jueves, 28 de mayo de 2009

Revival

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Acabo de verte esta tarde, 16 de marzo de 2005. Ahora mismo, Amelia;

escudriñabas el interior de una tienda cerrada en la calle de San Mateo

como si te asomaras a un bazar infinito en Chinatown.

Yo sé que buscabas en New York que un ejército de terracota

te diera la razón, esa perla de quien nace para vivir para alguien.

tanto tiempo lo has hecho que el sacrificio se ha hecho vicio,

ha crecido como hiedra por la pared del tiempo,

a través de la celosía del agua.

¿Y cuándo no tenga a nadie? ―jamás te preguntas eso―

Inventaremos entonces

una tienda siempre abierta, una sobrina lejaniiiísima

allá por Borneo oriental, Chinatown en el ojo de una abeja,

New York cabrá en un bolso rojo,

y un ejército de terracota se mirará sobre el cristal de la esmeralda

en el anillo de tu dedo.

Todo tiene remedio, Amelia; todo lo tiene.

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(Madrid, 16 de marzo de 2005.)

© 2005 David Lago González

sábado, 23 de mayo de 2009

Aniversario

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2886555

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Para cuando... (ruido ensordecedor in crescendo,

voces, tráfico urbano, implociones controladas a cámara lenta,

plegarias, olas rompiendo, una copa que cae al suelo, remolino

del polvo en la ciudad, una mañana de campo bajo un árbol

donde canta un pájaro solitario...) quiero

un coche negro tirado por percherones blancos, engalanados

de oro, azul púrpura y turquesa, amarillo cegador y blanco.

Que camine sin sonido sobre los guijarros de Camagüey.

Con dificultad y suavidad, como las caderas de una jamaicana

que porta sobre su cabeza un atado gigante de ropa sucia

y baja por la calle de mi infancia, se detiene en el inoportuno

poste de la luz que corta la acera en “cuánto me falta”

y “en ya falta menos”, deja el lío de ropas en el suelo,

se seca el sudor, y vuelve a ponérselo sobre las “pasas” recogidas

valiéndose de una mano que apoya sobre el mundo

que se hunde en la grasa de sus caderas, y con la otra sujeta arriba

el otro mundo y echa a andar de nuevo... Es una cuestión

de equilibrios que el mundo de arriba y el de abajo cohabiten

el mismo universo de mis ojos, que quieren entonces

ser los ojos del mundo... o al menos, de otro mundo...

el mío.

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Yo voy a pedir por esta boca, no me importa nada lo que diga el populacho.

En fin de cuentas, siempre van a hablar...

Yo quiero que Joni Mitchell, y todas sus amantes,

y toda la prole celestial de ángeles de Vancouver y alguna de Québec,

rememoren “la última vez que vi a Richard”

como si realmente volvieran a ver a Richard por última vez

caminando a mi lado, tendido entre el coche orlado y los percherones

de patas peludas cuanto más cerca de los cascos,

y lo recuerden con esa voz entre la diznea y el foso de la ópera.

Quiero que Whoopie Goldberg se siente al piano otra vez

y comience quedamente a repetirme que tuve todo cuanto quise,

que la carencia quizás sólo fue una cuestión de destiempo,

y de equilibrio entre los mundos, pero que el resultado ha sido millonario,

y la cosecha la mejor habida en el universo

a pesar de todos los pronósticos

y de todo cuanto los miserables hicieron en uno y otro lado.

La miseria ni siquiera tiene conciencia del asno que golpea

porque ella, con sus ellos, se alimentan del golpe contra el lomo

y si el lomo desaparece, siguen golpeando

y golpeando,

para escucharse a sí mismos en su vana victoria.

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Por eso

yo voy a pedir por estos ojos

despertarme a la mañana de Chelsea

como antes de saber que sufría por ti

todo lo que la daga aventuraba en su filo mellado,

tudo machucado, tudo machucado

el corazón del apasionado que se lanzaba

por este camino de palabras que conducen hacia la locura,

la locura que es dolor del que no vuelve

pero escapa para siempre de lo ramplón y lo siniestro

entre los cascos de los caballos.

Mayo 2009.

© 2009 David Lago González

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foggy

martes, 19 de mayo de 2009

Los penúltimos días de la Casa de Usher

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Los penúltimos días de la Casa de Usher

son peores que los últimos, y mucho más agónicos

que el colapso total.

Son días de confusión, en que todos,

a pesar de hablar el mismo lenguaje,

hablan una palabra y escuchan otra,

como si un espíritu burlón las cambiara

en el salto de la boca a la oreja

si con buena suerte llega al pabellón que la mosca asorda,

pues si la palabra cede a la gravísima gravedad

y pisa —¡qué digo!—, roza,

cualquiera de los elementos telúricos,

puede desatarse cualquier bobo espanto

que a su vez convoque las más oscuras ofensas de la simplicidad

y también aquellas otras deleznablemente pervertidas de la ilustración.

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(Abril 2009)

© 2009 David Lago González

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viernes, 15 de mayo de 2009

Paraísos cercanos*

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CASA_CAMAGUEY2000Dic

a Frangelina

y los compañeros del Sindicato de Trabajadores

que se negaron a secundar los actos de repudio en contra nuestra

durante los acontecimientos de mayo de 1980 en Camagüey, Cuba

Por entonces vivíamos allí mi madre y yo.

Por entonces,

frente a la puerta de casa se levantaba un álamo y los Miranda tenían cuerpos de ébano bruñido. Si hubiesen aireado sus ornamentos habrían competido con lo inusitado del marañón, única fruta que ostenta su simiente a la vista de todos.

