miércoles, 31 de marzo de 2010

Paranoia

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André Kertész - Budapest, Hungary, November 1914

 

André Kertész - Budapest, Hungary, November 1914.

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Envejece mal, y además es pobre.

Escribió una mano viperina lánguidamente maligna

a la sombra de unos árboles

donde los adictos hacen sus transacciones con los mercaderes.

Como una rosa tatuada, escribieron esa frase sobre mi pecho.

Me sentaron a la mesa de una terraza en la Plaza de Tirso de Molina

atendida por un par de aves criollas de corral que allí trabajan

de meseras y se lanzan las órdenes una a la otra

con acentos de lodazal y palabras carcomidas por el mal uso.

Me sentaron allí un par de veces: una, yo solo;

la otra, me acompañaba una persona que venía del extranjero

y olía a piel empercudida de tabaco, alcohol y noche loca.

¿En cuál de las dos ocasiones argumentaron la escena?

Envejece mal, y además es pobre.

Sí, son dos pecados de los cuales no me puedo defender.

Describían todo el paseo, cómo

me sentaba en uno de los horribles trozos de hormigón

que hacen de incómodos bancos, cómo leía el periódico,

cómo tomaba el café. O la cerveza.

Me llamaban triste, desdichado, poca cosa,

y se disfrazaban de perros, de señoras con carritos de compra,

de gitanas que vendían fruta en una carretilla,

de la chica sin dientes que intentaba encender una papelina,

de vendedora de flores,

de insecto que atravesaba toda la plaza

esquivando los pies que lo ignoraban.

Pero allí estaban. Otra vez.

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Ha pasado el tiempo.

De vez en cuando acaricio la rosa tatuada sobre mi pecho:

“Envejece mal, y además es pobre.”

Dos verdades como un templo.

Mas, finalmente, pago al mezquino espía

con versos inalcanzables a su maldad voraz.

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(Madrid, 20 de marzo 2010, 3:46)

© David Lago González

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Siempre hay una razón para mirar atrás

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Isel Rivero

(una conversación)

martes, 23 de marzo de 2010

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Quisiera encontrar en mi memoria

alguna historia alegre

para contártela ahora mismo

y que no te duermas para siempre.

Sé que te vas si cierras los ojos.

Y mira que yo tengo tantas historias de cosas cómicas;

cientos, miles de archivos de recuerdos hilarantes,

anécdotas de cuán absurdo y loco es el mundo,

brincadeiras que te harían morir de risa.

Y, sin embargo, la cabeza se me queda hueca.

No sé quién me ha robado los recuerdos.

Estás tan cansado que hasta recordar

se convierte en imposible.

¡Cuánta tristeza, Señor, dormirse al clarear el día!

Échate a un lado mío, se tú mi fantasma vivo.

¿Te acuerdas? En las primeras noches

aquel fantasma de tu pasado

entraba y salía del armario

porque su puerta se abría sola.

¿Se abría sola y él aprovechaba para salir o entrar?

¿O era él quien la dejaba abierta?

Y uno, salta de la cama cada dos por tres.

Y, de pronto, en medio de un abrazo,

la puerta del armario que crujía, y ya,

ya está otra vez este fantasma de tu pasado importunando.

¡Ay, fantasma, fantasma, no fastidies más!

Puras tonterías con que reíamos tanto…

Y aquella otra noche cuando íbamos al restaurante siciliano,

íbamos burlándonos de cuán trabajoso resultaba hacerlo

con ése que no paraba de mirarse en la comisura del “vánite”

y al tomar San Bernardo de pronto nos chocamos con él,

que, por no saber qué hacer, nos saludó a los dos;

y nosotros nos morimos de la risa ahí mismo.

Y después, cada vez que nos acordábamos de aquello,

nos moríamos más, otra vez,

y más, y más.

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Y más.

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Clarea el día, la puerta del balcón abierta.

No permitas que cierre ahora los ojos.

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© 2010 David Lago González

(Madrid, 23 de marzo de 2010)

miércoles, 17 de marzo de 2010

A day in the life of a fool

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Jaroslav Beno_Last harvest

Jaroslav Beno_Last harvest

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Se despierta a las siete.

Toma las pastillas para subir el ánimo y las pastillas para amortiguar la angustia. De paso toma alguna vitamina porque sabe que en el momento de comer de pronto se obstinará en no hacerlo como a un asno que le arrean y aguanta estoicamente los palos sobre el lomo.

 

 

Luego se acuesta. Escucha jazz, mucho jazz.

También se ha comprado las últimas canciones de Paul Carrack.

La música antes le ayudaba a dormir, hoy le impide dormir.

Pero cualquier cosa se lo impide por la noche: una sombra que cruza, un pensamiento que divaga, una obsesión que quiere acometer, la impotencia de no poder llevar a cabo un crimen. La cobardía de no asumir que ya la vida no le aporta nada y que debe poner fin con dignidad.

Mas eso suele suceder por la noche, y ahora estamos en la mañana.

Debe levantarse, lavarse, incluso ducharse ¾cosa que no hace todos los días¾.

Una persona con la que se acostó hace mucho tiempo le sentenció que se estaba abandonando, aun cuando ese abandono no había comenzado seriamente. Tal vez quería prevenirle de cosas que él no veía. Tal vez era un poco brujo: su olor a coñac y su amarga sombra parecían tener que cargar con un gran peso a su espalda.

Pero él no supo distinguir la advertencia y siguió su camino ladera abajo.

Ahora tiene que levantarse. Invoca a sus muertos para que le den el empujón final.

Debe trabajar algo, algo relacionado con cuentas que no le interesan, con sociedades por las que no sentiría el más mínimo pesar si quebraran.

A fin de cuentas, toda su vida ha quebrado.

Cree amar a una persona,

pero ya tampoco eso es suficiente; y tiene que compartirle, cosa que le compensa y le insatisface. Ama hasta donde le dejan amar, como si fuera un perro que conoce los límites: ¡fuera de casa: al cobertizo, a esperar a que el búho, con sus grandes ojos siniestros, corte en dos la noche!

