sábado, 28 de febrero de 2009

LECTURAS FUNDAMENTALES

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EL MUNDO DE AYER, de Stefan Zweig.

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Lecturas terribles. Lecturas esenciales. Lecturas definitivas. Los nombres que se les podrían dar son muchos, pero en todos abunda sobradamente la rotundidad del hecho de que, en cualquier medida que sea, en quienes las consideramos así cambia algo en nuestro interior después de haberlas conocido.

Nunca más la he vuelto a leer. La autobiografía de Stefan Zweig cambió ciertos rumbos en mis pensamientos, no recuerdo si en los late ‘60’s o muy a principios de los 70. Como en el caso de La Montaña Mágica de Thomas Mann, amplió enormemente el horizonte de comprensión del ser humano y del propio mundo. Y a pesar de lo tremendo de todo cuanto se dice en ella, dejó en mí sed y voracidad por saciar más y más la visión de aquel mundo que su autor nos brindaba con tanto dolor. No hay nada como vivir con intensidad desenfrenada y carnal toda la profundidad humana. Dar y percibir todo en cada gesto propio y ajeno no es una opción ni una elección política, social o vitalmente correcta o incorrecta, sino la manifestación de una naturalidad que no todos poseen ni todos son capaces de recibir. Hay algo suicida en este acto; indudablemente los que así piensan y actúan no van a contribuir con su longevidad a sostener las columnas de ninguna academia: para eso hay otras personas que no son menos importantes, pero no podemos aspirar a escribir un poema y al mismo tiempo fabricarnos los zapatos.

La edición cubana de ese libro —creo que de la editorial Huracán, aquella que, al leer sus libros, nos iba dejando la página leída en la mano— “la perdí” en Cuba. Es quizás de esas pocas cosas que lamento haber dejado, pues verdaderamente lo de “perder” es un poco exagerado ya que se suponía que un libro tan conocido podría conseguirlo fácilmente del lado de acá. Pero una vez acá no me fue fácil porque ya a nadie le interesaba leer a Stefan Zweig. Fue gracias a un cliente de un restaurante donde trabajé durante varios años y con quien establecí una espontánea amistad durante años (él también era tan contradictorio como siempre lo he sido yo), que pude recuperar la autobiografía del austriaco y un día se me apareció al comedor con la sorpresa del regalo. Siempre le estaré agradecido: algunos coleccionan esmeraldas, yo colecciono sufridores que me ayudan a sufrir de mejor manera y a tornar el dolor en conocimiento.

Para Carlos Victoria también su lectura representó mucho, en aquel primer momento en que con algún desfase coincidimos en su conocimiento. Pero mucho más años después. Esto quizás no lo sepan muchos, tal vez Nikitín, Emilia, Rafael, no sé si Elio. Durante aquella etapa febril —¡cómo iba a ser de otra manera!— de los viajes de La Comunidad y de los gusanos devenidos en mariposas (continuación en el tiempo de los venceremos, los areitos, las personalidades representativas de la comunidad cubana en el exterior —en que tanto tendría que ver el felizmente difunto Jesús Díaz— y que terminaría, como todos sabemos, en la toma de la embajada del Perú y en el éxodo del Mariel (no hay nada nuevo bajo el sol, como nada espontáneo bajo la revolución), volvió a Jayamá una tía suya que vivía en OpaLocka. A su regreso a los Estados Unidos comenzó a hacer gestiones para, mediante la Cruz Roja internacional, sacar de Cuba a su hermana y a su sobrino. Era un tiempo muy raro para nosotros los que nos considerábamos un poquito inteligentes y sensibles, veíamos el desastre de la falsa reunificación y danzábamos enloquecidamente encima de una cresta de inconciencia y casi cretinidad. En realidad nadie pensaba en salir en aquel momento, y mucho menos nosotros que valorábamos en lo que nos habíamos convertido ambas mitades. Pero, en fin, las gestiones de su tía comenzaron a dar frutos, y Carlos y Estrella estaban en la vía posible de obtener resultados migratorios. Y entre tanta confusión, Carlos volvió a leer “El Mundo de Ayer”. Después fue a la Oficina de Emigración y renunció a la salida suya y de su madre.

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© 2009 David Lago González

Stefan Zweig's Official Site - http://www.stefanzweig.org/

jueves, 19 de febrero de 2009

Ma vie

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“Ma vie” fue una tierna balada francesa allá por los primeros 60,

pero en eso quedó, miles de melodías la han sepultado en el silencio

y algún lejano recuerdo que súbitamente remonta las colinas de la memoria

la devuelve a la boca alguna vez, como un beso de juventud.

Mas eso nunca fue tu vida.

Tu vida es la dura realidad de la roca, el abrasante choque del viento,

la brisa espeluznantemente suave y perfumada que cruza una isla delgada,

un beso de los buenos o un buen beso, el mantel bien puesto,

el amor, el disgusto, el pánico, la tortura del miedo, la costumbre de mirar atrás

y bajar la voz, el garrote vil de imponerme otra vida que ni siquiera quiero morir.

Y es lo que has salvado de todo eso y lo que no has podido evitar.

Tu impotencia es sentir terror y quedarte mudo ante un simple funcionario.

Pero tu vida no es de otros su utopía ni sus sueños de juventud,

ni una camiseta roja, ni la eterna comparación con la desgracia ajena,

y mucho menos una taza de café, un maldito cigarrillo, un limonetto.

Es hora de que esos otros admitan ya

que ciertas zonas bajas de sus cuerpos se han cubierto de gris,

sed sinceros, os equivocasteis. ¿Qué le vais a hacer? Tampoco es el fin del mundo.

