Mostrando entradas con la etiqueta La Pequeña Historia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La Pequeña Historia. Mostrar todas las entradas

martes, 26 de octubre de 2010

Peter Pan

.

PeterPan-image (2)

.

 

para Kike (Enrique Agramonte Robles, 1949-2010),

que descanse como quiera

.

.

El hombre y la mujer

parecían angelotes recostados contra la armazón

a los pies de la cama de estilo “neo-colonial”.

A la mujer le gustaba definir el estilo –si aquello efectivamente lo era--,

no sé si con la secreta venganza

de señalar que la inspiración del hombre en el diseño de los muebles de la casa nueva

no había llegado a la habitación de su hijo.

Desde la posición del muchacho sobre el lecho,

la mujer estaba a la izquierda y el hombre a la derecha.

¿Le despertaron o se despertó?

¿Se despertó y se asustó de la custodia?

Nadie recuerda nada ya cómo fue exactamente la cosa.

El caso es que el muchacho pensó que pasaba algo grave.

Desde que aquellos hombres bajaron de las lomas,

no había día en que no pasara un montón de cosas,

y unas a las otras se atropellaban y no dejaban a nadie pensar con claridad.

Creo que a aquello le llamaban “Revolución”.

“No, solamente queremos conversar contigo

y preguntarte algo”, dijo la mujer al muchacho.

El muchacho quedó esperando, medio erguido sobre el colchón.

La mujer le dijo que sabían lo mucho que le había dolido

el encarcelamiento y la expulsión de sus maestros,

y cuánto había llorado por el hermano Pedro.

Que ahora existía la posibilidad de que el muchacho

pudiera de nuevo reunirse con él, pero en otro país que no era aquel.

El asunto consistía en mandarlo a él delante

y ellos le seguirían pasado un tiempo.

Primero la mujer, luego el hombre,

dijo éste en su idioma.

Posiblemente era la primera gran decisión en las hazañas del muchacho,

y le dejaban escoger. Años después comprendería la magnitud de la consulta

y agradecería a la vida por haberle hecho conocer

a aquel hombre y a aquella mujer

que tomaban en cuenta la palabra

de un simple mocoso de mierda que apenas pasaba de los nueve años.

.

El muchacho calló durante unos minutos.

Luego se volvió al hombre y le preguntó

si él realmente iba a seguirles hasta el fin del mundo.

El hombre afirmó nuevamente que sí, pero que antes de él

iría la mujer con sus manteles bordados, los sobrecamas primorosos

que ella misma había calado, la vajilla inglesa, las fotos

de toda la memoria anterior a aquel momento,

mientras él quedaba atrás liquidando los dineros, los deberes y los haberes.

El muchacho miró de nuevo a la mujer

y de inmediato volvió a encarar la mirada del hombre.

“No --le dijo al hombre--, tú no vas a hacer otra vez otro viaje.

Si no salimos los tres, no salimos.”

.

Y allí se quedaron, por los siglos de los siglos, amén.

 

.

(Madrid, 26 de octubre de 2010)

© 2010 David Lago González

martes, 19 de octubre de 2010

IMPUESTO REVOLUCIONARIO

.

 

.

 

El hombre llegó a casa antes de lo acostumbrado,

medio bufando y ensimismado en algo que le roía por dentro.

La mujer lo vio tomar una copa de balón,

echarse unas líneas de Domecq de la botella que guardaba en la vitrina

y sentarse a la mesa en su lugar de siempre.

Las sillas en aquella casa tenían nombre propio

y formaban un código que no debía ser violado

bajo ningún concepto.

Ignoraba las preguntas de la mujer

sobre la marcha de la jornada en los bosques de Cubitas.

A medio terminar, alzó su puño cerrado

y lo dejó caer con todas sus fuerzas contra la madera

haciendo añicos el cristal y desparramándose el líquido

sobre el mantel bordado, a la par que decía:

fillos de puta!

La mujer corrió hacia él con el escarceo de mil gallinas ponedoras,

y con un paño de cocina quiso contener la sangre

que brotaba de las heridas abiertas y todavía adornadas con picos de vidrio.