Paga por amar, paga por no estar solo, paga por vivir; y va amortizando el crédito con su propia vida.

(Madrid, 1997. 1 de Septiembre)

© 1997 David Lago González

domingo, 14 de febrero de 2010

Castigo

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The Incomplete Cloth (ink on paper)

Richard A. Kirk (The Incomplete Cloth (ink on paper)

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a Carlos Victoria

 

Luego están los crímenes sutiles.

Esos que nadie toma en cuenta,

los que no puntúan en los baremos de la sangre violenta.

Los jueces y la numerosa legión de funcionarios

comparten la obsesión por la huella física

que llevó a Santo Tomás a meter su dedo

donde antes estuvo un clavo en la palma de una mano.

Pero ¿en qué queda lo demás?

¿La hiel en los labios?

¿La mofa de la soldadesca pinchando el costado?

¿Lo que no se ve?

Ah, qué mente tan soberbia y diabólica

la que oculta la herida que no mata

pero que no deja vivir.

Ante la vulgaridad del golpe,

ante la evidencia que deja la bala,

se convierte en una sangre enferma

que viaja por todo el cuerpo sin hacer ruido,

sólo percibida por aquel que siente el gorgoteo

en cada recodo de sus venas.

Por eso no tienen castigo, ni siquiera comprensión.

Castigo es el que muerto sigue vivo.

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© David Lago González, 2010.

(Madrid, 14 de febrero de 2010)

sábado, 13 de febrero de 2010

(Definición de) LA POESÍA, según Antonio Muñóz Molina

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  La poesía es un estado de máxima intensidad expresiva que muchas veces está ausente de los libros de versos y sin embargo puede saltar como un chispazo en medio de una novela, o en una música, o en las imágenes de una película.  La poesía es aquello que sólo puede percibirse con una forma peculiar de atención, algo que está materialmente en el sonido de las palabras pero también en el silencio y el espacio en blanco que hay detrás de ellas y en la resonancia que provocan.  La poesía es un primer impacto que ha de ser continuado por una larga revelación, por la conciencia de un significado que es a la vez más claro y más misterioso en cada lectura y nunca se repite idéntico.  La poesía es para ser leída en silencio unas veces y otras veces en voz alta, y su lectura no se acaba nunca, ni siquiera cuando nos sabemos los versos de memoria.

(C) Antonio Muñóz Molina

http://heribertopenthouse.blogspot.com/2010/02/una-de-las-mejores-y-mas-completas.html

domingo, 7 de febrero de 2010

Versos en torno a un cuerpo desnudo que se aleja entre las ruinas de Port-au-Prince

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                              (basados en la foto “Desnudo en Haití

                              realizada por Santiago Manuel

                                      fotógrafo del diario El País, España)

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CristobalManuel,ElPais_Desnudo en Haiti

© Santiago Manuel, El País

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La imagen desoladora de ese hombre

que desnudo se aleja sorteando los escombros de su ciudad

es el epílogo con que se cierran los grados del cataclismo

en los inútiles aparatos de medición

que de nada sirven cuando la tragedia viene desde tan lejos,

desde tan hondo, desde tanto olvido acumulado

del que todos los mercaderes se han aprovechado,

y ahora utilizan para sumar más mentiras y promesas

a un polvo sin destino, pero con memoria,

sólo que la memoria únicamente pesa para los desgraciados

mientras que para los que con gracia ofrecen su mano

pronto se esfumará, o se convertirá en el anillo de oro y amatista

que adorne el dedo de cualquier funcionario de estado.

Es un cuerpo desnudo, precioso y perfecto ébano restañado

entre la basura del fin del mundo,

y es la obra más depurada de ese arte exquisito de jugar con los deshechos.

No la ha esculpido el hombre, sino la vida, la tragedia.

La gran prensa civilizada ya la ha etiquetado

como la figura de un loco que escapó de su hospicio,

pero puede que sea un simple hombre que ya no cree en nada,

al que le da igual deambular vestido que desnudo,

porque a su puerto ya no arribará príncipe alguno

y la subsistencia del vasallo es solamente un acuerdo quebradizo

que cruza innumerables despachos, de boca en boca de infinitas palabras

al acecho de que la primera oportunidad del próximo desastre

les ofrezca la manera más oportuna para salir del compromiso

bajo el paraguas de una nueva buena (y falsa) intención.

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© David Lago González, 2010.

(Madrid, 7 de febrero de 2010)

jueves, 4 de febrero de 2010

Eternidad

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Paris, 2009_Looking for Eternity

© David Lago-Gonzalez 2009_Paris (Looking for Eternity)

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A los amigos

que están entre la vida y la eternidad

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Nos han enseñado algunas cosas.

Nos han dicho, por ejemplo, que la eternidad es cosa de Dios

y que posiblemente no tendremos percepción de ella.

Sucederá en alguna parte, o en todas partes a la vez,

o no sucederá tal como podemos imaginarlo ahora como mortales:

en fin, la cosa difícil se presenta.

Pero yo me contradigo (aunque ya no “me opongo1)

en esos eternos minutos de soledad: si he vivido un suspiro

(y añádase “en un suspiro”) y al tiempo exacto de decir esto

me aseguro y me reitero y no me contradigo (aunque sí “me opongo1)

que también he vivido una eternidad, cómo explico a mis pupilos

(egresados todos de universidades de larga distancia,

lontano d’iochi, lontano dal cuore, e (...) lontano da me2,

y de colleges de educaciones especializadas en casos perdidos),

que ambas cosas tan disímiles son lo mismo.

Volvamos al principio, o tal vez al final.

Si una eternidad de la que no tendremos noción, o no la tenemos ahora,

nos sucederá, y a la cual parece que no podremos oponernos,

lo que tal vez la hace más inaccesible a nuestro razonamiento

en este preciso instante en que sí vivimos otra eternidad

con pleno derecho de contradecirnos o no, e incluso de oponernos,

cómo sabremos qué, cómo, cuándo, dónde.

Si ya en ésta no hemos contado mucho, en la otra

el cero que seremos quedará ya fuera de toda izquierda.