Por entonces,

los Miranda habían descubierto el contento en la humillación ajena y se deleitaban en subirse al árbol para convertir a mi madre en una vieja ramera a la que vaticinaban una segura violación por los ornamentos de otros ébanos bruñidos en la vecina Norteamérica, situando el mismo color de su piel como sinónimo de lo más ínfimo. Yo también sería sodomizado por otros cuerpos oscuros como la noche. No sé por qué razón los Miranda tenían esa extraña fijación con que los únicos forzadores del sexo de hombre y mujeres a noventa millas de aquel álamo tenían necesariamente que ser, como ellos, descendientes de esclavos africanos.

Por entonces,

alguna vez alguien misterioso, como si matáramos ruiseñores, nos dejaba a la puerta una bolsa de papel y llamaba al timbre o dejaba caer la aldaba salvajemente; cuando abríamos, el hedor nos hablaba sin necesidad de palabras, y pacientemente, en silencio, recogíamos nuestro regalo, con el que abonábamos las plantas del jardín interior que, agradecidas, crecían y florecían; el álamo, en cambio, tardaba mucho en espigarse unos centímetros: tal vez el peso de aquel ébano bruñido les impedía crecer con más libertad.

Pero los Miranda se equivocaron: no viajamos nunca hacia el norte, sino al noreste, a miles de kilómetros de nuestra casa, del álamo y de su vulgar suspicacia hacia nuestro futuro. Sus augurios cayeron al mar: la ramera y el marica nunca fuimos violados. Es posible que alguno de aquellos relucientes ébanos, sobre los que se condensaba la humedad del trópico como el rocío sobre la hierba del amanecer, se haya entregado por unas pocas monedas o por someras baratijas a algún nuevo colono europeo en el trasiego sexual del turismo. Todo es posible: hasta cabe imaginar que tal vez ahora vivan en el barrio negro de Miami.

Es alguna de las cosas que recuerdo de ese paraíso cercano llamado Cuba, de ese pueblo conversador y alegre, donde la vida tiene tantas lecturas y las personas tantos pliegues como una falda plisada.

Lamento,

eso sí,

que ya el álamo no exista: fue reducido a simple leña, como todos los otros árboles de mi calle, y hoy aquel barrio es una arboleda perdida. Lo imagino triste al sentir su desnudez impávida ante el quebranto de la historia.

Esto me han dicho: yo no he vuelto. Ni volveré nunca para ver crecer otro en vez de aquél que me acompañó desde niño, y mucho menos pisaré aquellas calles nuevamente para que los Miranda me reciban con honores, como a un pobre sobreviviente que la mediocridad confunde con el triunfo.

Que repose en paz el ébano,

que en alguna parte del recuerdo reposen en paz las hojas barridas por el viento.

Que descanse en silencioso respeto el pasado de mi vida.

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(Madrid, 8 de abril de 1999)

© 1999 David Lago González

*”Paraísos cercanos: Cuba”, documental emitido por TVE-1 la noche del miércoles 7 de abril de 1999.

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lunes, 4 de mayo de 2009

ELOGIO DE LA ESCORIA (A whole lotta love)

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NOTA DEL BLOGGER: Ayer tarde, revisando papeles viejos que han quedado de otras limpiezas, encontré este poema que pertenece a un libro que el éter engulló con voraz apetito.

En esta ocasión, a pesar de estar incluidos en la dedicatoria general, quiero dedicarlo muy especialmente a mi amigo Elio Poblador, y a mi amigo Oscar León Morell que recientemente murió durante la Semana Santa.

En el poema soy indulgente hacia nosotros mismos. Releyéndolo ahora me doy cuenta del matiz trágico que quise omitir o que tal vez no supe distinguir en el año 2000 cuando lo escribí. Digo "Y nos separamos: eso fue todo." Cuando menos, es inexacto: eso NO fue todo.

-o-

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Elogio de la escoria (A Whole Lotta Love)

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...fracasados convertidos en asiduos de las cervecerías.

Isaac Babel

(tomado de las notas de su interrogatorio en la Lubianka)

Este poema está dedicado a tanta gente que es imposible nombrarlos a todos

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El Bosque es hermoso, a pesar de todo.

Excepto cuando llueve y todo se convierte en un lodazal. Pero en los días secos y soleados, si entrecierras los ojos y si tienes la suficiente imaginación, cuando entre los párpados miras la hojarasca, puedes pensar por un segundo que atraviesas el fantasma de Bavaria.

Aquí

he visto yo acuchillar a un hombre casi anciano que corría como una liebre, de mesa en mesa, de árbol en árbol, hasta que fue acorralado contra el mostrador donde se expendía la cerveza.

Aquí

hemos tenido la vida pendiendo de un hilo, y esa vida no ha sido más consistente que la espuma que el chorro del termo producía al chocar contra el fondo del cartón encerado de los vasos: un mero roce mal recibido contra la crápula y habríamos durado menos que el anciano que vi desangrarse.

Aquí

he venido con mi amante, y con el padre de mi amante, y años más tarde con el hijo de mi amante, todos como en una gran familia, escuchando cuentos de isleños de Canarias o rumores de barrios orilleros.

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El Bosque es hermoso, a pesar de todo.

Aquí detrás, contra esa valla de alambre y cuando todavía no habían instalado los termos, estuve en dos noches distintas con un hombre rubio muy hermoso, de pelo rizado y ojos verdes, que se desnudaba por completo tendido en la tierra contra el alambrado y la vergüenza de ser poseído le provocaba tal rigidez mortis que el placer se convertía en la proeza de descorchar una botella con uñas y dientes.