Cuando miréis al espejo, daos cuenta que el cuerpo no es una utopía

sino una realidad, y que la tuya no tiene por qué ser menos que la vuestra.

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(Madrid, 28 de mayo de 2003)

© 2003 David Lago González

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miércoles, 18 de febrero de 2009

El inventario

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Cuando llegaron al recuento de la cristalería y la porcelana, uno de los militares, apartando su vista de la vitrina, le dijo: “Ahora va a tardar mucho tiempo en volver a reunir las copitas, Vieja...” (La palabra “señora” estaba prohibida, y la mujer no era merecedora de ser llamada “compañera”.)

Ella guardó silencio, un silencio tenso y pesado, como calima que se nos echa encima sin que podamos hallar cobijo suficiente, y al cabo de unos segundos, contados por la rabia contenida o por una indiferencia muy lejana, miró a los ojos del hombre, sostuvo ambas miradas ―la del militar y la suya propia― y le contestó:

“Cuando una es pobre antes y luego adquiere cosas, esas cosas las guarda en una vitrina y de vez en cuando las mira. Nunca las cuenta, como hacen ustedes ahora. Ya no tienen importancia. De cualquier forma, de haberlas utilizado habría bebido en ellas algún licor fino, propio de mujeres --un poquito de ‘creme de vie’, por ejemplo, que hace mi hermana Bertha, muy buena, por cierto--. Usted, en cambio, las habría llenado de aguardiente de caña o de esos rones que la gente llama “matarratas”. Y en esa diferencia del contenido de las copitas existe también otra diferencia que creo que se llama <vulgaridad>. Eso es lo que nos separa a usted y a mí y esa es la razón por la que abandono su país y regreso al mío, que está aquí, guardado en mi cabecita... de vieja.”

―Y llevándose el índice a la sien la tocó con dos sutiles golpecitos, con los que dio por concluidos los comentarios sobre algo tan poco importante como un juego de copas, que para colmo de la gratuidad, ya llevaba años incompleto.

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(Madrid, 20 de Marzo del 2000)

© 2000 David Lago González

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lunes, 16 de febrero de 2009

MOLESKINE (7)

La familia y el circo

cap En diciembre pasado, de pronto yo heredé una familia. Cayó del cielo, sobre Barajas, y yo participé del re-encuentro (gracias a Dios, NO “de la cultura cubana”) discretamente, aunque para satisfacción personal he contribuido inicialmente a él de una forma sólida y continuada, incluso en contra de la lógica de otros amigos que me veían peligrar por consecuencias asociadas. La gente puede pensar que yo voy a estos reencuentros y recibimientos con gran alegría, al menos con la alegría de personas que no están aquejadas de separaciones colaterales, pero ello no es cierto. Soy una persona seriamente enferma; quizás siempre lo fui pero ahora soy mucho más sabedor de ello. Digamos que el muerto que llegó en el año 82 del siglo pasado a ese mismo aeropuerto no es el mismo de ahora y que ahora estoy ya absoluta y terminantemente convencido de que no podría volver a vivir otra vez con la responsabilidad y la alegría que puse entonces en cada gesto.

De forma que, con todas sus satisfacciones y consecuencias, en el testamento vital del paso de la vida me venía asignada una familia. Casi numerosa. Marido, mujer y dos niños, y aún falta una perrita que volará —si Dios lo quiere— en el próximo mes de marzo. ¿Adivinará la perrita quién es “el tío David”? Bien, el caso es que, pasadas las fiestas navideñas, de vuelta de otras reuniones en torno a la mesa del manjar, esa terrible e intransferible sensación de infinito cansancio se hacía palpable una y otra vez al regresar a casa. A veces podía remediarla el sueño de una noche (aunque no fuera “de verano”), otras necesitaba también el día siguiente, y el otro, para reponerme. Pero para reponerme de qué.

Pues, simple y llanamente, del desarraigo.

El desarraigo conduce al extrañamiento. En teatro existía aquello de “extrañamiento brechtiano” que en un momento de mi vida, y de ciertas vidas, estuvo muy de actualidad (y no pluralizo del todo la experiencia porque, como otras, siempre es factible la negación de la existencia que uno ha conocido y —valga la redundancia— vivido, y ante argumentos de esa índole sólo cabe el suicidio o el homicidio). El “momento extrañamiento” se produce cuando yo salgo del cuerpo donde habito —no, no es el argumento de la transexualidad— y me sitúo a un lado, o en una esquinita, observando la escena de la cual formo parte. Situación onírica y metafísica en que uno se volatiliza y es capaz al mismo tiempo de participar y enjuiciar o valorar o comparar, o sea, en fin, pensar un poco. Eso me pasa también en las manifestaciones políticas: dentro de la muchedumbre nunca puedo abstraerme de que, por encima de todo, soy un individuo. Creo que verdaderamente es más bien una especie de maldición.

Eso me sucede también en el circo. En el circo, ése, de toda la vida (independientemente de las aportaciones de la época). Y he aquí donde se unen las dos cosas: ayer tarde mi familia me llevó al circo. No logré sobornar a ninguno con anterioridad y fui conducido hacia las carpas bajo la más absoluta ignorancia. No recuerdo qué clase de público acudió a la ocasión en que pude ver el Ringling Brothers Circus en Camagüey en la década de 1950 y la única imagen que guardo de ello es que, para gran regocijo infantil, un paquidermo defecó sobre la arena, pero por lo general a los circos siempre va lo que por entonces en Cuba llamábamos “gente de reparto”, que no se refería a que estuvieran compitiendo en un casting sino que “el reparto” era siempre “el barrio” utilizado en un sentido marginal. La noche de anoche no fue una excepción.

