lunes, 6 de julio de 2009

En beneficio del Sr. Lago...

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For the Benefit of Mr. Kite

There will be a show tonight on trampoline…

John Lennon

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En beneficio de Mister Kite

habrá esta noche un espectáculo sobre el trampolín...

y, nunca mejor dicho, ..................sobre el trampolín.

Mr. Kite, como antes le sucediera a Miss Otis,

ya no está en disposición de tomar el almuerzo por más tiempo.

Un almuerzo que tarda toda la eternidad de la vida

no es ya un gusto sino más bien un disgusto:

la sopa fría, el arroz sin sal, el café sin cafeína y sin azúcar prieta.

Cómo se ha llegado a este punto ultimísimo de la tragicomedia, no se sabe...

o nadie responde o nadie acierta, no se sabe.

O Mr. Kite calla lo que conoce,

siempre fue un zorro que las mataba en silencio

para luego retornar a su modosito estado natural.

Tampoco es cuestión de detener la marcha del mundo por ello,

ni siquiera es menester de que saquemos a la vieja Ágata de su reposo

para descifrar tal misterio irrelevante: el veneno

venía con el frasco, y ambos en el precio.

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Ah, los Hendersons...,

tan encantadores en sus enlacados tupés estilo “vals para un millón”,

fósiles joyas de La Corona,

están todos por aquí, picoteando como gorriones de tapa en tapa

y con cuidado de no resbalar sobre el paté barato de salmón ahumado,

un ojo puesto sobre el evento social

y el otro parpadeando atento a la expectación de ese momento

en que el Señor Kite se lance a la piscina en medio del Albert Hall.

Pero qué más se puede extraer —aparte de la ironía— de una existencia

pautada siempre por la arbitrariedad de terceras partes...

Se ha vivido como se ha podido —se consuelan, tanto Kite como Otis—.

Se ha sido consecuente consigo mismo —comenta para sí Kite,

mientras Miss Otis le mira con sorna de reojo—.

Has jugado, muchacho, sobre el vientre de un ángel asesino.

Todo está bien. Tu vida es más plena que la de muchos de los presentes.

Así que... ¡cimbrea ese trampolín como la cintura de un adolescente,

y deja que el espectáculo continúe!

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And of course, Henry the Horse dances the waltz!!!

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(Madrid, marzo de 2006)

© 2006 David Lago González

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domingo, 28 de junio de 2009

Los Plomos

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pozos

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Regreso a Los Plomos.

Dispongo de mi libertad para rechazarla.

Yo mismo abro la cerradura de mi celda,

yo mismo la cierro desde dentro

y entrego el manojo de llaves a Lorenzo;

así le ahorro trabajo, y guía no es menester

pues de sobra me sé los húmedos avernos del fatum.

Pobre Lorenzo, bruto entre los brutos, simple,

sin más goce en la vida que mercadear con la muerte.

La existencia mía depende de mi guardián, y la suya

de la mía: una alimenta la otra y eso nos hace iguales,

o al menos prescindibles para el resto de los mortales,

porque si en su descuido desaparezco, también él será fantasma de las mismas mazmorras,

y con él el sustento de su familia,

y su mujer se dará a los hombres

si no encuentra peor veneciano

que quiera hacerse cargo de cuerpo usado.

Aquí tengo mis enseres y mi cama; gusto

recostarme al maderamen del dosel mientras escribo estos versos,

suaves plumas de oca bajo mi trasero: lejos ―por suerte―

están todavía los tiempos presentes en que la prisión te priva también de tus pertenencias

y quedas a merced del cuerpo y del alma,

y de ese molesto ruido entre ambas llamado “mente”.

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Arriba, vulgares japoneses siempre delicados, sin feudo ni espadas,

pisotean el hermoso pavimento de Piaza San Marco

mientras gondoleros a la espera se mofan bajo el sombrero del dialecto.

Y en el Gran Canal se escucha una motora, ensordeciendo

el picotazo de los remos cuando rompen el agua

sumergiendo y sacando su cabeza de madera sin pez en la boca,

sin vida en la muerte.

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(Madrid, 3 de abril del 2001)

© 2001 David Lago González

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domingo, 21 de junio de 2009

Sólo una canción para el domingo

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Ven aquí,

donde tus oídos no pueden escuchar el ruido del mundo.

Ven aquí y cierra tus labios.

Sólo quiero el rumor que sale de tu pecho.

Tengo para ti palabras que se igualan al oro,

cómo descubrirlas a otros... Nadie

sabrá quién eres; no te preocupes,

sé guardar los secretos:

es lo único que quizás he estado haciendo toda mi vida.

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(Madrid, 2 de julio de 2006)

© 2006 David Lago González

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sábado, 20 de junio de 2009

Los versos en mis labios

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Los versos en mis labios

guardan los nombres indelebles de la risa.

En secreto asoman por las comisuras

y se confunden entre ellos, adulterando la historia

de qué sirvió para la ocasión de su descubrimiento.

Unos vinieron de fuera, prendidos a otras bocas;

otros nacieron en el silencio de esos enormes ruidos,

atronadores presagios de un mundo por terminar.

Y todos brotaron y cayeron como el propio mundo,

con la indeferencia debida,

y con la leve y plácida sombra de la satisfacción.

