnos: el Gran Hermano ha enloquecido un poco más, ha separado las aguas del Jordán y ha dicho que todos a los que su simpatía nos es indiferente, podemos cruzar a la otra orilla (donde nos esperan cosas terribles, pero, qué más da; en todo caso, sería un simple cambio de avernos).

No estamos todos, pero estamos muchos.

Es de tarde en la isla tropical y las nubes, como un termo de cerveza incontrolado, se quiebran de improviso vertiéndonos encima sin la más mínima piedad toda la carga que han ido acumulando durante días: todo es excesivo en estos prados.

Nos refugiamos bajo los arcos de un puente y continuamos con nuestra cantaleta del adiós. El repertorio es variado, casi infinito y muy intenso: hoy nuestros ánimos requieren del rock duro el estruendo de su evasión con todo su rigor —en fin de cuentas, nos vamos al infierno—.

In the sunshine of your love, in my white room, summer in the city, born to be wild, y nuestra mayor y absoluta realización musical: “A Whole Lotta Love”.

“You need cooling, baby I’m not fooling,

I’m gonna say <yeah, go back to schooling…>”

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Carlos Victoria asegura que hay momentos extrañamente mágicos en que alcanzo la perfección de la segunda voz, pero nuestro amigo es un borracho empedernido y ha devenido en una total escoria, eso ya lo sabemos, así que, cual Olga Guillot, miente porque su maldad le hace feliz.

Pedro Castro introduce la cuña de su versión ególatra de “Bajo un palmar” y rompe el ruido de la lluvia con el absurdo de la forzada letra:

“Era en una playa de mi tierra tan querida, a la orilla del mar.

Era que allí estaba celebrándose una gira debajo de un palmar.

Era que estaba precioso, con el color de rosa de mi traje sencillo y sin igual.

Era que yo era novio mío, y me sentía nervioso entre mis brazos suspirar.

Era que todo fue un sueño, pero logré mi empeño porque ME PUDE BESAR.”

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La lluvia amaina. Desde lo alto de un barranco comienzan a lanzarnos piedras y a insultarnos: “¡Escoria! ¡Maricones, fuera de aquí! ¡Singaos por el culo!” ¡Qué curioso! ¿Cómo habrán podido adivinar todo eso, desde tan lejos? La gente nos sorprende a veces siendo extrañamente perspicaz. Nosotros, al unísono nos acordamos de Gran Funk Railroad y nos partimos la voz cantándoles “we are an American band...”

We are an American Man.

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El Bosque es hermoso, pese a todo.

Algunos partieron, otros se han quedado, otros se mataron o han muerto, otros tantos han desaparecido y nadie sabe de ellos. No nos pasó nada terrible, en fin de cuentas. Alguna edrada, algún cartucho de mierda, algún palo en la cabeza, un poquito de ácido a la cara, algún muerto nada grave, un escupitazo, cristales rotos, millones de insultos, barcos zozobrantes, locura en alta mar, festín de tiburones, humillaciones, violaciones en los campos de acogida, sed, hambre, y paciencia, mucha paciencia.

Y nos separamos: eso fue todo. También los grupos cuyas canciones cantábamos se separaron: Jimmy Page, Robert Plant, Steve Winwood, Eric Clapton: cada uno va por su camino. Jim Morrison, Janis Joplin, Jimmi Hendrix, sucumbieron a los delirios del averno.

Pocos hemos vuelto a vernos de nuevo; otros nunca volveremos a hacerlo.

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(Madrid, 22 de marzo de 2000)

© 2000 David Lago González

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miércoles, 18 de febrero de 2009

El inventario

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Cuando llegaron al recuento de la cristalería y la porcelana, uno de los militares, apartando su vista de la vitrina, le dijo: “Ahora va a tardar mucho tiempo en volver a reunir las copitas, Vieja...” (La palabra “señora” estaba prohibida, y la mujer no era merecedora de ser llamada “compañera”.)