Al circo me llevaba mi padre. Mi madre hizo una única excepción, y ya podréis adivinar en qué ocasión. Y mi padre creía que a mí me gustaba el circo. Es una idea bastante generalizada asociar circo con infancia, pero, aunque nunca se lo dije, la verdad es que yo detestaba la tramoya. Tal vez influyó algo el tener acceso cada domingo matinal al horripilante Circo de Valencia en la televisión, con la también horrible familia Aragón que capitalizaba toda la elementalidad del payaso. No sé. Lo cierto es que mi padre se deshacía en reclamos de atención que yo no podía comprender, y mi apatía (que largamente me ha acompañado en las buenas y las malas y tantas consecuencias ha tenido en ese algo llamado porvenir que se suponía que yo tenía) provocaba en su semblante una mezcla de impaciencia y perplejidad, que, tal vez era la sombra adelantada de una pregunta que no quería realizarse: “¿por qué tengo yo un hijo tan raro?” Una tarde, en la Plaza de Villa Mariana, ya él cayó en franca desesperación cuando después de una de las actuaciones de los payasos, yo estallé en sollozos cada más vergonzantes (para él), y no sin cierta rabia me arrastró al exterior de la mano. Es que los payasos siempre me han parecido muy tristes y nunca he podido comprender de qué se ríe la gente.

En Brasil están prohibidos los animales dentro de los circos. En un país donde a diario se matan entre sí miles de personas, la humillación animal es punible. Si en diferentes ocasiones políticas, colectivas o individuales, el individuo es sistemáticamente humillado hasta hacer de él una piltrafa, en los circos del mundo los animales son degradados a una cruel elementalidad humana. Quécirco_dancing-bear tristes, sobre todo, los osos, haciendo de porteros de football; el contoneo de caderas de una rumbera; el movimiento de hombros de una zíngara; y el más grande de todos corriendo en las dos patas traseras, lo que los deja con un culo bajo que casi arrastran por la arena, y una especie de malla que le colocan en todo el hocico hasta el collar que les aprieta el cuello y se lo estira a la manera de alguna tribu africana, rematado todo ello con el caramelito que le dan al final como premio. Qué descafeínado un posible león albino, tal vez tratado con algún decolorante para lograr la evocación, evocación de la sábana salvaje en más de tres tristes tigres y leonas que parecían moverse en cámara lenta. Qué humillante la cabeza gacha de los elefantes, cuánta pena en esos rostros.

El único animal al que me pareció ver sacar dignidad de su cautiverio fue el caballo. Sabía tornar la doma en maestría, como diciendo “yo te doy arte a cambio de lo que tú, hombre, crees que es espectáculo”, “yo, estúpido, te enseño a ser digno, te digo cómo ser Un Hombre.”

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© 2009 David Lago González

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lunes, 9 de febrero de 2009

La lunga notte del '43

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a la memoria de Olga Andreu

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Amplio bar de copas misteriosas del Havana Riviera.

La gente se mueve con el mismo sigilo del Tom Collins en el paladar:

de un lado a otro de la boca, silenciosamente, antes de seguir camino abajo.

Creo estar en el Casino de Estoril, entre Heddy Lamar y Erich von Stroheim

con el monóculo empañado por el humo del tabaco barato.

Los funcionarios de la Sécurité intentan demostrar indiferencia.

Las sutiles caza-foráneos intentan demostrar indiferencia. Los sutiles hombres

se soban disimuladamente los genitales e intentan demostrar indiferencia.

Los barmen ―aún se respira cierta brisa hollywoodense―

batuquean con cierta indiferencia sus cocteleras de Tom Collins y Alexander's

(no están de moda vulgaridades nacionales como mojitos y daiquirís

―al menos todavía, gracias a Dios―).

El aire refrigerado nos compensa de la pastosidad aplastante de la noche tropical

cuando salgamos de este bar de tráfico de miradas.

Enrique nos presenta y se va con un hombre sutil,

que intenta demostrar indiferencia ante un one night stand derrochado.

Y quedamos la mujer y yo, junto a Tommy y Alexander,

rodeados por toda la aparente indiferencia de la multitud

y nuestra propia apatía, nuestro inagotable cansancio.

Apenas hablamos: ¿respetamos nuestros cotos de silencio

o no tenemos nada que decirnos?

Alexander y Tom se escurren y nadie lo nota. También lo hacemos nosotros.

La acompaño a su casa: la noche siempre es peligrosa

y hay negros, a los que se culpa de todo

(la Isla es ancestralmente racista y todo lo que en su contra se diga es mentira).

A la puerta de su casa me invita a subir.

Bebemos alcohol del proletariado.

Nos sentamos frente al televisor soviético, con nuestros vasos sin hielo,

sin intentar demostrar la indiferencia que nos ha producido la vida.

Y es la larga noche del 43 la que retorna desde Italia

hasta la noche sofocante: el miedo, las delaciones, il facsio,

las huidas, los paredones, los fusiles, la sangre,

y alguna sonrisa. ¡Cuántas coincidencias solapadas!

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Encima del televisor, una pequeña ventana rectangular,

por la que difícilmente podría deslizarse una persona.

Siempre me he preguntado

si esa abertura fue la escogida por la muerte

para llevarte a su morada.

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(Madrid, 2 de Julio de 1999)

© 1999 David Lago González

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Jorge Luis Borges

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He cometido el peor de los pecados

que un hombre puede cometer. No he sido

feliz. Que los glaciares del olvido

me arrastren y me pierdan, despiadados.

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Jorge Luis Borges

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a su madre, Dña. Leonor de Acevedo

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De oficio, sus ojos.

