domingo, 31 de agosto de 2008

Sueños

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© Joanna Chrobak

Sueños... Esa palabra peligrosa.

Ese acto imposible y falso

que la elementalidad da por obligado,

respuesta segura

antes que pregunta al entrevistado.

El sueño es más largo y constante que un deseo.

Los simples del medioevo

confundían los sueños con alcanzar el cielo

y con fornicar entre las boñigas de las reses.

Los sueños de la infancia son todos inducidos

porque en si la infancia ya es un sueño.

Llegar a ser alguien, y todas las madres

piensan al unísono en la medicina:

la bata blanca inmaculada sin barrunto de sangre,

de forma que la ilusión se duplica en sí misma

al dejar de ser humana para hacerse milagrera.

Nadie sueña con ser poeta o dictador.

O soñar con matar un millón de personas.

O soñar con poseer un millón de aves de corral.

Oh no, Señor, para soñar están las aves del paraíso,

en todo caso el largo cuello de los cisnes

que enamorados dibujan un corazón en el espacio.

Soñar va más allá de querer ser, o querer tener,

y siempre se confiesa en el futuro mencionando el pasado:

niñez o juventud, luego ya no se sueña más.

Luego se alcanza el sueño, oh espasmo excitante.

Luego se deshace el sueño, ah langosta podrida

por un exceso de las corrientes térmicas.

Luego se sobrepasa el sueño, y el mundo se ve mínimo

y resplandeciente desde la oscuridad del infinito.

Yo quiero tener mi sueño, en el que sólo viva yo y nadie más,

porque cuando mi sueño es también el tuyo

puede llegar a ser el terrible espanto de un tercero.

Luego se convierte en un derecho.

Más tarde en un deber.

Y el sueño se hace ley.

Y no hay nada más infeliz que ser feliz por decreto.

Llegó la hora del sueño. Vamos a soñar que todos somos libres,

o que todos somos tontos, o que todos somos luciérnagas

por lo cual la noche ya no existe a causa de nuestra luz.

Y si el sueño se vive de noche y la noche ya no existe,

¿cuándo vamos a soñar, estirar las piernas, dormido

lanzar el brazo hacia el otro cuerpo yacente?

Dormir de día, soñar despierto. Trabajar pues ¿ya nunca más?

¿Nunca más fornicar bajo el aroma del estiércol?

¿Nunca más abominar, odiar, matar, amar, vivir,

escribir un maldito poema para ajustar cuentas con el enemigo

porque ya tampoco hay enemigos, luego no hay poesía?

Y que el tirano piense que es un científico,

y el escribidor un malhechor, y el fontanero de ligeras toxinas

el unicornio perdido de una canción, y Kafka

un enorme insecto alado que me despertaba

cuando había noches bajo el mosquitero...

y cuánto cuidado hay que tener para soñar,

esa palabra peligrosa, ese párpado silencioso

que cae sobre mi mirada y abre una puerta de acaso inescrutable.

(Madrid, 31 de agosto de 2008)

© David Lago González 2008

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sábado, 30 de agosto de 2008

MOLESKINE (1)

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En realidad, lo que estoy haciendo entre estos cuatro blogs que “administro” (“adminístreme usted lo que el pobrecito dejó...”) —o sea, los tres ya conocidos y el último que recién he iniciado— es una suerte de diario, de apuntes, de notas sobre cosas vividas o pensadas que ya no quisiera seguir olvidando. Algo así como una moleskine en línea y en directo. Un pobre remake de aquella terrible y total película de Bertrand Tavernier, “Deathwatch”, con los soberbios y hermosísimos Romy Schneider y Harvey Keitel luchando cada uno por sobrevivir al otro con más coraje y belleza. Un gran cajón de sastre que voy rellenando con cosas a veces un tanto inverosímiles. Cosas simples también, o al mismo tiempo simples, sin importancia. Todo está junto, pero no revuelto, de ahí que existan estos compartimentos llamados “blogs” con los que intento mantener cierto orden. De ahí también que no aluda mucho a lo que se vaya produciendo como últimas noticias en el caso de Cuba. En ese sentido, hay cosas que me tocan y otras no, y estoy demasiado acostumbrado a que lo que se diga hoy o pase hoy, sea tal vez lo contrario de lo que se diga y pase mañana. Y luego termina uno haciendo el papelazo. Yo padezco de un sentido del ridículo enfermizo, que muchas veces, incluso, me ha limitado para el sexo, y la inmediatez para mí ofrece demasiadas aristas cortantes donde uno puede dejarse, no solamente la piel, sino también el cuello: no vale la pena arriesgar tanto. ¿Acaso ese país, y esas gentes, arriesgaron algo por mí? Naturalmente muchos pensarán que a ellos no les va nada de lo que escribo, y yo les digo que llevan razón. Incluso ese extraño señor que me dejó un mensaje hablando sobre mi desparpajo y preguntándome (o preguntándose) si la productora de Pedro Almodóvar no me había contratado ya; qué señor tan extraño: parecía tan convencional y conservador (las dos cosas) y al mismo tiempo estaba tan bien puesto con el nombre de las cosas... no entendí bien si se burlaba de mí o llegaba al insulto. Eso da igual: no es ni el primero ni el último; no practico el sado pero, en sentido figurado, estoy acostumbrado a que me escupan. Hay muchas formas de escupir. Con la boca (la manera literal), con los ojos (propio de la urbanidad burguesa), con los hombros de frente (rechazo), con los hombros de espalda (desprecio total y vituperante). La forma literal la recuerdo sólo asociada a la infancia, en alguna batalla a salivazos. Por suerte no he tenido una experiencia adulta. Tal imagen me es determinante: sólo pude soportar unos cinco minutos viendo a mi icono sexual Manu Maltés haciendo lo mismo que yo hacía de niño, con su amante en la vida real y en la pantalla porno, Edu Boxer, y le tomé un asco que lo sepulté para siempre en el fango del olvido. Pero, en realidad, el que más me descompone es el propio de la urbanidad burguesa. Creo que uno de los grandes aciertos de la Revolución Cubana fue abolir la enseñanza de la urbanidad burguesa (pobre Dr. Cortina, que nos enseñaba “Moral y Cívica” en los Maristas: se habría quedado sin trabajo). Esa guía de conducta nos ha hecho más animales pero también más naturales y sinceros. En este caso, la falta de sinceridad se expresa de otra forma, hay como algo más afilado, una sombra que se proyecta desde la mandíbula hacia delante. Cuando veas eso, no te fíes: esa persona no es trigo limpio.