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(C) 2008, David Lago González

(Madrid, 25 de julio de 2008)

domingo, 14 de junio de 2009

Un bolero fallido

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NOTA: Este poema, estoy casi seguro que fue escrito inicialmente con anterioridad a la fecha que se indica. Tanto éste como otros, pertenecen a un grupo de poemas sueltos, que nunca conformaron nada parecido a un todo a pesar de que parten de una experiencia común, que se remonta a cuando conocí la primera persona en mi vida allá cuando tenía trece o catorce años (en el actual mundo tan genatiloso y tonto, lo dicho se enmarcaría dentro de los inciertos límites de la pederastia --yo, entonces, como víctima infeliz e inocente que, si no "sabía" en toda su magnitud, al menos sí buscaba, incitaba y jugaba con el atractivo misterio de lo ineludible).

Son poemas con los que nunca quedé satisfecho (por el contrario de la experiencia de la que partieron) y a los que repetidamente volví a lo largo del tiempo (al igual que con la persona que los motivó).

Éste, en particular, juega con la nocividad del bolero. El bolero es una mala medicina por su alto grado de toxicidad y nocividad inmediata y a largo plazo. Son trágicos, pero tremendamente "camp" aunque nunca tan cursi como la copla. Por suerte podemos contar con las grandes cantantes trágicas y los melancólicos cantores de esa música encantada denominada "brasileña". Pero ése es otro tema.

Ahora, hoy, quiero dedicar este poema a un grupo de personas que sé que gustan del bolero, y le admiran, y le sienten, pero, como entre ellas hay rencillas y enemistades, prefiero omitir los nombres: ya cada cual se sabrá aludido.

El autor.

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Hablas: haces bien.

Mejor es que las palabras quiebren

la blanca línea por la que tus labios vuelan.

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Callas: haces bien. Porque mi voz

procura entonces un bolero fallido, y aun perdido el tono,

tu silencio me hace creer que nadie mejor lo ha cantado.

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Si me amas, hiciste bien en besarme

cuando las sombras a las sombras en silencio se entregaron.

Si un brusco giro de la noche hacia otro rumbo te ha llevado,

bien hecho en alejarte: no merece mi paso trémulo andar a tu lado

cuando débil el guardián no sabe defender de las tinieblas

esa luz que dan los besos.

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Y si no atiendes mis versos ignorando su existencia,

qué bien haces: no soy un bardo sin igual para de esa forma elevarme.

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Pero si regresas, si dices que aún entre tus labios

apresado está el gesto de los míos,

no sabes entonces tú el mal que haces,

porque sabiendo yo con qué palabras juegan los boleros,

dejaré deshacer en mis labios el gesto,

cuando después de haberte amado, enmudeciendo bajo el silencio,

de mis brazos te despida con desprecio.

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(Camagüey, Cuba. 1977)

© 1977 David Lago González

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viernes, 12 de junio de 2009

El poeta y el comandante (Cocktails for two)

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a la memoria de Virgilio Piñera

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Los cadenciosos viajes en calesa por las calles empedradas de Cárdenas deben haber grabado en su corazón la fragilidad del aire. Ese corazón siempre saltando dentro a cada pisada del casco del caballo sobre el adoquín; ese pálpito al resbalar la herradura contra los cantos de la calzada; el relincho súbito; el ¡arre! impetuoso del cochero; la posibilidad siempre existente y temida de que los goznes se desprendiesen o de que el caballo se encabritara, y el olor mezclado de las dos bestias que tiraban del coche, deben haberle supuesto un paisaje de atracción y miedo que nunca desapareció de sus ojos.

Artífice mayor del teatro, que nunca supo actuar, siempre supo ser la mariposa inerme y el botín de los coleccionistas de primaveras exuberantes.

Artífice mayor de la poesía, supo como nadie dejar sobre el papel para el antes y el después la definición del amor y la repulsión que contra la piel de muchos deja la resaca de un mar que nos invade, nos ahoga y nos salva, unas veces con la silueta inapresable del agua, otras con el peso abrumador de un cuerpo, y tantas otras en la multitud que nos sentencia con su música y su sangre, y que es pasión y dolor, amor, muerte, odio: simple arena sobre la que se asienta el desierto.

"Contradicción de las contradicciones", como diría Lezama.

Al Buenos Aires de los 40 huiría intentando romper "la maldición de verse rodeado de agua por todas partes" y junto a Gombrowics compartió "piano, estera y velador", algún que otro mate, algún que otro porteño; y alguna noche, después de mucho tiempo, regresó al mar como Ulises retornando a Ítaca, pero Ítaca seguía siendo aquella isla que pesaba tanto, porque todo parece cambiar pero en el fondo todo sigue siendo igual, y las islas son como los hombres: se visten para salir a la calle y se desnudan de piel y alma, Virgilio, cuando se te meten en la cama.

Pronto volvió a ser la endeble mariposa de la poesía encubriendo su fragilidad tras el atrezzo del teatro. Botín de los coleccionistas de primaveras trémulas, a su casa de Santa Fe llamaron en "La Noche de las Tres P"*.

Y quizá pensando incluso que el mar era otro, asistió al cóctel oficial al que le habían invitado, arregladito como un principiante de Cárdenas, sonriente pero siempre temeroso de que el caballo de la calesa se encabritara. Cercana la medianoche, hizo su entrada un hermoso y aguerrido porteño que con tono bien audible preguntó por qué tenía que compartir su sitio con semejante maricón.