De vocación, la luz de las tinieblas

y la adivinanza con que vislumbra el cierre de una historia.

Y del deseo de su hijo, la pesadumbre de no haber podido ser más feliz

para contentarla más a ella, todo lo más posible

en esa breve estancia sobre el valle de los mortales.

De esperanza, el encuentro con los amados

en esa ignota y vasta tierra llamada "muerte".

El verso queda sólo para Matilde Ulbarch:

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ser el hombre en cuyo amor desfallecía,

ser la tiniebla de la luz en un atardecer de Ginebra:

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una difusa sombra amarilla que borra los rojos y los negros.

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(Madrid, 4 de septiembre de 1999)

© 1999 David Lago González

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Knut Hamsun (Hambre)

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No eres perfecto: eres un inútil.

Escribes una línea,

y sin embargo no eres capaz de colocar el botón que falta a tu pantalón.

Una palabra te ilumina como el dedo de Dios,

pero no sabes partir la leña para el hogar

y ese pulgar divino no es suficiente para no hacerte morir de frío.

Miras a través de la cerradura cómo un hombre y una mujer se refocilan,

pero no ves en el espejo ni una sola figura amable para acompañar tu soledad.

Por unas monedas acarreas carbón

y te inflama el calor de la estufa del sótano:

tu cara enrojecida parece la de un borracho

con la lucidez suficiente para almacenar palabras sin futuro.

Yo he visto a un hombre, como un perro, bebiendo de un alcorque

una temprana noche de invierno de 1982 en la calle de Canarias.

Y entonces pensé en ti; y entonces pensé en mí.

Pensé que si tal vez encontramos un trozo de papel podremos escribir un verso,

pero nadie nos dará un vaso de agua por lo que hayamos escrito.

Y eso se llama ser "perfectamente inútil".

(Madrid, 23 de agosto de 1999)

(C)1999 David Lago González

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jueves, 5 de febrero de 2009

El Estado de la Nación

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España, camisa blanca de mi esperanza.

(Ana Belén)

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Los negros son felices aparcando coches alrededor de los hospitales.

Con eso tienen bastante, y mucho más que en África;

por distintas razones se convencen así

la izquierda hermosa y la derecha peleona,

y España sigue dividida en dos,

eternamente,

como los cuernos del toro: nunca será unicornio.

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Aquí todo el mundo grita, como en la televisión.

Y las casquerías proliferan más allá de las reales vísceras de los animales.

Vivimos sumergidos entre la utopía y las buenas costumbres,

y las fantasías proletarias sobre lo justo y lo injusto

se multiplican como las mariposas de un amor roto.

“Penétrame más”, dice la loca vieja sobre el camastro del hostal discreto,

“pero no intentes penetrar más allá de mi piel: es coto vedado.”

¿Escudo o carencia?

Siempre odié la caza y los cazadores,

me parece un asunto de pervertidos.

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Los cubanos --también felices, gracias--,

como niña resabiada, imitan a su madre en eso de la separación,

y Anabelle Lee, en la casa de Usher, redecora la fachada

con el dinero que ganó para devolver prestigio y honor

sin cambiar el interior: cual Lampedusa advirtió,

todo se conmociona y varía para retomar la antigua forma

que pedía a gritos el temple de un cambio,

--¿descaro o confusión?--

¡No me hables de esa mujer, atacada por la erisipela!

Mi crueldad merece peores cosas, pero no la semejanza.

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Los hijos de Ceaucescu se excitan como lobos

ante la sangre que se desliza por debajo de la puerta,

como el diezmo que el rico debe pagar por su casa retirada de la plebe;

y los indígenas se divierten emborrachándose

como en un tiempo hicieron los cherokees en sus reservas,

pero ellos no tienen esas piedras verdes con que engarzan pulseras

para los turistas de clase media.

Aquí todo el mundo dice que la cosa va mejor,

como en la televisión.

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El antiguo peón, la puta de siempre,

y la criada hincando rodilla sobre el terrazo,

comparten sitio en Buckingham Palace,

--aseguran los últimos rumores de migración--,

porque, de allende las fronteras, llegó pobre mercancía para sustituir su faena.

No me explico tal diversión de los que fueron y ahora son,

mas cierto será pues todos compensan la miseria exterior con la interior.

Atravesar Montera es como disfrutar merienda en La Granja de San Ildefonso,

una vez decapitada María Antonieta;

Goya con el pincel detenido de puro horror:

aquí todos te venden algo, como en la televisión.

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Bajo mi balcón, frente al barroco Cayetano,

dos chinas pasan el sofoco de la madrugada

hablando sobre sus maridos, creo yo,

en un metálico cantonés que hiere la noche y el sueño.

Los fardos de mercancías son los mismos que vi en Shanghai

la última vez, antes de la invasión japonesa.

Luego vienen los moros y un africano mete una bronca de cocaína

bajo mi puerta; los nacionales se hacen sombra en el zaguán

y roban agua para sus jeringas.

Alguien pasará también insignificante y sin nombre,

pero ésos, ya se sabe, no arman ruido, como en la televisión.

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Desplazando a los chaperos baratos del madroño,

en la Puerta del Sol, una banda de mariachis eleva salerosa malagueña

y con sus voces la sostiene hasta depositarla sobre el lecho del pavimento.

“Besar tus labios quisiera —besar tuuuuus labios quisiera—

y decirte niña hermosa...”

Siento de pronto nostalgia, como si yo fuera mejicano,

de tocar las cuerdas del macho guitarrón,

me confundo, me atolondro,

hasta que una luna japonesa me saca de la infancia:

“please, may you take a picture of a bright full moon in the dark?”