Ella guardó silencio, un silencio tenso y pesado, como calima que se nos echa encima sin que podamos hallar cobijo suficiente, y al cabo de unos segundos, contados por la rabia contenida o por una indiferencia muy lejana, miró a los ojos del hombre, sostuvo ambas miradas ―la del militar y la suya propia― y le contestó:

“Cuando una es pobre antes y luego adquiere cosas, esas cosas las guarda en una vitrina y de vez en cuando las mira. Nunca las cuenta, como hacen ustedes ahora. Ya no tienen importancia. De cualquier forma, de haberlas utilizado habría bebido en ellas algún licor fino, propio de mujeres --un poquito de ‘creme de vie’, por ejemplo, que hace mi hermana Bertha, muy buena, por cierto--. Usted, en cambio, las habría llenado de aguardiente de caña o de esos rones que la gente llama “matarratas”. Y en esa diferencia del contenido de las copitas existe también otra diferencia que creo que se llama <vulgaridad>. Eso es lo que nos separa a usted y a mí y esa es la razón por la que abandono su país y regreso al mío, que está aquí, guardado en mi cabecita... de vieja.”

―Y llevándose el índice a la sien la tocó con dos sutiles golpecitos, con los que dio por concluidos los comentarios sobre algo tan poco importante como un juego de copas, que para colmo de la gratuidad, ya llevaba años incompleto.

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(Madrid, 20 de Marzo del 2000)

© 2000 David Lago González

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martes, 18 de noviembre de 2008

à la recherche d'un poème perdu

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NOTA DEL BLOGGER & AUTOR: En mi búsqueda de archivos perdidos: poemas, cuentas, propósitos de novelas, opiniones políticas y sueños eróticos, me he encontrado con este poema sin título, pero que ahora con posterioridad he "entitulado" como IRACUNDIA. Las iracundias son unos arrebatos que me dan de vez en cuando, en realidad con cierta frecuencia, y que hasta ahora se han resuelto en versos, palabras acaloradas, insultos y resaca depresiva. Aún no ha aflorado la sangre.

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IRACUNDIA

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Soy la barranca abajo y el sin freno, la puerca de Valladares,

la copa rebosante de fluoxetina y la frustración del Prozac,

y el párpado inerme, inerte pellejo, bajo el tacón del lormetazepam.

El empujón me lo doy yo mismo, no hace falta que me atropellen.

Calma, compañeros, la cola en vela ha sido en vano:

no llegaron los tennis ni el tafetán

ni las banderitas hispano-cubanas para saludar la democracia –quesque cé?

Y, para colmo, España ya dejó de ser un modelo de transición

y volvió a lo que siempre fue: enchufe y besamano, usura, suciedad apañada,

crema exfoliante y agresiva, lejía con olor a menta allá por el sur, el cinturón de papá:

prepara el culo, mi niño, que quien la hace la paga.

¿Y qué hice yo?, me encuesto en este minuto sin tiempo.

“Es sólo un segundo”, me digo, como un profesional improvisado y mal pagado

bajo el arcón de mi puerta, esperando la respuesta, corre el tiempo,

el reloj sin manecillas de McCullers, que también se suicidó,

y las cuatro plantas sin ascensor,

el comedor para indigentes del General Martínez Campos, Sor Isabel Viñedo,

donde saboreé mis primeras sopas de cocido madrileño.

Pero no, esto no es un mero acto personal e intransferible, íntimo y aislado,

ajeno a cualquier circunstancia, como caído del cielo

o higienizado hasta la más recóndita molécula en el laboratorio:

laboratorio o cielo, dos extrañamientos brechtianos.

Les ahorro el matarife, ¡vaya!

Pero a esta vaca que soy yo, además de cerda y poeta,

muchas manos la han aguantado por más de una pata.

No se me pongan tiesos (o, tal vez, para ser más español,

¿deba decir “no ME SE pongan tiesos”?) ni carraspeen;

tampoco quieran mirar al de al lado --¡eh, tú, impío lengua de trapo!--

empezando por el pie como si el minueto a ensayar fueran:

pocos

se salvan de asesinar al maricón; al fin y al cabo,

nadie sabía muy bien qué hacer con él, ni allá ni aquí ni acullá,

tampoco aquellos que cama en delirio o asco compartieron.