Si finita es ésta mas la otra carece de final,

y si aún sabiendo que puedo poner término a la actual,

mis gónadas (úsese el término a la manera de “coraje”)

no han escalado lo suficiente los misterios del pensamiento

como para tomar una decisión trascendental, qué sabré de la otra

si me está vedado lo racional hasta que no finiquite la actual eternidad

que no pasa como tal sino como cotidiana existencia

llena de trasuntos, pesares, alegrías y sorpresas,

y un beso nos parece eterno y una mano el agujero por el que caemos

hacia la otra vida y ese súbito desprendimiento consideramos desastre,

un minuto, un segundo atroz, y esta vida de ahora que no se llama eternidad

según los libros pero sí puedo oponerme y pararla, mas no la otra, la verdadera,

la única, la gran desconocida,... pues, qué pasa..., qué me has enseñado entonces.

¿Me has tomado por otro estudiante de educación especial a larga distancia?

¿A mí, que estoy tan cerca de ti?

O que você vai fazer? O que você está rindo, idiota?

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(Madrid, 8 de octubre de 2004)

© David Lago-Gonzalez 2009

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1Parafraseando una canción de Pablo Milanés.

2Parafraseando una canción de Sergio Endrigo.

martes, 26 de enero de 2010

Diez minutos

 

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para Oscar León Morell

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...más me alegra este regocijo promiscuo.

Konstantin Kavafis

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El sexo era un magnífico nivelador, aunque sólo durase de diez a treinta minutos.

Christopher Bram

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Plaza de Chueca

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Las voces del ayer guardan la distancia del infinito,

pero con igual intensidad se escuchan las de hoy; y las de este mismo instante,

cuando pienso en estas palabras y las mascullo,

forman parte de una indiferencia tan profunda

como un río de lava que se mueve por lo más oscuro de ti y de mí,

y alcanza a todos, y petrifica el ágil movimiento.

He enterrado a todos mis amigos, y he asesinado a mis amantes más antiguos,

porque antiguo es aquél que maté hace treinta años

y antiguo es el que ahora comparte mi lecho. Pretérito será el de mañana.

Yo no estoy aquí, y mucho menos allá;

muchísimo menos, mucho más allá,

en la noche de un cielo futuro que espera tus besos.

La mesa en la plaza está desierta, y a ella me siento,

y nadie advierte mi silencio, que es presencia y compañía.

La mirada se percata al fin de que la velocidad la supera,

la velocidad hacia atrás, más allá de los ojos, más allá de todo recuerdo.

¡Cuidado de confundir este mutismo

con la estúpida parafernalia de la nostalgia y la niñez!

¡Cuidado de confundir esta mudez con la carencia del diálogo!

¡Cuidado, imbéciles, de tomar esta balsa por un naufragio!

¡Cuidado de creerte que soy todavía el mismo!

¡Guárdate de pensar que tengo salvación

y que volveré otra vez a procurarme tu esmero!

Tú estás muerto, ¿es que no has reparado en ello?

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(Madrid, 21 de junio de 2001)

 

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If you want to be a real man you have to fck any hole and tell all your friends about it. As long as you take good care of your family and children you can do whatever you want. Have fun with your male buddies. Spread your genes and be proud of your virility, masculinity and your dick. If you fck a man you only do it because you have to get it off somehow. Let these used holes pay for your service. When you are young you get initiated by mature men who will fck you. When you experience it yourself you will learn how to do it like a real man. But never get addicted to the receptive role and get out of it when you grow up! To be a real macho man you have to keep your honour. Never get fcked yourself and never show that you actually like it. This is what you tell and belief. What you do can be something different ―as long nobody knows and nobody talks about it.

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Stephen O. Murray & Will Roscoe

(Islamic Homosexualities. Page 17, Part 1 “The will not to know”)

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A Noite

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Y después del Pulccinela, ¡a las putas!

Meretrices con pingajo, pero putas al fin y al cabo.

Foráneas y nacionales, insulares o de tierra firme,

van de la noche a la toilette y te lanzan un besito con su boquita de piñón.

Las hay de cuna de cerezo y manzano, olorosas todavía a talcos de luna llena.

Otras han cruzado el Estrecho por el angosto pasadizo de una rama de hierbabuena.

Como hormigas. Como hormigas, con el perdón de su honradez,

proliferan desde el bolsillo al falo, de la boca a la cartera.

¡A las putas, a las putas! ¡Todas son falsas, pero son muchas!

Fíjate en los dientes, recuerda la manera de proceder

de nuestros ancestros ibéricos, los buenos mercaderes de esclavos.

Ábreles los morros y mira bien la línea de las encías,

la blancura del hueso que ni siquiera se hincará en tu carne.

Yo soy Pedro, el negrero. En mi bolsillo guardo una bolsa de maravedíes.

Pero no les quiero para ninguna plantación en el Caribe.

Aquí no hay otro trabajo que mi cuerpo y lo que precise,

pero estas putas viven equivocadas, piensan al revés:

ilusoriamente creen que la faena está en sus formas.

Más que por el sudor,quieren

que se les pague por la presencia de una estatua

que ni siquiera llega a ser la falsificación de una griega.

Baratijas de favelas y zocos, a lo más alto que han llegado

es a vestirse con una piel que se mira al espejo.

Un asunto de basureros. Y como basura odian contenido y continente

porque en ambos su propio olor se refleja, les devuelve a una verdad que no aceptan,

a la negación que les colma de abominación y resentimiento.

No son menos que quienes les usan y los tiran.

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(Madrid, 16 de mayo de 2002)

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Pier Paolo Pasolini

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...y un muchachito corriendo por el asfalto tibio de la alameda

me posará una mano

sobre el vientre de cristal.

Pier Paolo Pasolini

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para A. N. R..

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Descampado yermo con fondo de luna yerta.

El acero del suburbio en cada ojo y en la mirada de la noche el peligro de la sorpresa.

Un poco más allá, tan sólo, el árbol

contra el que Nadia* se recostó y abrió sus brazos en cruz

para que Salvatore* la penetrara hasta la muerte.