© David Lago González, 2008

viernes, 29 de agosto de 2008

I'm through with love

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La densidad del silencio
radica en la naturaleza de la ausencia
que precipita el dolor de una imprudente soledad,
y que en sólo un minuto crece

más allá de los límites del mundo.
No es en sí misma una pena, aherrojado oído,
ojos oscuros de la misericordia,

la lengua mordiendo su prudencia,
sino la presencia que dejó de percibir esta alma,
la voz que dejó de romper este muro de ecos,

donde el contorno apretado de mi palabra no adivina ya

el labio bajo cuyo alero temblaron los míos.

© David Lago González, 2008

NOTA DEL BLOGGER Y AUTOR: Hará un mes perdí todos mis archivos y carpetas del disco duro (inconvenientes de padecer un ostracismo primermundista: en el totalitario comunista los habría perdido bajo una requisa, en la imperfecta y amada democracia se los traga el éter).

Estoy re-typeando cosas que permanecían en papel y otras sorpresas que no recordaba. He pedido también ayuda a los amigos a los que había enviado textos.

Con asombro recibí éste, que sólo estaba escrito en portugués y que he reconvertido al español. El original ni lo conservaba conmigo ni siquiera lo recordaba. Bueno, así se descubrió América...

viernes, 22 de agosto de 2008

Noche en la ciudad

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Calling all cars, calling all cars

Calling all broken hearts

C’mon go out tonight, shake it out

Sean Hayes

Calling all cars, calling all cars

Calling all broken hearts

Come on go out tonight, shake it out.

Aviso a todos los coches, alerta a todos los coches,

llamando a todos los corazones rotos,

venga, a salir todos esta noche, preséntense

en el cuartel central de los desaparecidos,

en las arenas de los cayucos abatidos

por la poca imaginación de la verdad

y el color excesivo del fugitivo,

trágame, negro y blanco del daguerrotipo más triste

del implacable ritmo cotidiano, sirena sirena

cruzando la avenida, ojos que preguntan qué pasará,

qué pasará cuando tu serena belleza viaje veloz detrás de ese cristal,

calling all cars, calling all cars,

llevo un corazón agonizante a bordo,

cargo con un vida que no sé a quién dar,

llamen a la soledad, llamen a la soledad,

mejor no salgan todos, es un error convocarlos,

pueden hundir el suelo, llenarse de sangre las cañadas,

vosotros sois lo que nadie quiere ver:

calling all cars, calling all cars,

llamando a todos los coches, quédense en sus casas,

hagan como si nada pasara.

(Madrid, 27 de noviembre 2006)

© David Lago-González, 2006. All rights reserved.

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jueves, 21 de agosto de 2008

New York in spring

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Una vez, caminando por una calle de Nueva York, vi en la acera a un vagabundo con un cartel que decía:

Estamos en primavera y yo soy ciego”.

Simón Peres

Estamos en primavera y yo soy ciego.

Union Square se ha oscurecido como una tormenta tropical en pleno mar

y las moradas nubes, como hematomas de Dios, como racimo de prietas uvas,

apisonan mi espalda contra el lecho de hierba de este endeble bote con el que zarpé

siempre preguntándome qué hacer en los próximos diez minutos.

La pregunta más cruel que ser humano puede hacerse

cuando vive en una tierra rodeada de agua por todas partes

y todas las salidas se vuelven líquidas,

y todos los sueños se vuelven nubes,

y todo lo que nos proponemos se nos escurre entre los dedos.

Por suerte, yo ya soy ciego y ahora, nunca jamás

de aquí en adelante, la primavera me hará daño.

No tendré que aguardar por ella;

no tendré que temer por la irrupción violenta del verano

con su húmeda comezón y su referencia de luneta de cine de barrio.

Al ser ciego, tampoco tendré que hacerme la maldita pregunta,

y lo que es peor: intentar encontrar la respuesta.

Sólo deseo

que aquella ardilla que regaló su nuez a Rafael Bordao

como queriendo compartir la vida,

pueda encontrar mi mano entre la hojarasca de Union Square,

forzar su rigidez,

y guardar en ella otra nuez como ésa,

que me haga compensar la desdicha de no haber sido ciego durante tantos años.

© 2000, David Lago González

(Madrid, 29 de febrero del 2000)

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NOTA DEL AUTOR: Esta misma semana murió en New York mi amigo Richard López (former Tolón, a.k.a. Cuca West). Murió bailando en una fiesta privada, pero estaba tan larga y desahuciadamente “acatarrado” como lo estoy yo y viviendo de prestado gracias a la magia y los caprichos del destino.

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A Richard ya lo han matado varias veces. Hace no sé cuántos años me encontré con Rogelio Quintana en la calle y me dijo de su muerte. Después escribí este poema, con esa hermosa cita que vi en alguna parte escrita por Simon Peres y que posteriormente he visto firmada por alguna otra persona famosa... ya sabemos que la fama confunde y luego no se sabe quién dijo qué, cuándo y dónde, pero, a pesar de ella, es un bello exergo.

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Pasada otra cantidad de tiempo, un día hablaba con mi amigo, el pintor Osvaldo Lugo, y le comenté sobre la muerte de Richard. “A no ser que haya visto a un fantasma,” dijo, “yo he estado con Richard ayer noche”. Como somos absurdos y contrarios, yo le comenté que hasta le había escrito un poema y, como somos absurdos y contrarios, él concluyó: “no importa, ya se morirá algún día y así ya lo tienes escrito”. De cualquier forma, yo me apresuré a borrar los vestigios de la dedicatoria por considerarlos de mal gusto.