El hombre la rechazó

y cerró la mano todavía más para infligirse un dolor inmenso

y tan satisfactorio que compensara en parte la rabia que sentía.

En ese momento, el muchacho comprendió

que lo más conveniente era refugiarse en la saleta,

haciendo como que veía la televisión; allá se fue,

y comenzó a temblar pensando que la culpa de todo aquel enfado incomprensible

era suya y solamente suya;

repasaba las últimas jornadas, los últimos días,

y no encontraba razón para sentirse causante de motivo alguno.

La imaginación especulando por su cuenta es cosa mala.

La sangre, los cristales rotos, la exclamación en gallego mal sonante,

la sensación de descubrimiento que vio en los ojos de la mujer,

eran asuntos nuevos para él.

Entonces recordó el sonido del puñetazo sobre la mesa,

y un nudo en su garganta se deshizo

para dar paso a unos sollozos incontenibles.

Y se fue quedando dormido frente a la pantalla

y los muñequitos de Looney Tunes.

.

No se sabe cuánto tiempo después sintió una mano revolviéndole el pelo.

Era la piel suave de la mujer.

El hombre se había recostado en la cama.

-o-

Unos años más tarde supo que aquel día

unos barbudos revolucionarios habían puesto precio a su cabeza.

.

O sea, efectivamente, la culpa era suya.

.

Luego, un día futuro de pasados recuerdos,

el mantel manchado de sangre

fue consumido por el fuego.

.

(Madrid, 19 de octubre de 2010)

© 2010 David Lago González

lunes, 15 de diciembre de 2008

Razia (A rapa das bestas)

.

www.jpereira.net info@jpereira.net

(C) J. Pereiro

.

Cuando los mercenarios llegaron, las puertas del colegio

fueron abiertas de par en par, y todo el mundo, incluido el muchacho,

salió corriendo a su libre albedrío.

Cuando llegó a la casa, la madre se sorprendió

y entonces sintonizó la radio del país.

Alguien malo había invadido el territorio

para crear allí “una cabeza de playa”.

El muchacho se alegró del asunto porque así no habría escuela en varios días,

y recogió del pasillo un pasquín que había caído de una avioneta;

casi ni pudo leerlo porque la madre se lo arrancó de las manos,

lo metió dentro de la casa, y comenzó como loca

a cerrar todas las puertas que daban al cielo abierto.

El muchacho recordó otra ocasión de cerrar puertas y ventanas

en pleno día, y esta segunda vez tuvo el presentimiento

de que aquel repliegue al escondite era una metáfora

que se repetiría con frecuencia a lo largo de su vida.

Por fin llegó el padre y contó lo que pasaba fuera:

“se están llevando presos a los hombres de la cuadra”.

La madre invocó la mediación del Altísimo,

y todos nos quedamos esperando el sonido del timbre

o el golpe seco del aldabón. Pero por algún misterio indescifrable,

fue haciéndose el silencio y la tarde dentro de la casa cerrada

y nada sucedió.

De aquella cuadra se llevaron a casi todas las bestias

con destino a una caballeriza desconocida.

Incluyeron hasta los percherones, y con total indiferencia

hacia las variadas muestras de la raza equina, recogieron

criollos —blancos, negros y mestizos—, gallegos, catalanes, vascos,

y hasta algún ejemplar asiático.

No podían llevarse nada. Aquellos que por alguna desgracia

consumían pienso aparte, o algún tipo de hierba especial,

tuvieron que asumir el mismo rasero.

El muchacho recuerda el himno nacional,

y todos los adyacentes como los cayos,

chillando infinitos desde la garganta de las nubes.

Posiblemente allí comenzó su aversión a los símbolos.

O tal vez antes, quién se va a ocupar ahora

de medir el daño tras la corteza cerebral de un sobreviviente.

.

La madre salía de vez en cuando a consolar las amigas.

Siempre volvía con más miedo. ¿Qué iban a hacer con sus hombres?

El muchacho recordaba que había visto cosas así frente al televisor.

.

A los tres o cuatro días, los caballos fueron volviendo a la cuadra.

Como tantas otras veces posteriores, el muchacho recuerda ahora

que los rocines no dijeron ni una sola palabra

del establo grande al que les habían llevado.