Reculo por Preciados dando la vuelta a obras de incalculable valor

que se eternizan hasta la reencarnación.

Cuando todo se termine, Madrid quedará preSciosa,

como decía la madre de Raúl Ibarra,

y, ¡no podía ser menos!, también la televisión.

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Pasa un cuerpo y pasa otro y pasan dos y hasta cien

— “Pae, afasta de mim esse cálice!”—

y yo que creía que el espigón había muerto,

y en la tarde veraniega me presumo repentinamente vivo,

como San Isidro en el ruedo de la ida y la venida, la sangre,

la ovación del muerto ante su muerte,

la lágrima del vivo por su vida

y la sonrisa de quien se disputa el deber y la discreción.

No me explico por qué el político se obsesiona

en contemplar la luna desde el lado oscuro que nunca se ve,

como si buzeando en un galeón mohoso

fuera a encontrar la obra arquitectónica de Beluca Valdés

que nunca ni siquiera imaginó.

Y hay que pulsar el “mute” de tanto diálogo inverosímil,

inútil, demagógico y chapucero, como en la televisión.

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Ser apestado no es una profesión:

se comienza por la verdad y se termina en la oscuridad;

o en la omisión premeditada, que

del mediocre glorioso son desorden y venganza,

otra forma más de la misma expresión, pero no con dolor

sino con ignoto gozo.

Ser triste arrastra como río nutrido

y tiene su paradero lejano como el suicida:

una vez que ha tomado ese camino no le ayudes,

no te erijas en protector ni amigo, no quieras salvarle.

Además, ¿acaso sabes tú de qué suerte o peligro?

Nadie sabe cuál será el próximo programa,

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como en la televisión.

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(Madrid, 17 de junio de 2006)

© 2006 David Lago González

NUNCA HE SIDO...

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je suis transparent

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NUNCA HE SIDO OTRA COSA

que el que no existe. El otro,

que es inexplicable y no se ve,

si aceptado es Éste que la realidad conjetura

y sirve en su palma vencedora.

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© David Lago González

sábado, 31 de enero de 2009

From NY to Philly, & back (Port Authority)

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©2004 Karin Aldrey, Digital Art

©2004 David Lago Gonzalez

La Peregrina Magazine, 2004.

Recuento del paisaje

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...¿Y qué significa que miremos

las montañas bañadas por la luna

y el pueblo con puertas silenciosas

y tinacos, y que deseemos elevar

un poco las voces, y a veces en el otoño tardío

cuando la tarde florece un momento sobre la cordillera del poniente

cuando imaginamos que los ángeles

bajan corriendo por los escalones de aire frío

para desearnos bienes, si hemos perdido la voluntad

y no hacemos nada sino dormitar, oyendo a medias

los suspiros de esta o aquella brisa soplar

sin dirección sobre las granjas desiertas

y los jardines abandonados?

Mark Strand

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Siempre hemos estado en la ventana, desde la ventana, sobre ellos.

Hasta las rejas llegan y nos picotean un dedo, las uñas, la limitación nuestra para echarnos al vuelo, con ese suave, dulce escozor que dicen dejan los dientecillos del roedor sobre la también dulce y suave piel de un niño en su cama.

Sin quererlo nos descubren que la palabra por sí sola, como una vida más, trae bandos enfrentados con iguales paisajes y armas.

Vive como nosotros: apoyada en un espejo quebrado en dos y contrapuesto, que la hace ver y oír lo que quiere ocultar tras la vuelta de sus ojos.

Dulce y suave carga el adarme del torniquete y los barrotes se funden en palustres de cañasanta para la casita del sueño, en la que el niño comienza a descifrar la ironía del lenguaje que juega a la confusión entre sombras y más oscuras sombras, de labios que oscilan como un péndulo cruel entre la boca, y la mirada donde se pierden los navíos que nos llevan lejos.

Nuestro oficio ―si es que tenemos otro que no sea esperar la muerte― es mirar y enredarnos en la mirada, hacer uso del futuro generosamente para endurecer nuestras alas de cigarras ávidas de la bruma que cuelga de las farolas en invierno.

Nunca hemos bajado al pueblo, al gentío, al rumoreo del agua contra la gravilla machacando el borde, intentando romper y adentrarse tras la barrera de la noche.

Escucha lo que dicen los muertos sobre ciertas amistades peligrosas.

"Distancia y categoría" ―dicen, y abren sus ríos de sangre con ácido en las entrañas, acortando desde la ventana al suelo la distancia y extendiendo el brazo hacia otro universo―.

Los muertos ya no forman parte del pueblo.

Han dejado de interpretar el sueño, la locura del viaje sospechado por una luz que se inicia como una pequeña hoguera para una alegría que devora círculos de carne roja en medio de un bosque de eucaliptos y termina quemando el agua de las fuentes.

Ese río sigue corriendo entre el gentío.

Nosotros, en cambio, preferimos ser el sueño; enloquecernos y arder como la rama; pero sin dejar nuestra ventana, sin bajar al fuego, al pueblo, al vocerío de todos esos que quieren sofocar el calor de nuestra carne con otra flama de agua caliente.

Nuestra carne nos arde dentro, en la mirada, donde es vaho, sopor, pañuelo empapado del deseo, donde se construyen ciudades silenciosas y las calles van tornándose sueño con nuestro sueño.

No te muevas. Desde aquí vemos la noche dominante a su inercia suplicando afirmación en la mano que modela realidades, afirmación y solidez en el contorno de la mirada, ojo que penetra en el recuerdo como el falo de un navegante la larga distancia azul que no alcanza con su mano: hemos descubierto la tierra.