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Posteriormente, Richard y yo hablamos frecuentemente, hasta que anteayer Jesús Selgas le pasó un mensaje a un amigo común para darle la novedad.

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Lamento que haya muerto pero celebro que haya sido bailando como Alaska que se pasaba todo el día bailando y la co©telera agitando porque pienso en el potencial calvario que haya podido ahorrarse. Y lamento muy sinceramente que mi poema por fin tenga una dedicatoria póstuma, pero en fin, c’est la vie, y en estas misteriosas artes de la poesía nadie sabe ni sospecha todas las profecías.

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In the loving memory of Cuca West.

viernes, 15 de agosto de 2008

La recompensa del poeta

NOTA DEL AUTOR: Hoy, 15 de agosto, es el cumpleaños de mi madre (Agustina González Fagundo, Torrientes 1910-Madrid 1995). Como la mayor parte de las madres, fue una persona muy importante, al menos para su hijo. En realidad, era todo un personaje (eso que un brasileño podría definir como "uma figura"), alguien muy especial. Ella representa esa Cuba que la Revolución terminó por extinguir (insisto en que hay tendencias psicopáticas y malsanas en personajes como Fidel Castro, o como Abel Prieto también por ejemplo, que se emplean a fondo en destruir la imagen a la que pertenecieron por nacimiento, ascendencia o educación). No fue una excepción, por supuesto: aparte características personales, era verdaderamente el símbolo de la mujer cubana. Esa mujer dulce y fuerte a la vez. Delicada pero no pusilánime. Capaz de encarar los problemas. Capaz de resolverlos. De darlo todo por las personas que amaba. De vivir la buena vida sin olvidar la mala. Muy crítica consigo misma y con todo lo circundante, creo que esta capacidad es la exteriorización de la inteligencia (no confundir ésta con habilidad, en ser "listo" no hay ningún talento, sólo sentido de la oportunidad). Y un sentido del humor tan disparatado como desconcertante. Por supuesto, tuvo defectos: fue egoísta, en reuniones de más de cinco personas ella permitía la participación de las cuatro restantes mientras ella fuera la figura central. Pero el mundo se detenía cuando ella decidía que era necesario pararlo por una persona. Creo que le pagué con la misma moneda, y estoy en paz con Dios.

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a mi madre

Una estancia amplia, desolada, en la luz profunda y dolorosa del atardecer.

En un extremo, una niña ensaya la declamación de unos versos en honor al Niágara.

Frente al espejo, separa los brazos de su torso y alza una mano hacia lo alto,

como si una cascada de gotas invisibles esperara allí

para mojar su piel con la transparencia del poema.

Como el sol la atraviesa por la espalda traspasando su cuerpo de organdí,

da la sensación de estar mirando una mariposa multicolor con las alas abiertas,

iluminada por el día que se escapa.

Será mañana el día, sí, será mañana, cuando ante sus compañeros le toque recitarla,

y deberá asegurarse de la entonación de cada verso

y, más que todo, de la solemnidad de cada silencio.

Su silencio debe resonar en ese espacio de tiempo

en que podrá oírse el ruido del agua y el sonido de su pecho corriendo al unísono,

cuando el poema pasa de ser una palabra a ser una imagen y se convierte en recuerdo.

"Este recuerdo a mi pesar me viene...

Nada ¡oh Niágara! falta a tu destino,

ni otra corona que el agreste pino

a tu terrible majestad conviene."

Ochenta años después vuelve el espejo en el horizonte

con su antorcha ungida en la voz de la memoria,

a iluminar ácidas tardes de balnearios sedientos

cuando arde la carne a la sombra de los pinos, y a los pies de la mecánica andante

se escucha el ruidito de una garganta que gorgotea, como una lenta cascada que fue

y que se agota, el lenguaje incomprensible de los mirlos.

Cuatro o cinco momentos ―escaso galope fugaz― marcan las preguntas de la vida,

las oscuras preguntas que nos hacemos en torno a la luz y a la ausencia.

Unos versos en un atardecer de niñas campesinas,

ciudades sin tregua para la cercanía y la distancia,

barrancos que dejan su imagen al borde del vacío,

labios que besan por vez primera,

hijos que vienen de un espacio infinito entre la noche y el fuego.

Todo ello es un rumor raído; un vuelo incendiado por el aliento, en el que el insecto ―esa mariposa que fue y sigue siendo, pasión, materia, ebriedad de la luz―,

queda apresado por una flor que en torno a ella

cierra sus cinco pétalos y la entrega al enigma, al misterio.

Vuelves una mañana, luego, al cabo de tanto tiempo,

a ensayar los versos de Heredia para el fin del curso,

y es una extraña mañana, en que de mañana ya atardece,

como si el día, apenas comenzar, estuviera vencido.

"Este recuerdo a mi pesar me viene..."

Y entre las nubes claras de las primeras horas oscurecen las ciudades del destino,

como si se trataran de una misma llama compartiendo un solo pulso.

Tu temor era infundado por vanos fantasmas;

tu éxito, absoluto: siempre diste con el tono del poema;

siempre lograste transmitir el vaho del agua

brotando de las meras palabras que un poeta reunió

ignorando que un siglo después servirían de música al vaivén de una vida.

¡Qué gran recompensa ha tenido!

Siento mi camisa pegada al cuerpo;

es agradable y molesta esta fina llovizna,

y doloroso y tenue este velo,

y esta niebla en la que suave, quedamente, te adentras como los antiguos griegos,

para quienes la palabra "muerte" era sólo oscurecer,

una mañana, una extraña mañana con atisbos de infinito.