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Pero El Bosque sigue siendo hermoso, a pesar de todo.

Claro que en esta ocasión —ni en ninguna— no hemos venido a admirar su belleza, sino simple y ramplonamente a emborracharnos como eso que dijo Babel entre sus delaciones: “como fracasados convertidos en asiduos de las cervecerías”.

Pero esta vez será la última porque también hemos venido a despedirnos: el Gran Hermano ha enloquecido un poco más, ha separado las aguas del Jordán y ha dicho que todos a los que su simpatía nos es indiferente, podemos cruzar a la otra orilla (donde nos esperan cosas terribles, pero, qué más da; en todo caso, sería un simple cambio de avernos).

No estamos todos, pero estamos muchos.

Es de tarde en la isla tropical y las nubes, como un termo de cerveza incontrolado, se quiebran de improviso vertiéndonos encima sin la más mínima piedad toda la carga que han ido acumulando durante días: todo es excesivo en estos prados.

Nos refugiamos bajo los arcos de un puente y continuamos con nuestra cantaleta del adiós. El repertorio es variado, casi infinito y muy intenso: hoy nuestros ánimos requieren del rock duro el estruendo de su evasión con todo su rigor —en fin de cuentas, nos vamos al infierno—.

In the sunshine of your love, in my white room, summer in the city, born to be wild, y nuestra mayor y absoluta realización musical: “A Whole Lotta Love”.

“You need cooling, baby I’m not fooling,

I’m gonna say <yeah, go back to schooling…>”

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Carlos Victoria asegura que hay momentos extrañamente mágicos en que alcanzo la perfección de la segunda voz, pero nuestro amigo es un borracho empedernido y ha devenido en una total escoria, eso ya lo sabemos, así que, cual Olga Guillot, miente porque su maldad le hace feliz.

Pedro Castro introduce la cuña de su versión ególatra de “Bajo un palmar” y rompe el ruido de la lluvia con el absurdo de la forzada letra:

“Era en una playa de mi tierra tan querida, a la orilla del mar.

Era que allí estaba celebrándose una gira debajo de un palmar.

Era que estaba precioso, con el color de rosa de mi traje sencillo y sin igual.

Era que yo era novio mío, y me sentía nervioso entre mis brazos suspirar.

Era que todo fue un sueño, pero logré mi empeño porque ME PUDE BESAR.”

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La lluvia amaina. Desde lo alto de un barranco comienzan a lanzarnos piedras y a insultarnos: “¡Escoria! ¡Maricones, fuera de aquí! ¡Singaos por el culo!” ¡Qué curioso! ¿Cómo habrán podido adivinar todo eso, desde tan lejos? La gente nos sorprende a veces siendo extrañamente perspicaz. Nosotros, al unísono nos acordamos de Gran Funk Railroad y nos partimos la voz cantándoles “we are an American band...”

We are an American Man.

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El Bosque es hermoso, pese a todo.

Algunos partieron, otros se han quedado, otros se mataron o han muerto, otros tantos han desaparecido y nadie sabe de ellos. No nos pasó nada terrible, en fin de cuentas. Alguna edrada, algún cartucho de mierda, algún palo en la cabeza, un poquito de ácido a la cara, algún muerto nada grave, un escupitazo, cristales rotos, millones de insultos, barcos zozobrantes, locura en alta mar, festín de tiburones, humillaciones, violaciones en los campos de acogida, sed, hambre, y paciencia, mucha paciencia.

Y nos separamos: eso fue todo. También los grupos cuyas canciones cantábamos se separaron: Jimmy Page, Robert Plant, Steve Winwood, Eric Clapton: cada uno va por su camino. Jim Morrison, Janis Joplin, Jimmi Hendrix, sucumbieron a los delirios del averno.

Pocos hemos vuelto a vernos de nuevo; otros nunca volveremos a hacerlo.

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(Madrid, 22 de marzo de 2000)

© 2000 David Lago González

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miércoles, 29 de abril de 2009

ESTOY EN ELLO

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Todo cuanto he hecho o dejado

de hacer (...) está condicionado

por mi incapacidad para soportar

mi propia victoria

como un superviviente.

Jean Améry

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Estoy en ello.

Sé que el yo arrastra ciertas exequias de suave o fuerte resentimiento

y que, en cambio, el nosotros resplandece en la noche

como un elegante puente iluminado

mientras se le mira distantemente desde cualquier colina;

sé de sobra que a la luz del sol también será otra cosa

y que el cemento es gris y opaco.

Sé que no debo jugar con los gamberros del barrio, me lo dijo mi mamá,

y estoy en ello.

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Sé que en lo social debo sonreír, carcajearme y mentir,

una palabra con éste, una frasecita con aquél, un chistecito para el espía,

pero mi abanico está hecho trizas, no tengo donde esconder la cara,

y las casas que tradicionalmente se dedicaban a tal arte

ya están en banca rota;

pero estoy en ello,

ya pedí el crédito para el Fujitsiu silencioso y el ionizado Panasonic

y así poder entrar fresco, pero superviviente,

en la sufrida copa de la gauche divine.

Sé que el vecino no quiere saber que lo que pasó

pasó en este tiempo y no en otro que él no haya vivido

y que sigo sobreviviendo, sin regenerarme,

sin reindustrializarme como un astillero o una mina abandonada.

Pero estoy en ello,

me cambiaré al centro, me compraré un Audi,

insertaré un hilo de silicona y oro entre mis labios estriados.