A mi cama vienen en la madrugada treinta años tatuados sobre unos bíceps

que dicen ser de Badajoz, o de Torino, o del oscuro barrio del Diamante en Camagüey,

o de una casa con olor a humedad de las afueras de Roma,

y piden sólo "la voluntad", como el mendigo a la puerta de una iglesia,

sin saber que para mí la voluntad es algo que se confunde con la vida y con la muerte.

No respeta las pautas del placer porque precisamente quiere complacerme:

su sentido del deber le obliga a estar a la altura de mi voluntad.

No sé si adivina que mi placer ya pasó cuando le vi desnudarse.

Cuando paso mis manos por las perfectas columnas de sus piernas, le recupero brevemente.

Cuando me besa insaciable lo mejor que puede, me apena la fuerza

con que busca la perfección entre el tropel de labios.

Cuando su barba de tres días hincaba mis genitales con suave tortura,

volvía a recobrarlo con la violencia del dolor.

Cuando todo cuanto hacía y decía se hacía inútil,

mi placer era mirar sus ojos, grandes como la luna extremeña,

tornándose indescifrable sobre el jeroglífico escrito en sus brazos;

y mi voluntad era ser yo quien compensara su simplicidad

no cargándole con la complicación inexplicable de mis deseos.

Mis sábanas eran el descampado donde el poeta encontraba la muerte.

Él era sólo alguien que abandonaba un cuerpo agonizante,

aficionado al abismo y seducido por la noche sin remedio.

Y al alba, después de indicarle el camino que retorna a Madrid,

volví entonces a la última de mis voluntades: unos versos

en honor de aquél que daba a los sementales

las manos que les faltaban para adormecer el dolor sobre el cristal de su vientre.

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*(Personajes de "Rocco e sui fratelli")

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A sua presença

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para Christrian, en defensa de mi amigo

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Diosecillo engreído, sin alas y con bisagras

que el tiempo hará mohosas,

que tan pronto necesitas como rechazas,

y tanto gozas y tanto ganas tanto lamentas y odias.

Lleno de barro asquea el espejo y lo cubres con crema,

dos gotas de Kouros a cada lado de la nuca,

axila soplada por el aliento de Carolina Herrera.

Un toque obstinado de casi eterna adolescencia

que nunca será perpetua, como tampoco vida alguna,

sino sólo un vano dilema entre la mortalidad y los olimpos.

Fruta para y fruto de la carroña, hedor sentirás en tus horas muertas

brotando de un cuerpo que crees único, o al menos merecidamente privilegiado.

Tanto quieres ser querido tanto rehúsas dar de ti algo más que esa fina piel que le cubre.

Tanto vives una noche tanto fenece el horizonte.

Allá, a lo lejos, una presencia, algo,

que fue, quizás, un difuso punto,

tu presencia.

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(Madrid, 24 de abril de 2002)

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La troika de los espejos

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Pasa la dulce juventud y pasa su locura luminosa, y, al  hombre, ¿qué le queda? Pena tras pena, un dolor en pos de otro. ¡Los males que acumula: muertes, contiendas, luchas, combates, envidia! Y, como don final, la vejez fría, horrible, ya sin bríos, sin poder, sin amigos: mar a que fluyan en concierto indigno todos los infortunios.

Sofocles

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Unos sesenta años, unos sesenta kilos, la vejez al otro lado de la puerta; ropa interior que huele a desinfectante. Éste es ahora, miradlo, el muchacho de cien páginas atrás.

Gesualdo Bufalino

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Tras la columna de cristal

coinciden la troika de las Supremas con la de las Sabias Supremas.

Van de tres en tres, tan malditas como ese maldito número

de la Rusia de Todos los Siempres, a buscar el cobijo frío del azogue.

Repulsivos mercaderes o débiles amantes de la perfección,

victimarios o víctimas son legión.

Buscan en lo más cruel de lo efímero su paraíso y la llama,

como coleccionistas obsesionados por la pieza que falta.

Romanos de colgante abdomen sorbiendo del pistilo de la joven soldadesca

antes de que Nerón prendiera fuego a toda Roma.

Hizo bien Nerón en su locura, no le culpéis, mas todo fue en vano.

Él mismo casi ardió entre las hogueras de palacio,

absorto en el hermoso pie que se acercaba a salvarle,

el tobillo robusto, ese tronco de vellos mediterráneos que escala el cielo,

la columna de moreno mármol que lleva hacia el pináculo...

y no sigamos, que el humo ahoga como la aurora.

Pero es noche de artificios, aunque noche al fin, en la troika de los espejos.

Lengua del lupanar en la boca de la más pequeña y en la del más barrigón,

y hasta la mojigata asoma su puntita.

La columna cubierta de miradas entrecruzadas, mejillas besuqueadas

con esa impostura de la cursilería del labio contra la piel

como patéticas damas de burguesía provinciana

pasadas por un baño de dorado liberalismo.

A punto está la crema para recibir el chocolate: apostaos, diamantes de Baia,

moros y cristianos, filósofos de gimnasio y sauna humeante.

Acudís a los caballeros como moscas al culo de las mulas.

Y así perseguís las vísceras porque sabéis que en ellas encontraréis el sustento

para vuestra cobardía de enfrentar vida y consecuencias

haciendo de la informe y muda roca un rostro para recordar.

Es otra forma de vivir y morir con rapidez, ser sábana de una noche,

ser nada para el resto del tiempo.

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(Madrid, 6 de mayo de 2003)

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Elogio de la vendimia

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para A. N. R.

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Adivino que no te dedicas en fría profesión a la vendimia de tus vides.

Adivino que simulas,

y te traiciona una entrega desmedida hacia el ósculo,

a tornarte cariñoso y afable,

lo que no es usual en los que a su carne ponen precio.

Vas con demasiada prisa a darte, a sonreír,

a susurrar palabras agradables, en vez de limarte indiferente las uñas

mientras la boca ajena hurga en la arena del desierto la gota de agua del oasis.

No corras, no corras; ve despacio.

No soy yo quien debería enseñártelo, ya tú tendrías que saberlo.

No basta con ahogar la boca del adversario con tu lengua.