El comandante podía leer a Nietzche, pero nunca jamás podría comprender "La isla en peso": para empezar a entenderla hay que verse y sentirse "rodeado de agua por todas partes".

El cóctel se reanudó después de la expulsión de la indiscreta mariposa que por una noche había osado pensar que el mar era capaz de cambiar.

Luego se refugió en su flor a jugar a las cartas con viejas damas de El Vedado.

Salía poco, y temblaba. Su palabra era débil, y temblaba.

Y murió un día, como mueren las mariposas, de tanto temblar ante la fuerza del viento.

Todo el polen que almacenó de las flores de la vida y la muerte fue puesto a buen recaudo. Por todas partes pululan coleccionistas ávidos por clavar alfileres sobre las alas; puede que ni siquiera piensen en el dolor de la mariposa que acaban de añadir a su libro de insectos disecados.

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Cada vez que veo la mirada al viento sobre los pechos ignorantes pienso en aquel cóctel para dos de hace tantos años: entre el comandante y el poeta, me reservo el hacedor del silencio.

Nunca ondeará sobre mi pecho una camiseta con su rostro de viejo pánico, pero dentro de mis oídos siempre escucharé su trémula voz en sordina intentando no desatar las furias del vecino de abajo.

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(Madrid, 20 de Abril de 1999)

© 1999 David Lago González

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NOTA DEL BLOGGER Y AUTOR: Sobre el incidente entre el poeta y el comandante, o más bien lo que el comandante dice sobre el poeta, he escuchado varias versiones. Una se refiere a un libro del poeta sobre el "bureau" del comandante, pero ¿quién iba a dejar un libro de Virgilio PIñera en el despacho del Che Guevara? Suena un poco absurdo. Así que por razones menos absurdas y más obvias, preferí esta otra versión que hace coincidir a los protagonistas en un "cocktail" en los tiempos de la "early Revolution".

*"La Noche de las tres P" es el nombre por el que se conoce la primera gran redada de la era revolucionaria. Las "tres P" vienen dadas porque "la recogida" iba dirigida contra Putas, Proxenetas y Pederastas (entendiéndose por "pederastas" los homosexuales masculinos; Cuba nunca fue un país tan civilizado como los norte-europeos donde el índice de las desviaciones sexuales es casi proporcional al concepto de "desarrollado".)

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jueves, 28 de mayo de 2009

Revival

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Acabo de verte esta tarde, 16 de marzo de 2005. Ahora mismo, Amelia;

escudriñabas el interior de una tienda cerrada en la calle de San Mateo

como si te asomaras a un bazar infinito en Chinatown.

Yo sé que buscabas en New York que un ejército de terracota

te diera la razón, esa perla de quien nace para vivir para alguien.

tanto tiempo lo has hecho que el sacrificio se ha hecho vicio,

ha crecido como hiedra por la pared del tiempo,

a través de la celosía del agua.

¿Y cuándo no tenga a nadie? ―jamás te preguntas eso―

Inventaremos entonces

una tienda siempre abierta, una sobrina lejaniiiísima

allá por Borneo oriental, Chinatown en el ojo de una abeja,

New York cabrá en un bolso rojo,

y un ejército de terracota se mirará sobre el cristal de la esmeralda

en el anillo de tu dedo.

Todo tiene remedio, Amelia; todo lo tiene.

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(Madrid, 16 de marzo de 2005.)

© 2005 David Lago González

sábado, 23 de mayo de 2009

Aniversario

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Para cuando... (ruido ensordecedor in crescendo,

voces, tráfico urbano, implociones controladas a cámara lenta,

plegarias, olas rompiendo, una copa que cae al suelo, remolino

del polvo en la ciudad, una mañana de campo bajo un árbol

donde canta un pájaro solitario...) quiero

un coche negro tirado por percherones blancos, engalanados

de oro, azul púrpura y turquesa, amarillo cegador y blanco.

Que camine sin sonido sobre los guijarros de Camagüey.

Con dificultad y suavidad, como las caderas de una jamaicana

que porta sobre su cabeza un atado gigante de ropa sucia

y baja por la calle de mi infancia, se detiene en el inoportuno

poste de la luz que corta la acera en “cuánto me falta”

y “en ya falta menos”, deja el lío de ropas en el suelo,

se seca el sudor, y vuelve a ponérselo sobre las “pasas” recogidas

valiéndose de una mano que apoya sobre el mundo

que se hunde en la grasa de sus caderas, y con la otra sujeta arriba

el otro mundo y echa a andar de nuevo... Es una cuestión

de equilibrios que el mundo de arriba y el de abajo cohabiten

el mismo universo de mis ojos, que quieren entonces

ser los ojos del mundo... o al menos, de otro mundo...

el mío.

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Yo voy a pedir por esta boca, no me importa nada lo que diga el populacho.

En fin de cuentas, siempre van a hablar...

Yo quiero que Joni Mitchell, y todas sus amantes,

y toda la prole celestial de ángeles de Vancouver y alguna de Québec,

rememoren “la última vez que vi a Richard”

como si realmente volvieran a ver a Richard por última vez

caminando a mi lado, tendido entre el coche orlado y los percherones

de patas peludas cuanto más cerca de los cascos,

y lo recuerden con esa voz entre la diznea y el foso de la ópera.