Sé que no debo mezclarme con los gamberros del barrio,

mi madre me lo dijo hace un rato,

y estoy en ello: cuando les veo, escondo las canicas en los bolsillos

y silbo, mirando al cielo.

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Sé que la vida, o ciertas vidas no entraban en los cálculos

de esa abominable tortura que representa para otros no adaptarse.

Sé lo que significa que te pidan la conciliación; también he sido contable,

he manejado dinero más sucio que el carbón

y hasta he sido elogiado y humillado por mi maestría para acercarlo al blanco.

Pero nadie perdona el horror de la lucidez.

Estoy en ello, desde hace siglos, y sé que la lucidez no es contemporánea.

Mi madre me lo dijo mil veces: no te mezcles con los gamberros del barrio.

Estoy en ello, mamá, te lo juro, pero cada vez hay más necios por estas lindes;

ante sus risas me he desprendido de todas mis canicas,

y estoy en ello, mamá,

tal vez lo consiga,

pero tampoco me queda mucho cielo

hacia el que pueda mirar mientras silbo.

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© David Lago González

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viernes, 24 de abril de 2009

Chiesa dei Carmene

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(c) Giorgio Vido_ Chiesa dei Carmene

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para Isabel Figueroa García-Alix

En vez de tomar el trillado camino de los curiosos organizados,

sales de la Toletta y tuerces a la izquierda,

adentrándote en la vida diaria de los mortales.

A medio andar hacia ninguna parte, la puerta lateral de una iglesia

te invita a dar las gracias a tus muertos, porque este viaje

no es sólo obra de la presencia, sino también de la impresencia

que Valente distinguió como “anhelante”.

El raso rojo que envuelve las columnas,

el púrpura de La Vigilia,

la madera negra del claustro que espera llenarse con las voces de las novicias,

tú sentado en un banco, el recinto solitario,

no hay más oración que el silencio y que quedarte quieto,

turbado por imágenes que buscas, rostros que rastreas, manos que ases en la nada,

voces que se dispersan, ojos, ojos que te avistan y te perciben, asceta allí,

turbado por no más que tu propio pecho.

Varios cirios enciendes a falta de flores,

de las “¡Flores, flores para los muertos!”*

con que aquel sureño ofrendó para siempre la memoria del recuerdo.

Tanto se acumula en la testa que te corona: pequeña sabiduría del ignorante,

versos, vidas, sombras,

parlamentos de la escena que has pisado y vivido en la vida de otros.

Al dirigirte a la puerta, reparas que un haz de decepción

cruza la mirada de la mujer del souvenir y sientes su peso sobre la nuca.

Sales y tomas la calleja hasta la plaza, el pórtico de entrada pone nombre,

y entonces te percatas de que la casualidad no existe.

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(Madrid, 16 de mayo de 2001)

© 2001 David Lago González

domingo, 19 de abril de 2009

I gaze in your eyes

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I gaze in your eyes,

and to my joy I find

that every fear which used to be near,

has gone, gone from my mind.

Cole Porter

Algunas veces

la felicidad no es ya más una simple sensación

sino algo tangible, visible.

Recuerdo, hace tiempo,

una muchacha hablaba a mi sonrisa

como al milagro de una luz

que iluminaba mi rostro, y de paso el suyo.

Acotando los excesos, he pensado

que el amor lleva desde magníficas palabras para el recuerdo

hasta lastimosas consideraciones para olvidar.

Sólo pocos días antes de escribir este pobre reclamo de paz,

yo toqué la gloria de la luz sobre tu almohada. Allí estaba,

como una luciérnaga posada sobre tus labios.

Volaba de ellos a tus ojos y volvía, y volvía

a empezar de nuevo.

La funda tenía líneas azules y blancas, como la sábana,

rematada por un borde que imitaba el denim.

Estábamos debajo del mundo en ese mismo instante,

tú debajo de mí. A nada parecía tenerle miedo,

incluso asuntos tan espinosos como la muerte y la vida.

Me asomo a tus ojos, y para regocijo encuentro

Que todos los temores que solían estar cerca

Se han ido, han volado de mi mente...

Con nada que pensar, ¿cómo podría tropezarme con ellos?

Fantasmas o piedras, qué más da lo que sean.

La luz que hace mil noches di a aquella muchacha

vuelve ahora a mí, verde también,

y en mi desnudez gratifica la tuya.

En la de ambos se crece.

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(Madrid, noviembre 2004)

© 2004 David Lago González

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miércoles, 15 de abril de 2009

Long may you run (Neil Young & Stephen Stills)

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(C) JPereira

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a Enrique Bedoya

Lejos puedes correr,

pero muy de cerca te va a seguir.

No importa hasta dónde llegas,

no importa si bajas al sótano o subes al ático

engarzando perlas, o creyendo

que te has burlado de los pescadores de ostras,

esas perlas van a pesarte como rocas en los bolsillos.

Asegúrate de desnudarte cuando entres al mar

porque no alcanzarías el banco de arena

que en Varadero, mucho antes del atardecer,

asoma su pecado, muestra su oro.

Claro, haz como si nada,

como si nada de lo sucedido hubiera mermado tu fuerza.

Ama con la misma voluntad de descubrir tierras salvajes y dominarlas.

Pero no olvides escupir sobre los utópicos

y con grosería pisar con el zapato repetidamente: el error de sus fantasías

y esperanzas erró en ti la realidad y la cambió por algo

que te hizo fantasmal y viscoso, como un pantano.