Comienza por el cuello y conviértete en un gato que lame la piel bronceada de la vendimia.

Recréate de un pezón a otro como si se tratara de un truco de Houdini.

Y baja, y baja. Baja hasta que ya no encuentres fondo.

Hay que llegar abajo para comenzar de nuevo por arriba.

Da la vuelta. La nuca es el capitel de la columna.

Primero, con la punta deshuesada,

desciende la escalinata de la espalda hasta el foso del castillo,

y luego salta de nuevo al capitel e híncale los dientes,

y "a dentelladas secas y calientes" (recuerda a Miguel Hernández)

llega de nuevo al agujero que sabiduría guarda,

cambia lo óseo por algo más suave,

y déjate meter dentro como una estrella en el cielo de la noche.

Sin dejar que se vuelva, gira forzando la columna sobre su eje

y entrégate al juego, que juego es y no amor

lo que estás dando y lo que de ti esperan.

Entonces, bruscamente, gírale boca arriba,

mirando el techo, mirando el cielo, la noche, el mundo,

buscando en la Capilla Sixtina otro cuerpo capaz de igualarte.

Lamentablemente, en la última subasta,

malvendí aquel jarrón de la dinastía Ming

donde tan bien podría haber ocultado tu gran tesoro.

Así es la vida: "pena, pero también sorpresa"*.

Esta noche traes las manos negras y arañadas por la rudeza de la tierra.

"La vendimia en Badajoz" ―dices―.

Pero los ojos enrojecidos no los produce el sol: esa nube

de irritada alegría que les atraviesa no la provoca el viento.

Qué misterio que existe y no quiero saber.

Con qué barba mal crecida

pretendes venderte a la noche exigente de los polvos sofisticados.

Sólo un loco como yo, ve en ti una confianza que no teme.

Pero lamentablemente, en la última subasta,

malvendí aquel jarrón de la dinastía Ming

donde podría haber guardado tu pena y tu sorpresa,

y hoy es demasiado tarde, amigo, para rastrear la huella de la puja

y recuperar algo, si es que queda, de aquella hermosa y trabajada porcelana china.

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*William Shakespeare

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Mon petit Baudelaire

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Un demonio, al nacer, me dio el arte cruel

de ensangrentar la pena y de escarbar en la herida.

Charles Baudelaire

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La palabra es un pétalo; y el verso completa la silueta de la flor.

El caprichoso fluir del tiempo pone en su corona

las dos gotas necesarias de la alquimia

para hacer su perfume suave y dulce, o simplemente repelente.

Mi pequeño Baudelaire

hace ya mucho tiempo que comenzó a armar el ramo

como si de la infantería sacrificable se tratase,

traspasando el horror vacuo de toda existencia

hacia el frágil espanto del escondite secreto donde oculta y enseña su alma.

Confundió el afuera con el adentro,

y estar fuera o dentro es cuestión de instantes, de pinceladas veloces

que tan pronto convierten el lienzo en sol o luna;

desagua en las bocas de la noche, sobre tibios culos palpitantes,

y pretende sin pretender, asustar a quien acompañe al Príncipe de las Tinieblas

perdiéndose en un discurso infinito sobre la ausencia del color.

Ha maniobrado por tan peligrosos abismos

que evocarlos le devuelve el disgusto de sí mismo, dice,

y dice: “En nuestras mentes se agita un pueblo de demonios...”

pero tan pronto se percata, acude a Rilke en busca de una legión de ángeles.

Posiblemente morirá enredado en un hilillo de nieve

cuando suba la marea de agave por la noche

y no sabrá que ha muerto, y no sabrá que ya había muerto mucho antes,

escondido en ese olvido que bendice como refugio ante el mundo,

y sólo se dará cuenta cuando nadie le diga nunca más

que le ha visto la víspera en una calle de Madrid.

Quiere infundir miedo, y basta la hoja seca de un chopo para matarle.

Mi pequeño Baudelaire

sólo posee una daga roma para malherirse, y no sabe

que ya hace mucho tiempo que dejé yo de maltratarme con tan mohosas armas:

ha removido las sombras de mi espejo,

y de tantos otros que he visto perderse y salvarse, salvarse y perderse,

y no me da miedo, nada me da ya miedo,

ni siquiera este pequeño y enloquecido ramo de flores del mal

que pinta y vuelve a pintar sobre un lienzo imaginado

que nos quiere mostrar, insiste en mostrar,

no olvida pedirme que le busque un sitio para mostrarlo,

para enseñar sus colores a ese mundo que desprecia, e insiste

e insiste, una, dos, muchas veces, y en esa insistencia

desnuda el lado débil del suicida: la vida esta allí, a sólo un palmo suyo,

pero yo no estoy seguro de que esa vida valga la suya

y entonces, pues, para qué salvarle, en el dudoso caso de que tal proeza pudiese.

Mi pequeño Baudelaire también se llama Carlos

y esa noche me dijo que yo era un oasis

y mis ojos, limpios como los de un ángel;

cuando amaneció, descubrió su color verde y sonrió para decirme:

“Ahora sí los veo bien: son la mirada de Dios”

y como en un sorpresivo Miércoles de Cenizas, besó su pulgar

para timbrar sobre mi frente una cruz.

Y yo, sin posibles ni otras oraciones que ofrecerle,

qué menos puedo hacer que tributar su error con estos versos.

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(Madrid, 17 de septiembre de 2000)

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Black & White

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Now the smoke fills the air in this honky-tonk bar

and I’m thinking ‘bout where I’d rather be,

but I burned all my bridges, I sank all my ships

and I’m stranded at the edge of the sea.