Ya no caemos al averno si la impalpable barandilla de Legazpi sobre las cenicientas brumas de unas Filipinas intangibles nos saltamos, donde antes nos parecía que volvía con más fuerza el límite medieval que nuestra mirada quebraba asistidos por la simiente de la diferencia. Nuestros ojos ven una barrera donde otros sólo ven un cambio de aires, donde la reverberación se hace más densa y levanta una cortina que oculta un abismo.

Pero tanteando hemos sabido que más allá la tierra es firme: "¡América es nuestra!" ―dice el coro de los muertos―.

Oigo ese grito como saliendo de un corno sostenido por una sirena, ¿ves tú la concha que saca del bolsillo en su costado, bajo el aluminio cegador de sus escamas? Con ella nos anuncia que eso que llaman El Nuevo Mundo es la continuación de una idea y de un cuchillo que cortan la nada y el abismo a partes iguales, deparándonos para siempre un destino y un perfil invisible sobre el costado de una vasija enterrada por el tiempo

Debemos empezar por el principio. En el principio fue una ola que nos barrió de una orilla y nos arrojó a otra, contradicción de una vida que comienza con savia ajena.

Observa tu piel, sobre ella el color de las orquídeas lleva el alma hurtada de otros aires que ha bebido embriagada en medio de tardes calimosas para refrescar ese trozo de piel que se acerca al cuello como el plumaje de un cisne y que en ese punto álgido de acontecimientos sin razón no sabemos si acariciar o decapitar de un solo tajo, sin conmiseración.

Tenemos tanto que maldecir como tanto que adorar.

"Tengo que enseñarte a escribir en el aire" ―dijiste― "porque es cómodo y puedes decir lo que pienses sin que nadie pueda leerlo."

Yo no quise vivir más, ¿lo recuerdas?

Y aunque sabía que no podías cargar con el fardo de otra muerte, era mi vida la que la dignidad o la miseria pujaban como en una subasta de pisos confiscados, codiciados por los alcores y los depredadores de tierra y de aire y las pirañas de los ríos americanos, donde una vez nacimos.

Y creías que sufriría porque mi carne sin agua se podría contra las sábanas, por encima de las sabanas de Camagüey mezclando la sangre con el rojo color de la tierra en ciertas zonas de Matanzas, donde una vez nació la vida desde las ramas de los árboles en Virginia y cruzó la isla acorralada por el agua y cruzó el agua acorralando el continente vasto, vastísimo, infinito como el cielo o como Asia, o como era América, cuando dicen que se unía a otras praderas que el mar y el tiempo cubrieron.

Bobo, mil veces bobo. Creíste que sentiría el hambre, la inanición, el irme desfalleciendo, el sentir cómo mis contornos iban adentrándose en la nada sin forma de los fantasmas. Gasparina entre las sábanas, y todos estos estúpidos que vienen a ver cómo es la muerte, se asoman y se van, espantados por el silencio. ¿Qué esperan? ¿Que haya un sonido, una gota que se quiebra en mi garganta, una lágrima que se asoma a mis ojos para que vean que me despido?

Sólo existe el silencio. Un silencio profundo, cruel si quieres llamarle así.

Un silencio como un día de lluvia cuando te quedas ausente y tal parece que las gotas caen en otro mundo paralelo, que la lluvia no ocurre en tu planeta, que es la Nada la que se humedece, y tú te quedas tan sola con tu silencio, entre tantas palabras mudas que te hablan y te susurran y van adormeciéndote y una luz te toma de la mano y luego desapareces, sin tener que bajar de la ventana ni unirte al gentío, mirando lo que pasa por delante de ti como si no pasara nada porque realmente nada pasa y nada tiene importancia ante la luz y el silencio.

Bobo, cien mil veces bobo. No me canso de repetírtelo.

Yo soy feliz, detén tu pena ante mi sombra.

Desde la ventana veremos el desfile de los vivos con sus vanas alegrías que tan rápidamente se hacen humo, y las risas del gentío; no te mezcles con ellos: nosotros siempre en la ventana, marcando la distancia.

"Distancia y categoría", escucha lo que dicen los muertos sobre el mundo de los vivos y no te manches de ruido, no te atiborres de nueces, no te ahogues con la risa y déjala pasar como un carnaval sin hacerle mucho caso porque cada año se repite, y sólo la luz y el silencio son definitivos, e interminables, como la felicidad de descansar.

Bobo, cien mil veces bobo. Yo estoy en el mundo de las islas intangibles donde nada ya nunca más puede herirme, donde he descubierto que mi esposo extendía su mano hacia la mía, y mi padre me sonreía desde una mecedora, ahogadito en la disnea, y la silueta de mi madre, que de joven muerte había olvidado, tiene hoy la forma de una flor que llevo en el pelo y su perfume no tiene comparación con nada. Con nada, óyelo bien.

El fin es volver al principio y recuperar lo perdido.

Bobo, cien mil veces bobo. Detén tu pena ante mi cuerpo inerte, que hoy se reúne con los que antes se fueron y volvemos todos a Virginia a celebrar mi llegada con un banquete blanco bajo un árbol tan frondoso como la selva amazónica, y mi madre, sin formas ni rostro, está otra vez a mi lado. Me da la mano. Siento que la he recuperado. Sobre los campos de Virginia una luz se deleita: no siento tu mano, pero gano la suya.

No se puede tener todo, en la vida, y ni siquiera en esta muerte. Hay que escoger. Los años definen esa decisión.

© 1997 David Lago González

Imagine Peace (oración)

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Guárdanos, Jesús, de los cardenales de rojo birrete

y afeites tan delicados como antiguas mujeres enharinadas.