Quiero que Whoopie Goldberg se siente al piano otra vez

y comience quedamente a repetirme que tuve todo cuanto quise,

que la carencia quizás sólo fue una cuestión de destiempo,

y de equilibrio entre los mundos, pero que el resultado ha sido millonario,

y la cosecha la mejor habida en el universo

a pesar de todos los pronósticos

y de todo cuanto los miserables hicieron en uno y otro lado.

La miseria ni siquiera tiene conciencia del asno que golpea

porque ella, con sus ellos, se alimentan del golpe contra el lomo

y si el lomo desaparece, siguen golpeando

y golpeando,

para escucharse a sí mismos en su vana victoria.

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Por eso

yo voy a pedir por estos ojos

despertarme a la mañana de Chelsea

como antes de saber que sufría por ti

todo lo que la daga aventuraba en su filo mellado,

tudo machucado, tudo machucado

el corazón del apasionado que se lanzaba

por este camino de palabras que conducen hacia la locura,

la locura que es dolor del que no vuelve

pero escapa para siempre de lo ramplón y lo siniestro

entre los cascos de los caballos.

Mayo 2009.

© 2009 David Lago González

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foggy

martes, 19 de mayo de 2009

Los penúltimos días de la Casa de Usher

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Los penúltimos días de la Casa de Usher

son peores que los últimos, y mucho más agónicos

que el colapso total.

Son días de confusión, en que todos,

a pesar de hablar el mismo lenguaje,

hablan una palabra y escuchan otra,

como si un espíritu burlón las cambiara

en el salto de la boca a la oreja

si con buena suerte llega al pabellón que la mosca asorda,

pues si la palabra cede a la gravísima gravedad

y pisa —¡qué digo!—, roza,

cualquiera de los elementos telúricos,

puede desatarse cualquier bobo espanto

que a su vez convoque las más oscuras ofensas de la simplicidad

y también aquellas otras deleznablemente pervertidas de la ilustración.

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(Abril 2009)

© 2009 David Lago González

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viernes, 15 de mayo de 2009

Paraísos cercanos*

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a Frangelina

y los compañeros del Sindicato de Trabajadores

que se negaron a secundar los actos de repudio en contra nuestra

durante los acontecimientos de mayo de 1980 en Camagüey, Cuba

Por entonces vivíamos allí mi madre y yo.

Por entonces,

frente a la puerta de casa se levantaba un álamo y los Miranda tenían cuerpos de ébano bruñido. Si hubiesen aireado sus ornamentos habrían competido con lo inusitado del marañón, única fruta que ostenta su simiente a la vista de todos.

Por entonces,

los Miranda habían descubierto el contento en la humillación ajena y se deleitaban en subirse al árbol para convertir a mi madre en una vieja ramera a la que vaticinaban una segura violación por los ornamentos de otros ébanos bruñidos en la vecina Norteamérica, situando el mismo color de su piel como sinónimo de lo más ínfimo. Yo también sería sodomizado por otros cuerpos oscuros como la noche. No sé por qué razón los Miranda tenían esa extraña fijación con que los únicos forzadores del sexo de hombre y mujeres a noventa millas de aquel álamo tenían necesariamente que ser, como ellos, descendientes de esclavos africanos.

Por entonces,

alguna vez alguien misterioso, como si matáramos ruiseñores, nos dejaba a la puerta una bolsa de papel y llamaba al timbre o dejaba caer la aldaba salvajemente; cuando abríamos, el hedor nos hablaba sin necesidad de palabras, y pacientemente, en silencio, recogíamos nuestro regalo, con el que abonábamos las plantas del jardín interior que, agradecidas, crecían y florecían; el álamo, en cambio, tardaba mucho en espigarse unos centímetros: tal vez el peso de aquel ébano bruñido les impedía crecer con más libertad.

Pero los Miranda se equivocaron: no viajamos nunca hacia el norte, sino al noreste, a miles de kilómetros de nuestra casa, del álamo y de su vulgar suspicacia hacia nuestro futuro. Sus augurios cayeron al mar: la ramera y el marica nunca fuimos violados. Es posible que alguno de aquellos relucientes ébanos, sobre los que se condensaba la humedad del trópico como el rocío sobre la hierba del amanecer, se haya entregado por unas pocas monedas o por someras baratijas a algún nuevo colono europeo en el trasiego sexual del turismo. Todo es posible: hasta cabe imaginar que tal vez ahora vivan en el barrio negro de Miami.

Es alguna de las cosas que recuerdo de ese paraíso cercano llamado Cuba, de ese pueblo conversador y alegre, donde la vida tiene tantas lecturas y las personas tantos pliegues como una falda plisada.

Lamento,

eso sí,

que ya el álamo no exista: fue reducido a simple leña, como todos los otros árboles de mi calle, y hoy aquel barrio es una arboleda perdida. Lo imagino triste al sentir su desnudez impávida ante el quebranto de la historia.

Esto me han dicho: yo no he vuelto. Ni volveré nunca para ver crecer otro en vez de aquél que me acompañó desde niño, y mucho menos pisaré aquellas calles nuevamente para que los Miranda me reciban con honores, como a un pobre sobreviviente que la mediocridad confunde con el triunfo.

Que repose en paz el ébano,

que en alguna parte del recuerdo reposen en paz las hojas barridas por el viento.

Que descanse en silencioso respeto el pasado de mi vida.

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(Madrid, 8 de abril de 1999)

© 1999 David Lago González

*”Paraísos cercanos: Cuba”, documental emitido por TVE-1 la noche del miércoles 7 de abril de 1999.