Les descargo un poco añadiendo que ni siquiera yo mismo lo he sabido mejor…

Pero, ¡hala, garrulos! “¡Cochuzas!”, como Nina de Romero en gracia les bautizó.

¡A vuestras miserias, hermanos, que se acumula la labor!

Duro e infinito sudor aquel que gotea de lustrar la mierda propia y la ajena,

la oportunidad, el discurso y su método, la lisonja,

y esa aterradora palabra que la mediocridad se agenció: patria.

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Del fango salimos y al fango volvemos: estos, polvos no son.

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(Madrid, 4 de noviembre de 2005)

© David Lago González, 2005.

domingo, 26 de octubre de 2008

La lavandería

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Lava la ropa sucia. Limpieza exterior,

ética. Etérea materia de la cochambre,

oportunidad. Futuro abrillantador.

Ojos verdes relucientes sobre piel de quemada arena.

Labia del berebere espabila’o, que diría Lorca resucitado.

Yo iré a Santiago, en un carromato informe

o con las maneras de una oruga y no por ello gusano,

con mil negros y una tumbadora, la vianda

convertida en una pepita de oro,

el pingajo de la visita tomando un refrigerio de mamey y marañón

y mi mulato ceniciento: yo iré a Santiago.

Ah, tú tienes lavadora, ¡qué magnífica ocasión!

Y qué “bonito” escribes, la hermandad hispano-cubano

nos amancebará sobre la página en blanco y sobre la blanca sábana.

También a lo largo de las sabanas camagüeyanas,

rica en haciendas portentosas y cursilerías pequeño-burguesas.

Las mismas de la nostalgia del exilio,

que no se quiere ensuciar con la conciencia.

No hay culpa ni perdón: mejor, así no nos complicamos.

Cambia el tiempo: hoy nieva y mañana llueve en demasía.

Todos somos hermanos; incestuosos, pero hermanos.

Yo me tiro hasta a mi madre, como Vargas Vila.

Pero yo estoy en la parte dura, en el lado salvaje de las rebajas de enero.

Aprovecho la ocasión y lavo hasta la ropa que llevo encima.

Me siento frente a ti, con mi aldaba de oro quemado reposando sobre el cojín.

Cojín y cojón, ¡que venga Servando Cabrera Moreno a eternizar con su trazo

la sombra alargada y profunda de este creyón!

Ah, maricón, qué bonito escribes...

Papeles, gacetas cual gacelas, portadas aliñadas en Photoshop.

Practiquemos el doggie como buen bugarrón, luego te diré un versito, dame dinero,

una cátedra, alguna conexión en el Instituto Iberoamericano de Cooperación.

Serás el primero cuando construya el árbol del amor

entre nuestros cuerpos hermanos, nuestros fluyentes dorsales

que son Madre Patria e Hijo Fiel, rol daddy & son,

malecones de una misma mar: ¡a Santiago me voy!

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(enero 2006)

© David Lago González, 2006

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© 2008, David Lago González / Digital Art

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domingo, 19 de octubre de 2008

Correr sobre la nieve

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Aquí

seguimos como allá,

murmurando en casa

la otra parte de lo que decimos fuera.

No sé si es inercia

o la suma de innumerables virus para los que no hay antídoto.

Una mala costumbre, la vuelta al abejeo de las corralas

o síntomas de un deterioro adelantado.

Mejor cobrar en dinero, ese metal ya sin metal que todos adoramos,

a ser pagado con un destino en los ferrocarriles, o una posición

incómoda pero soportada por la resignación: la brisa quema

en lo alto de la silla desde donde se vigila el paso de los cruceros

donde otra vez se enamoran los más hábiles.

Con cuánta facilidad el cuerpo soporta una prenda más,

la piel se arruga bajo tantas capas

sin que el sol la curta en invierno o en verano

ignorando el placer que se siente

corriendo totalmente desnudo sobre la nieve.