Guárdanos, Alá, de los jeques despóticos, de tus mártires,

de quienes no pueden perdonar que cualquier civilización sea un soplido de arena

porque, tal como el hombre, su solidez es un sueño.

Guárdanos, Alí, del shií que cumple silencio y explosiona a la hora señalada.

Guárdanos, Abrahám,

por los que quieren hacer de la piedra donde ofrendaste a tu hijo

el alto concreto celeste que separa a los semitas en enemigos

cuando la bestia no puede vivir sin la garra ni el ave sin la pluma.

Guárdanos, Karl Marx, de tu herrumbrosa revolución industrial

y de tu falta de previsión porque la plusvalía está en la esencia humana

como el amor y el odio, la pierna y su movimiento, inseparables,

maldad contra maldad, bondad besando las bocas de las buenas.

Guárdanos, Jefferson, de tu declaración de igualdad

que nadie escuchó y aplicó según sus conveniencias.

Guardanos, querido Vladimir Ilich, del eco de tus errores

en obra y en personas, como aún les llaman los enamorados de una margarita

a la que siempre le inventaron los pétalos; y tú, loco Adolf,

que el misterio de tu muerte y de tu mente se ensuelva en sí mismo

como el deceso de los animales domésticos.

Redímenos, Historia, de todos tus deslices y aciertos,

de tus ¡oh! gloriosos descubrimientos y tus olvidos más injustos,

que ahora echamos sobre los hombros más cercanos del pasado y el presente.

Guárdanos, John & Yoko, de las burbujas de la inocencia;

de la tonta sonrisa que se esboza en la ignorancia;

de una paz de vana hermosura, superficial, flotante,

que tantos aprovechan para alfilerarla como a globos rojos.

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Guárdanos, extraño, de nuestro prójimo.

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(Madrid, 9 de de diciembre de 2003)

(C)2003 David Lago González

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miércoles, 28 de enero de 2009

Última estancia en Davos (poema)

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(C) Arturo Souto (Davos Platz, 1922)

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¿Qué importa el paisaje, la Gloria, la bahía, la línea del horizonte?

Lo que yo veo es el callejón.

Manuel Bandeira

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¿Ha oído hablar de La Patria?

Sí, sin duda: en sus jóvenes años fue tan zarandeada como en los míos.

Seguramente también sintió vergüenza de esa falacia,

y esa mezcla de rabia y piedad por los labios que la limitaron a una cáscara de nuez,

a una piedra que deshace la fuerte paz translúcida del cristal,

a un número sobre el antebrazo del alma, al asta que pincha estúpida la nube,

a la tea que nos acercan al rostro para identificarnos

o para quemarnos los ojos. A veces recelo de que incluso aquí,

perdidos en el tiempo, estemos a salvo del rebrote que hace temblar mis manos.

¿Lo advierte...? No obstante, dicen que no estoy enfermo.

Yo me río, me encrespa la practicidad incapaz de ver

lo que tantos ilusionistas han hecho con el inflamado espíritu

que una vez fue inocente, imberbe ausencia del peligro.

¡Nos han arruinado! Yo me río, ¡acompáñeme!

Pues sí, tiene razón: más vale el leve riptus

de una sonrisa que aspiramos como suspiro. En eso se ha convertido la felicidad. Aún acatamos la obsesión de no bajar la guardia...

La patria;

la patria, Herr Castorp, siempre fue para mí

un salón con dos sillones triunfales, asomados al sol y a las sombras;

medio tonel de madera luciendo una lustrosa begonia gigante;

un cuaderno donde el grafito descubría mágicas formas sobre un papel de seda

y yo, maravillado, pensé aquella noche

que esas siluetas eran lo que los mayores llamaban vida y hombres.

Y al crecer, como usted, me di de bruces con las antorchas, las banderas,

el espejo negro de las botas, los cristales rotos, las teas insolentes,

y las puntas de los dedos

que señalan a nuestras almas como a algo peligroso,

debilidad que no merece el aire de la patria.

Tal vez no nos dimos cuenta

de que siempre quedamos atrapados en un callejón sin salida,

y sin salida sería aquella línea que por encima del muro suponíamos horizonte.

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(Madrid, 18 de enero de 2004.)

© 2004 David Lago González

sábado, 17 de enero de 2009

Elogio de lo cubano fino

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(C) Ana González

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para Rolando H. Morelli

para Kurt Findenstein, por su especial sensibilidad

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Somos de esos que cuando la muerte llega a casa,

cubrimos los espejos con una sábana blanca y detenemos los relojes

en el minuto justo en que ella entró en el cuerpo del que yace.

De esos que en medio de las grandes tormentas

y los aparatosos fogonazos de las nubes,

quemamos guano bendecido en Semana Santa,

alzamos los pies del suelo y rezamos a Santa Bárbara bendita

sin dejar de persignarnos hasta que la ira del cielo amaine.

Somos de esos que ante la vulgaridad torcemos la cabeza hacia dentro

y callamos, hasta que la ira terrestre se aplaque

y el río deje de emitir ese aterrador sonido con que simula comerse el mundo.

No movemos desenfrenadamente las caderas y, sin embargo, nos gusta amar bien.

No vociferamos, pero nos gusta el diálogo al atardecer y nos gusta reír.

También, como al que más, nos incita tentar la felicidad.

No nos atrae desfilar entre el gentío, pero pensamos y nos gusta defenderlo,

a veces hasta con la más incomprensible forma para hacerlo: con un silencio.