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lunes, 4 de mayo de 2009

ELOGIO DE LA ESCORIA (A whole lotta love)

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NOTA DEL BLOGGER: Ayer tarde, revisando papeles viejos que han quedado de otras limpiezas, encontré este poema que pertenece a un libro que el éter engulló con voraz apetito.

En esta ocasión, a pesar de estar incluidos en la dedicatoria general, quiero dedicarlo muy especialmente a mi amigo Elio Poblador, y a mi amigo Oscar León Morell que recientemente murió durante la Semana Santa.

En el poema soy indulgente hacia nosotros mismos. Releyéndolo ahora me doy cuenta del matiz trágico que quise omitir o que tal vez no supe distinguir en el año 2000 cuando lo escribí. Digo "Y nos separamos: eso fue todo." Cuando menos, es inexacto: eso NO fue todo.

-o-

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Elogio de la escoria (A Whole Lotta Love)

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...fracasados convertidos en asiduos de las cervecerías.

Isaac Babel

(tomado de las notas de su interrogatorio en la Lubianka)

Este poema está dedicado a tanta gente que es imposible nombrarlos a todos

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El Bosque es hermoso, a pesar de todo.

Excepto cuando llueve y todo se convierte en un lodazal. Pero en los días secos y soleados, si entrecierras los ojos y si tienes la suficiente imaginación, cuando entre los párpados miras la hojarasca, puedes pensar por un segundo que atraviesas el fantasma de Bavaria.

Aquí

he visto yo acuchillar a un hombre casi anciano que corría como una liebre, de mesa en mesa, de árbol en árbol, hasta que fue acorralado contra el mostrador donde se expendía la cerveza.

Aquí

hemos tenido la vida pendiendo de un hilo, y esa vida no ha sido más consistente que la espuma que el chorro del termo producía al chocar contra el fondo del cartón encerado de los vasos: un mero roce mal recibido contra la crápula y habríamos durado menos que el anciano que vi desangrarse.

Aquí

he venido con mi amante, y con el padre de mi amante, y años más tarde con el hijo de mi amante, todos como en una gran familia, escuchando cuentos de isleños de Canarias o rumores de barrios orilleros.

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El Bosque es hermoso, a pesar de todo.

Aquí detrás, contra esa valla de alambre y cuando todavía no habían instalado los termos, estuve en dos noches distintas con un hombre rubio muy hermoso, de pelo rizado y ojos verdes, que se desnudaba por completo tendido en la tierra contra el alambrado y la vergüenza de ser poseído le provocaba tal rigidez mortis que el placer se convertía en la proeza de descorchar una botella con uñas y dientes.

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Pero El Bosque sigue siendo hermoso, a pesar de todo.

Claro que en esta ocasión —ni en ninguna— no hemos venido a admirar su belleza, sino simple y ramplonamente a emborracharnos como eso que dijo Babel entre sus delaciones: “como fracasados convertidos en asiduos de las cervecerías”.

Pero esta vez será la última porque también hemos venido a despedirnos: el Gran Hermano ha enloquecido un poco más, ha separado las aguas del Jordán y ha dicho que todos a los que su simpatía nos es indiferente, podemos cruzar a la otra orilla (donde nos esperan cosas terribles, pero, qué más da; en todo caso, sería un simple cambio de avernos).

No estamos todos, pero estamos muchos.

Es de tarde en la isla tropical y las nubes, como un termo de cerveza incontrolado, se quiebran de improviso vertiéndonos encima sin la más mínima piedad toda la carga que han ido acumulando durante días: todo es excesivo en estos prados.

Nos refugiamos bajo los arcos de un puente y continuamos con nuestra cantaleta del adiós. El repertorio es variado, casi infinito y muy intenso: hoy nuestros ánimos requieren del rock duro el estruendo de su evasión con todo su rigor —en fin de cuentas, nos vamos al infierno—.

In the sunshine of your love, in my white room, summer in the city, born to be wild, y nuestra mayor y absoluta realización musical: “A Whole Lotta Love”.

“You need cooling, baby I’m not fooling,

I’m gonna say <yeah, go back to schooling…>”

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Carlos Victoria asegura que hay momentos extrañamente mágicos en que alcanzo la perfección de la segunda voz, pero nuestro amigo es un borracho empedernido y ha devenido en una total escoria, eso ya lo sabemos, así que, cual Olga Guillot, miente porque su maldad le hace feliz.

Pedro Castro introduce la cuña de su versión ególatra de “Bajo un palmar” y rompe el ruido de la lluvia con el absurdo de la forzada letra:

“Era en una playa de mi tierra tan querida, a la orilla del mar.

Era que allí estaba celebrándose una gira debajo de un palmar.

Era que estaba precioso, con el color de rosa de mi traje sencillo y sin igual.

Era que yo era novio mío, y me sentía nervioso entre mis brazos suspirar.

Era que todo fue un sueño, pero logré mi empeño porque ME PUDE BESAR.”

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La lluvia amaina. Desde lo alto de un barranco comienzan a lanzarnos piedras y a insultarnos: “¡Escoria! ¡Maricones, fuera de aquí! ¡Singaos por el culo!” ¡Qué curioso! ¿Cómo habrán podido adivinar todo eso, desde tan lejos? La gente nos sorprende a veces siendo extrañamente perspicaz. Nosotros, al unísono nos acordamos de Gran Funk Railroad y nos partimos la voz cantándoles “we are an American band...”