Por supuesto, ellos se reúnen a menudo

en sus banquetes de blanco mantel,

escondiendo sus bocas tras el pañuelo manchado por la sangre del abedul.

Y al que al cabo de veinte o treinta años, vuelve otra vez

para enmarcar el corazón bordado y colgarlo en el salón,

a ése, mátalo sin conmiseración,

a ése, del que por mucho que huyas siempre te atrapará.

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(Madrid, 5 de julio de 2006)

© 2006 David Lago González

viernes, 10 de abril de 2009

The lucky few

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Of all the lonely people

you're among the lucky few

if it comes even once in a life.

Kenny Loggins

Nunca te quejes. No te lamentes. No culpes a nadie.

Te escogió la suerte para salvarte de la soledad de ser un viejo sabio

con menos sabiduría que la necesaria para quitar el polvo de los libros.

Sabes que ordenarlos según país o según autor

es algo tan breve como mantenerlos limpios.

Y luego, ¿qué haces? ¿Vuelves otra vez a vaciar los estantes?

¿Quizá quieras mover la librería de lugar para pensar que cambia la estancia

y la vida es otra que la que esos libros ya te demostraron?

Acepta. Acepta. Acepta

que los libros ya tienen su propio lugar guardado en tu corazón.

Estás entre los pocos dichosos

para los que por una vez en la vida,

la soledad será solamente el ala de un porvenir que apenas te roza,

que apenas si te roza lo suficiente como para herirte seriamente.

© David Lago González

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jueves, 9 de abril de 2009

Últimas voluntades

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No me anuncies en homenajes;

vivo o muerto, los versos son indivisibles de mí mismo

y ambos valemos lo mismo, mucho, poco o nada.

Si quieres, si quisiste,

alguna vez ser algo,

sólo extiéndeme una mano, tócame, siénteme.

¿De qué me valen tus palabras

si ya no tengo oído para escucharlas:

para que las oigan otros a favor de tu propia vanagloria?

Y ¿quién son esos otros para oír de mí?

Y ¿quién eres tú para juntar unas cuantas palabritas

al lado de un grabado insustancial y que todo quede tan fino, tan educado,

tan intelectual? ¿Es que acaso no sabes que, vivo o muerto,

sigo detestando tal podredumbre?

Como dice esa gran pensadora de los burdeles sabaneros:

“bórrame del cuaderno donde está mi nombre escrito...”

y no me muestres en el escaparate de lo bonito,

junto al dildo usado, la bandera y el bacalao seco,

las cutaras y el twang ergonómico de Calvin Klein;

¡y no me mezcles, por favor!

Respétame, sería el mejor de los elogios:

quiero que mi muerte sea tan anónima como mi vida

y, si es posible, que goce de un poco más de paz.

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(Madrid, 16 de noviembre de 2004)

(C) David Lago González 2004

lunes, 6 de abril de 2009

Sueños

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Sueños... Esa palabra peligrosa.

Ese acto imposible y falso

que la elementalidad da por obligado,

respuesta segura

antes que pregunta al entrevistado.

El sueño es más largo y constante que un deseo.

Los simples del medioevo

confundían los sueños con alcanzar el cielo

y con fornicar entre las boñigas de las reses.

Los sueños de la infancia son todos inducidos

porque en si la infancia ya es un sueño.

Llegar a ser alguien, y todas las madres

piensan al unísono en la medicina:

la bata blanca inmaculada sin barrunto de sangre,

de forma que la ilusión se duplica en sí misma

al dejar de ser humana para hacerse milagrera.

Nadie sueña con ser poeta o dictador.

O soñar con matar un millón de personas.

O soñar con poseer un millón de aves de corral.

Oh no, Señor, para soñar están las aves del paraíso,

en todo caso el largo cuello de los cisnes

que enamorados dibujan un corazón en el espacio.

Soñar va más allá de querer ser, o querer tener,

y siempre se confiesa en el futuro mencionando el pasado:

niñez o juventud, luego ya no se sueña más.

Luego se alcanza el sueño, oh espasmo excitante.

Luego se deshace el sueño, ah langosta podrida

por un exceso de las corrientes térmicas.

Luego se sobrepasa el sueño, y el mundo se ve mínimo

y resplandeciente desde la oscuridad del infinito.

Yo quiero tener mi sueño, en el que sólo viva yo y nadie más,

porque cuando mi sueño es también el tuyo

puede llegar a ser el terrible espanto de un tercero.

Luego se convierte en un derecho.

Más tarde en un deber.

Y el sueño se hace ley.

Y no hay nada más infeliz que ser feliz por decreto.

Llegó la hora del sueño. Vamos a soñar que todos somos libres,

o que todos somos tontos, o que todos somos luciérnagas

por lo cual la noche ya no existe a causa de nuestra luz.

Y si el sueño se vive de noche y la noche ya no existe,

¿cuándo vamos a soñar, estirar las piernas, dormido

lanzar el brazo hacia el otro cuerpo yacente?

Dormir de día, soñar despierto. Trabajar pues ¿ya nunca más?

¿Nunca más fornicar bajo el aroma del estiércol?

¿Nunca más abominar, odiar, matar, amar, vivir,

escribir un maldito poema para ajustar cuentas con el enemigo

porque ya tampoco hay enemigos, luego no hay poesía?

Y que el tirano piense que es un científico,

y el escribidor un malhechor, y el fontanero de ligeras toxinas

el unicornio perdido de una canción, y Kafka

un enorme insecto alado que me despertaba

cuando había noches bajo el mosquitero...

y cuánto cuidado hay que tener para soñar,

esa palabra peligrosa, ese párpado silencioso

que cae sobre mi mirada y abre una puerta de acaso inescrutable.