(Madrid, 18 de Noviembre de 1995)

(C) 1995, David Lago González

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lunes, 11 de agosto de 2008

La otra vida de la rosa

.
NOTA DEL BLOGGER: Este post está dedicado a Kuka, recuperada desde los maravillosos años terribles del Quinquenio Gris hasta nuestros días, gracias a la magia de esas extrañas fuerzas internáuticas.







a la memoria de Enrique Bedoya Sánchez
(Camagüey, Cuba, 1949 - Miami, EEUU, 1982)




Pasa el tiempo y no he visitado tu casa última,
en su colina de césped verde y brillante,
con tu nombre discreta, sobriamente dibujado
sobre la puerta blanco mate, salpicada de diminutos lunares,
como el confeti lanzado al paso de la reina.
¿Cuándo fue? Hace ya tiempo... trece años, creo;
tal vez por estas fechas.
Los puentes siempre han sido como los cuerpos hermosos:
primero los miramos con asombro,
luego sentimos el temor de la perfección,
luego cerramos los ojos y nos lanzamos.
Es un placer primario
correr el riesgo de todo cuanto se deshace al tocarse,
aun cuando lo que se deshaga sea nuestro propio corazón.
Pero, ¿qué es la vida sin ese filo que avanza sobre la luna, bajo el tejado,
y se nos mete entre las sábanas y en la piel con lujuria adormecida?
Algunos hallan en los días ordenados la transparencia de la costumbre
y son seducidos por el amor calmo,
y una leve huella les basta para pisar por un laberinto sin palabras de dudas.
Pero otros... ay, otros... Otros hay
que peregrinan por el rumbo de los astros y quieren siempre todo a nada,
y sus vidas no son para las mañanas del domingo,
sino para navegar violentamente
por mares inceñibles que van a la deriva.
Quiero pensar que te fuiste satisfecho,
aunque ciertamente nada satisface a quien busca la verdad,
la otra verdad que se oculta tras la rosa.
Amigos mutuos me confiaron que el sol de La Florida
había dejado sobre tu rostro una escritura de garabatos y mal gusto,
y que tal vez tus últimos mecenas ya se habían retirado.
Acaso el trabajo, siempre humillante, en las piscinas,
la excesiva purificación del agua,
la charla de invernadero de templadas carnes otoñales...
Fuiste un hermoso muchacho, en los salones habaneros,
humedeciendo las cenizas sin rescoldo de las viejas damas del "ancien regime"
a las que divertías con la luz artificial de la frivolidad.
Un bailarín famoso y refugiado te mantuvo
hasta que Europa le devolvió a su escenario de entreacto
y tú quedaste en el muelle, esperando la otra vida de la rosa
cuando ya la estabas viviendo.
Presumías de un falo que hacía sombra sobre la luna en una noche de verano,
y ridiculizabas a las trémulas criaturas enfebrecidas
que te reclamaban más brillo para su oscuro fundamento, un chorro de luz directo
a su ciudad sumergida y somnolienta. Cómo nos reíamos...
Fuiste amante de Olga Andreu, una mujer
inteligente que te introdujo en cultos espirales,
y que años más tarde se lanzó también desde el puente de su ventana,
tal vez demasiado aburrida o en busca de algún cuerpo en el recuerdo.
Al cogollito de las Tolón te uniste como una rosa decadente,
rosa marcada por un cielo muerto; y de gigoló saltaste a esposo y padre,
mojando los pies en pan casero: el laberinto calmo sellado por un beso.
En nuestra Gorki de las sabanas
fuimos amigos, compañeros de la noche,
y ancianos de amistad nueva nos hurgamos las heridas de los puntos flacos
con un descaro que nadie comprendía.
Sin mediar sobre la luna sombras de verano,
nos quisimos de forma diferente,
quizá porque la sombra de nuestro corazón mediaba sobre el mundo.
Y al marcharte, me dejaste sobre la cama,
como la exposición de un regalo infantil,
una hermosa carta por el tiempo que compartimos nuestros íntimos fantasmas,
nuestros buques inseguros a la búsqueda de otro pétalo.
Ahora el tiempo ha pasado y no he visitado tu casa, esta última;
puede que nunca llegue a hacerlo.
Adivino que no encontraste la verdad, esa otra que se oculta
tras el pétalo de alguna rosa.

En todos estos años en que no hemos coincidido
he estado pensando que la otra verdad
la llevamos dentro ―es la nuestra, amigo―,
y que esa vida, creo yo, ya la hemos vivido,
de sobra,
y apuradamente,
y hasta la última gota.
Tenía que decírtelo, porque pasa el tiempo...


(Madrid, 28 de Agosto de 1995)
©1995, David Lago González

INTRUSO (Recopilando versos para una antología)

.
.



En esta tarde de marzo de 1998, al sexto día del mes y en Madrid,
he abierto la ventana, y un aire suave de adelantada primavera
ha estado cruzando desde el estudio hasta el salón,
con pisada felina, restregándose contra mis piernas,
estrujándose contra mi pecho para buscar la respuesta de una caricia.
Yo le he pasado la mano sobre su pelamen de barco que atraviesa el espacio
y él ha entrado y salido, barquillo de diminutos bigotes erizados,
animalito que se desliza como sobre un mar etéreo,
su hocico frío hurgando entre mis dedos, sus ojos curiosos
desviándose para observar qué hago, qué escribo.

¿Pues sabes lo que hago?...

Copio poemas para que otros puedan leerlos:
no quiero quedarme yo solo con la dicha de saborear estas palabras:
alegrías, sueños, derrotas, fantasías,
quejas de todos esos con los que comparto
el origen de mis propias quejas, de mis propias fantasías,
de mis propias derrotas, de mis propios sueños y de mis propias alegrías.
¿Lo entiendes, primeriza brisa de marzo? ¿Te parece inútil lo que hago?
Mira, mira bien estos versos.
Lezama rebusca en la imago, como ciego ávido de luz,
la promesa de una realidad que no traicione su resignación.
Guillén ―aunque no "el bueno", dice Neruda―
sabe lo que es "morir de sed junto a la fuente".
Virgilio se queja de la maldición de verse rodeado de agua por todas partes.
En cambio, Ballagas cruza las olas como un pecho en busca de la perfección efímera;
con algunas palabras robadas, cierto, pero todos robamos algo alguna vez.
¿No tomas tú prestada la brisa de abril, ahora,
cuando todavía no ha entrado la primavera?
Mira, mira bien estos versos. Te restriegas
y te restriegas contra mi pecho, como pidiéndome algo más.
Pero ¿qué quieres, si aquí tienes cientos de palabras,
la hermosura escurridiza de una idea que atisbas a compartir,
el misterio de algún acertijo que no aciertas a definir
y te incita a perseguirle por los meandros
de otra imaginación, de otra brisa felina, de otro barco pequeño y fugaz
que cruza este mar espacioso del aire entre dos ventanas abiertas?
Yo no tengo nada más que darte que no sea otro verso
y nunca será comparable a los que ahora repaso.
Mira, míralos bien. Verás que tengo razón.
Guárdalos en tu corazón. Enciérralos en tus ojos,
con los prietos párpados de los niños cuando formulan un deseo secreto,
para que puedas marcharte tranquilamente cuando la noche comience a caer.