We are an American Man.

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El Bosque es hermoso, pese a todo.

Algunos partieron, otros se han quedado, otros se mataron o han muerto, otros tantos han desaparecido y nadie sabe de ellos. No nos pasó nada terrible, en fin de cuentas. Alguna edrada, algún cartucho de mierda, algún palo en la cabeza, un poquito de ácido a la cara, algún muerto nada grave, un escupitazo, cristales rotos, millones de insultos, barcos zozobrantes, locura en alta mar, festín de tiburones, humillaciones, violaciones en los campos de acogida, sed, hambre, y paciencia, mucha paciencia.

Y nos separamos: eso fue todo. También los grupos cuyas canciones cantábamos se separaron: Jimmy Page, Robert Plant, Steve Winwood, Eric Clapton: cada uno va por su camino. Jim Morrison, Janis Joplin, Jimmi Hendrix, sucumbieron a los delirios del averno.

Pocos hemos vuelto a vernos de nuevo; otros nunca volveremos a hacerlo.

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(Madrid, 22 de marzo de 2000)

© 2000 David Lago González

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miércoles, 29 de abril de 2009

ESTOY EN ELLO

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Todo cuanto he hecho o dejado

de hacer (...) está condicionado

por mi incapacidad para soportar

mi propia victoria

como un superviviente.

Jean Améry

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Estoy en ello.

Sé que el yo arrastra ciertas exequias de suave o fuerte resentimiento

y que, en cambio, el nosotros resplandece en la noche

como un elegante puente iluminado

mientras se le mira distantemente desde cualquier colina;

sé de sobra que a la luz del sol también será otra cosa

y que el cemento es gris y opaco.

Sé que no debo jugar con los gamberros del barrio, me lo dijo mi mamá,

y estoy en ello.

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Sé que en lo social debo sonreír, carcajearme y mentir,

una palabra con éste, una frasecita con aquél, un chistecito para el espía,

pero mi abanico está hecho trizas, no tengo donde esconder la cara,

y las casas que tradicionalmente se dedicaban a tal arte

ya están en banca rota;

pero estoy en ello,

ya pedí el crédito para el Fujitsiu silencioso y el ionizado Panasonic

y así poder entrar fresco, pero superviviente,

en la sufrida copa de la gauche divine.

Sé que el vecino no quiere saber que lo que pasó

pasó en este tiempo y no en otro que él no haya vivido

y que sigo sobreviviendo, sin regenerarme,

sin reindustrializarme como un astillero o una mina abandonada.

Pero estoy en ello,

me cambiaré al centro, me compraré un Audi,

insertaré un hilo de silicona y oro entre mis labios estriados.

Sé que no debo mezclarme con los gamberros del barrio,

mi madre me lo dijo hace un rato,

y estoy en ello: cuando les veo, escondo las canicas en los bolsillos

y silbo, mirando al cielo.

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Sé que la vida, o ciertas vidas no entraban en los cálculos

de esa abominable tortura que representa para otros no adaptarse.

Sé lo que significa que te pidan la conciliación; también he sido contable,

he manejado dinero más sucio que el carbón

y hasta he sido elogiado y humillado por mi maestría para acercarlo al blanco.

Pero nadie perdona el horror de la lucidez.

Estoy en ello, desde hace siglos, y sé que la lucidez no es contemporánea.

Mi madre me lo dijo mil veces: no te mezcles con los gamberros del barrio.

Estoy en ello, mamá, te lo juro, pero cada vez hay más necios por estas lindes;

ante sus risas me he desprendido de todas mis canicas,

y estoy en ello, mamá,

tal vez lo consiga,

pero tampoco me queda mucho cielo

hacia el que pueda mirar mientras silbo.

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© David Lago González

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viernes, 24 de abril de 2009

Chiesa dei Carmene

GiorgoVido_Chiesa dei Carmini

(c) Giorgio Vido_ Chiesa dei Carmene

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para Isabel Figueroa García-Alix

En vez de tomar el trillado camino de los curiosos organizados,

sales de la Toletta y tuerces a la izquierda,

adentrándote en la vida diaria de los mortales.

A medio andar hacia ninguna parte, la puerta lateral de una iglesia

te invita a dar las gracias a tus muertos, porque este viaje

no es sólo obra de la presencia, sino también de la impresencia

que Valente distinguió como “anhelante”.

El raso rojo que envuelve las columnas,

el púrpura de La Vigilia,

la madera negra del claustro que espera llenarse con las voces de las novicias,

tú sentado en un banco, el recinto solitario,

no hay más oración que el silencio y que quedarte quieto,

turbado por imágenes que buscas, rostros que rastreas, manos que ases en la nada,

voces que se dispersan, ojos, ojos que te avistan y te perciben, asceta allí,

turbado por no más que tu propio pecho.

Varios cirios enciendes a falta de flores,

de las “¡Flores, flores para los muertos!”*

con que aquel sureño ofrendó para siempre la memoria del recuerdo.

Tanto se acumula en la testa que te corona: pequeña sabiduría del ignorante,

versos, vidas, sombras,

parlamentos de la escena que has pisado y vivido en la vida de otros.

Al dirigirte a la puerta, reparas que un haz de decepción

cruza la mirada de la mujer del souvenir y sientes su peso sobre la nuca.

Sales y tomas la calleja hasta la plaza, el pórtico de entrada pone nombre,

y entonces te percatas de que la casualidad no existe.