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(Madrid, 31 de agosto de 2008)

© David Lago González 2008

viernes, 20 de marzo de 2009

Billie Holiday canta "Autumn in New York"

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AUTUMN IN NEW YORK

(Vernon Duke)

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It’s time to end my holiday and bid the country a hasty farewell.
So on this gray and melancholy day, I’ll move to a Manhattan hotel.
I’ll dispose of my rose-colored chattels and prepare for my share of adventures and battles,
Here on the twenty-seventh floor looking down on the city I hate and adore!

Autumn in New York, why does it seem so inviting?
Autumn in New York, it spells the thrill of first-nighting.
Glittering crowds and shimmering clouds in canyons of steel;

They’re making me feel I’m home.
It’s autumn in New York that brings the promise of new love.

Autumn in New York is often mingled with pain.

Dreamers with empty hands may sigh for exotic lands;
It’s Autumn in New York;
It’s good to live again.

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Billie Holiday canta Autumn in New York

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Vendría bien el diminutivo más pequeño, más corto,

para expresar el salto que la voz da,

atrás, en el fondo de la bóveda,

escabulléndose bajo la gran campana roja que cuelga del centro

como una lámpara de araña recogida en sí misma,

pensativa y concentrada en esa inflexión

con que transmuta la ciudad en una invitación eterna,

y paraliza lo bueno de vivir otra vez

en el éxtasis de la primera noche de todas las noches.

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© 2009 David Lago González

jueves, 19 de marzo de 2009

El otro lado

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Los designios del poder quedaron del otro lado.

Mas ¿están realmente tan lejos como para sentirnos a salvo?

Como el sol, con su inclinación,

cual sombra unas veces se adelantan

y otras nos persiguen.

Cuando hablan de formas de gobierno, óyelos,

parece que les asiste una vasta sabiduría,

una longeva experiencia en equidades salomónicas:

habla la serenidad y la justicia

de los que no somos sino torcidos viejos retoños

de un injerto mal habido y obstinado

en la pupila de una visión

que, como la fantasía del corazón eternamente joven,

no quieren perder.

Los que osan expresar su desacuerdo,

quedan ahora del otro lado.

Y el otro lado es un laberinto,

tan sólo un laberinto del que ninguno salimos bien parado.

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© 2009 David Lago González

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miércoles, 18 de marzo de 2009

Repudio

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Dos sonidos ruedan García Roco abajo,

uno por el cielo, otro por el suelo.

Se desplazan sobre y bajo el calor

primero como un pequeño reptil inofensivo

que se enrola en la ola del mediodía implacable

o de esa hora aterradoramente larga y soporífera que marca las cuatro.

Después se levanta en cresta de boca mitológica

cuando se nos echa encima de las ventanas.

El ruido del cielo parece estallar en el espacio abierto del patio central,

aceros eslavos, caucho ucraniano, aceites muertos de un mar ajeno,

o el silbido de esa nacionalidad inventada, creada por fuerza y de la nada.

Si este ruido cayera de una vez sobre la cabeza del loco,

si hiciera arder las nubes para arrasar de una vez

el miedo y lo incierto...,

el murmullo que se desliza como una manada de ruedas sin freno

atenuaría la colisión de dos tiempos irreconciliables.

El imperio poderoso nos atacará, irremediablemente,

una vez más, otra vez como cada año, como cada noche,

dicen los periódicos y las radios.

Y cientos de rostros extraños nos gritan por el patronímico

superponiendo atributos increíbles.

Correr hacia el salón a desnudarlo del inerte mueble amado

que fue midiendo lentamente la expansión de la carne,

salvar las lámparas de la profunda oscuridad de la miseria del oportuno,

todo lo que va infundiendo ternura a los palacios.

Correr hacia el cielo del jardín

a vigilar cuándo caen esos pájaros de guerra.

Y de pronto el silencio,

un silencio por el cielo, otro por la calle.

Y después volver a empezar.

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En el entreacto salimos fuera, lo más lejos de todo,

la última habitación, el comedor, el patio.

Y nos abrazamos.

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©2008, David Lago González

(Madrid, 31 de julio de 2008)

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domingo, 15 de marzo de 2009

Fresas Silvestres

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fresa silvestre

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Receta

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Cuarto de kilo de hermoso fresón.

Cortar la corona verde bajo el chorro del grifo.

Abundante agua

para limpiar la tierra que se adhiere a la piel rugosa.

Partir la fruta en dos mitades

o en cuatro porciones según el tamaño de la unidad.

Poner en un boll.

Agregar azúcar generosamente, tal vez

un poco de vainillina también.

Tapar y agitar bien

para que los trozos de fruta se impregnan del azúcar.

Colocar en el frigorífico.

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Dejar pudrir.

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© 2009 David Lago González

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Receta (2)

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Cuarto de kilo de fresón silvestre.

Guardar en la nevera

sin cambiar el papel en que lo envuelven.

Comenzar a dejar pasar los días

protestando mudamente de un anticipado olor a podredumbre

que invade el frío interior plastificado

y que salta al mundo cada vez que se abre la puerta.

Al cuarto día desaparece el olor.

A los quince se hace insoportable.

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Entonces,

abrir un trocito del envoltorio.

Comprobar que un moho blanco cubre el rojo.

Y tirar a la basura.

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© 2009 David Lago González

lunes, 9 de marzo de 2009

Cita furtiva

Cita furtiva

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para A., furtivamente

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If I, like Solomon,

could have my wish...