Pero en “a rapa das bestas”, todos quedaron marcados para siempre,

y la libertad que albergaba el bosque nunca volvió a ser la misma.

.

(Madrid, 13 de diciembre de 2008)

© 2008 David Lago-Gonzalez

Etiquetas de Technorati: ,

sábado, 13 de diciembre de 2008

Barrio (1)

La puerta de mi casa está abierta.

Un imaginario portal la circunda.

En uno de los últimos balances

que dejaron los americanos antes de marcharse, se sienta la madre.

Padre prefiere la silla de su bureau

y se acomoda a horcajadas, bajo el álamo,

como si se sentara sobre un taburete de piel de chivo.

El muchacho ocupa su lugar en el quicio,

intermitente las tres alturas

como si en el culo llevara hormigas

o semillas de cundeamor, ya le pica la pubertad.

Cruzan la calzada Bibín y Liliam,

y el hombre se queja del siroco de la tenería:

“La cosa esta noche está arrequitanda” —dice,

desordenando las palabras como solemos hablar nosotros—,

y el muchacho imagina una pradera

cubierta de pieles de vacas que al ir secándose

van apellidándose cueros.

El muchacho saca sendos balances para la visita nocturna;

son balances típicos, de estilo “colonial” pero diseñados por el padre,

que es como un hombre-orquesta, o un hombre nuevo.

Y Liliam cuenta que hoy ha tenido una sorpresa doble

pues han llegado noticias de la Lily y de Mayito.

El muchacho los recuerda de cuando él era niño:

la Lily con una falda color mamey, rellenada de sayuelas

que al rozarse entre sí comenzaban a entonar un coro de doo-bee-doo-ah;

y Mayito engominado, como Fabio Testi

en el Jardín de los Finzi-Contini, también con el misterio y el encanto

de los que pronto van a huir por un río de difícil retorno.

Liliam cuenta pormenores, alegres detalles de lo que le dicen sus hijos,

y el muchacho le pide que les hable de New York y del extranjero.

La madre y el muchacho admiran a Liliam porque es una mujer de mundo

y cada noche, a pesar de las pestilencias circundantes, es un viaje

al vasto e infinito territorio de la milésima segunda o tercera maravilla

por donde les conduce esta mujer que, para colmo de la perfección,

recrea y crea unos brownies personalísimos, inolvidables.

Todo continuará mañana, según Dios lo crea.

Dicen las mujeres. Y el imaginario portal se recoge y se guarda

en la secreta oscuridad del borsalino del hombre-orquesta.

.

(Madrid, 12 de diciembre de 2008)

© 2008 David Lago González

Etiquetas de Technorati: ,

jueves, 2 de octubre de 2008

Dios nos ampare

.

Cuando era niño, mi madre contaba

que las mujeres, al pegarse candela, comenzaban a cantar

como los ángeles.

Imaginaba ella que sólo así podían mitigar

el dolor que el fuego esparcía por sus carnes.

Había otro tipo de mujeres, decía ella,

que esperaban a que sus maridos

estuvieran bien entrados en el sueño de la siesta

para regar abundantemente sus cuerpos medio desnudos

con el agua pesada del luz brillante,

rascar un palillo de fósforo contra la lija

y lanzarlo hacia aquel bulto que quería huir de la duermevela.

Yo imaginaba que esto sucedía en un pueblo de campo.

Yo imaginaba que la segunda mujer tenía que ser muy rápida

para lograr hacer todo aquello a un mismo tiempo,

y salir corriendo descalza hacia la cocina de la casa.

El suelo de la primera habitación de la casa,

donde la primera mujer y la segunda jugaban con el fuego,

era de losetas también abrillantadas por el kerosene.

Pero a medida que corría hacía atrás (la segunda mujer)

el suelo iba haciéndose de tierra,

y en la cocina terminaba siendo tierra colorá de la zona de Cubitas.

La primera mujer cantaba que hacía muchos años

una mujer había matado a su marido mientras dormía,

y su voz era cada vez más fina,

como un pabilo espigado hacia el cielo.

.

(Madrid, 2 de Octubre de 2008)

© David Lago González, 2008.