Ah, y no olvides cerrar las ventanas: puedo resfriarme mal
y perder la dicha de volver a leerlos.


(Madrid. 6 de Marzo de 1998.)
(C)1998, David Lago González


NOTA DEL AUTOR: La antología (sobre poesía cubana) nunca llegó a completarse. No vale la pena entrar en los detalles, que corresponden al desagradable escenario de la miseria humana.

viernes, 1 de agosto de 2008

Repudio





Dos sonidos ruedan García Roco abajo,
uno por el cielo, otro por el suelo.
Se desplazan por encima y por debajo del calor,
primero como un pequeño reptil inofensivo
que se enrola en la ola del mediodía implacable
o de esa hora aterradoramente larga y soporífera que marca las cuatro.
Después se levanta en cresta de boca mitológica
cuando se nos echa encima de las ventanas.
El ruido del cielo parece estallar en el espacio abierto del patio central,
aceros eslavos, caucho ucraniano, aceites muertos de un mar ajeno,
o el silbido de esa nacionalidad inventada, creada por fuerza y de la nada.
Si este ruido cayera de una vez sobre la cabeza del loco,
si hiciera arder las nubes para arrasar de una vez
el miedo y lo incierto...,
el murmullo que se desliza como una manada de ruedas sin freno
atenuaría la colisión de dos tiempos irreconciliables.
El imperio poderoso nos atacará, irremediablemente,
una vez más, otra vez como cada año, como cada noche,
dicen los periódicos y las radios.
Y cientos de rostros extraños nos gritan por el patronímico
superponiendo atributos increíbles.
Correr hacia el salón a desnudarlo del inmóvil mueble amado
que fue midiendo lentamente la expansión de la carne, la longitud del hueso;
salvar las lámparas de la profunda oscuridad de la miseria del oportuno;
todo lo que va infundiendo ternura a los palacios.
Correr hacia el cielo del jardín
a vigilar cuándo caen esos pájaros de guerra.
Y de pronto el silencio,
un silencio por el cielo, otro por la calle.
Y después volver a empezar. Y después volver a empezar
todo de nuevo, otra vez, comenzando por el ataque
que nunca llega.

En el entreacto salimos fuera, lo más lejos de todo,
la última habitación, el comedor, el patio.
Y nos abrazamos.



©2008, David Lago González
(Madrid, 31 de julio de 2008)


domingo, 27 de julio de 2008

Los versos en mi boca


(C) Katarina Vavrova.
.
.



Los versos en mi boca
guardan los nombres indelebles de la risa.
En secreto asoman por las comisuras
y se confunden entre ellos, adulterando la historia
de qué sirvió para la ocasión de su descubrimiento.
Unos vinieron de fuera, prendidos a otros labios;
otros nacieron en el silencio de esos enormes ruidos,
atronadores presagios de un mundo por terminar.
Y todos brotaron y cayeron como el propio mundo,
con la indeferencia debida,
y con la leve y plácida sombra de la satisfacción.



(C) 2008, David Lago González
(Madrid, 25 de julio de 2008)

sábado, 19 de julio de 2008

Trespassing Hell 1, 2 y 3 (David Lago González, 2007)



Trespassing Hell 4, 5 y 6 (David Lago González, 2007)



Trespassing Hell 7, 8 y 9 (David Lago González, 2007)



Cuando todos queríamos ser franceses

La vielle Damme indigne



para Marisol,
por su amistad con la vieja dama indigna

a Mila


Silvie entierra a su hombre en silencio.
Reparte la herencia entre sus hijos. Cumple las normas de Dios y de la vieja dama.
Luego queda sola. Descubre la oscura armonía de sí misma en la sala de un cine.
Toma un coche de caballo y pasea por París, o por alguna ciudad francesa cruzada por un río, atravesando a su vez riadas de coches con caballos dentro que la miran preguntándose.
Entabla amistad con una chica de vida alegre y un grupo de bohemios, que la invitan a sus cenas y sus sobremesas, sus vinos y su vida disipada.
Ríe, recuerdo que ríe. Ríe, y decide.
Vende sus pocos bienes; sus hijos se alarman, se escandalizan, la increpan en nombre del padre. Silvie se indigna, y con el dinero de su venta compra un pequeño Renault para ella y sus nuevos amigos, para su nueva vida, y con su amiga de vida alegre marcha en busca de la alegría del mar que nunca ha visto.
Muere, se sobreentiende, creo que una vez cumplido su sueño indigno.
Y Jean Ferrat musita a cada rato la más hermosa canción que le he escuchado.

Faut-il pleurer, faut-il en rire
Fait-elle envie ou bien pitié
Je n'ai pas le cœur à le dire
On ne voit pas le temps passer

―cierra el estribillo―.