Marianne Moore

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Be careful, it's my heart:

it's not a watch you're holding: it's my heart.

It's not a note I sent you that you quickly burnt;

it's not a book I lend you that you never returned.

Remember, it's my heart:

the one with which you'll be a part.

It's yours to give, to keep or break,

but please, before you start, remember: it's my heart.

Ira Gershwin

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-o-

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-o-

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NO QUIERO LLAMAR con los manidos nombres de la reciedumbre o la dureza

a ese cuerpo que se tiende de bruces en la cama y sobre él

la sombra de otro cuerpo les hace hundirse a ambos en movedizas dunas

donde las cualidades se hacen maleables, o suave seda

al beso de unos dientes y una boca que escarban sin resuello, como un gato enloquecido.

Por eso quiero invocar un nombre simple y contundente, que tal vez no exista

y que resuma la manera en que sus hombros se prolongan sobre alcores palpitantes

y mezclan en su dorso sus dos mitades perfectas

confluyendo en un más que leve, levísimo canal

que sutil conduce a dos macizas puertas de roble

--impresionantes, como las esculpidas en Petra--,

donde se sufren espejismos y deslumbres a través de una oscura lucerna,

pero también donde morir es un capricho que regalan los dioses.

Y ello no es labor de uno solo, sino de uno y sus dobles,

porque yo soy yo y soy dos y soy tres, y múltiple

me desdoblo y me disfrazo hasta no saber

si la voz sale de mí o de muchos a la vez;

y él es él y cientos y miles, y múltiple

olvida y confunde por unas horas

los caminos por los que su cuerpo, irremediablemente, al final de cada tarde,

se levantará y escapará hacia una cordura de días uniformes

donde volverá a ser uno solo, único,

y yo regresaré también a mi número de siempre,

cada cual aguardando de nuevo la multiplicidad de nuestros cuerpos.

(Madrid, 1995. 21 de Julio)

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LA CASA ESTÁ EN ALQUILER, y yo la habito.

Limpio los rincones donde se acumulan las sombras,

cenizas que levantan polvaredas como tornados si no se las pisa con el debido respeto.

Saco brillo al picaporte. Pinto las paredes y los techos,

que luego se extienden infinitos como el cielo o la noche, o como el cielo de la noche,

o ambas cosas, en fin: algo inmenso y repetido que nos anega inermes.

Compro una cama nueva, ancha y fuerte,

que sostenga con suavidad nuestros cuerpos,

o nuestro cuerpo de ocho brazos como una lámpara luciendo todos sus fuegos.

Soy el amante, la justificación de un adulterio, la verdad de su engaño.

Como todo amante que se precie, intento ser bueno, soy afanoso y entusiasta;

cumplo con mi trabajo, me muevo con soltura y precisión,

y cada vez guardo bajo mi piel una carta inesperada para la próxima ocasión.

Me esfuerzo en hacer del tallado una creación de ciencia inapelable

donde cada milímetro tenga una resonancia especial

y cada silencio sea ocupado por el silencio o la palabra precisa,

por supuesto ensayada mentalmente unos segundos antes

para provocar la reacción justa en el momento adecuado.

Yo no puedo decir, en cambio, que ese otro cuerpo sea mi amante;

tal vez es mucho más, posiblemente menos;

en cualquier caso, son dudas que debo compartir conmigo mismo

y nunca transmitir a quien se supone que recibo con el corazón ligero,

trasmutado en músculo que late y acompasa y acompaña

a unos besos que se mueven sobre la superficie del agua,

profundizando sólo en ciertas zonas donde el goce se hace excesivo,

insostenible, y estalla como un géiser termal, hirviente.

Todo parece bien como lo he dicho, razonado y sincero;

fluido y ágil como cuando la noche se moja levemente

sobre la inconstante sonrisa de las terrazas.

Y sin duda todo ello lo es.

Pero tanto si abro los ojos como si los cierro,

su rostro y su cuerpo inundan mi ventana,

anulan el cielo, hacen de la noche un cirio que se agota;

y todos mis métodos, mis artes, mis mañas

de amante afanoso y entusiasta se vuelven nada,

contra un corazón que abandona su frívola mirada

de aleatoria confidencia de amiguetes en la cancha,

y retorna a lo que siempre ha sido: un murmullo absurdo,

un vicio, absurdo e irreversible, finalmente incapaz de engañarse a sí mismo.

(Madrid, 1995. 27 de Agosto)

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UN MES DURO y cruel este agosto desierto,

transitado por coches fantasmas, ocupado por la ausencia

de sus sombras que han dejado en las calles el espacio reservado

y aparentemente libre para confundirnos al cruzarlas

como si de una ancha pradera se tratara.

Las personas y los ruidos han retenido su sitio intacto

y el silencio es ahora un espejismo, la resonancia

de las voces mudas de quienes nos hemos quedado

y no encontramos la albardilla de los ecos que tanto odiamos,

ni siquiera la pinturera locuacidad de los taxistas

cuando en la noche, de regreso de los cines vacíos y entristecidos,

nos devuelven a la casa yerma,

y al recostarme en la cama, y darme la vuelta,

rozo el lado derecho ocupado por tu ausencia.

(Madrid, 1995. 27 de Agosto)

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HE SIDO amado, profundamente, larga y obsesivamente.

Tan sólo hasta hace unos meses, era desposeído de aspereza y silencio

y vestido por un cuerpo que te rescata de la noche

y te cubre de asombro, y profundiza con dolor o dicha espontáneas

la gota traspasada de los días, y se marchita y te perdona,

y sale a la mañana, sin memoria, para empezar de nuevo.