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(Madrid, 16 de mayo de 2001)

© 2001 David Lago González

domingo, 19 de abril de 2009

I gaze in your eyes

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I gaze in your eyes,

and to my joy I find

that every fear which used to be near,

has gone, gone from my mind.

Cole Porter

Algunas veces

la felicidad no es ya más una simple sensación

sino algo tangible, visible.

Recuerdo, hace tiempo,

una muchacha hablaba a mi sonrisa

como al milagro de una luz

que iluminaba mi rostro, y de paso el suyo.

Acotando los excesos, he pensado

que el amor lleva desde magníficas palabras para el recuerdo

hasta lastimosas consideraciones para olvidar.

Sólo pocos días antes de escribir este pobre reclamo de paz,

yo toqué la gloria de la luz sobre tu almohada. Allí estaba,

como una luciérnaga posada sobre tus labios.

Volaba de ellos a tus ojos y volvía, y volvía

a empezar de nuevo.

La funda tenía líneas azules y blancas, como la sábana,

rematada por un borde que imitaba el denim.

Estábamos debajo del mundo en ese mismo instante,

tú debajo de mí. A nada parecía tenerle miedo,

incluso asuntos tan espinosos como la muerte y la vida.

Me asomo a tus ojos, y para regocijo encuentro

Que todos los temores que solían estar cerca

Se han ido, han volado de mi mente...

Con nada que pensar, ¿cómo podría tropezarme con ellos?

Fantasmas o piedras, qué más da lo que sean.

La luz que hace mil noches di a aquella muchacha

vuelve ahora a mí, verde también,

y en mi desnudez gratifica la tuya.

En la de ambos se crece.

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(Madrid, noviembre 2004)

© 2004 David Lago González

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miércoles, 15 de abril de 2009

Long may you run (Neil Young & Stephen Stills)

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(C) JPereira

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a Enrique Bedoya

Lejos puedes correr,

pero muy de cerca te va a seguir.

No importa hasta dónde llegas,

no importa si bajas al sótano o subes al ático

engarzando perlas, o creyendo

que te has burlado de los pescadores de ostras,

esas perlas van a pesarte como rocas en los bolsillos.

Asegúrate de desnudarte cuando entres al mar

porque no alcanzarías el banco de arena

que en Varadero, mucho antes del atardecer,

asoma su pecado, muestra su oro.

Claro, haz como si nada,

como si nada de lo sucedido hubiera mermado tu fuerza.

Ama con la misma voluntad de descubrir tierras salvajes y dominarlas.

Pero no olvides escupir sobre los utópicos

y con grosería pisar con el zapato repetidamente: el error de sus fantasías

y esperanzas erró en ti la realidad y la cambió por algo

que te hizo fantasmal y viscoso, como un pantano.

Por supuesto, ellos se reúnen a menudo

en sus banquetes de blanco mantel,

escondiendo sus bocas tras el pañuelo manchado por la sangre del abedul.

Y al que al cabo de veinte o treinta años, vuelve otra vez

para enmarcar el corazón bordado y colgarlo en el salón,

a ése, mátalo sin conmiseración,

a ése, del que por mucho que huyas siempre te atrapará.

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(Madrid, 5 de julio de 2006)

© 2006 David Lago González

viernes, 10 de abril de 2009

The lucky few

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Of all the lonely people

you're among the lucky few

if it comes even once in a life.

Kenny Loggins

Nunca te quejes. No te lamentes. No culpes a nadie.

Te escogió la suerte para salvarte de la soledad de ser un viejo sabio

con menos sabiduría que la necesaria para quitar el polvo de los libros.

Sabes que ordenarlos según país o según autor

es algo tan breve como mantenerlos limpios.

Y luego, ¿qué haces? ¿Vuelves otra vez a vaciar los estantes?

¿Quizá quieras mover la librería de lugar para pensar que cambia la estancia

y la vida es otra que la que esos libros ya te demostraron?

Acepta. Acepta. Acepta

que los libros ya tienen su propio lugar guardado en tu corazón.

Estás entre los pocos dichosos

para los que por una vez en la vida,

la soledad será solamente el ala de un porvenir que apenas te roza,

que apenas si te roza lo suficiente como para herirte seriamente.

© David Lago González

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jueves, 9 de abril de 2009

Últimas voluntades

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No me anuncies en homenajes;

vivo o muerto, los versos son indivisibles de mí mismo

y ambos valemos lo mismo, mucho, poco o nada.

Si quieres, si quisiste,

alguna vez ser algo,

sólo extiéndeme una mano, tócame, siénteme.

¿De qué me valen tus palabras

si ya no tengo oído para escucharlas:

para que las oigan otros a favor de tu propia vanagloria?

Y ¿quién son esos otros para oír de mí?

Y ¿quién eres tú para juntar unas cuantas palabritas

al lado de un grabado insustancial y que todo quede tan fino, tan educado,

tan intelectual? ¿Es que acaso no sabes que, vivo o muerto,

sigo detestando tal podredumbre?

Como dice esa gran pensadora de los burdeles sabaneros:

“bórrame del cuaderno donde está mi nombre escrito...”

y no me muestres en el escaparate de lo bonito,

junto al dildo usado, la bandera y el bacalao seco,

las cutaras y el twang ergonómico de Calvin Klein;

¡y no me mezcles, por favor!