James Taylor

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Bajando por la calle de Prim a las tres o cuatro de la madrugada,

borracho de sombras blancas y luces negras,

con lo negro sobre el blanco dentro de la cabeza

pugnando imponer alguna lógica, cuando más un verso,

cuando menos una pistola encajada en la boca deshaciendo los pensamientos,

inútiles, como tantas camas apenas tibias y apenas desiertas,

sábanas muertas de la búsqueda de algo, algo, algo, algo

que no está escrito, que no está dicho y que no sabemos qué es,

o no queremos saber, porque es mejor bajar por la calle de Prim

a toda prisa, como si en ello nos fuera el destino,

para poder continuar la nada y el todo,

sin que tampoco esperemos nada de las luces y las sombras

salvo eso: melodías del momento que ya no estarán mañana;

humo de tabaco;

gente que habla ¿intentarán decirse algo?,

y gente que ríe y sonríe y bebe y bebe;

chicuelos que bailan sobre la pista, o a tu lado, o en el baño,

moviendo sus aditamentos diferentes, los de arriba, los de abajo,

los mismos que usarán alguna vez para amarse

si descubren la solución de la ecuación y dan con un buen profesor de química

que sepa mezclar, por experiencia o intuición, los justos ingredientes en la probeta;

el brasileño Claudio

haciendo juegos malabares con mi botella de Movskoskaia;

Jose

con su colmillo de elefante atravesándole el lóbulo izquierdo;

los caballeros dejándose los cuartos

en sus cuartos de hora y sus cuartos de 15.000 pesetas,

absorbidos como mariposas nocturnas por el contraluz de músculos alquilados.

Hay que ser muy joven o muy viejo para creerse una mentira.

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(Madrid, 5 de agosto de 2001)

-o-

 
Plaza de Toros de Las Ventas

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Ah varón, desnudo yo te invito

a este asombro, tan mudo, que despierto.

Elena Tamargo

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Y sin embargo, me agrada que me digas

que soy la clase de hombre que gustas

y que despierto en ti lascivia en la noche calurosa de este incipiente verano.

Disfruto que compruebes que no te equivocabas cuando los ojos sobre mí pusiste

y lo exclames en voz alta para que las estrellas se enteren,

cuando palpas el falo, redondeas el glande,

castigas en tu puño gónadas y glúteos,

recorres el pecho donde los barcos se hunden,

y besas la boca, y muerdes los labios.

Y sé que no mientes. Y sé que este efímero momento vale la eternidad del amor.

Y sé que todo quedará en algo que pudo y por suerte no fue

porque precisamente ya lo fue en ese único segundo en que la tierra se nevaba,

y así quedará para siempre: cubierta por la nieve, y no por el barro.

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(Madrid, 21 de junio de 2001)

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Todos los poemas © David Lago González

("Diez Minutos" es parte del libro "Cosas de Hombres")

domingo, 10 de enero de 2010

Ejecución

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Regresé a Cuba para matar a un hombre.

Es un hombre que usurpó la voz de mi padre

porque he oído más la suya que la del muerto.

Es un hombre que nos cerró la puerta de la casa

en nuestras propias narices,

nos robó todo lo que teníamos y ahora trafica con ello.

Dicen que si yo regreso y exijo que me devuelvan todo aquello,

soy un desalmado, un egoísta, un burgués patético.

Pero él vendió todo lo nuestro al primer extranjero

que pasó por la calle; vende lo que roba, ¿cómo se llama eso?

Por eso, y por otras muchas cosas, quiero matarle,

y voy a buscarle hasta en los sueños más profundos,

hasta en las pesadillas más inquietantes e insólitas,

pero lo cierto es que nunca jamás me lo he encontrado por esas dimensiones.

Es tan real, tan perversamente real, que no existe ni en los malos sueños.

En cambio, si abro los ojos, a cada rato me cruza por el lado,

a cada rato me habla al oído,

a cada rato sigue recordándome cómo debo ser.

Y creo que ya soy un poco mayor para soportar eso.

Voy a matar a ese hombre

aunque para ello tenga que matarme a mí mismo.

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(Madrid, 10 de enero de 2010)

© 2010 David Lago González

miércoles, 30 de diciembre de 2009

LA FLAUTA JAPONESA

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Carmelo Jordá_MonteFuji (Shizuoka-izu)

 

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para mi querido amigo Mr. Nyoshun (Kurt Findensein)

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La melodía

asciende hasta la habitación de huéspedes

y allí se condensa como las nubes

en esos grabados nipones

circundando la cúspide de las montañas sagradas.

Cientos de piezas que parecen desligadas,

independientes en su propia unidad,

pero que todas llevan un único tema:

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Paz.

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Y la paz crece en mi corazón como la hierba,

y un crisantemo abre espléndido

al filtrarse el primer rayo de sol

a través de la ventana que da a Pemberton Street.

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(Hospital Ramón y Cajal 4C, Madrid)

(26 de diciembre de 2009)

© David Lago González 2009

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martes, 10 de noviembre de 2009

El Harém del tiempo

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garrafa

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Voy a comprar una casa para reunir allí a todos mis amantes.

Conservarán el tiempo en que les conocí,

la primera sonrisa, el beso más entregado,

la noche aquella de las confidencias.

Guardarán el tiempo en que, de una u otra forma, nos amamos.

Yo continuaré el mío. Y no conoceré otros,

ni volveré a ellos salvo en esos terribles momentos

en que necesito un abrazo.

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(Madrid, 10 de noviembre de 2009)

© 2009 David Lago González

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Villa Maristas, La Habana. Año del Señor de 1978

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A Short Lived Thing (silverpoint)

(C) Richard A. Kirk - A Short Lived Thing (silverpoint), 2008

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para Carlos Victoria Olivera

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A la mesa del restaurante (Veinte años antes)

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El miedo, que viste y calza nuestros actos,

se sienta a la mesa con nosotros.

Virgilio Piñera

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Cuando pregunta por sentarse quiere decir que ya lo ha hecho.

A la mesa del restaurante, es de súbito una intrusa

que asume entre nosotros la función de las copas y los cubiertos.

La subimos, la bajamos, la dejamos reposar en nuestros labios;

es quizá de este reposo de lo que se aprovecha

para hacernos cambiar el diálogo.

Irrumpe sin más ni más, como un trueno,

mientras a todo alrededor, impasibles, sobre el telón

se repliegan y se desdoblan la luna y el sol al cierre de cada acto.

En contra de todas las mudas objeciones, ella está aquí,

sobrepasando nuestras manos, nuestra voz,

el taconeo ahogado de las camareras

y el sonido de las botellas al chocar en la cubeta,

la benevolencia que nos hace coincidir a esta mesa

en la que inconscientemente separamos un lugar para esta amiga nuestra.