Y mientras todo pasa, aunque dure toda nuestra vida

―incluso aunque nunca llegue a pasar del todo―,

preferimos no agitarnos demasiado;

intentamos desviar los odios y el resentimiento;

y nos sentamos en la mecedora, en el rincón más fresco de la casa,

a balancearnos en el columpio del tiempo.

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Lo único que pedimos

es un poco de respeto hacia nuestra particular manera de asumirlo

y que nadie intente disculpar lo que no ha vivido ni sentido.

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(Madrid, 1 de Agosto de 1999)

© 1999 David Lago González

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NOTA DEL BLOGGER Y AUTOR: Inútilmente he buscado en Google imágenes que me sirvieran para ilustrar el sentido del poema, y es verdaderamente triste que lo único que encuentre como "costumbres y tradiciones cubanas" y otras denominaciones parecidas, sean ritos yorubas o de la secta que sean, en fin, todo tipo de manifestaciones de la santería, "bailongos" callejeros o fotos que introducen a Fidel dentro de no sé qué tradiciones y usos. Lo que es "una parte" ha suplantado al "todo", sustituyéndolo complemente, y no es extraño que fuera de aquellas orillas a todos se nos pase y se nos aplique el rasero de la vulgaridad, el sexo, el baile y elegguá como características distintivas de una nacionalidad.

En fin, el castigo no termina.

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viernes, 16 de enero de 2009

Puente en la oscuridad*

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a Carlos Victoria

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Todo comenzó ya hace algunos años, bastantes y tan pocos.

Fue en una antigua provincia de ultramar: exótica

en la distancia, cuando te acercas vulgar;

de corto nombre que es susurro y es daga al mismo tiempo,

y también por etapas locas que vienen solas y se van siempre con algo tuyo.

Cumplías, y en mitad de la fiesta sentiste el dolor,

más que dolor, algo: un presentimiento que se hizo sangre en los labios;

y despediste a los amigos, los refrescos se hicieron un caldo imbebible,

la tarta se fue volviendo viscosa y lenta como el asfalto un día inclemente del verano.

Te acostaste, y desde la cama supiste que ya los juegos nunca serían como antes:

de pronto te habías convertido en un viejo hombre y cansado.

Abrumado por tanta luz, como si ella no fuera para ti,

tuviste la certeza de que las próximas mañanas

serían la resaca de algo que no habías bebido, ni siquiera imaginado.

En aquel minuto en que lo festivo se convirtió en silencio,

cuando quedaste tan a solas contigo mismo

que podías sentir cómo iban dentro creciéndote los huesos,

desgarrando la sangre su cauce por la selva,

duplicándose la vida en una fuente inmóvil,

dejaste de interesarte por vencer su abismo.

Si aquello equivalía a buscar la liana resistente,

el árbol adecuado y de madera dura, talarlo, serrarlo,

y extender sobre la nada un camino, una línea que uniera el punto de partida y el destino,

buscarías mejor en la oscuridad un puente ya transitado

y llegarías al otro extremo, lo que era igual a no haberte movido.

Fue entonces el momento en que moriste; no ahora, ni mañana, ni después,

fue entonces aquél, cuando eras niño.

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Lo demás ha sido buscar el doble que vivía en ti,

el que amaba hasta el roce del amor cuando pasaba a lo lejos,

el que no se agotaba en el odio,

el que pretendía la fuerza de la noche y lo simulaba,

el que fornicaba con brillo dislocado en las pupilas,

el que escribía versos que cada vez fueron pareciéndose más a su vida.

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(Madrid. 30 de Agosto de 1995)

© 1995 David Lago González

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*Novela homónima de Carlos Victoria, Edit. Universal, EE.UU. 1993.

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jueves, 15 de enero de 2009

Un día más sin importancia

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(C) Laurie Lipton

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El aire se llena de rumores, pájaros y aviones

que entorpecen el anonimato

de un día más sin otra importancia

que no sea el triunfo inapreciable de una vida cotidiana.

Dicen que uno de los dioses mayores

ha cedido a su propia naturaleza

y, como un miserable más que él despreciara,

yace en una cama próxima a la debilidad de los mortales.

Otros dicen que ya ha cedido a la putrefacción

y que espera, embalsamado, por un día conveniente.

Un tiempo para morir, un tiempo para vivir,

se puede leer en el Eclesiastés.

Demasiado humano para uno de los dioses más poderosos del Olimpo.

Como sus súbditos más abyectos,

se debate entre convenir o ser inconveniente,

lo que pone en duda que alguna vez haya pertenecido en realidad

al Olimpo de los Dioses.

Estos no esperan por un momento oportuno,

estos no aguardan por el momento oportuno:

simplemente hacen y deshacen, hacen o deshacen,

tragan a sus hijos como Saturno, o los convierten en cabras,

no importa cuánto se hayan apresurado sus vástagos

a olvidar y borrar los pliegos y pliegos que elevaron hosannas

a sus gestas, voluntades y caprichos; no importa

que sus hijos hayan jurado alguna vez ofrecer su vida mortal

por la inmortalidad de su alma; no importa que los visionarios,

atesorando la posibilidad de un nuevo cielo, se den por traicionados

y proclamen su pureza ante los desmanes del todo omnipresente;

no importa que sus otros hijos concebidos por misteriosas consecuencias malhadadas,

estén ya mortalmente muertos, o mortalmente demasiado cansados

para sostener en sus manos de piel, de huesos, ceniza o aire, una ligera copa

de peso incomparable al de la hoja de otoño que les cubrió,

eso sí, bajo toda la eternidad despiadada del Olimpo;

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o el peso de ese cristal no supere al del trémulo brote

que sugiere una continuación más allá del fin del mundo.

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(Madrid, 15 de enero de 2009)

© 2009 David Lago González

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