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(Madrid, 19 de octubre de 2008)

© David Lago González, 2008.

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martes, 14 de octubre de 2008

Cuando sea mayor

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Cuando sea mayor, quiero ser intelectual,

pero no como Messié Julián, que además era “chic”,

tocaba el piano y todo el mundo sabía que

recibía el correo cubierto por un batín de seda verde.

Quiero tener la voz profunda, el andar pausado,

dominar la escena sin atragantarme con la oliva del martíni seco.

Y muy importante, quiero unificarme,

porque un ilustrado sin una unión detrás

nunca tendrá cabida en la nueva constitución.

El armisticio ya está pactado,

y se zapa desde siglos atrás el tono neutro

y sosegado, el olor del habano, el humito diabólico del café,

el encuentro atenuado del desencuentro,

ya sea en barraca o en una tacita de plata.

Ah todo viene tan bien... Ni siquiera

tienes que quitarte tú para ponerme yo: espacio

sobra,

como sobra Gorki después de usado bien,

al fin y al cabo el mismísimo Máximo escribió antes su propia historia,

y ése era otro docto unificado.

En todo caso, apañaremos un huequito en los libros de la academia

para las novísimas palabras del idioma que evoluciona,

como evoluciona

la mentalidad

de la intelectualidad.

Qué poética tan poco apalabrada, pensará Julián

si está despierto, pero pongamos a Dios de pretexto

para que no se vuelva a poner ese batín que le torna tan sujeto

al desorden y el relajo entreverado como una masa del puerco.

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Cuando sea mayor, quiero entonar mis versos

como un jilguero a lo Neruda, con voz presente pero lejana,

que eso da un eco como ausente.

Sencillo y sincero como en el léxico oficialista,

como si ambas cosas juntas sugirieran la discordancia

en otro lenguaje oficioso.

Espero, de mayor, leer lentamente

porque pensaré que la empleomanía no es

lo suficientemente sagaz como para seguirme.

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Cuando sea mayor, quiero ser mujer

y vestirme de hombre, a lo George Sand,

para luego casarme con un hombre como Oscar Wilde,

de lánguida mirada bajo los párpados caídos

que esperan lo inevitable del juicio: la terrible sentencia

del déjamelo ver Carlota-que no te lo enseño Juan.

Y luego, cuando ya todo sea bala viril, pétalo febril,

ingresar en el ejército rebelde

cuando deje de existir el bien y el mal

y los imperios de antaño sean las colonias de las colonias

que, unificadas como el intelecto,

dominarán al universo con una palabra y un gesto,

un gesto que no diré cuál, para mantener el “suspense”

y no el “suspenso”, aunque sí suspendido

el arco bucal en ese instante en que la garganta

argumenta un “¡aaaaaaaaaaahhhhhhhhhh!” quedo y prolongado.

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Cuando sea mayor, no quiero ser como yo.

Quiero ser intelectual, con ese intermedia y erre al final.

La barba dejarla crecer, y, si blanca no es,

decolorarla a la fuerza para conseguir ese efecto

que ya Bellow, en los 50, definía como “intelectualización de la imagen”,

y que afecta por igual al burgués melindroso

y al amanuense sudoroso de la fábrica de neumáticos.

Respuesta tener para todo, y mil colores de chaquetas,

que los tiempos son rameras disfrazadas de beatas

que en un

plis

plas

cambian el misal por el manual.

Ah, no ser nunca, de mayor, docta de cabaret como Madame Bacallao,

ni mucho menos “chic” y cantar baladas en el Monsegnor,

para no caer en la tentación de ponerme el batín de seda verde

que con descuido Messié Julián se tiraba sobre los hombros

para franquear la entrada a las buenas y malas del correo.

Y yo lo sé bien

porque mi primo Miguel Sotolongo Glez era cartero

y llevaba hasta su puerta las cartas de sus ahijados.

La oscuridad sonreía traviesa en las tinieblas

su luz conspicua y rechinante, y él bajaba del Foxa en un lift súper-rápido.

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© David Lago González, 2008.

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