Y porque es más real que la misma realidad,

como un soplo puede borrarnos,

o puede al menos para siempre convertirnos en enemigos.

Basta con tirar del mantel en el que como vasos y cubiertos

nos confiamos al requerimiento de los comensales.

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(Camagüey. 2 de Septiembre de 1978)

© 1978 David Lago González

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Recursos (Veinte años después)

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"...and the bird can sing

but you can't hear me, you can't hear me."

George Harrison

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Podría haberse remontado a los tugurios nocturnos de Hamburgo de donde las viejas notas de My Bonnie salían flotando sobre el océano para refrescar el asfalto de la ciudad con sus chorros de agua nueva.

Pero para intentar romper el orden con que la bombilla siempre luciendo desvirtuaba las horas del día y de la noche, confundía y enloquecía el paso del tiempo, escogió, precisamente, el orden de empezar por el inicio público de los mitos.

Curiosamente, recurrió al orden para romper el orden,

sin deliberación posible, tal vez sólo por la fuerza irremediable a la que estaba acostumbrado.

"Ámame tú, que yo a ti también te amo"*: ¿se puede pretender más simplicidad, más inocencia, más ingenuidad, que confiar en que amar a alguien implique ser correspondido?

Los golpes precisos de Richard Starkey sobre la batería Diamond acentuaban y subrayaban el deseo más simple y más pretencioso de todo ser humano: amar y ser amado.

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Como si de peligrosos criminales se tratara, sólo habíamos visto sus rostros sobre el estampado multicolor de las revistas del enemigo; sólo les habíamos visto sobre el escenario montado por Santiago Álvarez para compararles con graciosos chimpancés circenses, denigrando aquella inicial alegría de la vitalidad a algo muy pobre en pensamiento.

En el principio fueron aquellas imágenes vejatorias las que nos permitieron verles bailar con Beethoven en las pantallas de las usualmente vacías salas de cine de los años sesenta.

Paradojas de la historia hicieron que aquellos "diez minutos del Horror" se convirtieron en diez minutos de placer y lozanía, y aquellos tristes cines se llenaron a rebosar de jóvenes inquietos, de pies que seguían el ritmo de la vieja canción de Chuck Berry con silencio estremecedor, de palmadas que no se atrevían a pronunciarse en sonidos, de contusiones contenidas entre el estrecho corsé de las butacas, de cómplices miradas que en la oscuridad se descubrían con una cierta libertad temerosa de su ilegalidad, pero sonriente, sonriente porque alguien más podía vivir en alguna otra parte, o morir, o pasar hambre, o cantar, "contonearse y gritar”*, aunque ello no representara la liberación de los pueblos oprimidos sino una simple, elemental y efímera etapa llamada "juventud":

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John, Paul, George & Ringo.

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"Ella te ama"*, sí, efectivamente, pero "debería haberlo sabido mejor"*: todo no iba a ser tan sencillo como la fugaz adolescencia lo presentaba.

Pero, por mucho que cantara, "no había respuesta"*: la pequeña habitación de Villa Maristas carecía de "alma de goma”*, pero sí mantenía su luz impía para que la cuenta de los días se convirtiera en tarea imposible.

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"Cosas que dijimos hoy"* tal vez no debieron haber sido dichas, pero cuando "el pájaro puede cantar"* ¿cómo hacer para que guarde silencio si es condición natural del ave expresar sus sentimientos a través de su pico, aun, incluso, a pesar de estar en jaula de utopías o anillada a la búsqueda de lo perfecto?

No se podía cantar la canción que tú eligieras: era necesario, estrictamente necesario, aplaudir, rabiosamente, estruendosamente, para que su estruendo silenciara la voz ingenua del imberbe.

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"Si hay alguien dispuesto a escuchar mi historia..."*

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Pero, ¿para qué?... Mejor refugiarse en un "bosque noruego"*: al menos entre los altos abedules no palpitará este calor agotador ni la luz sempiterna e implacable de esta bombilla en la celda del antiguo colegio de los Hnos. Champaignat.

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Nunca jamás en los veinte años posteriores hemos vuelto a hablar de aquello. Ni siquiera entonces lo hicimos: sentados a la mesa te negaste a hacerlo y cuando pasaron muchos días me contaste el recurso de las canciones, de nuestras canciones, cuyas letras nos intercambiábamos como material delictivo.

-o-

Luego, alguien mató a John bajo el Dakota Building y la juventud se terminó con la sorpresa de un disparo.

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So, let it be.

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(Madrid, 27 de Junio de 1998.)

© 1998 David Lago González

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*Referencias relacionadas con los temas de los Beatles:

“that love me do, you know I love you” - “twist and shout” - “she loves you” - “I should have known better” - “no reply” - “rubber soul” - “things we said today” - “and the bird can sing” - “if there’s anybody goin’ to listen to my story” - “Norwegian wood”

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martes, 3 de noviembre de 2009

Riders on the storm (Doors) - Elogio del Jinete

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MALECON POR LA TARDE by Felix Pages-Romeu

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a León de la Hoz,

por uno de sus poemas del libro "Cuerpo divinamente humano"

No dramatices,

ni añadas más leños del árbol de la tragedia

a ese cuerpo que sólo se viste con piel y formas

y en la larga acera que bordea El Malecón

se inclina ante la ventanilla de un coche alquilado.

Es una vieja historia

y ha sucedido ya en otras muchas partes del mundo.

Es una vieja historia

que de sobra hemos visto antes y no nos ha escandalizado tanto.

El que hoy ocurra en tu país

es otro accidente más de eso que llamamos Historia

y algún día pasará, y si el mar vuelve otra vez a su sereno oleaje,

la puta será una buena madre y el puto se casará y tendrá hijos

y ambos ocultarán su pasado, como hace tanta gente;

como ha hecho tanta gente, que ha canjeado ideas y hasta personas en vez de carne,

y si asistes a uno de esos ágapes que Bacardí auspicia con sus mojitos y daiquirís,

verás lo bien que saben disimularlo.