Tan sólo hace unos días sucedía esto, y hoy parece que lo distancia un siglo,

recóndito, clausurado por una llave helada, cruzado

por un rostro que no quiere volver sobre la mirada difusa sus ojos huidizos.

No sólo he sido amado con el atisbo perdido del aire inerme,

sino que yo mismo he compartido ese enigma de luz y niebla

y al espejo he echado mi aliento, todo cuanto tenía,

para que me devolviera minuto a minuto el tiempo, como un reloj su arena,

con su desgarro y su risa,

la zozobra o la calma que se forja en el silencio,

o una flor envenenada, o una dicha más íntima,

como la suave agitación del mar cuando los pies cruzan su frontera

y comenzamos a pertenecerle, y en sus manos está el liberarnos

o llevarnos consigo al punto desde donde surte a la vida

con la espuma desmayada que nos salpica el rostro.

Tan sólo hace unos meses sucedía esto.

Tan sólo hace unos meses y hoy transito por otro camino,

mitad sombra, algo de luz,

a ratos el sol te deshace como a la nieve,

a ratos la luna te ayuda a quemar la noche

con una limonada suave después de la jornada.

Esta vez sé que no seré amado ni profunda, ni larga ni obsesivamente.

Tal vez sea yo el suicida hechizado que se lance a su cuerpo,

a sus ojos, a su nuca ciega y anhelante,

a su cintura tendida en la cama como un juguete roto,

a sus muslos desordenados...

y confunda todo ello con el corazón.

(Madrid, 1995. 27 de agosto)

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VIVO ANTICIPADAMENTE.

Hasta el último detalle imagino lo sucedido,

lo que ni siquiera llega a suceder,

que la realidad para mí es un fracaso

o me trae la dicha doble de revisitar las estancias del sueño.

En una flama irreal me consumo, ardo con mi propio fuego,

y naufrago antes de subir la rampa de acceso.

A veces me consuelo con que al frustrarse el vuelo,

ya yo he ido y he vuelto,

ya yo he vivido las mil vidas

donde no cabe la luna esquiva ni el desencanto,

ya me he dejado los labios de tanto violentar su cuerpo,

he cruzado la memoria y he traído la noche,

donde me espera otra vida donde afanarme,

otro día a rellenar de recuerdos que no son pasado

sino horizontes fantasmales, y son olvido y son cenizas

incluso antes de rascar la cerilla contra la piel del silencio.

(Madrid, 1995. 27 de agosto)

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"¿Quieres venir conmigo a un viaje al Paraíso?"

A.

OTOÑO DEL 95.

Leve y fría la tarde se desgrana en el gris

hollín de las nubes sobre el alero de los hombros.

Debajo, la calzada mojada por una lluvia invisible y fantasmal.

Con estos tres dones te saludamos: tarde en que nos reconocemos

como ciegos amantes palpándonos en la penumbra de las persianas echadas;

noche en que dormimos abrazados:

frente a mi boca su espalda como un muro,

frente a mi cuerpo, su espalda, sus nalgas y sus muslos

sujetos por el bordillo de mi silueta para que no escapen

ni se vayan con la luz tras la mañana que nos viene, inevitable,

fin del paraíso.

Y en mitad de la noche, infinita y secreta,

tres ambrosías en la boca encuentro,

sólo comparables a un hartazgo de machuquillo,

cuando se funden savia y carne de plátano y marrano

en el momento en que las formas pierden su contorno y se hacen sueño.

Y si el sueño vuelve su espalda, se crecen sobre el mar

dos montañas gemelas luchando por la belleza de una línea

que va a caer al abismo azul de las sábanas

como un galeón en busca del descubrimiento;

en mitad, un cráter que no erupciona, ni lava ni piedras ni cenizas,

sólo un grito a mi boca pide, sólo un grito,

quedo, silencioso y sin palabras ni miradas,

con sólo nacer una isla sobre el mar, empinarse más sobre las olas,

mi lengua calma, agota su sed y calla su llamada.

Y en las más altas latitudes de los cerros,

los faros de sus pezones, tan solitarios y perdidos

que dan tristeza, pero la noche es larga,

qué larga es la noche, sin luna, que olvida el día y su amenaza,

y festeja con mi boca lo que en la oscuridad encuentra.

Sobre el desierto de su pecho... ah, me cansa la caminata,

un respiro entre las dunas, que se mueven

pasando suavemente de una a otra granos de arena,

tramando un trueque de locos mercaderes:

el incisivo zarpazo dental de la rabia por el fulgor de un tocamiento;

y yo escondido en la noche, como uno de esos animalitos

que sólo salen para beber el rocío del Sahara.

El cuello tiene paredes de cristal de agua,

frágiles y temerosas de una fisura por donde penetre lo insostenible,

lo que le torna en niño, quebradizo y trémulo,

en un gesto que une cabeza y hombro

omitiendo el cuello, que se protege en la sombra tras un beso.

Qué desorden de labios, lenguas y dientes;

qué hiedra se prende de la carne roja: la boca

que no sabía besar boca de hombre

enreda con su dardo serpentino la noche en un lazo eterno.

Y al siguiente día, la tarde llega

para desgranar el frío hollín de sus nubes sobre nuestro pecho,

calzada mojada por una lluvia invisible y fantasmal

que nos despide, espada que nos expulsa hacia el desierto.

-o-

Go on and tell me lies, but hold me tight,

save your goodbyes for the morning light,

but don’t let me be lonely tonight.

James Taylor

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(C) David Lago González

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