-o-

Yo he visto otra historia de indignación.
De escolar pasa a cocinera. De cocinera a hija enfermera. De hija a tía de sobrinos huérfanos y otros llegados con apresuramiento. De tía a modista. De modista a esposa; mientras su marido tala el bosque, ella acomete la diligencia social, visita los bancos, los funcionarios de Hacienda. De esposa a madre. Descubre la comodidad de vestir un pantalón y lo sustituye por la falda.
Con sus manos sostiene la cabeza de la muerte, viste con el mejor de sus trajes su cuerpo, y se avergüenza ante el asombro de no poder llorar nunca aquella despedida.
Cambia su país por otro. Toma el sol de invierno sentada en los parques. Pasa las mañanas hablando con un hombre que sale a pasear con su perro; con una vecina que cuida un niño coincide con la inocencia. Con otra de enfrente, de la edad de su hijo, acude muy temprano a bajar el peso de los años. Luego desayunan todas juntas en un café del barrio, y se ríen.
Después enferma y muere, pero decide cuándo: ¡ya se ha indignado tanto!

Y toda la noche he tenido en la cabeza esa vieja melodía.

Faut-il pleurer, faut-il en rire
Fait-elle envie ou bien pitié
Je n'ai pas le cœur à le dire
On ne voit pas le temps passer

―cierra el estribillo―.


(Madrid, 24 de febrero del 2001)






Baisers volés



Fina piel de cabritilla cubre sus manos sudorosas.
Trata al guante como a una margarita que deshoja.
Cada dedo es un pétalo y cada pétalo, una duda que habla y pregunta.
Toda su mano es una flor que tirita.
Más que con amabilidad,
le tratan como con una condescendencia exasperante y cruel
que contiene malamente en sus mofletes una carcajada.
Es otoño en París, triste hoja en la que se precipita el amor,
o algo parecido, o una mano simplemente imaginada
con fuerza insuficiente para impedir que la hoja se precipite
a la suciedad de las aceras que indiferentes van a lo suyo.
La hoja muerta
finalmente alcanza su destino: el pardo líquido que corre por las acequias.
Larguirucha la figura, recuerda a aquel que luchó contra los molinos.
Sus guantes los coloca sobre el bureau con exquisita delicadeza.
Pero no se deshace del paraguas minuciosamente cerrado
que casi se ha convertido en un estilete.
¡Ha desaparecido! ¡Así, sin más!
Sin una pelea, sin una nota, sin un adiós.
¡Si al menos hubiera dado un portazo al bajar las escaleras!
Pero nada. Y es exasperante no saber en qué ha fallado.
Encomienda al detective que le siga; sólo que le siga,
sabe que ya no vale la pena acercarse,
sabe que ya no vale la pena estar allí
frente a aquellos que ocultan malamente su burla,
sabe que aquel paraguas en el que se apoya aun estando sentado
es más respetuoso con él que la propia vida,
sabe que no hay nada más patético que el corazón de una margarita deshojada.
Su despedida es un exabrupto ante la conciencia de su lamentable sentimiento.

Paga por adelantado.
Sobre la madera reluciente del bureau se quedan los guantes
intentando olvidar las ridículas y temblorosas manos que les llenaban.


(Madrid, 10 de marzo de 2002)







Au pan coupé



a Raúl Parrado


La arista del triángulo desconoce el secreto.
Corta el pan y deja el cuchillo a un lado.
El mantel a cuadros rojos y blancos cubre la mesa del rincón
tras la puerta, los vasos boca abajo, todo limpio y humilde,
pero con una cierta gracia rozando el encanto.
Es una época enloquecida, en que se habla atropelladamente
quizás para sustituir con palabras la ausencia de nada relevante.
Pero esa nada es un todo. Tal vez es que nada es significativo.
Corta otro trozo de pan, y sigue la vida.
Lo relevante y significativo ocurre dentro de nosotros.


(Madrid, 10 de marzo de 2002)






Vivre sa vie



¿Se escoge o no se escoge?
Salvo los bohemios, nadie elige la miseria.
Muros de ladrillos desconchados, policías chulampines.
Correr bajo una lluvia inoportuna,
soportar el peso de la nieve en la madrugada desértica.
Un coche que se detiene, la cintura se arquea.
Enciendes el cigarrillo cuando aquel cuerpo te enhebra.
La jofaina para limpiarte la porquería.
Luego cenas con alguna compañera en un chino de mala muerte.
Y de nuevo apóyate contra el muro de ladrillos desconchados,
policías arrogantes, lluvia, nieve de plomo, coches, rostros,
cuerpos, sábanas, baboso olor del semen que no se quiere.


(Madrid, 5 de abril de 2002)





(C) David Lago González

miércoles, 16 de julio de 2008

Protocolo



 
Dame una razón para vivir
y yo te diré que mi cuerpo ya no es mío.
Dame una razón para abrazarte
y yo te diré que no importa que la ciencia yerre en mí
mientras otra alma se superpone a la mía
a la espera de que alguien desconocido
descubra otra razón para abrazarte.  Otro motivo que ignoro.
Y nada grandioso yace entre las cláusulas de este protocolo.
Puro egoísmo del que día a día muere.
 
©2001, David Lago González
(Madrid, 12 de julio de 2001)

lunes, 14 de julio de 2008

Fat City (John Huston)


Come on lay down by my side
'til the early morning light.
All I'm takin' is your time:
help me make it through the night.