Incluso esto mismo, que es mucho más grave,

ya sucedió hace siglos, y hasta la Biblia habla de ello.

No sería fútil

reparar en la trampa y el escudo semántico del nombre: jinete

es aquel que domina, aquel que conduce la bestia

(llámesele caballo, asno, buey, ñandú, italiano, canadiense, mejicano o español)

por el sendero que quiere, aquel que le doma y le fustiga;

si la bestia se contenta con un poco de pienso o un manojo de pasto seco,

será cosa de sus carencias y necesidades,

de una infancia freudiana o de un falo pequeño.

Por eso, no dramatices: la carne es agua y un día se secará.

En las postrimerías de cada guerra, la carne se altera

arreada por el hambre de la primavera: bellas italianas

se entregaban a rubios soldados por una barra de chocolate;

las "mantenidas" en Madrid eran legión

y las francesas también extendían un poco más su mano

por alcanzar una copa de champán, pero se conformaban con una de Cointreau;

las polacas ―no judías― se daban a los alemanes a cambio de algunas patatas;

y los niños germanos sobaban los genitales de sus salvadores

y sus viejos paisanos entre las ruinas humeantes del Reichstag.

Muchas rusas se entregaron a horribles funcionarios

por añadir unos metros más a sus departamentos moscovitas.

Stefan Zweig relató cosas lamentablemente inolvidables antes de matarse en Brasil.

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Y ¿qué ha pasado?

Nada.

Los próximos excesos del poder acarrearán lo mismo.

Es una consecuencia más de las guerras

y desde hace mucho tiempo podemos ver esas imágenes, por penosas que nos parezcan,

con la tranquilidad del espectador que en la oscura sala de algún cine

comparte su soledad con pensamientos y fotogramas.

Los que nacimos en esa isla

―que, por otro lado, no es ni tan hermosa ni es el paraíso―

llevamos cuarenta años de guerra, sobre todo con nosotros mismos:

lo más natural es que la cuerda ceda por su parte más débil,

y es mejor que rompa por su carne y no por la lengua o por las ideas

o por ese fantasma informe y metafísico que se llama alma.

Así que, después de mucho sangrar yo mismo ante tanta rabia impotente,

la paz me ha alcanzado, quizá un minúsculo rayo de lucidez

―o tal vez de indiferencia, de cansancio―, y si hoy,

a finales de 1999, ya nadie se enamora en El Malecón de La Habana,

no te preocupes, "no cojas lucha, hermano": cuando pase la Gran Guerra Patria,

los hijos de las putas y los hijos de los putos tomarán el relevo

y de nuevo Amor florecerá sobre la piedra carcomida por el salitre.

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(Madrid, 15 de diciembre de 1999)

© 1999 David Lago González

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miércoles, 21 de octubre de 2009

La Etiqueta

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Soy "contrario al normal desarrollo de las actividades".

Me lo dijo un policía en tiempos remotos, desde mi juventud más temprana.

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Lo de "contrario" es casi un término lezamiano

que podría tomarse como una fuerza metafísica, espiritual,

con la que opongo resistencia o me rebelo

ante la aceptación de algo que no solamente quieran imponerme,

sino simplemente a algo que exista por sí mismo.

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Lo de "normal"

puede ir desde un estado natural a un precepto jurídico,

pasando por una línea recta perpendicular a otra línea,

todo lo cual abarca desde la geometría hasta la astro-física,

o el cuerpo humano, que es lo más natural que hasta el momento conozco.

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Lo del "desarrollo" se interna casi en un terreno desalmado:

¿Deshago un rollo o entorpezco la acción?

¿Acreciento lo físico, lo intelectual, lo ético,

o como una japonesa tradicional someto mis pies

a la tortura de un zapato de madera para que no crezcan?

¿Explico alguna teoría?

¿Calculo alguna expresión analítica?

¿Sucedo, ocurro, acontezco de algún modo, en algún lugar?

¿O me inhibo y me fantasmo?...

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Y... ¿"las actividades"?

¿Se refiere a la prontitud en el obrar?

¿O a las tareas que corresponden a una persona? ―o a una sociedad, ¡uuhhh!―.

¿Habla de una esfera de actividad determinada o tal vez

va mucho más allá y entra ya dentro del número de átomos

que se desintegran por unidad de tiempo?

¿Quizá intenta recordar el nombre de algún volcán "en actividad"?

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Yo, sea lo que sea, no sé muy bien lo que soy.

Pero creo que en el fondo el policía llevaba razón,

porque cuando creo haber encontrado un lugar,

resulta que no, que estoy en sitio inadecuado;

cuando intento contar algo sobre mi pasado, resulta que no,

que los que no lo vivieron me dicen que no fue así, que estoy equivocado;

cuando me enamoro de alguien, quiero irme hacia lo ajeno;

y cuando estoy solo, quiero estar acompañado,

o cuando tengo compaña, añoro la soledad;

cuando voy por una calle, quiero ir por la otra;

cuando me dicen que lo mejor es callarme, hablo,

y cuando debo hablar, enmudezco.

Así que, perdone usted, señor policía, su etiqueta me ha marcado.

Soy eso mismo que usted dijo:

  • desarrollo las actividades de forma contraria a lo normal,
  • actúo según el normal desarrollo de la contradicción,
  • normalizo lo contrario del desarrollo activo,
  • contrarío lo normal desde el desarrollo de la actividad.

O sea, que me ha convencido: yo no tengo remedio

y soy un peligro a la sociedad, al estado de derecho,

a la democracia, al proletariado y a los ricos,

a sus hijos, a su madre la pobre viejita, al conductor del autobús,

a Dios, a María Santísima, a todo lo que usted quiera.

Llevaba razón: no me debo el mundo,

no me debo la vida,

no me merezco ser feliz.

¡Enciérreme usted!

Usted sí que entra dentro del "normal desarrollo de las actividades"

y su deber es impedir que yo lo entorpezca, así que, por favor,

actúe en consecuencia ¡y elimíneme de una santa vez!

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(Madrid, 21 de octubre de 1999)

© 1999 David Lago González