Respétame, sería el mejor de los elogios:

quiero que mi muerte sea tan anónima como mi vida

y, si es posible, que goce de un poco más de paz.

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(Madrid, 16 de noviembre de 2004)

(C) David Lago González 2004

lunes, 6 de abril de 2009

Sueños

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Sueños... Esa palabra peligrosa.

Ese acto imposible y falso

que la elementalidad da por obligado,

respuesta segura

antes que pregunta al entrevistado.

El sueño es más largo y constante que un deseo.

Los simples del medioevo

confundían los sueños con alcanzar el cielo

y con fornicar entre las boñigas de las reses.

Los sueños de la infancia son todos inducidos

porque en si la infancia ya es un sueño.

Llegar a ser alguien, y todas las madres

piensan al unísono en la medicina:

la bata blanca inmaculada sin barrunto de sangre,

de forma que la ilusión se duplica en sí misma

al dejar de ser humana para hacerse milagrera.

Nadie sueña con ser poeta o dictador.

O soñar con matar un millón de personas.

O soñar con poseer un millón de aves de corral.

Oh no, Señor, para soñar están las aves del paraíso,

en todo caso el largo cuello de los cisnes

que enamorados dibujan un corazón en el espacio.

Soñar va más allá de querer ser, o querer tener,

y siempre se confiesa en el futuro mencionando el pasado:

niñez o juventud, luego ya no se sueña más.

Luego se alcanza el sueño, oh espasmo excitante.

Luego se deshace el sueño, ah langosta podrida

por un exceso de las corrientes térmicas.

Luego se sobrepasa el sueño, y el mundo se ve mínimo

y resplandeciente desde la oscuridad del infinito.

Yo quiero tener mi sueño, en el que sólo viva yo y nadie más,

porque cuando mi sueño es también el tuyo

puede llegar a ser el terrible espanto de un tercero.

Luego se convierte en un derecho.

Más tarde en un deber.

Y el sueño se hace ley.

Y no hay nada más infeliz que ser feliz por decreto.

Llegó la hora del sueño. Vamos a soñar que todos somos libres,

o que todos somos tontos, o que todos somos luciérnagas

por lo cual la noche ya no existe a causa de nuestra luz.

Y si el sueño se vive de noche y la noche ya no existe,

¿cuándo vamos a soñar, estirar las piernas, dormido

lanzar el brazo hacia el otro cuerpo yacente?

Dormir de día, soñar despierto. Trabajar pues ¿ya nunca más?

¿Nunca más fornicar bajo el aroma del estiércol?

¿Nunca más abominar, odiar, matar, amar, vivir,

escribir un maldito poema para ajustar cuentas con el enemigo

porque ya tampoco hay enemigos, luego no hay poesía?

Y que el tirano piense que es un científico,

y el escribidor un malhechor, y el fontanero de ligeras toxinas

el unicornio perdido de una canción, y Kafka

un enorme insecto alado que me despertaba

cuando había noches bajo el mosquitero...

y cuánto cuidado hay que tener para soñar,

esa palabra peligrosa, ese párpado silencioso

que cae sobre mi mirada y abre una puerta de acaso inescrutable.

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(Madrid, 31 de agosto de 2008)

© David Lago González 2008

viernes, 20 de marzo de 2009

Billie Holiday canta "Autumn in New York"

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AUTUMN IN NEW YORK

(Vernon Duke)

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It’s time to end my holiday and bid the country a hasty farewell.
So on this gray and melancholy day, I’ll move to a Manhattan hotel.
I’ll dispose of my rose-colored chattels and prepare for my share of adventures and battles,
Here on the twenty-seventh floor looking down on the city I hate and adore!

Autumn in New York, why does it seem so inviting?
Autumn in New York, it spells the thrill of first-nighting.
Glittering crowds and shimmering clouds in canyons of steel;

They’re making me feel I’m home.
It’s autumn in New York that brings the promise of new love.

Autumn in New York is often mingled with pain.

Dreamers with empty hands may sigh for exotic lands;
It’s Autumn in New York;
It’s good to live again.

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Billie Holiday canta Autumn in New York

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Vendría bien el diminutivo más pequeño, más corto,

para expresar el salto que la voz da,

atrás, en el fondo de la bóveda,

escabulléndose bajo la gran campana roja que cuelga del centro

como una lámpara de araña recogida en sí misma,

pensativa y concentrada en esa inflexión

con que transmuta la ciudad en una invitación eterna,

y paraliza lo bueno de vivir otra vez

en el éxtasis de la primera noche de todas las noches.

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© 2009 David Lago González

jueves, 19 de marzo de 2009

El otro lado

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Los designios del poder quedaron del otro lado.

Mas ¿están realmente tan lejos como para sentirnos a salvo?

Como el sol, con su inclinación,

cual sombra unas veces se adelantan

y otras nos persiguen.

Cuando hablan de formas de gobierno, óyelos,

parece que les asiste una vasta sabiduría,

una longeva experiencia en equidades salomónicas:

habla la serenidad y la justicia

de los que no somos sino torcidos viejos retoños

de un injerto mal habido y obstinado

en la pupila de una visión

que, como la fantasía del corazón eternamente joven,

no quieren perder.

Los que osan expresar su desacuerdo,

quedan ahora del otro lado.

Y el otro lado es un laberinto,

tan sólo un laberinto del que ninguno salimos bien parado.

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© 2009 David Lago González

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