Kriss Kristofferson


a Mariano, que me devolvió la locura de una noche



Ciudad dorada.
Muchas noches crecidas por años en las que no pisaba tus calles.
La opacidad de tu luz
sólo quebrada por la irrupción violenta de la llamada de los bares.
Tu verdadero nombre es Stuckton, en alguna parte de América del Norte,
pero Stuckton es un pueblo universal y muchos lo llevamos escondido
en alguna parte de nuestro pecho: nuestra América del Norte profunda y sin remedio.
He visto muchas Susan Tyrrell jugando el papel de Oma;
he visto muchos Stacy Keach que una vez prometieron ser algo,
y hoy se han convertido en fracasados Billy Tury
golpeando moribundos que orinan sangre en pútridos camerinos.
He visto muchos Jeff Bridges
intentando ser los hermosos Earnie con un futuro por delante.
"¿En qué momento se jodió el Perú?" ―se preguntó Varguitas en La Catedral―.
¿En qué minuto se nos metió Stuckton en el corazón?
¿O estaba allí desde siempre, esperando un desliz para aparecer?
Miserable pueblo omnipresente: lo mismo es una ciudad,
un cuartucho, una mansión, una isla; un hombre.
Stuckton es como el reverso de Dios.
Cines pornográficos; pensiones de mil pesetas;
culos de pomarrosa que hieden como el agua cortada;
falos que de pronto nos devuelven a la realidad de una raya excesivamente adulterada;
pezones olorosos a polvos de talco, recién duchados,
y sin embargo agriados por la cercanía de una axila de la España honda.
Stuckton de la sangre.
Stuckton de la leche ácida.
Stuckton de lo tardío, de lo ido y nunca venido, de lo esperado en vano.
Stuckton de lo errado.
Maldita ciudad dorada de nuestros ojos.
La guerra ha terminado, Billy Tury: puedes golpear al adversario.
La guerra ha terminado, Oma: puedes apagar el cigarrillo
y beber un sorbo del bourbon.
La guerra ha terminado, Earnie: el futuro tal vez puede ser tuyo.
Pero aunque ya no hay necesidad de refugios, todos bajamos a Stuckton:
llámese ginebra, azúcar moreno, coito repetido hasta el hastío; llámese poesía.
Llámesele con el seudónimo de nuestros nombres.
Mariano baja a Stuckton cada noche en su rojo coche maloliente
que pronto le llevará a la muerte a la salida de un garito de nuestro barrio,
camino de Las Cárcavas, entre los fantasmas que penden del abismo,
y veremos el amanecer sobre la Casa de Campo rivalizar contra los rostros
que intentan desvelar el vaho de los cristales
y se retiran asustados cuando golpeo su aliento.
Mariano ríe en Stuckton con los labios infantiles que tal vez nunca tuvo
y a los diez minutos dice que me ama
sólo porque perdido en su ebriedad descifro sus palabras;
luego duerme sobre mi pecho su soledad insaciable, en Stuckton,
rojo coche aromatizado por el whisky, axilas de Las Hurdes recónditas de Buñuel
que sudan leche de cabra salvaje y pomarrosas del amor ausente.
La guerra ha terminado, Mariano, y el sol se alza sobre los árboles,
en Stuckton:
estado de nuestros pechos,
pueblo de nuestros fracasos,
ciudad de nuestras mentiras.
Ah, si pudiéramos pasar flotando sobre este ardiente pavimento...

En un bar, "The look of love" se alza también con suave voz de mujer;
y es una hermosa canción; tal vez la más hermosa canción de todos los tiempos.
Quizás, es lo único dorado que debemos conservar para mañana.


(Madrid, 17 de agosto de 1999)

©1999, David Lago González

El cielo de China


Desde la milenaria China viajó a las Indias Occidentales hasta recalar en un pueblo azucarero de la mayor de Las Antillas, amontonada en el almacén de Jacob, un judío polaco que supo salvar cuerpo y alma antes de que las chimeneas de Auschwitz tuvieran la oportunidad de convertirlos en cenizas. Allí la descubrió ella en 1945.
Azul y blanca como el cielo; ligera y suave como un copo de lana; y, sin embargo, fuerte y segura, como la intención que se deposita en hacer del amor algo perdurable.
Desde entonces ocupó el mismo espacio dentro del armario, intacta y virgen como el primer día que la vio en el almacén de Jacob.
No participó en el Gran Salto Hacia Delante, ni en la Revolución Cultural, ni supo de Mao Ze Tung mucho más de lo que oyó sobre la Banda de los Cuatro.
Pero silenciosa vio pasar las riberas de otra vida: vio nacer el hijo; vio la riqueza y la miseria; y asistió a la muerte del esposo tendido sobre la cama con el mejor de sus antiguos trajes mientras esperaba aquel forense que se jugó a los chinos la molestia de abandonar su tranquila guardia nocturna por la aburrida rutina de expedir el certificado de la partida.

Casi cuarenta años después de nuevo emprendió viaje, otra vez al Viejo Mundo, pero a la esquina opuesta de donde había nacido. Le tocó entonces cumplir con el deber para el que había sido hecha: proteger del frío peninsular el cuerpo de aquella mujer que al tendero Jacob la había comprado.
Cuando ella murió, fue el cuerpo del niño, ya entonces casi tan viejo como ella, el que tuvo que cubrir, en noches solitarias o de compañía.
Cincuenta y cinco años después, la textura de su lana, el azul y el blanco de aquel cielo se han hecho menos compactos: clarean ambos cuerpos como cuando el amanecer se va abriendo lentamente sobre la noche. Sin embargo, hoy por hoy, ella sola se basta para dar calor a los grados bajo cero del invierno madrileño, y no es menester edredones ni mantas de pelo de camello ni radiadores, ni cuerpos terrestres capaces de proporcionar mayor sosiego.
Hay noches en que verdaderamente me pregunto, un tanto extrañado, si todo se debe nada más a la calidad de las ovejas trasquiladas o si son aquellos que me han querido los que tan livianamente se echan sobre mi piel y cubren las estrellas.


(Madrid, 13 de Enero del 2000)

©2000, David Lago González

domingo, 13 de julio de 2008

Minnie Ripperton





Una gata blanca ha escogido mi casa como refugio del verano abandonado
y la prepara sigilosamente como tibia estufa del invierno inminente.
Una gata blanca me ha aceptado para que la alimente;
ha visto en mí la expresión apropiada de la tontería que me torna vulnerable;
se ha dado cuenta de que en ciertas horas, que se hacen largas y tristes,
siento con callada y sufrida urgencia la necesidad de alguien.
No he sido yo quien la ha aceptado ni quien le ha brindado mi casa:
ella entra y sale cuando quiere como si me la hubiese decomisado,
y se restriega contra mis piernas, simula una carita de gata de María Ramos;
salta a mi pecho como un amante mimoso, todo
para hacerme creer que hay un intercambio de afectos
y no una mera demarcación de su territorio
impregnando su olor en cada rincón de mi casa y mi cuerpo.
Su nombre es Minnie Ripperton, como el de la cantante con voz de ruiseñor.
Algunas noches se cuela en mi cama y reposa tranquila a mi lado,
sin apenas molestarme.
Pero otras veces tiene una extraña manera de llamar la atención:
insiste en acercarse a mi boca como si pretendiese besarme.
He pensado que era una suerte de zoofilia a la inversa,
algún mal hábito heredado de alguna otra víctima, y no hay maneras de protegerme:
de nada vale que me cubra con la sábana, que le ponga peor cara de la que ya tengo,
que le hable con pretendida energía, como un padre severo;
ella sabe que no lo soy y se burla calladamente,
aunque he de reconocer que ha perfeccionado la astuta simulación de una caricia
que casi creo humana cuando con su garra izquierda,
férreamente cerrada para no herirme, la desliza por mi mejilla
como si supiera con cuánta necesidad preciso de ese roce tan suave y ligero.
Desgraciadamente, me he dado cuenta del engaño,
y después de varias noches de interrumpido sueño,
ante la insistencia de la supuesta caricia,
he adivinado que sólo era una estratagema para hacerme levantar
y hacerle saciar su hambre nocturna,
puramente animal,
puramente interesada,
puramente humana.


Luego de comer, ni siquiera se ha echado a mi lado.
Y yo me he percatado, entonces, a los cuarenta y ocho años,
acostado en medio de la cama,
de la terrible y patética soledad que siente un hombre
cuando le falta alguien que abra su mano, o la cierre,
y en la oscuridad de la noche la haga deslizar por su mejilla
como la garra de un gato.


(Madrid, 13 de septiembre de 1998)
(C)1998, David Lago González

sábado, 12 de julio de 2008

El soldado




Nada tan inútil como morir por un país.
Nada tan estúpido como perder la vida por un rey.
Nada tan falaz como dar la sangre defendiendo una raza.
Nada tan oscuro como matar en el nombre de un dios.
Nada tan absurdo como obcecarse con una idea.

Porque un país
es uno de esos trozos de tierra que nunca llegan a ser nuestros
y del que pueden arrojarnos cuando menos lo pensamos.
Porque para el rey siempre seremos sus vasallos, siervos
sólo apreciados por el monto del tributo que pagamos,
y cuando mejor considerados, criados de su palacio.
Porque de la raza somos un jirón, pestaña de piel indeleble
que no nos roza el alma.
Porque un dios
es una oscura y profundísima idea que llevamos dentro cada cual
y que nunca llegamos a vislumbrar con total claridad.
Porque una idea,
seguramente,
no será mañana lo que fue ayer,

ni siquiera lo que hoy pensamos que es.

(Madrid, 6 de junio de 1999)
(C) David Lago González, 1999.

Rosebud



La mano se abrió y la esfera de cristal rodó
hasta abalanzarse contra el borde de nuestros ojos.
Los labios, semiocultos por el espeso bigote,
balbucearon con voz cavernosa:


"rosebud..."




Y se hizo la luz ante nuestra mirada,
como en el primer día de La Creación.
La luz de la nieve blanca.


Y medio sepultado por los copos que continuaban cayendo,
como los años sobre la vida de un hombre,
el trineo de la infancia
asomaba entre el resplandor deslumbrante de la continuación,
que son los años acumulados sobre la vida de un hombre.


Allí quedó: cegada y transparente la rosa incipiente,


hasta que el puño relajó su fuerza para siempre a la flacidez
y por última vez los labios la invocaron en la oscura soledad de Xanadú,

en donde solitaria se abrió,

y en un pestañazo cerró sus pétalos: minuto fugaz
en que su suave textura se hizo mármol,
―ay, se hizo mármol.


(Madrid, 18 de abril de 1998.)
(C) David Lago González, 1998

Padre




La tierra es lo único que no pueden llevarse, dijo.
La tierra, el monte,
es como una mancha de sangre sobre una camisa blanca.
Mírala desde el cielo, como si fueras un pájaro:
ahí abajo está, inamovible, esperando los portentos.

Soñó otra vez con un nuevo motivo:
bordaría su derrota, derrocharía su talento;
y rápidamente empezó a llenar de trazos el papel
como un niño que dibuja el descubrimiento de sí mismo.
Aquí la luna, aquí va la puerta y el camino;
aquí el sol, por aquí andan los pastos;
allá está el arroyo, más allá la nueva casa del mayoral.
¡Por aquí y por allá voy yo,
de nuevo como un muchacho sobre su caballo!

El entusiasmo de convertir las hierbas
en espigas de oro que lo mudaran
en un arriesgado hacedor de milagros.

La tierra es lo único que no pueden llevarse, dijo.
Y se adormeció en la ebriedad de la pangola,
a la sombra dulce de los pesados mangos
que caían tan fácilmente como hojas de otoño
en Freituxe, hace cien años ya de eso.

(Madrid, 2 de junio de 2006)
©2006, David Lago González

jueves, 26 de junio de 2008

Almuerzo sobre la hierba (Civilización o barbarie)





El verdugón de fuego sobre el lomo de la vaca;
de la juventud primera los falos espigados
sobre la sinuosidad del río en explanada, como
piñones de lindes tirados por el prado,
apuntando inconexos, vertical, oblicuos, sin grosería y losanos,
hacia el camino sin trillar que nos esperaba
hasta llegar aquí: mañana del domingo,
salto mortal entre el tiempo y el espacio, la ventana abierta,
el jardín de clase media recién abonado, el aroma
profundo y dulzón del estiércol esparcido sobre la hierba recién cortada
para salud de las especies caprichosas
que el hombre civilizado planta para exotismo de su mirada vacua;
los cristales con aroma de vainilla, sin mácula de mano ansiosa;
el salón, donde todo en su sitio da una pequeña idea del aburrimiento
en que transcurre la vida, madera embetunada y diseño sobrio,
minimalista, preciso, grosero, enfermo de soledad aplastante,
el pene laxo sobre el coito inapetente,
el dominical del país, un té helado prefabricado,
y,
a lo lejos,
las vacas muertas que nos trae el olor salvaje de la adolescencia.


(Madrid, 20 de agosto de 2006)
© 2006, David Lago González